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¿Cómo intentó Israel influir en la IA con un falso grupo de expertos?
El caso Hanover muestra cómo una campaña financiada por Israel buscó colocar contenido político en chatbots y motores de inteligencia artificial.

Resumen
- Hanover publicó más de 560.000 palabras en solo nueve días
- El falso instituto estaba financiado a través de una cadena vinculada a Israel
- Sus textos buscaban ganar presencia en respuestas generadas por sistemas de IA
Un supuesto instituto estadounidense de políticas públicas, sin personal identificado, sin dirección física conocida y sin una entidad jurídica clara detrás, publicó en apenas nueve días 124 informes y más de 560.000 palabras sobre Israel y Palestina. No era una biblioteca académica desempolvada de golpe: el contenido apareció a una velocidad industrial y estaba construido de una forma especialmente útil para que los sistemas de inteligencia artificial pudieran encontrarlo, citarlo y utilizarlo al elaborar respuestas.
El llamado Hanover Institute for Public Policy forma parte de una cadena de financiación y distribución vinculada a la agencia publicitaria del Gobierno de Israel, LaPam, a través de Havas Media Germany y la empresa estadounidense Piro Inc. La documentación registrada en Estados Unidos y la propia web del instituto reconocen actualmente esa relación. El caso abre una puerta bastante incómoda: la propaganda política ya no necesita convencer directamente al lector. Puede intentar convencer primero a la máquina que responderá al lector.
Un instituto académico que no tenía investigadores visibles
A primera vista, Hanover tiene todo lo que uno espera encontrar en la web de un centro de estudios estadounidense. Diseño sobrio, lenguaje metodológico, gráficos, referencias bibliográficas, tablas, informes extensos. Un traje académico perfectamente planchado.
Faltaba algo bastante elemental: los académicos.
Los informes no llevaban firmas. Tampoco aparecía una plantilla de investigadores ni una dirección institucional física. La investigación sobre el proyecto tampoco localizó una entidad jurídica claramente identificable correspondiente al instituto. Hasta sus condiciones de uso remitían inicialmente a las leyes del estado estadounidense en el que supuestamente estaba constituido, sin precisar qué estado era.
La producción tampoco tenía precisamente ritmo universitario. Entre el 6 y el 14 de agosto de 2026, Hanover publicó 124 documentos que sumaban más de 560.000 palabras, unas 4.500 por informe de media. Solo durante los días 12 y 13 aparecieron 73 trabajos, casi 354.000 palabras en 48 horas.
Una tesis doctoral necesitaría años. Aquello parecía más una imprenta con turbocompresor.
El instituto sostiene actualmente que estudia las causas que alimentan el antisemitismo en Estados Unidos mediante análisis de contenido y métodos cuantitativos, y afirma que sus trabajos no adoptan posiciones políticas. También asegura que fue creado antes de comenzar la financiación externa y que sus financiadores no seleccionan los temas, no revisan los borradores y no aprueban las conclusiones.
Ese matiz importa. También importa el resto.
Informes escritos como las preguntas que hacemos a un chatbot
La arquitectura editorial de Hanover resulta especialmente llamativa. Prácticamente todos sus titulares estaban formulados como preguntas similares a las que cualquier usuario podría introducir en ChatGPT, Gemini, Claude o Perplexity.
Los trabajos abordaban cuestiones extraordinariamente sensibles: el desplazamiento de palestinos en 1948, las acusaciones de genocidio en Gaza, la influencia de AIPAC, los crímenes de guerra atribuidos a Israel, el hambre entre la población palestina o las denuncias sobre torturas a prisioneros.
La apariencia era neutral y académica. Precisamente ahí estaba su fuerza.
Los textos utilizaban fuentes como organismos de Naciones Unidas, el Banco Mundial, estadísticas palestinas, organizaciones de derechos humanos y literatura científica. Pero el análisis del conjunto detectó patrones recurrentes que tendían a amortiguar las críticas contra Israel.
Una misma investigación de 2022 sobre comentarios antisemitas publicados en páginas de Facebook de medios británicos, franceses y alemanes llegó a ser citada 454 veces en 88 de los 124 informes, incluidos documentos dedicados a asuntos aparentemente alejados de aquel estudio.
También aparecía repetidamente una fórmula destinada a subrayar la ausencia de una sentencia judicial definitiva cuando organizaciones de derechos humanos calificaban determinadas actuaciones israelíes como genocidio o apartheid. En otros informes, las cifras sobre muertos y ayuda humanitaria se acompañaban sistemáticamente de advertencias sobre quién proporcionaba esos datos.
Nada de esto convierte automáticamente una afirmación en falsa. El problema es más fino: seleccionar, ordenar y contextualizar los hechos también construye un relato.
Y una IA aprende precisamente de relatos presentados como información.
Del SEO al GEO: ya no basta con conquistar Google
Durante veinte años, internet ha vivido pendiente del SEO, la optimización para aparecer en los buscadores. La lógica era sencilla: una empresa, un partido o un periódico quería que Google colocara su página más arriba.
La inteligencia artificial generativa ha alterado ese tablero.
Existe ya una disciplina conocida como GEO, Generative Engine Optimization, u optimización para motores generativos. Busca aumentar las posibilidades de que una fuente sea localizada, considerada fiable, citada o incorporada por una IA cuando alguien formula una consulta.
Hanover encajaba de manera especialmente llamativa en esa nueva industria.
La web utilizó inicialmente un archivo llms.txt, pensado para facilitar a sistemas automáticos información estructurada sobre un sitio. Aquel archivo correspondía a Res, una plataforma que se presenta comercialmente como una herramienta destinada a lograr que contenidos sean citados por sistemas como ChatGPT, Perplexity, Claude y Gemini.
Después fue sustituido.
Piro, la compañía estadounidense vinculada a la difusión del contenido de Hanover, comercializa además un servicio denominado AI Story Optimization. Su propuesta consiste, básicamente, en producir información diseñada teniendo en cuenta cómo los grandes modelos de lenguaje evalúan la credibilidad y qué documentos acaban utilizando.
La vieja batalla consistía en conseguir que una persona hiciera clic.
La nueva aspira a algo distinto: convertirse en una de las fuentes que utiliza la máquina antes de contestar.
Cuando la propaganda deja de parecer propaganda
Ahí aparece la parte verdaderamente novedosa del caso.
Una pancarta política resulta evidente. Un anuncio también. Incluso una cuenta partidista de redes sociales deja más o menos claro desde dónde habla. Un documento de 4.500 palabras, lleno de estadísticas, notas metodológicas y referencias académicas, entra en la conversación disfrazado de otra cosa: conocimiento.
Los modelos de lenguaje trabajan con enormes cantidades de documentos y, cuando incorporan búsqueda en internet, recuperan información de múltiples páginas para construir una respuesta aparentemente coherente.
Eso crea una vulnerabilidad conceptual. Una máquina puede reconocer que una página tiene cifras, referencias, estructura académica y un lenguaje contenido. Mucho más difícil es reconstruir quién decidió producirla, con qué objetivo, bajo qué financiación y qué argumentos quedaron fuera.
Para un lector humano atento ya es complicado. Para un algoritmo, el envoltorio institucional puede pesar mucho.
El rastro del dinero llega hasta la publicidad oficial israelí
La relación económica dejó de ser una sospecha cuando entró en los registros estadounidenses.
Piro Inc., una productora y agencia con sede en Nueva York, registró material relacionado con Hanover ante el Departamento de Justicia bajo la Foreign Agents Registration Act, la conocida FARA. Esta ley obliga a determinadas personas y empresas que trabajan en Estados Unidos por cuenta de gobiernos o intereses extranjeros a declarar públicamente esa relación.
La propia web de Hanover reconoce que sus materiales son distribuidos por Piro en nombre de Havas Media Germany, que actúa para la Israel Government Advertising Agency, LaPam.
La investigación publicada sobre los registros estadounidenses sitúa los contratos de Piro en torno a un millón de dólares mediante dos órdenes de trabajo. Pero Hanover es solo una pieza de una campaña mucho más extensa.
Havas aparece como intermediaria de varias compañías estadounidenses registradas como agentes extranjeros. Entre ellas figura Clock Tower X, dirigida por Brad Parscale, antiguo responsable de campaña de Donald Trump. Los documentos analizados muestran pagos de 15 millones de dólares a Clock Tower X entre octubre de 2025 y marzo de 2026, además de casi 9,9 millones a Targeted Communications Global.
En contratos vinculados a esa estructura aparecía una expresión que deja poco espacio a la imaginación burocrática: desplegar páginas web y contenidos destinados a obtener determinados “GPT framing results” en conversaciones con sistemas GPT.
Es decir, intervenir en el paisaje informativo que rodea a la inteligencia artificial.
Israel niega realizar operaciones de influencia en Estados Unidos
Hay otra parte de la historia que no debe desaparecer entre titulares fáciles.
El Ministerio de Exteriores israelí ha sostenido que el Estado no realiza “operaciones de influencia” en Estados Unidos y afirma cumplir escrupulosamente la legislación estadounidense.
Daniel Rosenberg, cofundador de Piro, también ha defendido que el objetivo de su compañía consiste en incorporar al debate público hechos verificables y debidamente documentados para combatir la desinformación sobre Israel.
Hanover, por su parte, declara que sus financiadores no intervienen editorialmente en los estudios.
Que una campaña esté registrada bajo FARA tampoco significa por sí mismo que sea ilegal. Precisamente la finalidad de esa legislación es introducir transparencia sobre las actividades realizadas en nombre de actores extranjeros.
El debate importante está en otro lugar: qué ocurre cuando una campaña gubernamental emplea técnicas diseñadas para condicionar las fuentes que consumen los sistemas de IA.
El objetivo más profundo no es la cita, sino el conocimiento futuro
Lograr que un chatbot enlace un informe favorable constituye la parte visible del fenómeno. Hay otra posibilidad bastante más difícil de detectar.
Grandes repositorios de páginas web, como Common Crawl, recopilan enormes cantidades de contenido de internet. Esos conjuntos de datos han sido utilizados históricamente en procesos relacionados con el entrenamiento de modelos de inteligencia artificial.
La cuestión es sencilla y algo perturbadora: una campaña puede publicar grandes cantidades de contenido optimizado para máquinas con la esperanza de que termine entrando en esos depósitos documentales.
Cuando una IA consulta una página en directo, el usuario todavía puede comprobar la fuente. Cuando determinada narrativa ha quedado absorbida dentro de los datos empleados para desarrollar un modelo, el origen puede desaparecer de la respuesta.
La investigación detectó que siete sitios relacionados con Clock Tower X habían aparecido cientos de veces en un índice reciente de Common Crawl. Hanover era demasiado nuevo para figurar todavía en aquella recopilación concreta.
Eso no demuestra que una página publicada hoy vaya automáticamente a modificar el entrenamiento de ChatGPT, Gemini o cualquier otro sistema. Los modelos emplean fuentes, filtros y procesos diferentes, y la mera presencia de contenido en internet no garantiza su incorporación.
Pero el incentivo está ahí. Y ya hay dinero detrás.
La nueva batalla política se libra antes de que aparezca la respuesta
El experimento llega además en un momento particularmente delicado para la imagen de Israel en Estados Unidos. Encuestas publicadas durante 2026 muestran un deterioro notable de su valoración, especialmente entre jóvenes y votantes demócratas, mientras Gaza continúa marcando el debate político internacional.
Ese contexto ayuda a entender por qué la diplomacia pública israelí está destinando recursos cada vez mayores a internet, las redes sociales y los sistemas de inteligencia artificial.
También revela los límites de la operación. Manipular —o simplemente optimizar— el ecosistema informativo puede modificar qué documentos encuentra una máquina. Mucho más difícil resulta borrar imágenes, decisiones políticas, testimonios, investigaciones judiciales y acontecimientos sobre el terreno que condicionan la opinión pública.
De hecho, responsables israelíes han expresado internamente dudas sobre la eficacia de algunas de estas campañas de comunicación exterior. El problema puede estar menos en explicar mejor una política que en la política que se pretende explicar.
El caso Hanover deja, sin embargo, una consecuencia que trasciende completamente a Israel y Palestina. Gobiernos, grandes empresas, partidos, lobbies y organizaciones disponen ya de incentivos para fabricar contenidos específicamente destinados a alimentar respuestas automáticas.
Antes se peleaba por aparecer en televisión. Después, por ocupar el primer resultado de Google.
Ahora comienza otra disputa, bastante menos visible: quién consigue estar dentro del párrafo que escribe la inteligencia artificial.
Y ahí el lector quizá ni siquiera vea las manos que empujaron las palabras.












