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Oscar 2026 ganadores: quién arrasó y qué pasó con Sirât

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Óscar 2026 asunto de familia

One Battle after Another manda en los Oscar 2026, Michael B. Jordan toca techo y Sirât se queda sin premio en una gala que dejó huella real.

Los Oscar 2026 ya tienen una foto fija, nítida, casi cruel en su claridad: la gran vencedora fue One Battle after Another, que cerró la noche con seis estatuillas, incluidas mejor película y mejor dirección para Paul Thomas Anderson. La otra imagen potente la dejó Michael B. Jordan, convertido en mejor actor del Oscar 2026 por Sinners, mientras Jessie Buckley se llevó el premio a mejor actriz por Hamnet. En clave española, la noticia fue menos amable: Sirât, la representante de España, se fue sin premio pese a competir en mejor película internacional y mejor sonido. Esa es la respuesta directa, la que se buscaba desde que terminó la gala: estos son los ganadores de los Oscar 2026 y así quedó el reparto de poder en Hollywood.

La ceremonia, celebrada en Los Ángeles en la 98ª edición de los premios de la Academia, confirmó algo que ya se intuía en la temporada: había una lucha muy seria entre la película que generaba más conversación, Sinners, y la película que despertaba más respeto interno, One Battle after Another. La segunda acabó imponiendo su autoridad con una contundencia bastante rara en unos Oscar que suelen repartir premios como quien corta una tarta a regañadientes. Esta vez no. Paul Thomas Anderson salió coronado, Ryan Coogler salvó la noche con un botín muy sólido para Sinners, y España volvió a quedarse mirando desde la puerta, que también es una vieja costumbre de estos premios cuando se ponen solemnes.

Una gala con un vencedor claro y varios damnificados elegantes

Había mucha expectación alrededor de los resultados de los Oscar 2026 porque la temporada venía agitada, con títulos muy fuertes y una batalla abierta entre cine de prestigio, cine más popular y cine internacional con peso real. Al final, la Academia dibujó un palmarés bastante reconocible: premió la obra total de One Battle after Another y dejó a Sinners como la gran aspirante que no remató el asalto principal. No fue un descalabro, ni mucho menos, pero sí uno de esos desenlaces que cambian la lectura de una película en una sola noche. De pronto, la cinta más nominada ya no era la ganadora de la edición, sino la película que estuvo cerca, que brilló muchísimo, que ganó bastante… pero no ganó lo que más se recuerda al día siguiente.

El dominio de One Battle after Another no fue simbólico ni decorativo. La película ganó mejor película, mejor dirección, mejor guion adaptado, mejor montaje, el nuevo Oscar al mejor casting y también mejor actor de reparto para Sean Penn. Esa suma importa porque describe una victoria total, de estructura y de ejecución. No fue una cinta premiada por una sola faceta, ni un caso de consenso tibio. La Academia la respaldó en áreas que definen la identidad profunda de una obra: la mirada del director, la escritura, el ensamblaje final, la construcción del reparto y el empuje interpretativo de uno de sus secundarios. Es decir, ganó por dentro y por fuera.

Ese triunfo tenía además un componente biográfico, casi de ajuste de cuentas con la propia historia de los Oscar. Paul Thomas Anderson llevaba décadas instalado en el pedestal del gran autor estadounidense contemporáneo, admirado, citado, reverenciado, muchas veces nominado y rara vez recompensado de verdad. Esta vez Hollywood dejó de aplaudirle desde la distancia y lo sentó en la mesa principal. No con un premio suelto, no con una mención elegante para salir del paso, sino con el paquete completo. En una industria que suele repartir homenajes diferidos cuando ya huelen a mármol, lo de Anderson tuvo otro tono: sonó a reconocimiento pleno, no a caridad retrospectiva.

También hubo algo muy revelador en la forma de esa victoria. La película vencedora no se llevó los premios protagonistas de actor y actriz, lo que indica que su fuerza estuvo en el conjunto, en el cuerpo entero de la obra. A veces los Oscar se dejan seducir por un rostro; otras veces, por una maquinaria narrativa que funciona con la precisión de un reloj caro. One Battle after Another perteneció a ese segundo tipo. Se impuso como una película armada con rigor, ambición y nervio, sin necesidad de convertir a uno de sus protagonistas en icono absoluto de la noche. Fue la película del bloque, del sistema, del músculo narrativo, y eso en los Oscar suele pesar muchísimo más de lo que parece desde fuera.

Paul Thomas Anderson por fin gana la batalla grande

El dato de mejor película es el gran titular, sí, pero en el caso de Paul Thomas Anderson casi pesa igual el de mejor dirección. Porque ahí la Academia no premia solo un resultado comercial o una corriente de simpatía, sino una forma concreta de hacer cine. Anderson llevaba años siendo el director favorito de medio Hollywood y el ganador de casi nadie dentro de la Academia. Eso cambió de golpe. Su primera gran noche en los Oscar llegó con una intensidad casi desproporcionada: premio a la dirección, premio al guion adaptado y premio a la película. No es una victoria cualquiera. Es el momento en que una carrera entra, definitivamente, en otra dimensión.

El Oscar al casting, además, tuvo un valor casi programático. Era la primera vez que la Academia entregaba este galardón y el hecho de que cayera en manos de One Battle after Another reforzó una idea muy concreta: la película se percibió como una obra coral, cuidadosamente diseñada desde la elección de cada presencia, cada energía, cada encaje humano en pantalla. No es un premio de escaparate; es un premio de quirófano. Y si el primer vencedor fue este título, el mensaje es bastante claro. La Academia vio una película extraordinariamente bien armada desde sus cimientos.

Michael B. Jordan convierte Sinners en una victoria parcial de mucho peso

Si alguien busca oscar mejor actor 2026, el nombre que hay que escribir sin rodeos es Michael B. Jordan. Su victoria por Sinners fue una de las más celebradas de la noche y, a la vez, una de las más significativas para el presente de Hollywood. Jordan no ganó por un papel cómodo ni por un personaje diseñado para llorar en primer plano y pescar votos. Ganó por una interpretación más arriesgada, más técnica y bastante más juguetona de lo que suele premiar la Academia: un doble papel, el de los hermanos gemelos Elijah “Smoke” Moore y Elias “Stack” Moore, en una película de género con elementos sobrenaturales y una atmósfera áspera, casi sudorosa, situada en el Misisipi de la Gran Depresión.

Ese detalle importa. La Academia ha sido históricamente más conservadora con el cine de género, especialmente cuando se mueve entre el terror, lo fantástico y la relectura simbólica de la historia americana. Que Jordan se impusiera con un trabajo así dice bastante sobre el calibre de su interpretación y sobre la fuerza real que tuvo Sinners durante toda la carrera de premios. No era solo una favorita de conversación digital, ni un fenómeno de crítica, ni un artefacto cool del año. Era una película con un peso tangible dentro de la industria. Y el Oscar a Jordan lo certificó con la solemnidad de un sello de lacre.

Había, además, una competencia muy seria. En la categoría estaban Timothée Chalamet, Leonardo DiCaprio, Ethan Hawke y Wagner Moura. Nada ligero. Nada de relleno. Jordan se impuso a un grupo con estrella, prestigio y recorrido, y eso coloca su victoria en otra escala. No fue un premio de oportunidad; fue una consagración clara. Después de años de ser una figura central del cine comercial más sólido, de consolidarse con Ryan Coogler y de ganar peso como productor y director, le faltaba esta validación simbólica, la que ordena una carrera hacia arriba y ya no la devuelve a la casilla anterior.

Lo curioso, y también lo inteligente del palmarés, es que Sinners no quedó reducida al Oscar interpretativo. Ganó también mejor guion original para Ryan Coogler, mejor fotografía para Autumn Durald Arkapaw y mejor banda sonora original para Ludwig Göransson. Es decir, la película no se llevó el premio grande, pero sí varias de las categorías que mejor definen su personalidad artística. Guion, imagen, música y actor principal: no es precisamente una noche menor. Es una noche de prestigio muy serio, de película que pierde el trono pero sale del Dolby Theatre con la espalda recta y la reputación reforzada.

Ryan Coogler pierde la corona, pero no el pulso de la noche

Conviene detenerse en Ryan Coogler, porque su posición tras los ganadores de los Oscars 2026 queda muy interesante. Sinners llegó con 16 nominaciones, una cifra enorme, de esas que colocan una película en la zona roja de las expectativas. Cuando una cinta acumula tantas opciones, el riesgo es que cualquier resultado inferior a la victoria total se lea como decepción. Pero aquí el contexto importa. Coogler ganó el Oscar al mejor guion original y vio cómo su película se imponía en apartados esenciales. No se llevó mejor película, desde luego, pero tampoco se fue con una palmada en la espalda y un “qué bien lo intentaste”. Se llevó premios de autor, de forma y de prestigio.

La fotografía de Autumn Durald Arkapaw fue uno de esos reconocimientos muy comentados en la gala. No solo por la potencia visual de Sinners, sino porque su trabajo se había convertido en uno de los argumentos más repetidos durante toda la temporada. La película tenía textura, atmósfera, una oscuridad viva, casi táctil. No era el tipo de imagen plana que acompaña; era el tipo de fotografía que impone carácter. Y la banda sonora de Ludwig Göransson hizo el resto, empujando una película que respiraba con una personalidad sonora muy reconocible. En conjunto, Sinners salió de los Oscar como un filme que quizá no dominó la clasificación, pero sí dejó una huella estética más difícil de borrar que la de otros ganadores más obedientes.

Jessie Buckley firma el giro más elegante de la noche

En mejor actriz, la vencedora fue Jessie Buckley por Hamnet, y ahí la Academia encontró quizá el equilibrio más fino de toda la noche. Buckley llegaba muy fuerte, con una temporada excelente, pero seguía existiendo cierta idea de pugna abierta en la categoría. La victoria la coloca en un lugar nuevo dentro de la industria: deja de ser la actriz deslumbrante que siempre aparece en las quinielas respetables para convertirse en ganadora del Oscar, que es otra cosa, otro peso, otro idioma. Su trabajo en Hamnet había acumulado elogios por su capacidad para sostener una historia atravesada por el duelo, la maternidad y la intimidad quebrada alrededor de la figura de William Shakespeare y la muerte de su hijo.

Hamnet, dirigida por Chloé Zhao y basada en la novela de Maggie O’Farrell, era una película con un prestigio muy particular, más fino que ruidoso, más emocional que aparatosa. El personaje de Buckley —Agnes, también conocida como Anne Hathaway— cargaba con el centro afectivo del relato, y ahí la actriz encontró una interpretación de una intensidad serena, profundamente medida. Nada de fuegos artificiales. Nada de subrayados gruesos. Ganó con una actuación de devastación contenida, lo que no siempre ocurre en unos premios tan sensibles al trazo más visible. Ese matiz hace que su triunfo tenga un valor añadido.

La categoría, además, estaba lejos de ser un paseo. Competían Emma Stone, Kate Hudson, Rose Byrne y Renate Reinsve, un grupo muy distinto entre sí y bastante robusto. Que Buckley se impusiera en ese cuadro refuerza la idea de que su carrera venía lanzada de verdad y de que Hamnet había penetrado con fuerza en el voto de actores, directores y ramas literarias de la Academia. La película no dominó el palmarés, pero con el Oscar de actriz principal consiguió algo incluso más valioso para ciertos títulos: salir convertida en una obra moralmente central dentro de la edición, una de esas películas que, aunque no arrasen, se quedan flotando sobre la noche.

La primera estatuilla de la gala fue para Amy Madigan, mejor actriz de reparto por Weapons, y su triunfo dio desde muy pronto una señal de que la Academia venía con ganas de mezclar reconocimiento histórico y apuesta por interpretaciones con personalidad. Madigan llevaba años siendo una figura muy respetada y su victoria añadió una veta clásica, casi de vieja escuela, a una ceremonia que luego combinó eso con guiños al cine de género, a la animación popular y al documental político. En ese equilibrio extraño, a veces elegante y a veces algo caprichoso, se movieron estos premios Oscar 2026.

El mapa completo del palmarés, más allá de las categorías estrella

Si se amplía la mirada y se baja al detalle de la lista de ganadores del Oscar 2026, aparecen varias tendencias interesantes. Frankenstein, por ejemplo, fue la gran dominadora de las categorías visuales más artesanales, con premios a diseño de producción, maquillaje y peluquería y vestuario. No es un tríptico menor. Habla de una película con una identidad física poderosísima, un universo plástico contundente y una capacidad clara para impresionar a las ramas más técnicas de la Academia. En ese terreno, Guillermo del Toro volvió a moverse como pez en agua, con una obra que respiraba oficio por cada costura.

En los apartados de mayor proyección popular, KPop Demon Hunters ganó mejor película de animación y también mejor canción original con “Golden”, un doblete que la convirtió en una de las sorpresas felices de la noche. No fue solo un premio para la animación como categoría aparte, encerrada en su pequeño jardín. Fue la confirmación de que había una película con tirón real, con música capaz de atravesar la ceremonia y con una energía cultural muy reconocible. En paralelo, “Mr. Nobody Against Putin” ganó mejor documental, llevando a la gala una pieza de fuerte carga política en un año en el que el contexto internacional, inevitablemente, también flotaba sobre Hollywood.

El bloque de cortometrajes dejó uno de los momentos más raros del palmarés: empate en mejor cortometraje de acción real para The Singers y Two People Exchanging Saliva. Los Oscar no suelen regalar estas anomalías y precisamente por eso el dato destacó tanto. En cortometraje de animación ganó The Girl Who Cried Pearls y en cortometraje documental se impuso All the Empty Rooms. No son premios que monopolizan titulares, pero sí completan una radiografía del gusto académico de este año: una mezcla de sensibilidad autoral, cierta apertura temática y un interés visible por piezas muy marcadas en tono y propuesta.

Hubo también victorias muy representativas en apartados técnicos de alto perfil. El Oscar a mejor sonido fue para F1, una decisión que afectó directamente a la suerte española porque esa era una de las categorías en las que competía Sirât. Los efectos visuales fueron para Avatar: Fire and Ash, que volvió a confirmar que cuando la franquicia de James Cameron entra en este terreno sigue siendo una referencia casi automática. Y en montaje, un premio crucial para medir el pulso interno de una película, volvió a ganar One Battle after Another. Ese detalle terminó de cerrar la idea principal de la noche: la película de Anderson no solo gustó; convenció técnicamente a muchísima Academia.

Qué pasó con Sirât y por qué España volvió a quedarse sin Oscar

La otra gran búsqueda ligada a esta gala, sobre todo en España, era “Oscars 2026 Sirât”. La respuesta fue dura y bastante simple: Sirât no ganó. La película de Oliver Laxe competía en mejor película internacional y mejor sonido, dos categorías muy diferentes entre sí y las dos realmente difíciles. En la primera se impuso “Sentimental Value”, la película noruega de Joachim Trier, que llegaba con un prestigio muy consolidado. En la segunda ganó F1, una apuesta extremadamente fuerte en un apartado donde el músculo industrial y la espectacularidad sonora cuentan mucho. España, otra vez, se quedó a las puertas.

Conviene, sin embargo, no leerlo de manera tosca. Sirât no estuvo en los Oscar por cortesía ni por cuota exótica. Llegó con un recorrido sólido, con una campaña internacional seria y con la autoridad que le había dado su paso por Cannes, donde inició una carrera larguísima que terminó precisamente en Hollywood. La película había conseguido algo muy difícil: entrar en una edición especialmente competitiva y hacerlo en dos categorías. No era un simple gesto honorífico. Era una candidatura con entidad. De hecho, en sonido arrastraba un detalle muy llamativo: Laia Casanovas, Yasmina Praderas y Amanda Villavieja formaban el primer equipo femenino nominado en esa categoría en los 98 años de historia de los premios. Esa sola presencia ya tenía un peso simbólico evidente.

El problema fue el contexto. En mejor película internacional, Sirât competía contra títulos muy asentados, con una temporada muy fuerte y un apoyo muy claro entre los votantes. “Sentimental Value” llegaba muy bien colocada y terminó confirmándolo. En sonido, la pugna era todavía más empinada porque ahí entraban máquinas de precisión industrial como F1, además de candidatas tan visibles como Frankenstein, One Battle after Another y Sinners. No era un territorio sencillo para una película española de perfil autoral. La nominación ya tenía algo de pequeña hazaña, aunque, claro, eso no consuela demasiado cuando el premio no llega.

El dato histórico tampoco ayudó a suavizar la sensación. España no gana el Oscar a mejor película internacional desde Mar adentro, premiada en 2005. Desde entonces ha habido nominaciones importantes, campañas intensas y varias ilusiones a medio camino, pero la estatuilla sigue sin volver. En animación sí ha habido presencia, y el último ganador español en cualquier categoría fue Alberto Mielgo en 2022, con el corto animado El limpiaparabrisas. Aun así, el gran Oscar de la representación española en el largo internacional sigue siendo un territorio esquivo. Sirât no rompió esa sequía, aunque sí dejó una candidatura respetada y una visibilidad internacional nada menor para Oliver Laxe y su equipo.

La derrota no borra el recorrido de Oliver Laxe

Sería injusto reducir la aventura de Sirât a una madrugada sin premio. La película venía de un trayecto largo, duro y muy expuesto, de esos que desgastan incluso cuando todo va bien. Oliver Laxe había reconocido en los días previos el cansancio acumulado por meses de promoción, galas y entrevistas, algo lógico en un circuito de premios que exprime a las películas hasta dejarlas casi sin aire. En ese contexto, llegar a los Oscar ya significaba haber superado muchas cribas, muchas campañas y muchas inercias de la industria que rara vez favorecen al cine español más singular.

Además, Sirât dejó una impresión de prestigio real. No fue la candidata española vistosa de una temporada floja, sino una obra con recorrido internacional, conversación crítica y personalidad propia. Su doble nominación la colocó en un lugar de respeto dentro de la edición. No ganó, pero quedó situada. Y a veces esa colocación importa mucho más de lo que parece en el corto plazo. Para la carrera de Laxe, para la proyección del equipo y para la circulación futura de la película, el eco de los Oscar sigue siendo un sello muy valioso, aunque el sobre no trajera el final feliz que muchos esperaban.

Lo que de verdad dejaron los Oscar 2026

Mirado con calma, el palmarés de los ganadores de los Oscars 2026 dibuja una industria que quiso premiar varias cosas al mismo tiempo. Quiso consagrar a Paul Thomas Anderson como gran cineasta premiado, quiso elevar definitivamente a Michael B. Jordan al rango de actor-oscarizado, quiso reconocer la fineza emocional de Jessie Buckley y quiso repartir prestigio técnico y artístico entre películas muy distintas. No fue una edición monotemática. Tampoco una gala caótica que disparara premios sin orden. Tuvo una lógica bastante reconocible: una gran ganadora total, una favorita muy fuerte que se quedó a un paso del trono y varias películas que encontraron su premio exacto.

Eso explica por qué la resaca de la ceremonia deja dos sensaciones al mismo tiempo. Por un lado, la claridad del resultado: el Oscar a mejor película 2026 fue para One Battle after Another y nadie podrá discutir que salió como la gran campeona. Por otro, la persistencia de otras imágenes: Michael B. Jordan levantando su primer Oscar, Jessie Buckley confirmando su mejor momento, Sinners consolidada como uno de los grandes títulos del año, y Sirât cerrando sin premio una carrera internacional de enorme dignidad. Son piezas distintas de una misma noche, pero todas forman parte del mismo relato.

En el fondo, estos premios Oscar dejaron una enseñanza muy concreta, nada abstracta, nada grandilocuente. Hollywood sigue premiando el cine que le parece sólido, completo y reconocible como gran obra, pero ya no mira con tanta prevención ciertas formas del género, ni ciertas propuestas populares, ni determinadas sensibilidades contemporáneas. Eso explica que convivieran en el palmarés Anderson, Coogler, Buckley, Trier, la animación de KPop Demon Hunters, el documental Mr. Nobody Against Putin y el músculo técnico de Frankenstein o Avatar: Fire and Ash. Es un reparto heterogéneo, sí, pero no arbitrario.

La respuesta final, por tanto, queda bastante limpia. Los ganadores de los Oscar 2026 dejaron a One Battle after Another en la cima con seis premios; consagraron a Michael B. Jordan como mejor actor Oscar 2026 por Sinners; premiaron a Jessie Buckley como mejor actriz por Hamnet; entregaron a Sean Penn y Amy Madigan los galardones de reparto; confirmaron el buen momento de Sentimental Value, Frankenstein, KPop Demon Hunters y F1; y cerraron la carrera de Sirât sin la estatuilla que España perseguía. Ese fue el reparto real del poder en Hollywood. Todo lo demás —la alfombra roja, los vestidos, las apuestas, las porras de última hora— ya pertenece al ruido de alrededor.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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