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Naturaleza

¿Qué revela Copernicus del Marruecos verde tras las lluvias?

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Marruecos verde tras las lluvias

Copernicus muestra el Marruecos que reverdece tras semanas de lluvia: embalses al 70% 11.800 hm³ y el rastro de riadas y evacuaciones del norte

Marruecos ha cambiado de color visto desde el espacio, y esta vez no es una frase bonita: Copernicus Sentinel-3 ha comparado dos imágenes de la misma zona del noreste del país, tomadas el 20 de febrero de 2025 y el 20 de febrero de 2026, y el contraste es brutal, casi de “antes y después” sin filtros. La escena de 2025 es sequía marcada, vegetación mínima; la de 2026, tras dos meses de lluvias intensas, aparece teñida de verdes amplios, continuos, como si el terreno hubiera respirado de golpe.

El giro viene acompañado de cifras que aterrizan el asombro: a 20 de febrero de 2026, los recursos hídricos disponibles se situaron en torno a 11.800 millones de metros cúbicos, cerca de un 155% más que en el mismo tramo de 2025, y el almacenamiento en embalses rondó el 70,7% de la capacidad total de las presas. Verde arriba, agua abajo; el mismo mensaje, contado con dos idiomas distintos.

Un “antes y después” con fecha y satélite

La historia se entiende mejor con el reloj en la mano. La imagen difundida por Copernicus (con crédito a la Unión Europea y a la constelación Sentinel-3) se publicó como “imagen del día” el 23 de febrero de 2026, pero el corazón del asunto está en esas dos capturas gemelas del 20 de febrero, separadas por un año. En la de 2025, el noreste marroquí aparece castigado por una sequía severa; en la de 2026, el mismo encuadre se convierte en una extensión verde, con vegetación visible en tonos intensos tras el invierno lluvioso. No hay truco: es el mismo lugar, otra temporada de agua.

Esa comparación, además, llega después de semanas en las que Marruecos llevaba el agua en portada por motivos menos fotogénicos. La secuencia de borrascas de gran impacto dejó zonas anegadas, daños y una vida cotidiana atravesada por cortes, evacuaciones, barro pegado a las ruedas y al ánimo. El sistema Copernicus permite mirar también esa huella de las inundaciones desde arriba, como si el país fuese un mapa que de pronto enseñara sus heridas con claridad.

El detalle que cambia la lectura es que el “Marruecos verde” no aparece como una postal aislada, sino como la otra cara de un periodo de lluvia persistente. Donde el agua se quedó en el terreno, brotó la cobertura vegetal; donde el agua corrió con fuerza, desbordó ríos, empujó laderas, reventó caminos. En la imagen satelital no se oyen sirenas ni se ven rescates, pero se intuye el mismo fenómeno: una atmósfera cargada que, cuando se suelta, transforma el paisaje a la vez que pone a prueba todo lo demás.

La lluvia que trajo verde y evacuaciones

Hablar de “recuperación” suena limpio, casi terapéutico, pero el arranque de febrero dejó también el inventario duro. En el norte del país se activó una respuesta de emergencia con evacuaciones masivas por riesgo de crecidas, especialmente en la provincia de Larache y en la ciudad de Alcazarquivir (Ksar el Kebir), situada en la llanura atlántica y con una población en torno a 120.000 habitantes. En esos días, el desplazamiento alcanzó cifras de seis dígitos: 108.432 personas desalojadas, según el portavoz del Ministerio del Interior, Rachid Jalfi, con Larache concentrando 81.709 evacuados, y con Alcazarquivir prácticamente vaciada, alrededor del 85% de la población fuera por orden preventiva o por salida propia.

Larache y Alcazarquivir, donde el agua manda

El foco de tensión tuvo un nombre repetido: el río Loukos (Lucus), cuya crecida inusual y el agua acumulada aguas arriba amenazaron con anegar barrios enteros. A esa presión se sumó el embalse Majazín, del que se informó que llegó a situarse por encima del 140% de su capacidad, una cifra que, leída en frío, ya suena a alarma; leída sobre el terreno, significa helicópteros, barcas, gente moviéndose con lo justo, animales perdidos, aulas cerradas, carreteras convertidas en zanja. En paralelo, se suspendieron clases en varias provincias del norte y se registraron cancelaciones de comunicaciones, incluida la línea marítima entre Tánger y Tarifa en pleno episodio de temporal.

Hubo víctimas, también. En la localidad de Beni Arous (Beni Arus), en la provincia de Larache, un deslizamiento de tierra derrumbó una vivienda en la aldea remota de Buyariya, con accesos cortados por el temporal, y murieron dos mujeres y una niña; el marido y la madre de una de las víctimas sobrevivieron con heridas y fueron rescatados por vecinos y equipos de emergencia. En otros puntos del norte, se registraron deslizamientos en zonas montañosas como Moulay Abdessalam, al sur de Tetuán, con viviendas afectadas y riesgo para los residentes. La lista, en días así, nunca es solo meteorológica.

La misma secuencia de lluvias dejó escenas que, por sí solas, explican por qué una mancha verde en el satélite no es únicamente una “buena noticia”. En Casablanca, el colapso de un edificio en el barrio de Derb Chlouh, en la medina antigua, causó la muerte de una mujer mayor, y el episodio se leyó como síntoma de fragilidad urbana cuando los muros se empapan y el mantenimiento no llega. Lo dramático aquí es el contraste: el agua que salva cultivos o llena presas puede ser la misma que pone una pared en equilibrio inestable.

Embalses: el salto de 2026 y el mapa de la sed

En mitad del temporal, el Ministerio de Equipamiento y Agua informó de un repunte histórico en el almacenamiento. El dato global, repetido en varios balances: los embalses alcanzaron alrededor del 70,6% con 11.800 millones de metros cúbicos, lo que supone un aumento de aproximadamente 154% frente al mismo periodo del año anterior, tras semanas de lluvias intensas. La cifra encaja con el marco de Copernicus, que sitúa el almacenamiento en torno al 70,7% y habla de un incremento cercano al 155% en los recursos hídricos disponibles, con el mismo orden de magnitud. No es un matiz: es un cambio de fase.

Las cuencas que se llenaron primero

El reparto, eso sí, no fue uniforme; Marruecos es grande, diverso y desigual en agua. En el noroeste, los embalses del Lucus encabezaron la tabla con 1.800 millones de metros cúbicos y un nivel del 94,2%, con siete presas al 100%. Cerca, los sistemas del Bouregreg (al este de Rabat) superaron el 93%, y los del Sebou (al noreste de la capital) pasaron del 91%. Más al interior y hacia el sur, el dibujo cambia: el Tensift rondó el 84%, Souss-Massa se situó en torno al 54,5%, Kert-Ziz-Ghris cerca del 60%, el Oum Er-Rbia (Um Errbia) alrededor del 45%, y en el extremo sur, en Deraa y Uad Nun, el conjunto bajó al 34%. Esta cartografía es importante porque la palabra “récord” puede engañar: hay récord nacional y, a la vez, cuencas que siguen mirando al cielo con más inquietud.

Ese desajuste territorial se nota en la conversación agrícola y en la gestión diaria. Un norte con presas rozando el lleno vive otra música que un sur con embalses en torno a un tercio, sobre todo cuando el calor aprieta y el consumo sube. Y, por debajo, están los acuíferos, que no se ven en una foto satelital con la misma facilidad, pero determinan el riego de muchas zonas. El “Marruecos verde” que enseña Copernicus se asienta sobre un hecho: llovió; la pregunta incómoda que queda flotando, sin necesidad de dramatismos, es cuánto de ese agua se convierte en reserva duradera y cuánto se va en escorrentía rápida.

La propia secuencia de temporales lo ilustra. En Larache y su entorno, el agua fue tan abundante que obligó a evacuar y generó daños de infraestructura y agricultura descritos como pérdidas millonarias, con el norte y el noroeste como áreas más golpeadas. Después, con la mejoría meteorológica, comenzó el retorno progresivo de evacuados; en Alcazarquivir, con miles de personas fuera, se reanudaron clases, aunque con distritos aún problemáticos y avisos para no volver a ciertas zonas. En la práctica, el agua llena presas y también deja factura.

Qué ve Copernicus cuando mira a Marruecos

Copernicus no “interpreta” en el sentido humano; registra y compara. Las imágenes de Sentinel-3 captan señales que permiten distinguir suelos secos de suelos húmedos, vegetación escasa de vegetación densa, tonos marrones apagados de verdes vivos. No hace falta recitar fórmulas para entenderlo: una masa vegetal sana refleja la luz de otra manera, y por eso el verde “salta” en el mapa como si alguien hubiera subido la saturación, aunque sea pura física. En el noreste marroquí, Copernicus describe exactamente eso: de sequía severa con vegetación rala a una expansión verde tras dos meses de lluvia intensa, con cambios visibles en un solo año.

También hay un matiz técnico que, explicado sin solemnidad, aclara por qué estas imágenes se han convertido en noticia. Sentinel-3 observa con sensores que ayudan a vigilar océanos, superficies terrestres y vegetación; pero el “sistema Copernicus” es más amplio y, en episodios de inundación, otras herramientas —incluidos satélites de radar capaces de “ver” incluso con nubosidad— aportan mapas de emergencia. Dicho de forma sencilla: cuando hay nubes gruesas y lluvia a lo bestia, el ojo óptico se tapa; el radar, en cambio, sigue dibujando la mancha de agua sobre el terreno. Esa combinación convierte a Copernicus en un archivo muy incómodo para la mentira: si una llanura estuvo seca o inundada, queda registrado.

La clave periodística aquí es que Copernicus no solo enseña una foto bonita; ofrece series comparables y datos consistentes para seguir dos cosas muy concretas: recuperación de vegetación y niveles de embalse, útiles en la gestión del agua y en el seguimiento de sequías. Lo que antes se contaba con parte meteorológico y testimonios, hoy se puede acompañar con un plano general que no depende de estar allí, y que permite mirar, por ejemplo, la costa atlántica marroquí pasando del marrón pálido de 2025 al verde brillante de 2026, o ver cómo cambia el mosaico agrícola y natural tras un invierno lluvioso.

En España, ese “plano general” tiene un efecto espejo. El patrón mediterráneo-atlántico de los últimos meses enseñó una meteorología de contrastes: periodos largos de escasez y, de repente, acumulaciones de lluvia que saturan ríos y presas. El episodio marroquí se siguió casi al mismo tiempo que temporales que también afectaban a la Península y Portugal, como una cadena en la que el Estrecho no funciona de frontera climática sino de pasillo. El satélite, desde esa altura, vuelve irrelevante el mapa político: se ve el agua, punto.

El Marruecos verde, medido y con matices

El titular fácil sería el del “milagro verde”, pero la realidad es más concreta y más seria: llovió mucho, durante semanas, en zonas clave; hubo inundaciones y evacuaciones; y, como consecuencia, el país pasó de una imagen de sequía visible en febrero de 2025 a una cobertura vegetal extensa en febrero de 2026. El salto en reservas —11.800 millones de metros cúbicos y embalses cerca del 70%— coloca a Marruecos en una situación muy distinta a la de un año atrás, cuando los niveles medios eran sensiblemente más bajos y el estrés hídrico se colaba en la vida diaria, en el campo y en la ciudad.

El matiz es que esta misma lluvia que pinta el mapa de verde también explica por qué hubo más de cien mil evacuados, por qué Alcazarquivir se vació, por qué el Loukos creció como crece un río cuando deja de “comportarse”, por qué un deslizamiento en Buyariya mató a una familia, por qué se habló de pérdidas millonarias en infraestructuras y agricultura. El agua ha dado una tregua a la sequía, sí, pero a su manera: entrando con fuerza y exigiendo que todo —presas, viviendas, caminos, planes de emergencia— aguante.

Y queda una última capa, más pegada a la memoria reciente: Marruecos venía de un periodo de sequía prolongada, y el país ya había vivido tragedias por lluvias excepcionales, como el temporal de diciembre en Safi, con un balance oficial de víctimas muy elevado. En ese contexto, las imágenes de Copernicus funcionan casi como un registro doble: por un lado, la evidencia de una recuperación vegetal que no se discute; por otro, el recordatorio de que la lluvia concentrada tiene un precio humano. El satélite enseña el verde; el suelo, cuando se pisa, enseña también el barro.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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