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Mañueco vence en Castilla y León y vuelve a pactar con Vox

El PP ganó las elecciones, aunque la gobernabilidad acabó dependiendo de una nueva coalición con Vox.

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Quiere Vox sustituir al PP

Alfonso Fernández Mañueco ganó las elecciones de Castilla y León con 33 procuradores, dos más que en los comicios anteriores, pero el resultado no le dio autonomía para gobernar. La mayoría absoluta está fijada en 42 escaños y Vox obtuvo 14, suficientes para convertir su apoyo en una pieza decisiva. La negociación terminó con un nuevo acuerdo entre ambos partidos y la investidura de Mañueco como presidente, después de casi 80 días de conversaciones. La victoria electoral del PP no se tradujo en un gobierno en solitario, sino en otra coalición con Vox.

El PSOE también avanzó, hasta los 30 representantes, pero no reunió una mayoría alternativa. El mapa dejó así una paradoja conocida en la política autonómica: el PP encabezó con claridad el recuento y, al mismo tiempo, necesitó compartir el poder para asegurar la legislatura. El desenlace no solo reabrió la relación entre los dos socios que ya habían gobernado juntos; también puso a prueba si podían evitar que las diferencias que rompieron su anterior Ejecutivo volvieran a imponerse. La aritmética parlamentaria acabó pesando más que la preferencia inicial de Mañueco por gobernar solo.

Una victoria amplia en votos, insuficiente en escaños

El Partido Popular quedó en primer lugar con el 35,5 % de los votos y 33 procuradores. Mejoró su resultado anterior en dos escaños y amplió su ventaja sobre el PSOE, pero la distancia respecto a la mayoría absoluta siguió siendo de nueve representantes. En un parlamento donde los acuerdos determinan quién puede formar Gobierno, ganar la noche electoral no bastaba: hacía falta sumar apoyos en la Cámara. Los 33 escaños dieron a Mañueco el liderazgo de la negociación, no una mayoría propia.

El PSOE llegó a 30 procuradores, también dos más que en la legislatura precedente. Carlos Martínez consiguió evitar una caída y mantener a los socialistas en una posición competitiva, pero el crecimiento no modificó la relación de fuerzas hasta el punto de permitirle aspirar al Gobierno. Tampoco había una suma viable a su izquierda: las formaciones de ese espacio no obtuvieron representación y Ciudadanos quedó fuera de las Cortes. La mejora socialista alteró el tono del resultado, pero no abrió una alternativa de gobierno.

Vox obtuvo 14 procuradores, uno más que en la elección anterior, y cerca del 19 % de los votos. El avance fue más moderado que el que algunas previsiones habían anticipado, pero tuvo una consecuencia política mayor que su tamaño: con sus escaños, el PP podía superar la barrera de 42. La suma de los dos partidos alcanzaba 47 representantes. Esa diferencia entre el crecimiento electoral de Vox y su capacidad para decidir la investidura explica por qué una fuerza que no ganó la elección terminó siendo imprescindible para formar el Ejecutivo. Su poder negociador procedía menos de un salto espectacular que de la ausencia de una alternativa para el PP.

El resto de la Cámara quedó repartido entre Unión del Pueblo Leonés, con tres escaños; Por Ávila, con uno, y Soria Ya, también con uno. Esta última formación perdió dos procuradores respecto a su resultado anterior. Aunque estos partidos representan realidades territoriales importantes, su número de escaños no bastaba para sustituir el apoyo de Vox en una investidura de Mañueco. El resultado fue un parlamento con una mayoría conservadora posible, pero no automática: dependía de que sus dos fuerzas principales alcanzaran un acuerdo. La llave no estaba repartida entre muchos grupos, sino concentrada en la negociación entre PP y Vox.

Del deseo de gobernar en solitario a una coalición

Tras conocerse el escrutinio, Mañueco defendió que el PP debía dirigir la nueva etapa y expresó su preferencia por un Ejecutivo en solitario, sostenido mediante acuerdos parlamentarios. Esa fórmula le habría permitido conservar todas las consejerías y reducir la exposición a las disputas internas de una coalición. También habría separado dos cosas que el PP quería mantener diferenciadas: la necesidad de los votos de Vox y la entrada de sus representantes en el Gobierno. Para Mañueco, el apoyo externo era la forma de convertir una dependencia parlamentaria en una menor dependencia institucional.

Pero los escaños de Vox le daban capacidad para exigir algo más que una conversación sobre el programa. El partido podía respaldar la investidura desde fuera o pedir presencia directa en el Ejecutivo, y la segunda opción suponía para el PP compartir áreas de gestión y asumir de nuevo los costes políticos de gobernar con un socio con agenda propia. La negociación fue mostrando que la fórmula preferida por Mañueco no era necesariamente la que Vox estaba dispuesto a aceptar. La mayoría de 47 escaños existía sobre el papel; convertirla en un gobierno exigía repartir poder.

El desenlace confirmó esa limitación. Tras casi 80 días de conversaciones, PP y Vox cerraron un nuevo acuerdo de coalición y Mañueco fue investido presidente por tercera vez con los votos de ambos grupos. La oposición votó en contra. El acuerdo permitió poner fin al bloqueo, pero también dejó claro que la victoria popular no había bastado para imponer sin concesiones el formato de gobierno. Vox transformó su posición parlamentaria en participación ejecutiva, mientras el PP conservó la presidencia y el liderazgo del Gobierno. Ambos obtuvieron algo distinto de la negociación: Mañueco, continuar al frente; Vox, volver al Ejecutivo.

El pacto incorporó el concepto de prioridad nacional, uno de los puntos más controvertidos del acuerdo. En la defensa de la investidura, Mañueco lo vinculó a que quienes reciban prestaciones acrediten una relación estable y efectiva con Castilla y León. La discusión política no se limitó, por tanto, al reparto de cargos: también se centró en el alcance de las medidas y en la forma en que se aplicarían. La incorporación de una fórmula programática de este tipo ofrece una muestra de cómo la fuerza negociadora de Vox podía dejar huella en la agenda del nuevo Ejecutivo. El acuerdo no resolvió las diferencias ideológicas: las trasladó al programa de gobierno.

El antecedente de 2022 y la ruptura de 2024

La nueva coalición no partió de cero. PP y Vox ya habían pactado tras las elecciones de 2022, en una etapa que convirtió a Castilla y León en uno de los primeros territorios donde ambos compartieron el Gobierno autonómico. Vox obtuvo entonces una vicepresidencia y varias responsabilidades ejecutivas. Para Mañueco, ese precedente demostraba que existía una fórmula conocida para gobernar juntos; para Vox, acreditaba que su apoyo podía traducirse en poder institucional. La negociación reciente recuperó un modelo que ya había funcionado, pero también heredó sus conflictos.

La relación anterior estuvo marcada por desacuerdos que excedieron la gestión cotidiana. Hubo choques sobre memoria histórica y violencia machista, además de una disputa por un protocolo relacionado con el aborto que Mañueco frenó. La ruptura llegó en julio de 2024, cuando Vox abandonó los gobiernos autonómicos compartidos con el PP por las diferencias sobre la acogida de menores migrantes no acompañados. En Castilla y León, la salida dejó al Ejecutivo popular en solitario y convirtió la convivencia entre los dos partidos en un antecedente difícil de presentar como estable. El acuerdo anterior acabó no por una cuestión menor, sino por un choque político de alcance nacional con efectos autonómicos.

Ese recuerdo hacía más delicada la negociación posterior. Una coalición puede repartir responsabilidades, pero también multiplica los puntos de fricción: las decisiones del Gobierno comprometen a los dos socios, mientras cada partido conserva incentivos para diferenciarse ante sus votantes. La gestión de la inmigración, las políticas sociales o las medidas vinculadas al campo podían convertirse de nuevo en terrenos de disputa. No significa que la ruptura fuera inevitable; sí que la estabilidad prometida debía juzgarse a la luz de una experiencia previa que ya había terminado en salida. La memoria de 2024 era una advertencia sobre los límites de un pacto, no una garantía de que volvería a repetirse.

El PP y Vox defendieron el nuevo acuerdo como una vía para dar continuidad a la legislatura, pero estabilidad y coincidencia política no son sinónimos. Un Gobierno puede disponer de mayoría parlamentaria y, aun así, afrontar tensiones entre sus miembros. La coalición resolvió la investidura y fijó una estructura común; el examen posterior dependería de la capacidad de aplicar lo pactado sin que cada diferencia se convirtiera en una crisis. La mayoría numérica cerró el bloqueo institucional, pero no borró la distancia entre los socios.

Vox crece poco y gana influencia

El resultado de Vox ofrece una de las claves menos intuitivas de la elección. Su porcentaje, en torno al 19 %, quedó por debajo del 20 % que algunas proyecciones le atribuían y su avance se limitó a un escaño. En términos electorales, no desplazó al PP ni puso en cuestión quién encabezaba el bloque de derechas. Sin embargo, como el PP se quedó lejos de la mayoría absoluta, cada procurador de Vox adquirió un valor decisivo. Un crecimiento contenido puede traducirse en una gran influencia cuando los escaños restantes no permiten gobernar sin él.

El partido de Santiago Abascal podía reivindicar que su voto resultaba necesario para investir a Mañueco y que, por tanto, debía influir en las políticas de la comunidad. Esa posición no equivalía a dominar el bloque: el PP seguía siendo la fuerza más votada y duplicaba con holgura los procuradores de Vox. La negociación debía reflejar ambas realidades, una relación de dependencia por parte del PP y una clara desigualdad de tamaño entre los socios. Vox tenía capacidad de veto sobre la formación del Gobierno, pero no había ganado la primacía dentro de la derecha.

La discusión sobre los cargos también tuvo una dimensión estratégica. Vox sostuvo que la prioridad eran las medidas, mientras que la entrada en el Ejecutivo terminó siendo parte del resultado. No hay contradicción necesaria entre reclamar un programa y aceptar responsabilidades: ocupar consejerías permite participar directamente en la gestión y atribuirse sus decisiones. Pero esa presencia también expone al partido a responder por lo que haga el Gobierno, no solo a criticarlo desde la oposición. El salto del apoyo parlamentario a la coalición aumenta tanto la influencia como la responsabilidad política de Vox.

Para el PP, aceptar de nuevo esa fórmula resolvía el problema inmediato de la investidura, aunque implicaba renunciar a gobernar sin compartir el poder. También exponía a Mañueco a que sus decisiones fueran interpretadas en clave de pacto y a que la relación con Vox condicionara la imagen de autonomía del Ejecutivo. El presidente conservaba el cargo y el PP seguía siendo el socio mayoritario, pero la coalición fijaba un límite visible a su margen de maniobra. La presidencia quedó en manos populares; la gobernabilidad, compartida.

El PSOE resiste, pero no alcanza una mayoría

Los 30 procuradores socialistas fueron una mejora relevante frente a los 28 anteriores y dieron a Carlos Martínez motivos para presentar el resultado como una recuperación. El PSOE evitó quedar reducido a un papel secundario y mantuvo presencia suficiente para cuestionar las decisiones del Gobierno. Sin embargo, resistir no era lo mismo que poder gobernar. Incluso con sus aliados potenciales, no surgía una suma parlamentaria capaz de desplazar al PP y reunir los apoyos necesarios para una investidura alternativa. La subida socialista fortaleció su posición de oposición, no su opción de formar Gobierno.

La ausencia de representación de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE contribuyó a cerrar esa posibilidad. También desapareció Ciudadanos de las Cortes, mientras los partidos provinciales conservaron una presencia reducida. El mapa se simplificó alrededor de los tres grandes grupos, pero esa concentración no produjo una mayoría progresista: dejó al PSOE en una posición destacada y, a la vez, sin socios suficientes para competir por la presidencia. El retroceso de las fuerzas menores ordenó el Parlamento, aunque no cambió el bloque con capacidad de gobernar.

La trayectoria de Carlos Martínez en Soria ofrecía al PSOE un argumento propio para valorar el resultado, especialmente por su experiencia como alcalde de la capital provincial. Pero el rendimiento de un candidato no modifica por sí solo la suma de escaños. El avance socialista podía ayudar a recuperar terreno político y a fiscalizar al Gobierno, pero no bastaba para convertir al partido en una alternativa inmediata en las Cortes. El candidato logró contener el desgaste, mientras la aritmética mantuvo al PSOE lejos del poder autonómico.

Por eso el papel socialista durante la negociación fue indirecto. Martínez podía señalar el coste de un nuevo pacto entre PP y Vox y ofrecerse como alternativa política, pero Mañueco descartó un acuerdo con los socialistas. Con esa puerta cerrada y sin otra mayoría disponible, la discusión se concentró en las condiciones que Vox impondría para apoyar al PP. La oposición podía elevar el coste político de la coalición, pero no sustituirla en la votación de investidura.

Un mapa provincial con equilibrios propios

El reparto territorial ayuda a entender por qué el resultado no fue un mandato uniforme para una sola fuerza. En Valladolid, la provincia con mayor peso parlamentario, PP y PSOE empataron con seis procuradores cada uno, mientras Vox obtuvo tres. León mostró otro equilibrio: cuatro representantes para el PP, cuatro para el PSOE, tres para Unión del Pueblo Leonés y dos para Vox. La presencia de UPL refleja una identidad territorial que no queda absorbida por completo por los partidos estatales. En las provincias con más peso, el resultado mostró competencia y pluralidad, no una victoria popular incontestable.

Burgos y Salamanca ofrecieron una posición más favorable al PP, con cinco escaños populares en cada una. El PSOE logró cuatro en Burgos y tres en Salamanca, mientras Vox sumó dos en ambas. En Ávila, el PP obtuvo tres procuradores, el PSOE dos, y Vox y Por Ávila uno cada uno. Esos repartos muestran que la ventaja autonómica del PP se construyó a partir de resultados distintos entre provincias, no de una superioridad idéntica en todo el territorio. La suma regional ocultaba diferencias locales que condicionan la lectura política del voto.

Palencia, Segovia y Zamora dibujaron equilibrios parecidos, con tres escaños para el PP, tres para el PSOE y uno para Vox en cada caso. Soria fue especialmente expresiva: el PSOE consiguió dos procuradores y PP, Vox y Soria Ya, uno cada uno. La pérdida de representación de Soria Ya redujo el peso parlamentario de una formación que había tenido un resultado más amplio en la elección anterior. Aun así, los partidos provinciales conservaron capacidad para llevar reivindicaciones territoriales a las Cortes. La tendencia a concentrar el voto en los grandes partidos no eliminó la política provincial.

La participación rondó el 65 %, una cifra que dibuja una elección con movilización apreciable, aunque no permite por sí sola explicar las motivaciones de quienes votaron. El movimiento de escaños fue limitado: PP y PSOE ganaron dos cada uno, Vox sumó uno y Soria Ya perdió dos. La comunidad no cambió de bloque gobernante, pero sí modificó lo suficiente la composición de las Cortes para hacer necesaria una nueva negociación. La continuidad electoral convivió con un cambio decisivo en la forma de asegurar el Gobierno.

La legislatura se medirá en la gestión del pacto

La formación de la coalición desplazó la atención desde la investidura hacia la aplicación de los compromisos. Castilla y León afronta problemas que no se ordenan según los límites de una consejería: despoblación, envejecimiento, servicios sanitarios en zonas rurales, relevo generacional en el campo e infraestructuras que conectan territorios extensos. Las decisiones sobre agricultura, ganadería, educación y actividad económica repercuten de manera distinta en cada provincia. El reto para el Gobierno será convertir un acuerdo entre partidos en políticas que respondan a necesidades territoriales diversas.

La distribución del poder puede facilitar la gestión si los socios respetan los compromisos, pero también abrir disputas cada vez que una medida afecte a sus prioridades o a sus electorados. El antecedente de la acogida de menores migrantes demostró que una cuestión concreta puede romper una coalición cuando se conecta con una estrategia política más amplia. El nuevo pacto no elimina ese riesgo; cambia el marco en el que los partidos deberán resolverlo. La prueba de estabilidad no será la investidura, ya superada, sino la capacidad de sostener acuerdos durante la legislatura.

Mañueco conserva una legitimidad clara como ganador y presidente, pero su margen depende de mantener la cooperación con Vox. El partido de Abascal, por su parte, ha conseguido entrar de nuevo en el Ejecutivo y deberá asumir las consecuencias de las decisiones que respalde. El PSOE queda fuera del Gobierno, aunque con más escaños y capacidad para vigilarlo. Cada grupo empieza así la legislatura desde una posición diferente: el PP dirige, Vox comparte responsabilidad y los socialistas buscan convertir su resistencia electoral en influencia parlamentaria. El equilibrio no elimina la competencia entre los socios; la instala dentro del propio Gobierno.

La elección dejó una respuesta nítida sobre quién obtuvo más votos y una respuesta más compleja sobre quién podía gobernar. Mañueco encabezó el resultado, pero no logró una mayoría suficiente para prescindir de Vox; Vox no ganó, pero convirtió sus 14 procuradores en participación ejecutiva; y el PSOE mejoró sin reunir apoyos para disputar la presidencia. El acuerdo de coalición cerró la etapa de incertidumbre institucional, aunque dejó abierta la pregunta política que acompañará al mandato: cuánto podrán avanzar juntos dos partidos cuya alianza ya se rompió una vez. En Castilla y León, la victoria decidió quién lidera; la negociación decidió cómo se ejerce el poder.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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