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Salud

¿Por qué los taxistas tienen menos muertes por Alzheimer en EE.UU.?

Los taxistas registran menos muertes por Alzheimer. Un estudio con casi nueve millones de casos encuentra una llamativa pista en el cerebro.

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el simbolo del taxi sobre el techo del coche

Los taxistas y los conductores de ambulancia aparecen en un lugar inesperado de las estadísticas sanitarias: son las dos profesiones con menor proporción ajustada de muertes atribuidas a la enfermedad de Alzheimer entre 443 ocupaciones analizadas en Estados Unidos. El resultado procede de un amplio estudio publicado en The BMJ que examinó los certificados de defunción de casi nueve millones de personas.

La explicación que manejan los investigadores apunta hacia una actividad aparentemente corriente pero extraordinariamente exigente para el cerebro: orientarse continuamente, construir mapas mentales y decidir rutas sobre la marcha. Todas esas operaciones recurren al hipocampo, una región cerebral esencial para la memoria espacial y, precisamente, una de las estructuras afectadas de forma temprana por el Alzheimer. Eso sí: el estudio encuentra una asociación llamativa, no demuestra que conducir un taxi proteja del Alzheimer. El cerebro, por desgracia, no entrega certificados de inmunidad por conocer todos los atajos de una ciudad.

Casi nueve millones de muertes y un resultado difícil de ignorar

El trabajo analizó 8.972.221 fallecimientos registrados en Estados Unidos entre el 1 de enero de 2020 y el 31 de diciembre de 2022 cuyos certificados incluían información sobre la ocupación habitual de la persona. De todos ellos, 348.328, un 3,88%, tenían la enfermedad de Alzheimer registrada como causa principal de muerte.

Entre los 16.658 taxistas y chóferes incluidos en el estudio, 171 fallecimientos fueron atribuidos al Alzheimer: un 1,03%. Entre los 1.348 conductores y asistentes de ambulancia analizados hubo diez casos, un 0,74%. Son porcentajes brutos y no pueden compararse directamente sin considerar diferencias de edad, sexo o formación entre profesiones.

Los investigadores hicieron precisamente ese ajuste estadístico teniendo en cuenta edad al fallecer, sexo, raza, origen étnico y nivel educativo. El resultado apenas perdió fuerza: la proporción ajustada de muertes por Alzheimer fue del 1,03% entre los taxistas y del 0,91% entre los conductores de ambulancia, las cifras más bajas entre las 443 ocupaciones examinadas. En el conjunto de la población estudiada, la proporción ajustada fue del 1,69%.

La comparación con otros profesionales del transporte resulta especialmente sugerente. Los conductores de autobús presentaron un porcentaje ajustado del 1,65%; los capitanes de barco, del 2,12%; y los pilotos de avión, del 2,34%. No basta, por tanto, con pasar muchas horas transportando personas. Parece importar qué hace la cabeza mientras las manos sujetan el volante.

El hipocampo, ese GPS que llevamos dentro

Para entender por qué los taxistas interesan tanto a los neurocientíficos hay que viajar a Londres. Allí conducir uno de los tradicionales taxis negros exige dominar durante años una cantidad descomunal de calles, cruces, monumentos y rutas. El célebre examen conocido como The Knowledge convirtió a estos profesionales, casi accidentalmente, en uno de los experimentos naturales más interesantes sobre memoria espacial.

Una investigación dirigida por la neurocientífica Eleanor Maguire mostró en 2000 que los taxistas londinenses estudiados tenían un mayor volumen de materia gris en la zona posterior del hipocampo que las personas utilizadas como grupo de comparación. El tamaño de determinadas zonas también guardaba relación con los años de experiencia conduciendo un taxi.

Aquello no significaba que hubieran nacido con un cerebro especial. Estudios posteriores aportaron una pista bastante más interesante: aprender a navegar por Londres podía producir cambios cerebrales asociados al entrenamiento. Un seguimiento de personas que se preparaban para conseguir la licencia encontró modificaciones estructurales en quienes lograron superar la formación, mientras que esos cambios no aparecieron del mismo modo entre quienes no llegaron a cualificarse.

Por qué un autobús no parece producir el mismo efecto

Aquí aparece un detalle estupendo, porque elimina una explicación demasiado sencilla. Si conducir fuera suficiente, los autobuseros deberían mostrar algo parecido. No ocurre.

Una investigación que comparó a taxistas y conductores de autobús de Londres encontró mayor volumen de materia gris en determinadas regiones posteriores del hipocampo entre los primeros. Ambos grupos pasaban jornadas enteras conduciendo por la misma ciudad; la diferencia estaba en el tipo de navegación. El autobús sigue una ruta establecida. El taxi debe calcular constantemente dónde está, dónde quiere llegar y qué camino conviene escoger.

Ese contraste encaja con los datos estadounidenses. Taxistas y conductores de ambulancias afrontan destinos variables, desvíos, tráfico, calles desconocidas y decisiones espaciales continuas. Pilotos, capitanes de barco o conductores de autobús también navegan, claro, pero buena parte de su recorrido está planificado o sigue trayectos mucho más establecidos.

El cerebro del taxista trabaja con una especie de mapa vivo. Una calle cortada obliga a reconstruir la ruta; un pasajero cambia el destino; aparece tráfico; hay que recordar una alternativa. No es simplemente almacenar nombres de calles. Es combinar memoria, posición, distancia, orientación y decisión en tiempo real.

Lo que el estudio no demuestra sobre el Alzheimer

La tentación resulta evidente: entrenar el hipocampo evita el Alzheimer. Sería bonito. También sería precipitado. El estudio no demuestra una relación de causa y efecto entre trabajar como taxista y estar protegido frente a la enfermedad.

El estudio publicado en The BMJ es observacional y transversal. Los investigadores observaron qué profesiones figuraban en los certificados de defunción y qué proporción de esas muertes estaba atribuida al Alzheimer. No siguieron durante décadas a personas sanas para comprobar quién desarrollaba la enfermedad ni asignaron aleatoriamente a miles de ciudadanos a conducir taxis, algo que, aparte de poco práctico, habría provocado conversaciones familiares bastante peculiares.

Existe además un posible sesgo de selección. Tal vez las personas con mejores capacidades espaciales tengan más posibilidades de convertirse en taxistas o permanecer durante muchos años en esa profesión. En ese caso, parte de la diferencia podría proceder de quién entra en el oficio y no necesariamente de lo que el oficio hace en el cerebro. Los propios autores señalan esta limitación.

También hay una cuestión de edad. Los taxistas incluidos en el estudio murieron a una edad media de 67,8 años y los conductores de ambulancia a los 64,2, frente a 74,3 años en el conjunto de las demás ocupaciones. Como el riesgo de Alzheimer aumenta intensamente con la edad, morir antes reduce inevitablemente la oportunidad de llegar a padecerlo. Los investigadores intentaron controlar este efecto estadísticamente y repitieron los cálculos entre mayores de 60 años; aun así, la asociación se mantuvo.

Hay otra cautela importante. Los certificados de defunción no constituyen un registro perfecto de todas las personas que tuvieron Alzheimer. La enfermedad puede quedar sin diagnosticar, no aparecer como causa principal o ser desplazada por otras causas inmediatas de fallecimiento. El estudio mide, estrictamente hablando, mortalidad proporcional atribuida al Alzheimer, no la probabilidad individual de desarrollar la enfermedad durante la vida.

Una diferencia que no apareció con otras demencias

Uno de los resultados más curiosos llegó cuando los investigadores repitieron el análisis con otras formas de demencia. El patrón favorable observado entre taxistas y conductores de ambulancia no apareció de la misma manera en la demencia vascular ni en las demencias sin especificar.

Ese detalle interesa porque el Alzheimer mantiene una relación especialmente estrecha con estructuras cerebrales implicadas en la memoria y la orientación espacial. El hipocampo participa en la construcción de representaciones del entorno, permite recordar dónde estamos y ayuda a imaginar cómo llegar desde un punto hasta otro.

No es casual que perderse en lugares conocidos o tener dificultades para orientarse pueda aparecer entre las alteraciones cognitivas asociadas a la enfermedad. La relación funciona, de algún modo, en ambas direcciones: la navegación exige circuitos que el Alzheimer puede deteriorar.

Los autores plantean así una hipótesis bastante elegante. Utilizar intensamente esos circuitos durante años podría favorecer alguna forma de resistencia o reserva cerebral. Pero entre una hipótesis plausible y una prevención demostrada queda todavía mucha carretera.

El GPS plantea una paradoja moderna

El asunto adquiere un matiz peculiar en tiempos de Google Maps, Waze y navegadores que anuncian cada giro con una precisión casi maternal. Durante buena parte de la historia, desplazarse obligaba a recordar caminos, observar referencias, equivocarse, corregir y construir una representación mental del territorio. Ahora basta con seguir una flecha azul.

Eso no convierte al GPS en enemigo del cerebro ni permite afirmar que utilizarlo aumente el riesgo de Alzheimer. No existe evidencia suficiente para sostener semejante conclusión a partir del estudio de los taxistas. Sería confundir una asociación epidemiológica con una receta preventiva.

Sí deja una cuestión científica de fondo: cuánto importa mantener durante años actividades que obligan al cerebro a resolver problemas espaciales complejos y a utilizar de manera intensa los sistemas relacionados con la orientación y la memoria.

No hace falta conducir doce horas por Manhattan para ejercitar esa capacidad. Caminar intentando recordar una ruta, aprender la distribución de una ciudad nueva, orientarse mediante referencias o reconstruir mentalmente un trayecto son tareas que utilizan sistemas de navegación espacial. De ahí a decir que previenen el Alzheimer hay un salto que la investigación todavía no permite dar.

El dato fascinante está en el mapa mental, no en el taxi

Lo realmente interesante del estudio no es que exista una profesión milagrosa contra la enfermedad de Alzheimer. No la hay. Tampoco sabemos si ponerse mañana al volante de un taxi modificaría de manera apreciable el riesgo individual de padecer demencia.

Lo sorprendente está en otra parte. Entre casi nueve millones de certificados de defunción y centenares de profesiones, dos trabajos caracterizados por una intensa navegación espacial en tiempo real quedaron en los últimos puestos de mortalidad atribuida al Alzheimer. Y otras profesiones del transporte, sometidas a rutas más previsibles, no reprodujeron el fenómeno.

Es una asociación demasiado interesante para ignorarla y demasiado preliminar para convertirla en certeza. Quizá años de construir mapas invisibles dentro de la cabeza dejen una huella más profunda de lo que parecía. Los taxistas londinenses llevan décadas ofreciendo esa pista; las estadísticas estadounidenses han añadido otra. El siguiente destino de la investigación será averiguar si ese ejercicio continuo del hipocampo protege realmente al cerebro o simplemente identifica a quienes, por otros motivos, estaban mejor preparados para resistir el deterioro.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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