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Naturaleza

¿Por qué los más ricos están destruyendo el planeta con su consumo?

El consumo del 10% más rico causa daños ambientales de hasta 5 billones de euros y pone el foco sobre quién debería asumir la factura global.

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los más ricos están destruyendo el planeta

El 10% de la población mundial que más consume provoca cada año daños ambientales valorados entre 1,5 y 5 billones de euros, según un estudio de las universidades de Leiden y Oxford. La cifra incluye el deterioro causado por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación por nutrientes y el uso de agua dulce. No es una multa ni una deuda que vaya a llegar mañana por correo certificado: es el precio económico aproximado de una huella ecológica que hasta ahora quedaba fuera de la caja registradora.

La conclusión es bastante menos abstracta de lo que parece. Una parte relativamente pequeña de la población disfruta de más vuelos, viviendas mayores, vehículos pesados, dietas intensivas en recursos y una capacidad de inversión muy superior, mientras los daños se reparten entre todos. Sequías, ecosistemas degradados, contaminación, pérdida de especies, menor productividad agrícola. La comodidad se concentra; la factura, curiosamente, se socializa.

Una factura ambiental de hasta 5 billones de euros al año

La investigación, publicada en la revista científica Communications Sustainability, calcula que los consumidores situados en el decil superior generan daños por entre 1,7 y 5,7 billones de dólares anuales, equivalentes aproximadamente a entre 1,5 y 5 billones de euros.

Por persona, la carga estimada se mueve entre 2.300 y 7.500 dólares al año. La media esconde diferencias enormes. En Estados Unidos, donde el consumo por habitante de este grupo es especialmente elevado, el daño alcanza entre 19.000 y 63.000 dólares por persona, una cantidad equivalente a entre el 6% y el 20% de sus ingresos.

No significa que todas las personas incluidas en ese 10% lleven una vida de magnate con yate, helicóptero y piscina climatizada frente al mar. El estudio clasifica a la población según su nivel de gasto global, no mediante la caricatura del multimillonario. En términos aproximados, el grupo incluye a personas con ingresos anuales superiores a 45.000 euros, aunque el umbral y el poder adquisitivo real cambian mucho según el país.

Esta precisión importa. Una renta considerada acomodada en India no compra lo mismo que en Alemania, y un salario aparentemente alto puede estar devorado por el alquiler en una gran ciudad europea. Aun así, al observar el consumo mundial aparece una línea clara: cuanto mayores son los recursos económicos, mayor suele ser la presión ejercida sobre el planeta.

Estados Unidos y Europa concentran a los grandes consumidores

Más del 60% del 10% que más consume vive en Estados Unidos o en la Unión Europea. No porque el resto del mundo carezca de élites económicas, sino porque estas dos regiones reúnen una combinación especialmente potente de riqueza, infraestructuras, movilidad y consumo energético.

En la Unión Europea, entre el 40% y el 45% de la población estaría dentro de ese decil global. En Estados Unidos, más de la mitad. India, pese a superar los 1.400 millones de habitantes, apenas aporta alrededor del 2% de las personas pertenecientes al grupo. El mapa de la responsabilidad ambiental, por tanto, no coincide con el mapa demográfico.

La comparación desmonta uno de los refugios más cómodos del debate climático: atribuir el problema al mero crecimiento de la población mundial. Mil personas con escaso acceso a energía, transporte privado y productos importados pueden generar menos presión ambiental que un grupo mucho menor con varios automóviles, vuelos frecuentes, grandes viviendas y carteras financieras vinculadas a industrias contaminantes.

No todo se reduce al avión privado

El jet privado funciona muy bien como símbolo. Es ruidoso, visible y obscenamente ineficiente. Pero el impacto acumulado del consumo elevado se extiende bastante más allá de la pista de despegue.

La energía doméstica, los vuelos comerciales, la climatización de viviendas grandes, los coches de alto consumo y la alimentación rica en carne roja figuran entre las actividades con mayor huella. También cuenta la cantidad de productos adquiridos, su fabricación, el transporte, los materiales empleados y los residuos que dejan al final de su vida útil.

No es un único gesto extravagante, sino una sucesión cotidiana de decisiones multiplicadas por millones. Una casa excesivamente refrigerada, otro vuelo de fin de semana, un todoterreno de dos toneladas para recorrer calles asfaltadas, ropa que apenas sale del armario. Nada parece decisivo por separado. Todo junto pesa como una losa.

La biodiversidad cuesta más que el propio cambio climático

Uno de los resultados más llamativos es que la pérdida de biodiversidad representa entre el 47% y el 56% de la factura ambiental calculada. El cambio climático supone entre el 36% y el 45%. La contaminación por nitrógeno aporta entre el 6% y el 8%, mientras el fósforo y el uso de agua dulce quedan por debajo del 2%.

La imagen habitual de la crisis ecológica suele estar dominada por chimeneas, tubos de escape y columnas de CO₂. Sin embargo, el deterioro de bosques, humedales, suelos, costas y poblaciones animales puede tener un coste todavía mayor. Cuando un ecosistema pierde especies, también pierde capacidad para retener agua, almacenar carbono, polinizar cultivos, frenar inundaciones o mantener fértil la tierra.

El daño natural no cabe del todo en una calculadora

Asignar un valor monetario a una especie o a un bosque plantea un problema evidente. Un ecosistema no es una pieza de repuesto con precio de catálogo. Su desaparición puede ser irreversible y su valor cultural, biológico o humano resulta imposible de reducir por completo a euros.

Los investigadores reconocen esa limitación. La monetización sirve para comparar daños diferentes y trasladarlos al lenguaje en el que suelen moverse los presupuestos públicos, las empresas y los gobiernos. Dicho de otro modo: si la política solo escucha cuando habla el dinero, el estudio eleva la voz en esa lengua económica.

Las estimaciones sobre biodiversidad son, además, las que presentan mayor incertidumbre. El valor de un ecosistema depende de su localización, su estado, las especies presentes y los servicios que presta. Un humedal junto a una ciudad densamente poblada no tiene exactamente el mismo contexto que una región forestal remota, aunque ambos puedan ser insustituibles.

Por qué los autores consideran conservadoras las cifras

El cálculo solo contempla cuatro de los nueve límites planetarios utilizados para evaluar la estabilidad de los sistemas terrestres. Quedan fuera la acidificación de los océanos, la alteración del uso del suelo, los aerosoles atmosféricos, la reducción del ozono estratosférico y las llamadas entidades nuevas, una categoría que engloba sustancias como plásticos y compuestos químicos sintéticos.

También se analiza el consumo directo, pero no toda la huella vinculada a las inversiones. Y ahí duerme un elefante considerable. En las rentas más altas, cerca de la mitad de las emisiones puede proceder de acciones, fondos, bonos, planes de pensiones y otros activos financieros, no del consumo personal visible.

Una persona puede conducir un coche eléctrico y, al mismo tiempo, financiar mediante sus inversiones empresas dependientes del petróleo, la minería intensiva o la deforestación. El primer gesto se ve en el garaje. El segundo queda enterrado en un extracto bancario con letra diminuta.

Los autores trabajaron con datos de huella de consumo correspondientes a 2017, el último año con información homogénea y comparable a escala internacional. Esto no invalida el patrón, pero obliga a leer las cifras como una estimación, no como un contador exacto en tiempo real. La desigualdad ambiental, según los investigadores, no ha desaparecido desde entonces; más bien lo contrario.

El dinero cubriría las brechas climáticas y de biodiversidad

Incluso en su estimación más baja, el daño atribuido al grupo de mayor consumo se aproxima al dinero necesario para cubrir conjuntamente las necesidades internacionales de financiación climática y protección de la biodiversidad.

El objetivo anual de financiación climática para 2035 se sitúa en torno a 993.000 millones de dólares, mientras la brecha estimada para frenar el deterioro de la naturaleza ronda los 675.000 millones. Frente a esos números, una factura ambiental de hasta 5,7 billones de dólares cambia la escala del debate: no faltan recursos en términos absolutos; están distribuidos de otra manera y sostienen determinadas formas de consumo.

Eso no significa que bastaría con recaudar una cantidad equivalente y continuar contaminando con el recibo pagado. La propia investigación rechaza esa lectura. Poner precio al daño no concede permiso para causarlo, del mismo modo que pagar una sanción no reconstruye un bosque talado ni devuelve una especie extinguida.

El principio de que quien contamina paga

El estudio plantea que la fiscalidad ambiental podría centrarse en el consumo de lujo y alto impacto, en vez de gravar indiscriminadamente bienes básicos como la electricidad doméstica, la calefacción o el combustible que muchas personas necesitan para acudir al trabajo.

Los impuestos verdes uniformes suelen ser regresivos cuando no incluyen compensaciones: cien euros pesan poco en una renta elevada y mucho en un hogar que llega justo a final de mes. La protesta de los chalecos amarillos en Francia mostró esa grieta con bastante nitidez. Una política diseñada para reducir emisiones terminó golpeando con más fuerza a trabajadores de zonas periféricas, dependientes del automóvil y con pocas alternativas de transporte.

Gravar vuelos frecuentes, jets privados, vehículos especialmente pesados, viviendas de enorme consumo energético o artículos de lujo tendría un efecto distributivo distinto. También podrían aplicarse impuestos sobre el carbono, el patrimonio o determinadas inversiones, siempre con reglas adaptadas a cada país.

La idea no consiste en examinar la nevera de cada ciudadano ni en convertir el ecologismo en una policía de costumbres. Consiste en distinguir entre necesidad y derroche, una frontera incómoda pero políticamente inevitable. Calentar una vivienda modesta durante el invierno no equivale a climatizar varias residencias vacías. Conducir porque no existe transporte público no es lo mismo que utilizar un vehículo gigantesco como complemento ornamental.

La factura que el mercado nunca muestra

El precio de un vuelo, un automóvil o una hamburguesa rara vez incluye todo el daño causado durante su producción y consumo. Parte de ese coste aparece lejos: en un bosque transformado en pasto, en un río cargado de nutrientes, en una reserva de agua agotada o en una comunidad que soporta temperaturas cada vez más extremas.

El estudio pone números a esa zona oscura. No ofrece una contabilidad perfecta —ninguna podría hacerlo—, pero revela una desigualdad difícil de disimular: quienes más consumen provocan una parte desproporcionada del deterioro y, al mismo tiempo, poseen más capacidad para cambiar inversiones, mercados y hábitos colectivos.

El poder del 10% superior no termina en su tarjeta de crédito. Sus decisiones financieras determinan qué industrias crecen; las empresas que dirigen establecen qué productos llegan al resto de la población, y sus estilos de vida convierten el exceso en aspiración social. Ahí está el fondo del asunto. La responsabilidad aumenta con la capacidad de elegir, pero también con la capacidad de transformar las opciones disponibles para todos.

Durante décadas, el deterioro ambiental ha sido tratado como una nota al pie del crecimiento económico. El humo salía gratis, la pérdida de especies no aparecía en el balance y el agua parecía inagotable. La nueva estimación rompe esa ficción contable: el lujo no desaparece cuando termina la fiesta. Deja una cuenta sobre la mesa. Y casi nunca la paga quien pidió la botella.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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