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¿Habrá trilateral EE. UU.-Rusia-Ucrania tras nuevos ataques?

Moscú ha enfriado cualquier expectativa de una cumbre a tres bandas al asegurar que no se contempla una reunión trilateral con Estados Unidos y Ucrania. Lo dijo Yuri Ushakov, asesor presidencial ruso, al aclarar que la idea “no se ha debatido seriamente y no está sobre la mesa”.

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trilateral EE. UU.-Rusia-Ucrania

El Kremlin enfría una cumbre a tres mientras Miami mantiene el diálogo, y Ucrania abate 75 de 97 drones; daños en Rivne y agenda en tensión.

Moscú ha enfriado cualquier expectativa de una cumbre a tres bandas al asegurar que no se contempla una reunión trilateral con Estados Unidos y Ucrania. Lo dijo Yuri Ushakov, asesor presidencial ruso, al aclarar que la idea “no se ha debatido seriamente y no está sobre la mesa”. En paralelo, Kiev informa de una de las noches de drones más intensas en semanas: 75 de 97 aparatos fueron neutralizados, con daños en infraestructura civil en la región de Rivne y un trabajador herido de forma leve. Dos planos simultáneos, diplomacia y frente aéreo, que hoy caminan en sentidos opuestos.

La propuesta de una nueva cita —planteada por Washington y ventilada por Volodímir Zelenski— había encendido las alarmas de optimistas y escépticos. Pero el apagón ha llegado rápido desde Moscú. Y eso ocurre, además, mientras Kirill Dmitriev, enviado del Kremlin en las conversaciones de Miami sobre Ucrania, califica de “constructivos” sus contactos con el enviado presidencial estadounidense Steve Witkoff y con Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense. Hay agenda, sí; hay reuniones que —según la parte rusa— “continuarán hoy”. Lo que no hay, de momento, es una cumbre formal a tres que marque un antes y un después.

La posición rusa: una puerta entreabierta para hablar, cerrada para un gran formato

El mensaje de Ushakov actúa como cortafuegos. Admitir que existen canales —más o menos discretos— evita la imagen de bloqueo total, pero rechazar una “trilateral” pública contiene expectativas y, de paso, ordena el tablero interno ruso. Moscú transmite que prefiere conversaciones exploratorias, discretas, sin compromisos previos, y que un gran escaparate a tres solo tendría sentido si el guion estuviera amarrado. El lenguaje escogido —“no se considera”, “no se ha debatido seriamente”— deja margen para cambios futuros sin atarse hoy a ninguna coreografía.

Ese enfoque cuadra con lo que se desprende del otro foco de esta historia: Miami. Allí, Dmitriev asegura que las conversaciones han sido “constructivas” con Witkoff y Kushner y que seguirán. Es decir, hay contactos oficiosos que exploran perímetros y condiciones. Pero otra cosa es el formato político. Una cumbre a tres exige compromisos, participantes con capacidad de decisión final y, sobre todo, un anuncio coordinado. Si una parte la niega expresamente, la hipótesis se desvanece. Y ese es el punto hoy.

Miami, laboratorio de señales: quién habla con quién y para qué

Las conversaciones en Miami reúnen a perfiles singulares. Kirill Dmitriev ha aparecido como enviado de Moscú para este canal; Steve Witkoff, empresario de larga trayectoria, figura como enviado presidencial estadounidense en este contexto; Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense, participa como interlocutor político de peso en la órbita de Washington. Que sea Florida el escenario no es casual: distancia de las capitales, discreción operativa y un ecosistema político donde los actores se sienten cómodos.

¿Qué puede salir de ahí? Mapas de entendimiento, listas de “si… entonces”, tanteos sobre seguridad, sanciones, intercambios y marcos temporales. Lo que difícilmente emergerá, al menos en esta fase, es un documento vinculante. Dmitriev habla de tono “constructivo”, lo que, traducido, sugiere ausencia de rupturas y continuidad del canal. No más. Lo suficiente, quizá, para evitar escaladas o acotar riesgos. Insuficiente, de momento, para anunciar una mesa trilateral.

La noche de los drones: 97 lanzamientos, 75 neutralizados y un aviso en Rivne

Mientras la diplomacia tantea, la guerra no se detiene. La Fuerza Aérea de Ucrania informó de un ataque comenzado en la tarde-noche del sábado 20 de diciembre, con 97 drones de ataque —Shahed, “Gerbera” y otros modelos— lanzados desde Millerovo, Kursk y Primorsko-Ajtarsk (Federación Rusa) y desde Hvardiiske y Chauda en la Crimea ocupada temporalmente. La cifra es elevada, y el dato clave, repetido por Kiev, es que 75 aparatos fueron derribados o bloqueados por la defensa aérea hasta las 8.30 de esta mañana de domingo 21.

El método de defensa volvió a ser combinado: aeronaves en alerta, tropas de misiles antiaéreos, unidades de guerra electrónica, equipos de sistemas no tripulados y grupos de fuego móviles que persiguen y neutralizan blancos a baja cota. La región de Rivne registró daños en infraestructura civil tras el impacto de parte de la andanada. Oleksandr Koval, director de la administración regional (OVA), detalló que no se declaró incendio y que un trabajador resultó herido leve y fue atendido in situ. Sin grandes titulares en víctimas, sí: pero con alarmes encendidas por la persistencia del patrón.

El número —75 de 97— da una tasa de interceptación alta en comparación con otras noches, aunque la saturación busca precisamente abrir grietas. Un enxambre de drones obliga a dispersar baterías, gastar misiles caros contra objetivos relativamente baratos y mantener equipos de guardia durante horas. Además, el lanzamiento desde múltiples vectores —tres bases en territorio ruso y dos en Crimea— complica la predictibilidad de rutas y altitudes. Kiev lo sabe y responde con capas solapadas de defensa; no siempre llega a tiempo a proteger infraestructura civil fuera de los grandes centros.

Cómo se sostiene una defensa que tiene que acertar siempre

La defensa aérea ucraniana vive en tensión permanente. Para mantener porcentajes de interceptación altos necesita munición, sensores y mantenimiento. La mezcla de misiles guiados, interferencias electrónicas y fuego de armas automáticas funciona mejor cuando los ataques llegan escalonados; 97 drones en pocas horas fuerzan cambios de batería, rotaciones de personal y una gestión táctica que evite huecos. De ahí que cada jornada con más de medio centenar de aparatos sea, por sí misma, una prueba de estrés.

Las ciudades medianas —Rivne, por ejemplo— revelan otra cara del problema: nodos logísticos, subestaciones, almacenamiento, instalaciones de servicios. Aunque no se declararon incendios y el daño fue limitado según la administración local, basta un impacto para interrumpir distribuciones críticas. El parte de hoy, con un herido leve, es de los que se celebran en el registro humano; en el operativo, deja la sensación de que la presión continuará.

Mensajes en las redes y el pulso del relato: Dmitriev, Gabbard y el “Estado profundo”

En paralelo al frente militar y a los contactos discretos, surge el capítulo del relato. Kirill Dmitriev ha publicado en X (la red antes conocida como Twitter) un mensaje en el que retoma una declaración de Tulsi Gabbard y acusa a un “Estado profundo” de intentar desatar la Tercera Guerra Mundial alimentando una paranoia antirrusa en la Unión Europea y el Reino Unido. Dmitriev eleva el tono y sitúa en ese “aparato belicista” la resistencia a un deshielo.

Hay un matiz relevante: en su post, Dmitriev se refiere a Gabbard con un cargo —“directora de Inteligencia Nacional”— que no se corresponde con la realidad institucional estadounidense. Gabbard es una política estadounidense con fuerte proyección pública, y sus posiciones en política exterior son conocidas; su eco en X multiplica alcance y debate. La mención imprecisa de Dmitriev ilustra el clima de barullo informativo en el que cada parte intenta empujar marcos: unos hablan de pragmatismo y paz posible; otros de maquinarias invisibles y escaladas premeditadas. En este terreno, las palabras son parte de la batería de presión.

Trilateral en el aire: condiciones mínimas que hoy no se cumplen

¿Por qué no hay —todavía— cumbre a tres? La respuesta, a la luz de lo conocido, se sostiene en tres pilares. Primero, Moscú no quiere legitimar un formato que coloque a Kiev y Washington frente a frente con igual voz en un escenario público sin contrapartidas concretas. Segundo, Washington tantea canales alternativos para medir líneas rojas y posibilidades, nada que exija la solemnidad de un titular que, si fracasa, pase factura. Tercero, Kiev necesita garantías de que cualquier encuentro no se usa para congelar posiciones a su costa. Con ese triángulo, la foto se complica.

El calendario tampoco ayuda. Ayer, sábado 20 de diciembre, Zelenski dejó entrever que había margen para ese encuentro. Hoy, domingo 21, el veto ruso a la idea la deja en cuarentena. De fondo, la guerra mantiene ritmo con ataques nocturnos, y Rivne aparece en el mapa de daños. La disonancia entre mensajes políticos y realidad del frente impregna cualquier intento de paz con una dosis de escepticismo.

Señales desde Washington: roles y lecturas

Que Steve Witkoff actúe como enviado presidencial en Miami y que Jared Kushner participe aporta una clave doméstica estadounidense al proceso. Son interlocutores con acceso político y capacidad de abrir puertas, más que negociadores tradicionales. En términos prácticos, esa fórmula sugiere una fase preliminar, donde confianza, tono y intercambio de papeles pesan más que el detalle jurídico. La lectura en Moscú es que vale la pena explorar; la lectura en Kiev, que no debe confundirse la existencia de una vía con la garantía de resultados.

Lo que deja la noche: cifras, táctica y fatiga acumulada

El balance inmediato del ataque aéreo es claro: 75 drones neutralizados de 97, uno herido leve, sin incendios, daños contenidos en una instalación civil de Rivne. Pero el balance de fondo es otro: la fatiga. Ucrania debe gastar recursos para interceptar cada aparato; Rusia aprende de las rutas que funcionan y ajusta la mezcla de modelos —Shahed, “Gerbera” y otros—, de altitudes y de timings. Y cada noche intensa roba horas a mantenimiento, reposición y entrenamiento.

Hay, además, un efecto psicológico buscado: sonidos de alarma, toques de queda, descensos a refugios. Aunque la cifra de interceptaciones sea alta, ningún mando querría que su población normalice ese ruido de fondo. Por eso la comunicación pública en Kiev subraya porcentajes y resiliencia; por eso, también, cuando se reporta un herido leve, se precisa rápido que fue atendido y que los servicios seguían operando.

El cálculo de Moscú: hablar sin conceder imagen de concesión

Volviendo a la trilateral cancelada —o, mejor dicho, no considerada—, el cálculo de Moscú parece simple. Mantener líneas de conversación en Miami permite tomar temperatura sin pagar costo de imagen. Rechazar la cumbre a tres evita lecturas de aislamiento si el encuentro termina en nada y, de paso, proyecta control: el Kremlin decide el ritmo y el formato. En ese marco, Ushakov cumple un papel de equilibrista: reconoce canales, niega solemnidades.

El otro vector, Dmitriev, es la voz pública de la apuesta táctica: decir que las conversaciones fueron “constructivas” y que siguen hoy. El mensaje es doble: hay algo y, al mismo tiempo, no tanto como para esperar anuncios. El añadido de su discurso en X sobre el “Estado profundo” forma parte del teatro: sirve para consolidar a los propios, condicionar a los ajenos y marcar un relato de resistencia frente a supuestos poderes ocultos.

Kiev entre dos urgencias: blindar el cielo y definir su margen diplomático

Para Ucrania, el día deja dos carpetas urgentes. La primera, técnica: sostener el escudo aéreo capaz de detener noches con casi cien drones. Eso exige suministros constantes, desde interceptores hasta equipo de guerra electrónica, pasando por radares y repuestos. La segunda, política: afinar su papel en los canales que hoy se mueven fuera del foco y decidir hasta dónde acompañar formatos discretos sin perder voz en el resultado final. De ahí que Zelenski lance globos sonda sobre cumbres posibles y que Moscú los pinche en pocas horas: es también una batalla de narrativa.

El parte de Rivne, con daños restringidos y un herido leve, ofrece oxígeno a la idea de que la defensa funciona; al mismo tiempo, recuerda que ningún escudo es perfecto. Los números —75 de 97— se leen bien hoy; mañana, con otra oleada, habrá que empezar desde cero. En el plano diplomático, cada señal desde Miami será scrutada en Kiev: ¿qué se discute?, ¿con qué margen?, ¿qué contrapartidas hay en el aire? Aunque no se hablen en público, esas preguntas circulan en los pasillos.

Qué observar en las próximas horas: continuidad en Miami, tensión en el cielo

El guion inmediato parece escrito. Miami seguirá como espacio de tanteo con Dmitriev, Witkoff y Kushner cruzando papeles, ideas y límites. Si hay avances, se notarán primero en gestos: bajada de discursos, descompresión de algunas medidas o acuerdos puntuales —por ejemplo, en intercambios o seguridad de infraestructuras. Si no los hay, se mantendrá la dinámica actual: conversaciones “constructivas” sin foto ni comunicado.

En el frente aéreo, Ucrania espera —y se prepara para— nuevos intentos de saturación con drones Shahed y otros modelos. La pista de lanzamientos múltiples desde Millerovo, Kursk, Primorsko-Ajtarsk, Hvardiiske y Chauda sugiere que el patrón se repetirá: mezclar direcciones, altitudes y horarios para forzar errores. El objetivo ruso puede ser tan modesto como erosionar confianza —daños menores, pequeños cortes— o tan ambicioso como abrir huecos para impactos críticos. La respuesta de Kiev seguirá apoyándose en capas y redundancias.

Un equilibrio frágil que define el momento

Hoy conviven dos verdades: hay contactos y no hay cumbre. Miami ha demostrado que, con los interlocutores adecuados, se pueden abrir vías de trabajo. Moscú, por su parte, ha dicho alto y claro —por boca de Ushakov— que una trilateral no entra en sus planes inmediatos. Al mismo tiempo, Kiev canta una noche de interceptaciones exitosa —75 de 97 drones neutralizados— con Rivne como único punto de daños civiles reseñables y un herido leve.

Ese es el retrato: diplomacia en modo exploratorio, guerra en modo desgaste. Un día que deja pocas certezas pero algunas pistas. Dmitriev anticipa que las conversaciones continúan; Ushakov baja la persiana de una gran cumbre; Zelenski empuja la opción en lo público; Rivne parpadea en el mapa. Entre líneas, se dibuja un tiempo en el que ningún actor quiere parecer inmóvil, pero ninguno está dispuesto a entregar la foto sin garantías.

Lo que marcará el siguiente movimiento

El siguiente paso lo decidirá, probablemente, el ritmo de los hechos. Si Miami produce pequeños acuerdos —o, al menos, entendimientos de contención—, aparecerá margen para imaginar formatos con más luz. Si no, volverá a imponerse la inercia: ensayos de saturación con drones, parches en infraestructuras, mensajes cruzados en X, propuestas públicas desmentidas a las pocas horas. Yuri Ushakov, Kirill Dmitriev, Steve Witkoff, Jared Kushner, Oleksandr Koval y, por supuesto, Volodímir Zelenski ocupan hoy las líneas del parte político y militar.

En términos prácticos, la conclusión operativa es breve y, a la vez, áspera: habrá conversaciones, no habrá cumbre inmediata. Y el cielo de Ucrania seguirá encendido por noches como la de ayer, con 97 aparatos buscando huecos y 75 cayendo en interceptaciones que, para mantenerse, requieren suministros y tiempo. Entre Rivne y Miami discurre la noticia. Lo demás, por ahora, es ruido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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