Salud
¿Por qué el calor extremo deja ya más de 35.000 muertes en Europa?
Europa supera las 35.000 muertes por el calor extremo, con Alemania, Francia y España entre los más afectados, con cifras aún provisionales.

Europa acumula al menos 35.000 muertes adicionales durante las sucesivas olas de calor de este verano de 2026, una cifra todavía provisional que dibuja un escenario especialmente grave en Alemania, Francia y España. Entre los tres países superan ya las 25.000 víctimas contabilizadas o estimadas mediante sus distintos sistemas nacionales de vigilancia de mortalidad.
Y falta agosto. Ese es el detalle que impide leer las 35.000 muertes como un balance definitivo: los cálculos disponibles abarcan apenas alrededor de la mitad de Europa y varios países todavía no han incorporado las semanas más recientes. El resultado final, cuando las estadísticas se consoliden, será previsiblemente mayor. El calor extremo está dejando de ser una anomalía meteorológica para convertirse en un problema estructural de salud pública europea.
Europa supera las 35.000 muertes tras cuatro olas de calor
El verano europeo ha encadenado cuatro grandes episodios de calor extremo desde mayo, con récords históricos pulverizados en centenares de estaciones meteorológicas. No ha sido simplemente esa estampa conocida de terrazas vacías a las cuatro de la tarde, persianas bajadas y asfalto blando bajo los zapatos. Las temperaturas persistentemente elevadas, también durante la noche, han ido erosionando la capacidad del organismo para recuperarse.
En Alemania, 46 estaciones meteorológicas rebasaron los 40 °C durante el episodio de finales de junio. España soportó repetidamente máximas por encima de 42 °C y Francia llegó a registrar su jornada con la temperatura media nacional más elevada de toda su serie histórica. Allí, más de 500 estaciones superaron los 40 °C y prácticamente todo el país llegó a encontrarse bajo algún nivel de alerta por calor.
La dimensión geográfica importa. No estamos ante una ola localizada que golpea durante tres días un rincón mediterráneo y desaparece. El calor ha atravesado el oeste, centro y sur del continente en oleadas sucesivas, prolongando durante semanas la exposición de millones de personas. Más de 80 millones de europeos han vivido este verano temperaturas superiores a 40 °C.
Alemania, Francia y España concentran más de 25.000 muertes
Alemania presenta por el momento el balance más duro. El Instituto Robert Koch estima alrededor de 14.000 muertes relacionadas con el calor entre el 6 de abril y el 9 de agosto. Solo durante la semana del 22 al 28 de junio se habrían producido unas 9.600.
Es una cifra extraordinaria incluso dentro de la propia serie alemana. El anterior máximo correspondía a 2018, con unas 8.900 muertes vinculadas al calor, mientras que en veranos considerados normales la estimación suele mantenerse por debajo de las 2.000. El salto de 2026 es, pues, de otra escala.
Francia aporta una cifra distinta y conviene no mezclar peras con ventiladores. Su sistema contabilizaba aproximadamente 7.300 muertes en exceso por todas las causas entre finales de mayo y el 22 de julio. No significa que las 7.300 puedan atribuirse individualmente al calor: la agencia sanitaria francesa realiza posteriormente el análisis específico que permite determinar qué parte del exceso de mortalidad está estadísticamente asociada a las temperaturas.
A eso se añade un problema bastante terrenal para unas estadísticas que solemos imaginar instantáneas: los certificados electrónicos utilizados para el primer cálculo francés representan alrededor del 80 % de las defunciones. Y los datos de agosto todavía no estaban incluidos.
España ronda las 5.000 muertes atribuibles al calor
En España, el sistema de monitorización de la mortalidad MoMo, gestionado por el Instituto de Salud Carlos III, sitúa en torno a 4.947 las muertes atribuibles a las altas temperaturas desde mayo hasta finales de agosto.
La cifra convertiría 2026 en el peor año de la serie española en mortalidad asociada al calor, por encima incluso de 2022. Y la comparación con los últimos ejercicios permite apreciar la velocidad del cambio: en 2025 se habían estimado 3.832 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas durante toda la campaña estival.
España cuenta desde hace años con un sistema relativamente sofisticado para seguir este fenómeno. MoMo cruza las defunciones observadas con las esperadas y estudia la relación estadística con las temperaturas registradas. Es decir, no cuenta únicamente golpes de calor diagnosticados. Hace algo bastante más útil para comprender el impacto real.
Una muerte por calor rara vez aparece escrita así
Aquí está una de las grandes dificultades para entender estas cifras. Una persona de 83 años con insuficiencia cardiaca puede sufrir varios días de calor intenso, dormir mal porque la noche no baja de 28 °C, deshidratarse progresivamente y terminar falleciendo por un problema cardiovascular. El certificado probablemente indicará esa patología, no «ola de calor».
Lo mismo ocurre con enfermedades respiratorias, cerebrovasculares, renales o metabólicas. El calor actúa muchas veces como factor desencadenante o agravante. Por eso contar únicamente los fallecimientos certificados clínicamente como golpe de calor ofrecería una fotografía diminuta de un fenómeno mucho mayor.
Por qué el calor extremo mata incluso sin provocar un golpe de calor
El cuerpo humano necesita mantener su temperatura interna dentro de unos márgenes estrechos. Cuando el ambiente se calienta, activa mecanismos como la sudoración y aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel para expulsar calor. Todo bastante eficaz… hasta que deja de serlo.
Si las temperaturas permanecen elevadas durante muchas horas, especialmente cuando las noches no refrescan, el organismo pierde capacidad de recuperación. Se incrementa la deshidratación, el corazón trabaja más, puede alterarse la función renal y aumenta el riesgo de descompensación de enfermedades previas. El problema no empieza necesariamente cuando el termómetro marca 45 °C; depende también de la humedad, la duración del episodio, la temperatura nocturna, la vivienda y la salud de cada persona.
Los mayores de 65 años concentran buena parte del riesgo. Con la edad disminuye la eficacia de la termorregulación, suele reducirse la sensación de sed y aumentan las patologías crónicas y el consumo de medicamentos capaces de interferir con la hidratación o la respuesta cardiovascular.
También son especialmente vulnerables quienes viven solos, los enfermos crónicos, los bebés, las personas sin hogar y quienes trabajan físicamente al aire libre. Hay otra frontera menos visible: la económica. Un piso en una última planta, mal aislado, puede convertirse después de varios días de sol en una caja que almacena calor hasta bien entrada la madrugada. El código postal también condiciona la exposición térmica.
Las 35.000 muertes son una estimación provisional, no un contador
La cifra europea exige una lectura cuidadosa. Los distintos países no utilizan exactamente la misma metodología. Alemania y España modelizan en tiempo casi real las muertes atribuibles a las temperaturas, mientras Francia publica inicialmente el exceso de mortalidad por todas las causas y calcula después la fracción relacionada específicamente con el calor.
Otros países ofrecen balances todavía más parciales. Bélgica detectó 1.222 muertes adicionales durante el episodio comprendido entre el 18 y el 29 de junio. Países Bajos contabilizó al menos 900 fallecimientos por encima de lo habitual entre el 22 de junio y el 5 de julio, mientras las estimaciones para Polonia apuntaron a unas 1.070 muertes adicionales durante la ola de finales de junio.
En Inglaterra, los primeros modelos asociados a los episodios de mayo y junio situaron el impacto en 2.877 muertes relacionadas con el calor. Italia, otro de los países más expuestos, todavía no dispone de un balance nacional consolidado comparable: sus sistemas de vigilancia trabajan en buena medida con datos municipales y arrastran retrasos.
Por eso las 35.000 muertes no deberían tratarse como si alguien hubiera colocado un enorme contador rojo en Bruselas. Son la suma provisional de distintos indicadores epidemiológicos que intentan responder a la misma cuestión: cuánta gente ha muerto de más durante los episodios de temperaturas extremas.
Y precisamente por esa prudencia estadística la cifra resulta más seria, no menos.
Europa se calienta más rápido y envejece al mismo tiempo
La Organización Mundial de la Salud considera el estrés térmico la principal causa de mortalidad relacionada con el clima en su región europea. Según sus datos, las muertes vinculadas al calor han aumentado alrededor de un 30 % durante las dos últimas décadas.
Hay dos movimientos que avanzan en paralelo. Europa es la región de la OMS que se calienta con mayor rapidez, aproximadamente al doble del ritmo medio mundial, mientras su población envejece. Más calor y más personas biológicamente vulnerables al calor: una combinación bastante poco misteriosa.
La historia reciente ya dejó avisos contundentes. Un estudio publicado sobre el verano de 2022 estimó unas 61.672 muertes relacionadas con el calor en 35 países europeos. La OMS calcula que en 2024 la cifra volvió a acercarse a las 63.000. Conviene, por tanto, no proclamar todavía que 2026 sea el verano más mortífero de Europa; los datos actuales son incompletos y las metodologías no son idénticas. Alemania y España sí apuntan, en cambio, a sus peores registros nacionales.
La adaptación funciona, pero tiene límites. Alertas sanitarias, seguimiento de personas vulnerables, refugios climáticos, ciudades con más sombra, viviendas mejor aisladas y servicios sanitarios preparados reducen mortalidad. La propia OMS sostiene que buena parte de estas muertes puede prevenirse. El problema es que la temperatura de partida sigue subiendo y cada nuevo episodio obliga a los sistemas de protección a correr un poco más deprisa.
Un verano que convierte los récords meteorológicos en mortalidad
Durante años, las olas de calor se contaron casi como una competición de termómetros: la máxima en Córdoba, el récord de París, cuarenta grados en Berlín. Una cifra llamativa para el informativo y, después, otro asunto. El verano de 2026 obliga a mirar detrás del decimal.
Las más de 35.000 muertes registradas o estimadas hasta el momento no constituyen todavía el saldo completo y tampoco pueden atribuirse todas mediante una única metodología. Sí ofrecen, sin embargo, una señal epidemiológica difícil de disimular: cuatro olas consecutivas de calor han coincidido con un aumento extraordinario de la mortalidad en buena parte de Europa.
Alemania ronda las 14.000 muertes atribuibles al calor, España se acerca a las 5.000 y Francia ha detectado 7.300 fallecimientos por encima de lo esperado antes incluso de incorporar agosto. Son números provisionales. Lo incómodo es precisamente eso: todavía pueden crecer.
El calor extremo tiene una particularidad poco cinematográfica. No derriba edificios ni deja una línea de costa arrasada que pueda fotografiarse desde un helicóptero. Entra por la ventana, se queda durante la noche, castiga al organismo durante días y termina apareciendo semanas después en una estadística sanitaria. Silencioso, doméstico, acumulativo. Y este verano Europa está empezando a comprender cuánto pesa.

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