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¿Por qué legaliza Israel 19 asentamientos en Cisjordania?

La decisión, empujada por Bezalel Smotrich (ministro de Finanzas y figura clave de la agenda colonizadora) y Israel Katz (ministro de Defensa), combina dos movimientos: reconocer puestos avanzados que hasta ahora eran ilegales incluso según la normativa israelí y reestablecer dos colonias evacuadas en 2005.

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Israel legaliza 19 asentamientos en Cisjordania y reactiva Ganim y Kadim: claves del giro político, mapa, cifras y efectos sobre el terreno.

El gabinete de seguridad de Israel aprobó 19 nuevos asentamientos en la Cisjordania ocupada. La decisión, empujada por Bezalel Smotrich (ministro de Finanzas y figura clave de la agenda colonizadora) y Israel Katz (ministro de Defensa), combina dos movimientos: reconocer puestos avanzados que hasta ahora eran ilegales incluso según la normativa israelí y reestablecer dos colonias evacuadas en 2005, Ganim y Kadim, en la zona de Yenín. El paso no es simbólico. Desde hoy, esos enclaves entran en el circuito presupuestario, reciben cobertura policial y militar, pueden conectar infraestructuras y solicitar planes urbanísticos. El mensaje es evidente: consolidar presencia israelí en nodos que el propio Gobierno define como “estratégicos”.

¿Qué cambia de inmediato? En términos prácticos, estos asentamientos pasarán a tener estatus legal bajo la administración israelí, acceso a financiación pública para carreteras, alumbrado, centros educativos y sanitarios, y protección reforzada. En la lógica internacional —Convención de Ginebra y resoluciones del Consejo de Seguridad, como la 2334 (2016)—, el movimiento agrava una vulneración: todos los asentamientos en territorio ocupado son considerados ilegales. Y, en la lógica del terreno, añade nuevas islas de jurisdicción israelí en un mapa ya fragmentado para los aproximadamente 2,7 millones de palestinos que viven en Cisjordania. El contexto importa: 2025 acumula decisiones de calado, y la aprobación de estas 19 piezas eleva a 69 el total de asentamientos creados o regularizados por el Ejecutivo en los últimos tres años, con un ritmo de expansión que la ONU sitúa en su nivel más alto desde que empezó a medir en 2017.

Lo decidido y por qué ahora

La aprobación se gestó en una reunión del gabinete de seguridad a mediados de diciembre y se hizo pública este domingo. No es un expediente técnico más. Consolida un giro que venía acelerándose desde la primavera: el 29 de mayo el mismo gabinete dio luz verde a 22 nuevos asentamientos, y el 10 de diciembre autorizó 764 viviendas en Hashmonaim, Beitar Illit y Givat Ze’ev. La secuencia deja pocas dudas sobre la estrategia. Smotrich, que vive en un asentamiento, la formula sin rodeos: asentar población judía en Judea y Samaria (denominación oficial israelí para Cisjordania), “bloquear sobre el terreno” un Estado palestino y asegurar, con hechos consumados, una soberanía de facto.

Israel Katz, con el timón de Defensa desde noviembre de 2024, ha ejercido de socio imprescindible. Su cartera controla la arquitectura de permisos, zonas militares y seguridad en la Área C —el 60% de Cisjordania bajo control israelí—, donde se sitúa la inmensa mayoría de colonias y outposts. La coordinación entre Finanzas y Defensa ha sido plena: una parte de la burocracia civil que afectaba al día a día de los palestinos se ha trasladado a departamentos con perfiles abiertamente proasentamientos, lo que ha agilizado declaraciones de “tierras del Estado”, proyectos viales y blindajes administrativos.

Dónde estarán y cómo se mueve el mapa

La lista que manejan ONG israelíes y medios locales permite dibujar el mosaico con nombres y lugares. Aparecen Kida, Esh Kodesh y Givat Harel en el triángulo entre Nablus y Ramala —zonas de colinas donde los outposts empezaron como granjas y, con el tiempo, sumaron módulos prefabricados, vallados y farolas—. En el bloque sur, Pnei Kedem deja de ser “barrio” de Mezad (Asfar) y pasa a asentamiento independiente en las lomas orientales de Hebrón. En torno a Belén asoma Yatziv (Shadma), levantado recientemente sobre un antiguo recinto militar a la entrada de Beit Sahur. En el corredor de Salfit, Rosh HaAyin Este se ubica junto a la granja Shirat David, en la franja entre Zawiya y Deir Ballut. Más al norte, Reihanit se ancla junto al asentamiento de Reihan, cerca de Ya’bad, y Meshuol se perfila al este de Naaleh, entre Ras Karkar y Deir Ammar.

En el valle del Jordán, la decisión teje un cordón por tramos: Yitav Oeste, Allenby (en las inmediaciones del paso fronterizo del mismo nombre) y Nof Gilad refuerzan la continuidad de colonias y outposts a lo largo de la espina dorsal que baja hacia Jericó. En la dorsal que domina Yenín, Bezek (Har Bezek) apunta a la cota 713, un alto estratégico que controla visualmente el valle. Entre Hebrón y Dura, Nahal Doran encaja en un área hasta ahora poco urbanizada; Ya’ar al-Keren se sitúa entre Beit Ummar y el campo de refugiados de Al-‘Arrub; Kokhav Hashahar Norte cierra el círculo con el vacío dejado por Ein Samiya tras la salida forzada de esa comunidad. Y, como piezas de fuerte carga simbólica, vuelven Ganim y Kadim en el norte, donde la Knéset ya había derogado en 2023 las cláusulas que vetaban el regreso a cuatro colonias evacuadas en 2005.

No es una lista improvisada ni caótica. Si se mira con calma el mapa, hay patrones claros: fijar crestas que mandan sobre valles agrícolas palestinos; apoyar corredores de carreteras segregadas o de uso preferente para colonos; abrir mordidas en torno a ciudades palestinas grandes (Nablus, Ramala, Hebrón, Belén) y reforzar el eje oriental paralelo al río Jordán. Esa lógica transforma lo que para muchos eran “hechos consumados” en municipios reconocidos con presupuesto. Y, para las aldeas palestinas colindantes, añade distancia —a veces apenas una valla y un control improvisado, a veces kilómetros extra— para ir a la escuela, a la consulta médica o a los olivares.

Los 19, uno a uno, y el significado de cada punto

La propia documentación de seguimiento enumera los 19 asentamientos y su localización aproximada: Kida, Esh Kodesh, Givat Harel, Meshuol, Reihanit, Rosh HaAyin Este, Pnei Kedem, Yatziv (Shadma), Ya’ar al-Keren, Allenby, Kokhav Hashahar Norte, Nof Gilad, Yitav Oeste, Bezek (Har Bezek), Tamún, Shalem, Nahal Doran, Ganim y Kadim. Varios nacieron como “hilltop farms” (granjas de colina) en 2017–2024, una fórmula con la que jóvenes colonos instalaban una tienda, un depósito de agua y un contenedor —y, con el tiempo, postes de luz, un tramo de asfalto y casas móviles—. La regularización otorga ahora catastro, jurisdicción municipal, alumbrado público, paradas de autobús y, sobre todo, dificulta cualquier reversión futura.

Qué dice la ley, qué hace la administración

Conviene separar los planos. En derecho internacional, los asentamientos en territorio ocupado son ilegales. Lo recuerdan los Convenios de Ginebra y la resolución 2334 del Consejo de Seguridad. En derecho israelí, sin embargo, hay dos categorías: colonias “reconocidas” por el Estado y outposts o puestos avanzados sin autorización, levantados sin permisos de planificación, a veces en suelos no declarados “tierras del Estado” o con titulares privados palestinos en litigio. Lo que Israel ha aprobado ahora es, en varios casos, convertir estos outposts en localidades reconocidas. ¿Qué implica? Asignación a un consejo local, entrada en los planes parciales regionales, partidas presupuestarias y servicios públicos.

Esa capa administrativa es, en realidad, el cemento más duro. Un asentamiento reconocido acumula contratos de mantenimiento, licencias, adjudicaciones, nóminas de personal educativo y sanitario. Y, con ello, derechos adquiridos difíciles de desenredar en tribunales. De ahí la insistencia del movimiento colono en “regularizar” primero y construir después: es más complicado desmontar un pueblo con registro municipal que evacuar una granja sin papeles. Que dos enclaves como Ganim y Kadim vuelvan al mapa tras 2005 añade un precedente: lo que una legislatura retiró, otra puede restituir si alinea política y burocracia.

El área C es el tablero donde se juegan estos procedimientos. Bajo mando militar, pero con una Dirección Civil cada vez más permeada por cargos afines a la agenda de los asentamientos, ahí se deciden declaraciones de tierras estatales, servidumbres viales, licencias de conexión eléctrica y de agua, y las zonas de tiro o reserva natural que restringen el acceso palestino. La derogación parcial de la ley de desconexión (la que en 2005 facilitó el desmantelamiento de colonias en Gaza y cuatro en el norte de Cisjordania) abrió la puerta para que Homesh y Sa-Nur volvieran a escena. Este paquete de 19 completa el giro con Ganim y Kadim, y consolida varios outposts nacidos la última década.

Reacciones, cifras y consecuencias

La Autoridad Palestina denunció la decisión como un intento de “borrar la geografía palestina” y dio por muerta, de facto, cualquier solución de dos Estados con fronteras claras y continuidad territorial. Entre capitales europeas han resonado comunicados que reiteran la ilegalidad de las colonias y piden revertir el plan. En paralelo, Naciones Unidas ha subrayado que los indicadores de avance —planes, licitaciones, tenders— “alcanzaron su máximo” desde que se miden de forma sistemática en 2017, con decenas de miles de viviendas en trámites en 2024 y 2025.

En el lado israelí, la coalición de Benjamin Netanyahu ha celebrado el movimiento como un hito de “seguridad y desarrollo”. Smotrich lo presenta como política de Estado, no como excepcionalidad, y lo vincula con carreteras de bypass, líneas de alta tensión, nuevos transportes escolares y unidades de vivienda para familias jóvenes israelíes. La oposición de centroizquierda critica el coste fiscal —miles de millones de séqueles en un quinquenio— y el aislamiento internacional; pero, de momento, el bloque de gobierno mantiene la iniciativa y el control de la agenda.

La fotografía demográfica también pesa en el relato. En Cisjordania (sin contar Jerusalén Este) viven ya más de 500.000 colonos israelíes. Si se incluye la parte oriental de Jerusalén, la cifra supera los 700.000. Del otro lado, entre 2,7 y 3 millones de palestinos dependen de un territorio fragmentado en archipiélagos (Áreas A y B, con competencias limitadas y discontinuas) y redes viales donde se multiplican los controles. La escalada administrativa y física tiene un correlato de seguridad: 2025 ha registrado picos inéditos de ataques de colonos contra palestinos —264 solo en octubre, el mes más violento desde que hay registros comparables—, además de redadas y choques armados en torno a ciudades como Tulkarem, Nablus o Hebrón.

No es un asunto solo de fronteras. Para comunidades palestinas pastoras —Ein Samiya, Ras al-‘Ain, Al-Mu‘arrajat— cualquier nuevo núcleo reconocido se traduce en menos acceso a pastos, a pozos o a caminos con paso libre. A veces hablamos de cientos de metros; otras, de desvíos de varios kilómetros que alteran un día entero de trabajo. Los tramos agrícolas del calendario —cosecha de aceituna, traslado de ganado— son especialmente sensibles: cada invierno y cada verano dejan un registro de incidentes que crece.

En el exterior, la discusión se mueve hacia respuestas graduales. Algunos gobiernos europeos estudian sanciones individualizadas contra colonos implicados en violencia y contra entidades que financian outposts. También se exploran controles aduaneros sobre productos de colonias. La aprobación de 19 nuevas piezas pone presión sobre esas agendas diplomáticas y complica las posiciones de países que, en 2025, han reconocido oficialmente al Estado de Palestina como gesto político. Cada nueva chincheta en el mapa reduce el margen de maniobra para una negociación seria, tanto en fronteras como en seguridad o recursos hídricos.

Lo que viene: obras, patrullas y tribunales

El corto plazo es previsible. Primero, obras. Llegarán máquinas para abrir pistas, colocar postes de luz, tender tuberías. Segundo, seguridad. Aumentarán patrullas en torno a carreteras secundarias, especialmente en accesos a fincas y en rutas escolares. Tercero, litigios. Veremos recursos ante tribunales israelíes, con municipios palestinos y propietarios impugnando planes parciales, deslindes catastrales o declaraciones de “utilidad pública”. Cuarto, diplomacia. Si el ritmo no afloja, se ampliará el abanico de medidas restrictivas desde distintas capitales y organismos. Quinto, política interna israelí. La coalición gobernante rentabilizará inauguraciones y primeras piedras; la oposición insistirá en el coste y las consecuencias internacionales.

No conviene subestimar el factor institucional: cuando Finanzas, Defensa y los órganos de planificación regional se mueven al unísono, la capacidad de acelerar reconocimientos y obras crece de forma exponencial. Eso es lo que ha ocurrido en 2025. La ventana política está abierta y el Ejecutivo la está aprovechando. Para quien observe desde fuera, puede parecer una sucesión de notas técnicas; sobre el terreno, significa carriles nuevos, vallados, alumbrado, parques infantiles y paradas de autobús que cristalizan la permanencia.

Hay otra derivada, menos comentada, que asoma con esta tanda: la reversión de precedentes. Que Ganim y Kadim vuelvan tras la desconexión de 2005 envía un mensaje nítido a los movimientos colonos: lo retirado no es definitivo si se cambia la correlación de fuerzas. Esa lectura anima a organizaciones como Nahala a empujar más granjas de colina que, de facto, asientan presencia a bajo coste. Y alienta nuevas iniciativas en lugares con fuerte valor simbólico —como los entornos de Homesh y Sa-Nur, ya reactivados— para forzar, a medio plazo, su conversión en pueblos con presupuesto.

La economía es el otro gran capítulo. Las colonias requieren carreteras, suministro eléctrico, tratamiento de residuos, transporte escolar, centros de salud. Todo cuesta. En época de presupuestos tensos y gastos militares altos, el debate sobre prioridades no es menor. Smotrich lo asume como una apuesta: arraigar población israelí en el interior montañoso de Cisjordania, más allá de los grandes bloques próximos a la Línea Verde. La pregunta que se hacen en Tel Aviv, Haifa o Beerseba es si ese modelo responde a necesidades reales de vivienda o a un proyecto ideológico que acabará devorando recursos que faltan en otras áreas.

Un mapa más difícil de mover

La decisión de aprobar 19 asentamientos —con Ganim y Kadim de vuelta al mapa, y con outposts como Kida, Esh Kodesh, Pnei Kedem, Yatziv, Bezek o Yitav Oeste convertidos en localidades— deja un tablero más rígido. 69 aprobaciones en tres años, 764 viviendas nuevas en una sola tacada este mes, indicadores de avance en máximos desde 2017 y una demografía que se inclina cada vez más hacia la irreversibilidad. La autoridad israelí gana continuidad territorial en zonas clave; la palestina ve su geografía encogerse entre islas y corredores. Si nada se tuerce, en las próximas semanas habrá zanjas, postes y hormigón. Una vez esas infraestructuras se clavan, cuesta mucho desclavarlas.

Este movimiento entusiasma a una parte del electorado israelí y desespera a millones de palestinos. Pero, sobre todo, fija nuevas coordenadas para cualquier intento de negociación futura: fronteras, seguridad, Jerusalén, agua, movilidad. La política ha pasado del papel al terreno. Y el terreno, ahora, pesa más que nunca.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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