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¿Por qué el PP puede perder Cartagena por Vox y una moción?

Cartagena afronta una moción con exediles de Vox que puede sacar al PP de la Alcaldía y abrir otro ciclo político local.

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Quiere Vox sustituir al PP

Cartagena está ante un cambio de poder municipal que parecía improbable hace apenas unas semanas y que ahora tiene fecha, nombres y una aritmética bastante menos misteriosa de lo que aparenta. La moción de censura contra la alcaldesa Noelia Arroyo, del PP, se votará el 2 de junio de 2026 a las 12.00 horas en el Salón de Plenos de la Casa Consistorial. Si nada se rompe antes, el candidato alternativo será Jesús Giménez Gallo, portavoz de Movimiento Ciudadano de Cartagena. Y ahí está el hueso de la noticia: el PP puede perder la Alcaldía no por una derrota electoral directa, sino por una operación parlamentaria local sostenida por MC, PSOE, Sí Cartagena y dos concejales no adscritos procedentes de Vox.

La cuenta es fría, casi de notaría, que en política municipal suele ser más decisiva que los mítines con megafonía. La Corporación tiene 27 ediles; la mayoría absoluta está en 14. La moción se registró con esos 14 apoyos: siete de MC, cuatro del PSOE, uno de Sí Cartagena y dos exconcejales de Vox, Diego Salinas y Beatriz Sánchez del Álamo. Exactamente lo necesario. Ni un voto de cortesía, ni un colchón, ni una red debajo del trapecista. Por eso cada gesto de aquí al pleno importa tanto: porque una moción así no camina, avanza por una cuerda fina.

La noticia tiene una superficie sencilla: una mayoría alternativa quiere desalojar al PP. Pero debajo hay varias placas tectónicas rozándose. Una es la crisis interna de Vox en la Región de Murcia, que ha dejado piezas sueltas donde antes había bloque. Otra es la vieja rivalidad cartagenerista, con Movimiento Ciudadano como fuerza local incómoda para los partidos nacionales. Y otra, nada menor, es la gestión municipal: déficit, acusaciones de parálisis, un edificio en riesgo, reproches cruzados y esa sensación de Ayuntamiento convertido en sala de máquinas con olor a cable quemado.

La grieta de Vox que abrió la puerta

La moción no se entiende sin la implosión de Vox en la Región de Murcia. La salida de José Ángel Antelo como presidente autonómico de la formación provocó un efecto dominó que llegó al Ayuntamiento de Cartagena. Diego Salinas, que había sido candidato de Vox a la Alcaldía en 2023 y llegó a ocupar responsabilidades dentro del Gobierno local, fue de los primeros en romper. Después lo hizo Beatriz Sánchez del Álamo. Ambos acabaron fuera del grupo y sus votos, ya como no adscritos, se han convertido en la llave que puede cerrar el ciclo de Noelia Arroyo.

El detalle es venenoso para el PP, porque Arroyo gobernaba con Vox desde noviembre de 2023, después de un arranque de mandato en minoría. Lo que parecía un acuerdo de estabilidad se ha ido descomponiendo por dentro, no por un gran debate ideológico sobre la ciudad, sino por una fractura orgánica, de liderazgos, egos, obediencias y expulsiones implícitas. La política tiene a veces estas bromas pesadas: un partido nacional sacude su árbol en Madrid o en Murcia y cae una Alcaldía en Cartagena.

La alcaldesa ha intentado presentar la operación como un pacto incoherente y desesperado. No le falta munición retórica: dos antiguos ediles de Vox apoyando una moción junto al PSOE; un partido municipalista como MC pactando con socialistas y con Sí Cartagena; una mayoría nacida a menos de un año de las elecciones. Es un cóctel raro. Pero la rareza no lo hace ilegal ni automáticamente ilegítimo. En democracia local, lo decisivo no es si la foto sale bonita, sino si suma mayoría, si el procedimiento es correcto y si los firmantes sostienen su palabra cuando llegue la votación. La estética ayuda. Los votos mandan.

La ley municipal no premia la comodidad, premia la mayoría absoluta. La Ley Orgánica del Régimen Electoral General establece que una moción de censura contra un alcalde debe ser propuesta por la mayoría absoluta del número legal de miembros de la Corporación e incluir un candidato alternativo. También exige firmas autenticadas y fija la convocatoria automática del pleno para el décimo día hábil posterior al registro. En Cartagena, la maquinaria ya está en marcha.

El edificio, el déficit y la versión de la oposición

Los impulsores de la moción no venden solo una suma de concejales, sino un diagnóstico de deterioro. MC, PSOE y Sí Cartagena hablan de desgobierno, falta de proyecto, tensión económica y un Ejecutivo local que, según su relato, ha ido perdiendo piezas hasta quedarse sin dirección política. La expresión “falta de proyecto” suele ser el comodín favorito de la oposición en cualquier Ayuntamiento de España, desde uno con playa hasta otro con niebla. Aquí, sin embargo, aparece acompañada de dos elementos concretos: las cuentas municipales y la gestión de un inmueble en riesgo.

Uno de los episodios que la oposición ha situado en el centro del relato es el de un edificio que llevaba semanas en riesgo de derrumbe, detectado en el ámbito de la Sociedad Municipal Casco Antiguo. Según la versión difundida por los promotores de la moción, las celebraciones de Semana Santa y las Cruces de Mayo habrían pasado bajo la sombra de ese riesgo sin que el Gobierno local actuara con la urgencia suficiente. El dato es de esos que en política pesan más que un discurso largo: no habla de ideología, habla de seguridad, gestión y reflejos administrativos.

El otro gran argumento es económico. Los portavoces de la oposición han señalado un déficit de diez millones de euros en las cuentas de 2025, presentado en un pleno después de una subida de impuestos. Ese punto sirve a MC y PSOE para construir una acusación de fondo: Cartagena estaría entrando en una zona de debilidad financiera, con mucha propaganda institucional, muchas inauguraciones verbales y poca capacidad real para ordenar la casa. El Ayuntamiento, para entendernos, como un barco precioso por fuera y con agua entrando por la bodega.

Noelia Arroyo niega ese retrato. La alcaldesa defiende que Cartagena vive una etapa de transformación, con presupuestos aprobados y proyectos en marcha. Ha citado iniciativas como Recrea, Galeras, Caetra o los nuevos cuarteles de la Policía Local, y acusa a los promotores de la moción de poner en riesgo un año de trabajo por intereses de partido. Su mensaje es nítido: no se cambia de gobierno porque la ciudad vaya mal, sino porque otros quieren llegar a la Alcaldía por un atajo. Es una defensa clásica, sí, pero no necesariamente débil. En política local, la palabra “parálisis” sirve tanto para atacar como para protegerse del ataque.

Cartagena, laboratorio español de pactos imposibles

Cartagena no ha descubierto los pactos extraños esta semana. El municipio lleva años funcionando como un laboratorio de acuerdos cruzados, algunos comprensibles y otros solo aptos para lectores con paciencia y café. En 2023, el PP ganó las elecciones municipales con 10 concejales. MC obtuvo ocho, el PSOE cuatro, Vox cuatro y Sí Cartagena uno. Noelia Arroyo fue proclamada alcaldesa al encabezar la lista más votada, después de que ningún candidato alcanzara mayoría absoluta en la sesión constitutiva.

Antes ya hubo combinaciones llamativas. En 2015, un acuerdo entre PSOE y Podemos permitió la Alcaldía de José López, de MC, pese a que el PP había sido la lista más votada. En 2019, la historia giró al revés: PP, PSOE y Ciudadanos se aliaron para impedir que gobernara MC, que había quedado primera. Y desde noviembre de 2023, el Gobierno municipal descansaba sobre el entendimiento entre PP y Vox. Dicho de forma sencilla: Cartagena no es una ciudad donde los pactos sean una anomalía. Son casi una costumbre local, como mirar al puerto antes de hablar del tiempo.

Esa tradición no neutraliza el impacto de la moción, pero ayuda a entenderla. Movimiento Ciudadano es una fuerza municipalista con peso real, no una sigla decorativa. Su existencia obliga a los grandes partidos a moverse de otra manera. No estamos ante el típico tablero de PP contra PSOE con un tercero haciendo de bisagra obediente. En Cartagena, MC tiene músculo, memoria, heridas y ambición. Y eso cambia el cálculo. Cuando el PP acusa al PSOE de estar detrás de la operación, MC responde con un matiz importante: el candidato a alcalde no es socialista, es cartagenerista.

Ahí aparece la primera gran contradicción del nuevo bloque. La moción necesita un acuerdo de mínimos entre sensibilidades muy distintas, desde el PSOE hasta dos exediles de Vox, pasando por MC y Sí Cartagena. Lo llamarán rescate, concentración, regeneración o alternativa seria, según quién hable y qué micrófono tenga delante. Pero gobernar no será tan sencillo como firmar. Una cosa es derribar una puerta. Otra, vivir dentro de la casa sin tirarse los platos.

Las críticas internas también desgastan la operación

El terremoto no solo ha movido al PP. También ha sacudido a quienes, en teoría, deberían celebrar la operación. José López, exalcalde de Cartagena y antiguo referente de Movimiento Ciudadano, ha cargado contra la moción y la ha definido como un “error histórico”. Su crítica va al corazón simbólico de MC: considera que el partido se arriesga a hipotecar su credibilidad cartagenerista al pactar con fuerzas de trayectoria e intereses incompatibles. Traducido al lenguaje de barra de cafetería: para tocar poder, MC podría parecerse demasiado a aquello que decía combatir.

También Ana Belén Castejón, exalcaldesa y fundadora de Sí Cartagena, ha rechazado la operación, a la que califica de equivocada, desproporcionada y a destiempo. Su posición es especialmente incómoda porque Sí Cartagena forma parte de la suma que sostiene la moción. Castejón ya no está en primera línea, pero su voz conserva carga política: fue protagonista de los pactos de 2019, conoce los pasillos del Ayuntamiento y sabe que las alianzas raras pueden dar poder, sí, pero también dejar cicatrices muy difíciles de cerrar.

Estas críticas no tumban la moción por sí solas, pero la despojan de épica. La presentan como una operación posible, incluso legalmente impecable, pero no necesariamente pacífica dentro de sus propias familias políticas. Y eso es relevante. Cuando un acuerdo nace con objeciones de antiguos líderes, con militancias inquietas y con socios ideológicamente distantes, la gobernabilidad posterior necesita algo más que una rueda de prensa solemne. Necesita método, disciplina y bastante humildad. Palabra escasa, la humildad, en los manuales municipales.

El PSOE, por su parte, ha decidido consultar a su militancia en Cartagena. La votación socialista será presencial y secreta el 26 de mayo, abierta a militantes del PSOE y de Juventudes Socialistas. La dirección regional vincula su apoyo a una agenda progresista con políticas de justicia social, igualdad de oportunidades, apoyo al tejido económico y reducción de desigualdades territoriales. La consulta no borra la decisión política ya encarrilada, pero introduce un gesto interno de validación, quizá también de blindaje. Después de lo ocurrido en 2019 con los pactos locales y las expulsiones, nadie quiere tropezar dos veces con la misma baldosa.

La respuesta del PP: caos, bloqueo y un año perdido

Noelia Arroyo ha elegido una defensa frontal. La alcaldesa sostiene que la moción responde a intereses personales y partidistas, no al interés general de Cartagena. Ha advertido de que el nuevo bloque no tiene un programa común sólido y que el municipio podría perder un año entero de gestión. Su mensaje combina agravio, alarma institucional y una apelación a la estabilidad. No es una melodía nueva, pero está bien afinada para una ciudad que viene de pactos difíciles y gobiernos con fecha de caducidad.

El PP intenta convertir la heterogeneidad de la moción en su principal prueba de cargo. La imagen de antiguos concejales de Vox apoyando una agenda pactada con el PSOE ofrece un flanco evidente. Arroyo ha insistido en esa contradicción: cómo van a convivir quienes defendían discursos duros de Vox con políticas progresistas en igualdad, derechos humanos o diversidad. Es una pregunta política legítima, aunque también contiene un punto de teatro. Los Ayuntamientos españoles están llenos de acuerdos entre adversarios que, al día siguiente, juran haber encontrado una “agenda de ciudad”. A veces funciona. A veces dura lo que una sombrilla en un temporal.

La alcaldesa también ha intentado separar su suerte personal de la del municipio. “Me duele por Cartagena” es el tipo de frase que busca elevar el conflicto por encima del sillón, aunque todos sepan que el sillón está en el centro de la habitación. Ha asegurado que mantendrá su agenda institucional hasta el final y que seguirá defendiendo los intereses de la ciudad incluso desde la oposición si la moción prospera. Hay ahí una estrategia clara: perder, si toca perder, pero no abandonar el marco de la responsabilidad.

El PP regional ha cerrado filas con Arroyo. Fernando López Miras ha presentado la moción como un factor de incertidumbre y bloqueo, especialmente en un momento en el que Cartagena intenta reforzar su perfil industrial y tecnológico. La defensa popular se apoya en una idea simple: cambiar el gobierno a menos de un año de las municipales no arregla nada, lo complica todo. Los impulsores de la moción responden justo lo contrario: esperar un año más agravaría el deterioro. Dos relojes, dos diagnósticos, una misma ciudad mirando cómo se pelean por la hora exacta.

Qué puede pasar el 2 de junio

La moción saldrá adelante si los 14 firmantes mantienen su voto. Esa es la realidad desnuda. No hacen falta más apoyos. Tampoco sobra ninguno. Si alguno se descuelga, el tablero cambia. Por eso las próximas jornadas estarán cargadas de presión política, llamadas, mensajes, declaraciones, quizá silencios significativos y gestos medidos al milímetro. En las mociones de censura municipales, el pleno final suele ser la escena visible de una obra que se ha representado antes en despachos, cafeterías, notarías y grupos de WhatsApp que arden sin dejar ceniza.

Si prospera, Jesús Giménez Gallo se convertirá en alcalde de Cartagena y el PP pasará a la oposición después de haber gobernado con una mayoría sostenida primero por su condición de lista más votada y después por el pacto con Vox. El nuevo gobierno tendrá poco margen temporal antes de las municipales de 2027. Ese dato es crucial: no podrá vender grandes transformaciones en doce meses escasos, salvo que confunda deseo con gestión. Su reto será más pedestre y, por tanto, más serio: ordenar prioridades, evitar la imagen de reparto de poder, demostrar que la suma no era solo una operación contra Arroyo y dar alguna señal clara en economía municipal, barrios y servicios públicos.

Si fracasa, Noelia Arroyo saldrá reforzada de una forma casi plebiscitaria, porque sobrevivir a una moción con 14 firmas registradas sería políticamente mucho más que aguantar un mal trago. Podría presentarse como víctima de una alianza imposible y como garante de estabilidad frente a una oposición incapaz de sostener su propia operación. Pero ese escenario también dejaría tocado al Gobierno local: la fractura con los exediles de Vox no desaparecería por arte de magia y la legislatura seguiría oliendo a provisionalidad.

Hay una tercera posibilidad, menos limpia, más española: que la moción prospere y, al día siguiente, empiece el desgaste interno del nuevo bloque. Gobernar con aliados tan distintos exige una cultura del pacto que no siempre abunda. La agenda progresista del PSOE deberá convivir con la procedencia política de los exconcejales de Vox. El cartagenerismo de MC tendrá que convivir con la disciplina socialista. Sí Cartagena deberá explicar su papel después de las críticas de su propia fundadora. Y todos deberán justificar ante los vecinos que aquello no era una mudanza de sillones, sino una reparación institucional. Veremos. La democracia local tiene menos focos que el Congreso, pero muchas veces enseña mejor las costuras del país.

Cartagena, entre la aritmética y el desgaste

La moción de censura en Cartagena es una noticia local con lectura nacional porque muestra tres fenómenos muy reconocibles de la política española actual: la fragilidad de los pactos PP-Vox cuando aparecen guerras internas, la capacidad de las fuerzas municipalistas para alterar los guiones de los grandes partidos y el uso de la moción de censura como herramienta legítima, incómoda y siempre inflamable. No es un golpe. No es una revolución. No es una simple rabieta. Es política institucional en estado crudo, con sus grandezas modestas y sus miserias bastante visibles.

El PP puede perder Cartagena porque la mayoría que sostenía el tablero se ha desplazado. Vox se ha partido en el peor sitio para Arroyo, MC ha visto una oportunidad, el PSOE ha aceptado entrar en la operación y Sí Cartagena aporta una pieza pequeña pero decisiva. Al fondo quedan los problemas de gestión, las cuentas municipales, el edificio en riesgo, la acusación de parálisis y la réplica popular sobre el bloqueo que vendrá. Todo mezclado. Como una rambla después de una tormenta: baja agua, barro, ramas y alguna silla de plástico.

La pregunta ya no es si la moción existe. Existe. Está registrada. Tiene candidato. Tiene fecha. La pregunta real es si esa mayoría llegará intacta al 2 de junio y, sobre todo, si será capaz de convertirse en gobierno sin que sus contradicciones la devoren antes de que los cartageneros puedan juzgarla en las urnas. Porque desalojar a un alcalde es difícil, pero gobernar después suele ser bastante menos cinematográfico: facturas, expedientes, barrios que esperan, funcionarios que miran de reojo, promesas con fecha y una ciudad que no vive de titulares.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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