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¿Israel entra en Líbano? El giro que cambia la guerra

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Israel entra en Líbano

Israel entra en el sur de Líbano contra Hezbollah y lleva la guerra a otra escala, con Beirut bajo presión y un país fracturado por el éxodo.

Israel ha dado un paso que cambia el tono, el alcance y también el riesgo de la guerra en su frontera norte. Las Fuerzas de Defensa de Israel confirmaron este lunes que han iniciado operaciones terrestres limitadas y selectivas en el sur de Líbano contra posiciones de Hezbollah, con el argumento de destruir bastiones de la milicia chií, reforzar sus puestos avanzados y crear una capa extra de seguridad para las comunidades israelíes cercanas a la frontera. El lenguaje del parte militar suena casi de laboratorio, como si todo cupiera en una maniobra limpia y milimétrica. Pero la realidad no va por ahí: cuando un Ejército cruza la línea y mete tropas sobre el terreno, la guerra deja de ser sólo fuego a distancia.

Ese es el dato central de la jornada. Israel ya no se limita a bombardear, vigilar y responder con artillería, sino que entra físicamente en el sur libanés en una fase nueva del conflicto regional abierto desde comienzos de marzo. La decisión llega después de varios días de ataques intensos sobre Beirut, sobre los suburbios del sur de la capital y sobre distintas áreas del sur y del este de Líbano. También llega en medio de una contradicción casi clásica de Oriente Próximo: mientras las bombas amplían el campo de batalla, bajo la mesa se habla de posibles contactos para un alto el fuego duradero, del papel de Francia como mediador y de la idea, mucho más ambiciosa y mucho menos sencilla, de empujar al desarme de Hezbollah.

Una operación “limitada” que cambia mucho

En el comunicado israelí hay tres palabras decisivas: limitada, selectiva y defensiva. Ninguna está elegida al azar. “Limitada” busca alejar la imagen de una gran invasión como la de otros momentos históricos. “Selectiva” intenta presentar la ofensiva como una intervención de precisión contra infraestructura armada y no como una guerra abierta contra el conjunto del Estado libanés. “Defensiva” sirve para apuntalar el relato político de Benjamin Netanyahu y del mando militar: Israel no estaría abriendo un frente nuevo por voluntad expansiva, sino empujando la frontera hacia delante para reducir el margen operativo de Hezbollah y dar seguridad al norte del país.

El problema es que las guerras rara vez obedecen al vocabulario de los comunicados. Una incursión terrestre, aunque sea acotada, tiene una lógica propia. Exige reconocimiento, ocupación temporal de posiciones, exposición de tropas, control de rutas y respuesta inmediata ante minas, emboscadas, lanzacohetes, drones o fuego antitanque. Y ahí aparece el verdadero cambio. No es lo mismo castigar desde el aire que entrar en el terreno del adversario, aunque se haga en franjas pequeñas y durante ventanas operativas cortas. El sur de Líbano no es un solar vacío. Es una franja donde cada colina tiene valor táctico, cada aldea puede esconder depósitos, túneles o lanzaderas, y cada error militar se paga rápido. La maniobra israelí, por tanto, puede ser corta en kilómetros y larga en consecuencias.

Israel sostiene que estas acciones comenzaron en los últimos días y que están dirigidas a fortalezas relevantes de Hezbollah. La idea oficial es desmontar infraestructura armada cerca de la frontera y consolidar una posición avanzada que impida ataques contra el norte israelí. Es una tesis conocida: cuanto más lejos quede Hezbollah de la línea de contacto, menos capacidad tendrá para lanzar cohetes, drones o infiltraciones. Sobre el papel tiene lógica militar. Sobre el terreno, sin embargo, implica algo más áspero: golpear, limpiar, aguantar y volver a golpear, con el riesgo permanente de que una operación pensada para contener acabe agrandando el incendio.

Del intercambio de fuego a una guerra mucho más ancha

La actual escalada no ha salido de la nada. El frente libanés se disparó de nuevo el 2 de marzo, cuando Hezbollah abrió fuego contra Israel en conexión directa con la guerra regional contra Irán, alegando represalia por la muerte del líder supremo iraní. Desde entonces, la frontera entre Israel y Líbano dejó de ser una línea caliente pero más o menos contenida y pasó a convertirse en una pieza visible de una guerra más amplia, más nerviosa y bastante más imprevisible. Hezbollah lanzó cientos de cohetes y drones; Israel respondió con una campaña cada vez más dura y más profunda dentro del territorio libanés.

En pocos días, la ofensiva israelí subió varios peldaños. Primero llegaron los ataques aéreos más intensos sobre el sur del país y sobre los bastiones de Hezbollah en los suburbios meridionales de Beirut. Después, los bombardeos se acercaron al centro de la capital. Más tarde, el Gobierno israelí multiplicó las órdenes de evacuación y el ministro de Defensa, Israel Katz, llegó a advertir de que Líbano se arriesgaba incluso a una ocupación militar israelí si no frenaba a Hezbollah. La frase no es menor. No porque describa un plan definitivo, sino porque enseña el marco mental con el que se está moviendo el Ejecutivo israelí: presión militar máxima, mensaje político duro y margen abierto para escalar si considera que no obtiene resultados.

Esa escalada ya ha dejado cifras devastadoras. El Ministerio de Salud libanés elevó el balance a más de 850 muertos y más de 2.100 heridos desde el 2 de marzo. Entre los fallecidos hay mujeres y niños, y la cifra no distingue con claridad entre combatientes y civiles. Al mismo tiempo, el desplazamiento interno se ha disparado hasta superar las 800.000 personas, alrededor del 15% de la población libanesa, en una velocidad de desarraigo muy superior a la de muchos episodios previos. En Israel, según el balance difundido en las últimas horas, dos soldados israelíes han muerto en el sur de Líbano y no se habían registrado víctimas civiles en territorio israelí por los ataques de Hezbollah desde el inicio de esta fase.

Beirut deja de ser retaguardia

Uno de los signos más contundentes de la nueva fase es que Beirut ha dejado de ser una retaguardia imperfecta para convertirse en un espacio directamente golpeado. Los suburbios del sur de la capital, donde Hezbollah tiene una presencia estructural y muy visible, llevan días bajo presión. Pero el salto más delicado llegó cuando los ataques se aproximaron a zonas más céntricas, como Bachoura y Zuqaq al-Blat, áreas densamente pobladas y con mezcla de viviendas, oficinas, tráfico cotidiano y vida civil. Ahí la guerra pierde cualquier apariencia de contención periférica. Cuando la capital tiembla, el país entero entiende que la línea de seguridad ya no existe.

Israel ha justificado esos bombardeos afirmando que en esos lugares había infraestructura vinculada a Hezbollah. El discurso militar insiste en que la milicia se incrusta en entornos civiles, una acusación que Israel viene formulando desde hace años y que ahora utiliza para defender ataques en zonas urbanas muy sensibles. El efecto práctico, de todos modos, es devastador. Las imágenes que llegan de Beirut repiten una secuencia conocida y cada vez más amarga: columnas de humo, edificios abiertos como latas, calles vaciadas a toda prisa, familias cargando colchones, bolsas y niños medio dormidos. Líbano, que todavía no había terminado de recomponer la vida cotidiana tras la crisis financiera, la explosión del puerto de 2020 y la guerra anterior, vuelve a ver cómo la normalidad se le rompe delante de casa.

La propia dimensión urbana del conflicto añade un elemento político crucial. Bombardear el sur de Líbano es una cosa; golpear el corazón de Beirut es otra muy distinta. Para Hezbollah, eso refuerza su narrativa de resistencia. Para el Estado libanés, es una humillación añadida. Para la población civil, es simplemente una catástrofe. Y para Israel, aunque pueda considerarlo militarmente útil, supone asumir un coste internacional mayor, porque la presión diplomática crece cuando los ataques alcanzan espacios simbólicos de la capital y dejan víctimas lejos de la clásica geografía de frontera.

Qué busca Israel y qué puede hacer Hezbollah

El objetivo israelí inmediato parece bastante claro: alejar a Hezbollah de la frontera, degradar su infraestructura operativa y consolidar una franja defensiva avanzada que reduzca el riesgo para el norte de Israel. En términos políticos, el Gobierno de Netanyahu también persigue otra cosa: demostrar que puede imponer nuevas reglas en el frente libanés después de meses en los que Hezbollah mantuvo una capacidad real de hostigar la frontera. Netanyahu necesita mostrar control, capacidad de castigo y profundidad estratégica, no sólo ante su propia opinión pública, también ante Irán y el resto de actores del eje regional que orbitan alrededor de Teherán.

La dificultad es que Hezbollah no es una milicia improvisada. Aunque ha recibido golpes duros, mantiene una estructura militar, una red política y una implantación territorial que le permiten resistir mejor que otros actores armados de la región. Fuentes libanesas cercanas al movimiento han señalado en los últimos días que el grupo está volviendo a tácticas más guerrilleras, con unidades pequeñas, menos exposición de sus comunicaciones y especial atención a puntos como Khiyam, una zona muy sensible en el sur donde una incursión israelí más profunda podría convertirse en combate sostenido. Eso importa mucho. Significa que Hezbollah no necesita un gran despliegue convencional para complicar el avance israelí. Le basta con sobrevivir, golpear y alargar el desgaste.

Ahí reside uno de los mayores riesgos del momento. Israel puede destruir posiciones, almacenes, lanzaderas o centros de mando. Puede empujar hacia atrás a Hezbollah en determinadas áreas. Puede incluso imponer durante un tiempo una presencia de facto en franjas del sur. Pero desarmar de verdad a Hezbollah no depende sólo de la fuerza militar israelí. Depende del Estado libanés, de su Ejército, de sus equilibrios internos y de la correlación regional de poder con Irán. Y eso ya entra en una dimensión mucho más complicada, mucho más lenta y bastante menos obediente a las órdenes de un gabinete de guerra.

El Estado libanés, atrapado en su propio límite

En paralelo a la ofensiva militar, se mueve una partida diplomática difícil de leer porque está llena de mensajes contradictorios. Por un lado, responsables israelíes han dejado entrever que Israel y Líbano podrían abrir conversaciones en los próximos días para buscar un alto el fuego duradero y abordar la cuestión del desarme de Hezbollah. El hombre que está pilotando ese canal por parte israelí sería Ron Dermer, uno de los colaboradores de máxima confianza de Netanyahu, con Francia implicada en la mediación. Por otro lado, el ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, negó públicamente que esas conversaciones estén realmente en marcha. Oriente Próximo tiene esa vieja afición por negociar mientras niega que negocia.

Desde Beirut, el presidente Joseph Aoun ha mostrado disposición a hablar y a explorar una salida política, pero exige un punto de partida claro: alto el fuego completo antes de sentarse a negociar. El problema para Líbano es brutal. El Gobierno ha llegado a prohibir las actividades militares de Hezbollah, una decisión que hace un tiempo habría parecido impensable. Sin embargo, otra cosa muy distinta es poder imponerla. Hezbollah conserva armamento, organización y respaldo dentro de buena parte de la comunidad chií. Un intento frontal del Estado libanés por desarmarlo por la fuerza podría abrir una crisis interna de proporciones históricas. Beirut quiere recuperar soberanía, pero no tiene músculo suficiente para imponerla sin arriesgar el equilibrio del país.

Esa fragilidad explica también la frialdad con la que Israel y Estados Unidos han recibido algunas ofertas de diálogo. La objeción israelí es sencilla y demoledora: no sirve de mucho hablar con un Estado que no controla del todo el territorio desde el que le disparan. La objeción libanesa, en cambio, también es fácil de entender: no se puede reconstruir autoridad bajo bombardeos y con cientos de miles de desplazados. En medio de ese choque de lógicas, Hezbollah sigue actuando, Israel sigue atacando y el Estado libanés vuelve a quedar reducido a una mezcla de voluntad, impotencia y supervivencia.

La factura humana de una guerra que ya desborda cualquier eufemismo

La dimensión humanitaria del conflicto se ha vuelto demasiado grande para esconderla detrás de expresiones como “objetivos precisos” o “acciones selectivas”. Más de 800.000 desplazados en pocos días no son una derivada secundaria. Son un país partiéndose por dentro. Las autoridades libanesas sólo han podido alojar a una parte pequeña, alrededor de 132.000 personas, en refugios colectivos. El resto sobrevive donde puede: con familiares, en edificios sin terminar, en coches, en calles abiertas, en zonas portuarias o en improvisados campamentos bajo plásticos. Y encima ha llegado la lluvia. En Beirut y otras ciudades costeras ya hay escenas de familias enteras refugiadas bajo lonas, junto a árboles o en aceras convertidas en dormitorio.

Ese detalle importa más de lo que parece. Líbano no afronta esta guerra desde una situación normal, sino después de años de ruina económica, colapso bancario, degradación de servicios públicos y agotamiento social. El país aún arrastra las consecuencias del derrumbe financiero de 2019, de la explosión del puerto de Beirut en 2020 y de la guerra previa con Israel. De modo que cada nuevo desplazado no sólo necesita un techo: necesita comida, agua, medicinas, combustible, transporte, escuelas, atención básica. Y todo eso ocurre cuando las organizaciones humanitarias ya admiten que están trabajando con recursos muy limitados y seleccionando prioridades en un paisaje de escasez crónica. No es una crisis sobre un país estable; es una crisis añadida sobre un país exhausto.

La ONU ha lanzado una petición urgente de 308 millones de dólares para atender la emergencia. El mensaje de António Guterres ha sido claro: la solidaridad no puede quedarse en declaraciones. El problema es que el dinero tarda, la logística se atasca y la guerra no espera. Mientras tanto, los hospitales funcionan bajo presión, algunos centros sanitarios han quedado dañados, y el margen operativo de las agencias internacionales es estrecho. Todo esto sucede, además, con un ruido de fondo que no conviene minimizar: la población libanesa no sólo está huyendo de los bombardeos; también está expresando una fatiga cada vez más visible con el precio que Hezbollah impone al país en nombre de una guerra que muchos no sienten como propia.

La resolución 1701, el viejo papel que vuelve a la mesa

Cada vez que el frente entre Israel y Hezbollah entra en combustión, reaparece la misma referencia: la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada tras la guerra de 2006. Ese texto puso fin a aquel conflicto, consagró la Línea Azul como referencia de separación y estableció un marco según el cual el sur de Líbano debía quedar libre de grupos armados distintos del Estado libanés y de la misión internacional de UNIFIL. También reforzó el papel de la fuerza de la ONU en la zona. Sobre el papel, era una arquitectura de contención. En la práctica, quedó llena de grietas, incumplimientos y ambigüedades.

Israel lleva años denunciando que Hezbollah nunca desapareció realmente del sur y que ha seguido acumulando armas, infraestructura y capacidad operativa. Líbano, por su parte, acusa a Israel de violaciones constantes del espacio aéreo y de la soberanía del país. La misión de la ONU ha quedado atrapada, demasiadas veces, en el papel incómodo de vigilar una tregua que casi nadie ha respetado del todo. Aun así, la 1701 sigue siendo el punto de partida de cualquier intento serio de desescalada, porque no hay otro marco mínimamente aceptado por todos. Cada actor la invoca para cosas distintas, pero todos acaban volviendo a ella.

El problema es que la resolución servía para gestionar una frontera hostil, no para resolver una guerra regional en la que se mezclan Israel, Hezbollah, Irán, Estados Unidos y una cadena de intereses que va mucho más allá del sur libanés. Por eso la pregunta clave no es sólo si puede haber un alto el fuego, sino qué significa un alto el fuego ahora. ¿Bastaría con parar los ataques? ¿Exigiría retirar fuerzas? ¿Implicaría reactivar a fondo a UNIFIL y al Ejército libanés? ¿Forzaría un calendario real de desarme de Hezbollah? Sobre el papel suena ordenado. En la realidad, cada una de esas cuestiones choca con líneas rojas militares y políticas que hoy siguen intactas.

La frontera que vuelve a marcar el ritmo

La entrada de tropas israelíes en el sur de Líbano no es una anécdota operativa ni una nota secundaria dentro de la tormenta regional. Es la confirmación de que el frente libanés vuelve a convertirse en una bisagra decisiva. Si las operaciones terrestres se quedan en incursiones puntuales y la presión diplomática encuentra un hueco, Israel podrá vender que ha recuperado iniciativa sin abrir una ocupación larga. Si, en cambio, Hezbollah responde con eficacia, si las bajas se multiplican o si la cadena de bombardeos sobre Beirut sigue ensanchándose, el conflicto puede deslizarse hacia una fase mucho más dura. Ese es el verdadero punto de tensión: no si la operación ha empezado, sino hasta dónde arrastra todo lo demás.

Hezbollah intentará resistir para demostrar que sigue siendo un actor militar central y que Israel no puede redibujar la frontera a voluntad. Netanyahu intentará consolidar la idea contraria: que Israel sí puede imponer nuevas condiciones de seguridad en el norte y que Hezbollah pagará un coste insoportable si mantiene el pulso. Entre ambas estrategias queda Líbano, otra vez atrapado entre una milicia que actúa por encima del Estado y un vecino que responde con una fuerza descomunal. Joseph Aoun busca una salida política, Ron Dermer explora canales discretos, Gideon Saar enfría expectativas en público, Israel Katz endurece el tono y la población civil sigue haciendo las maletas bajo las sirenas y el humo. Nadie puede decir seriamente que eso sea estabilidad.

Lo que ya ha cambiado es el marco. Israel ha pasado del castigo a distancia a la presencia sobre el terreno, y eso altera la naturaleza del conflicto. El sur de Líbano vuelve a ser el lugar donde se decide mucho más que una frontera: ahí se cruzan la seguridad del norte israelí, la supervivencia política de Hezbollah, la soberanía fallida del Estado libanés y el pulso regional con Irán. Por eso este movimiento importa tanto. No porque sea todavía una gran invasión, que no lo es en los términos anunciados, sino porque abre una puerta que en Oriente Próximo casi nunca se queda a medias.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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