Economía
¿Por qué el café puede desplomarse como el cacao?

El café afronta una corrección tras meses disparado: Brasil, la demanda y el precedente del cacao agitan un mercado mundial en pleno ajuste.
El mercado mundial del café ha entrado en una fase delicada, casi nerviosa, después de más de un año instalado en precios excepcionalmente altos. Lo que hace unas semanas parecía una simple corrección empieza a discutirse ya como algo más serio: una caída amplia de las cotizaciones, comparable en su lógica —no necesariamente en su velocidad— a la que sufrió el cacao tras tocar máximos históricos. Varios analistas del sector reunidos en Tampa, Florida, durante la convención anual de la National Coffee Association, dan por bastante probable que el arabica siga perdiendo valor en los próximos meses. Algunas previsiones lo sitúan en torno a 2 dólares por libra al cierre del año y otras incluso lo empujan hacia 1,80 dólares, muy por debajo de los casi 2,93 dólares por libra con los que cerró el martes en Nueva York. El dato importante no es solo el número. Es el cambio de clima. Hasta hace poco el debate era cuánto más podía subir el café; ahora la pregunta real del mercado es cuánto puede bajar sin romper la sensación de equilibrio que ha sostenido al sector durante meses.
Ese giro no ha aparecido por capricho. Los precios altos han empezado a erosionar el consumo, aunque todavía no de una forma terminal, y la expectativa de una gran cosecha en Brasil ha enfriado la idea de una escasez prolongada. A eso se suma otro factor menos visible, pero decisivo: la industria ya ha comenzado a abaratar mezclas, sustituir orígenes más caros por cafés más competitivos y empujar al consumidor hacia opciones más económicas. El precedente del cacao pesa mucho porque el mecanismo fue parecido. Primero llegó la tensión por la oferta, luego el máximo histórico, después el cansancio del consumidor y, finalmente, el ajuste. La diferencia es que el café tiene una resistencia cultural y comercial bastante mayor. Se puede cambiar de marca, bajar un escalón, dejar el cappuccino de cafetería y volver a la cafetera doméstica. Lo que cuesta más es abandonar del todo la taza diaria. Ahí está el matiz que explica por qué hay miedo a un desplome y, al mismo tiempo, dudas razonables sobre que el café vaya a repetir exactamente el vía crucis del cacao.
El cacao se ha convertido en el espejo incómodo del café
La comparación entre café y cacao no es un recurso literario ni una ocurrencia de sobremesa. En el negocio de las materias primas agrícolas, cuando un producto sube demasiado deprisa y demasiado arriba, el mercado busca enseguida antecedentes. Y el del cacao sigue muy fresco. En diciembre de 2024, el contrato de cacao en Nueva York llegó a superar los 12.000 dólares por tonelada, un récord descomunal que se sostuvo sobre una combinación explosiva de mal tiempo en países productores, menor oferta disponible y nerviosismo comprador. Aquella subida disparó el coste de una materia prima esencial para la industria del chocolate, pero también sembró la semilla de su propia corrección. Poco más de un año después, el cacao se había desplomado más de un 70%, y no por una única razón milagrosa, sino por un encadenado bastante clásico: consumidores que empiezan a recortar, fabricantes que reducen tamaño de envases o reformulan productos y un mercado que, de pronto, descubre que el precio extremo expulsa parte de la demanda que parecía garantizada.
Eso es exactamente lo que algunos expertos ven formarse ahora en el café arabica. No porque ambos mercados sean idénticos, ni porque el café vaya a copiar cada curva del cacao como si siguiera un guion prestado, sino porque la secuencia psicológica y comercial se parece mucho. También el café subió con fuerza por problemas meteorológicos en los trópicos, también alcanzó un máximo histórico en febrero de 2025, y también se vio afectado después por un elemento político que alteró el comercio: los aranceles impulsados por Donald Trump, que distorsionaron los flujos de importación y añadieron más volatilidad a un mercado ya de por sí sensible. Cuando una materia prima encadena clima adverso, incertidumbre logística, tensión financiera y compras defensivas, el resultado suele ser el mismo: el precio deja de reflejar solo lo que hay, y empieza a reflejar también todo lo que se teme que falte. El problema viene después, cuando el miedo se enfría y el mercado tiene que volver a tratar con la realidad.
La realidad, en este caso, es menos épica y más incómoda. El café sigue siendo un producto de enorme consumo, sí, pero el sobreprecio ha cambiado comportamientos a lo largo de toda la cadena. Los compradores industriales ya no están dispuestos a pagar cualquier cosa por determinados orígenes. Las cafeterías afinan márgenes. Los tostadores recalculan mezclas. Las familias mantienen el hábito, aunque con más vigilancia sobre el gasto. El paralelismo con el cacao no consiste en decir que el café vaya a hundirse un 70%. Consiste en admitir que un mercado puede pasar de la euforia al ajuste mucho antes de lo que parece, sobre todo cuando la factura llega al consumidor y este decide que la liturgia del desayuno tiene un límite de precio.
Tampa ha puesto nombre y cifra al nerviosismo
La discusión sobre una posible caída fuerte del café se verbalizó con bastante claridad la semana pasada en Tampa, donde la convención anual de la National Coffee Association actuó como una especie de termómetro del sector. Allí se escuchó una frase que resume muy bien el estado de ánimo del mercado: “el café es el nuevo cacao”. Quien la pronunció fue Carley Garner, estratega sénior de materias primas en DeCarley Trading, una división de Zaner, y no lo hizo en tono metafórico. Su previsión es que el precio del café en Nueva York puede acabar el año cerca de 2 dólares por libra. No es una corrección menor. Supone desmontar una parte muy importante de la subida que convirtió al arabica en uno de los productos más tensos del tablero agrícola. Más agresivo todavía fue Digby Beatson-Hird, analista de café en Avere Commodities, que planteó la posibilidad de una bajada hasta 1,80 dólares por libra a lo largo de 2026. Cuando dos voces del sector ponen sobre la mesa objetivos así, lo que están diciendo no es solo que el mercado esté caro: están diciendo que se ha instalado la convicción de que el precio alto ha empezado a ser contraproducente.
Ese punto es crucial. Un mercado puede subir mucho tiempo mientras la demanda siga tragando, aunque sea a regañadientes. El problema llega cuando el comprador no desaparece, pero empieza a defenderse. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo. En el caso del cacao, el ajuste llegó en forma de menos consumo de chocolate premium, reducción del tamaño de los envases y fórmulas con más relleno barato y menos materia prima noble. En el café, la defensa adopta otros caminos: menos visitas a la cafetería, más tazas preparadas en casa, cambios de marca, más tolerancia al robusta y menos fidelidad a los arabicas suaves de mayor precio. El mercado lo nota enseguida porque ya no compite solo contra la escasez de oferta, sino también contra la capacidad del consumidor para reorganizar sus costumbres. Ahí se enfría cualquier burbuja.
Del récord histórico al precio que empieza a cansar
El máximo de febrero de 2025 no fue un capricho especulativo aislado. Venía de meses de tensión en zonas productoras clave, de problemas climáticos en áreas tropicales y de una sensación muy extendida de que el mercado estaba pagando una oferta comprometida durante demasiado tiempo. El arabica subió con una fuerza poco habitual y, durante un tramo del recorrido, la lógica dominante fue la del pánico comprador: mejor asegurar suministro caro que quedarse sin él. Esa clase de reacción empuja los precios muy arriba, pero también los deja en una posición frágil cuando aparecen señales de alivio. En cuanto el mercado empezó a descontar una recuperación fuerte de la producción brasileña, la curva cambió de dirección. No hizo falta que el café sobrara en los almacenes. Bastó con que se redujera el miedo a la escasez para que el precio empezara a soltarse.
La mecánica es conocida y no tiene nada de misterioso. Las materias primas agrícolas no se mueven solo por la cosecha presente, sino por la cosecha esperada, por la velocidad con que esa cosecha llegará al mercado y por la forma en que compradores y vendedores interpretan ese flujo futuro. Cuando el relato pasa de “faltará café” a “habrá más café del pensado”, la cotización se recoloca. A veces lo hace de forma ordenada. Otras veces, con bastante mala leche. El cacao ya demostró que un mercado puede mantenerse tiempo en niveles absurdamente altos y luego caer con una violencia que parece desproporcionada. Lo que el café tiene ahora delante es esa misma amenaza, aunque con un colchón de consumo algo más sólido.
Brasil puede enfriar los precios sin inundar el mercado
Hablar del café mundial sin hablar de Brasil sería como intentar explicar el petróleo sin mencionar a Oriente Próximo. Brasil es el gran productor, el actor que condiciona expectativas, el país cuya cosecha puede cambiar el tono de medio mercado. La posibilidad de una cosecha récord es, a estas alturas, el argumento más citado por quienes esperan una caída adicional de las cotizaciones. Si el mayor proveedor del planeta produce mucho más, el precio debería relajarse. La lógica parece impecable. Solo que en los mercados agrícolas las lógicas impecables suelen venir con asterisco. Y aquí el asterisco tiene que ver con la capacidad financiera de los productores brasileños y con su margen para decidir cómo y cuándo venden.
Cleber Castro, representante comercial de decenas de explotaciones en Brasil, resume bien esa situación. Según su lectura, muchos agricultores llegan a esta fase bien capitalizados, con lo que no tienen necesidad de malvender el café en cuanto entre la cosecha. Eso significa que la oferta adicional no tiene por qué convertirse de golpe en una avalancha sobre el mercado. Puede salir de forma gradual, con parte del volumen retenido para recomponer existencias en las propias fincas o para esperar mejores condiciones. Esta idea cambia bastante la foto. Sí, Brasil puede empujar los precios a la baja. Pero no necesariamente mediante un hundimiento vertical provocado por ventas urgentes y masivas. Es más plausible una presión bajista persistente, de esas que van gastando la cotización semana tras semana, que un derrumbe instantáneo provocado por una inundación súbita de café físico.
Esa diferencia no es menor porque define el tipo de ajuste que puede venir. Un mercado con más oferta potencial y vendedores sin ansiedad financiera tiende a corregir de una forma menos espectacular, aunque también más difícil de detener. No hay un día concreto del desastre, no hay un latigazo único que lo explique todo. Hay una pérdida sostenida de soporte. Cada rebote parece menos convincente. Cada mala noticia sobre la demanda pesa más. Cada previsión de cosecha abundante cae sobre un precio ya cansado. El café, visto así, no estaría ante un apocalipsis, sino ante algo muy de mercado: una descompresión larga después de una fase de precios anormalmente altos.
La cosecha récord no borra por sí sola la tensión acumulada
La mera expectativa de una gran cosecha brasileña no resuelve todo. El café viene de una etapa de tensión prolongada, con inventarios apretados, comercio condicionado por cambios políticos y compradores que han tenido que asegurarse suministro en condiciones muy incómodas. Por eso algunos analistas rebajan el entusiasmo de quienes creen que bastará con una buena campaña para devolver el mercado a la calma de la noche a la mañana. Lo normal es que el ajuste necesite tiempo. Primero porque las expectativas tardan en convertirse en flujo físico. Después porque la industria no cambia sus contratos y sus estrategias de compra de un día para otro. Y, por último, porque la propia demanda tiene que rehacerse después de meses absorbiendo precios altos.
En ese punto entra también el factor más viejo del negocio agrícola: el clima nunca está del todo fuera de la ecuación. El mercado puede descontar una gran cosecha, pero mientras esa cosecha no esté plenamente consolidada y comercializada, el riesgo meteorológico sigue operando como un fantasma sobre las cotizaciones. No hace falta que ocurra un desastre para que el precio se resista a bajar demasiado deprisa. Basta con que exista la posibilidad de un tropiezo. Esa es otra diferencia importante frente al cacao: la comparación sirve para explicar una dinámica, pero no para decretar una copia exacta. El café tiene margen para caer; lo que no tiene es un camino limpio y lineal hacia un precio de manual.
El consumo aguanta, pero lo hace cambiando de hábitos y de mezcla
La señal más reveladora del momento no está tanto en el campo ni en la pantalla de futuros como en la conducta del consumidor. Una encuesta realizada por la National Coffee Association entre 1.500 personas en Estados Unidos durante enero mostró que el 61% había tomado medidas para gastar menos en café. Ese recorte no significa abandono del hábito. Significa otra cosa, más compleja y más útil para entender lo que pasa: el café sigue dentro de la vida cotidiana, pero ya no se paga con la misma alegría. Parte de los encuestados redujo visitas a cafeterías, parte aumentó el consumo doméstico y parte cambió a marcas más asequibles. El número de bebedores, sin embargo, no cayó. Ese dato explica por qué algunos analistas dudan de una caída tan extrema como la del cacao. El café sufre, sí, pero no está perdiendo su sitio en el día a día.
La industria lo ha detectado enseguida. David Behrends, socio director y responsable de trading de Sucafina SA, uno de los mayores comerciantes de café del mundo, ha señalado que los arabicas suaves más caros, como los procedentes de Colombia y de Centroamérica, están perdiendo cuota de mercado, mientras que el robusta, más barato, gana terreno. Ese desplazamiento importa mucho porque revela un ajuste de calidad, no necesariamente de volumen. El consumidor no deja de beber café; desciende un peldaño. La cadena no deja de vender; abarata la mezcla. El mercado no colapsa por falta de interés; se reordena por sensibilidad al precio. En el fondo es una reacción bastante racional. Cuando una costumbre diaria se encarece demasiado, la mayoría no la suprime: la adapta.
Ahí aparece una de las claves más serias de toda esta historia. El café premium, el de origen identificado, el que vende una experiencia más cuidada y un precio más exigente, es el primero que siente el golpe cuando las cotizaciones internacionales se disparan y ese aumento se traslada, antes o después, a la calle. Los cafés suaves y lavados de Colombia o de varios países centroamericanos son especialmente vulnerables a esa rotación hacia opciones más económicas. El robusta, con una taza más áspera pero con un coste más bajo, gana espacio en un momento en que el mercado valora más la resistencia del margen que la sofisticación aromática. Lo que se está viendo, por tanto, no es solo una discusión sobre futuros de Nueva York. Es también una recomposición del gusto condicionada por el precio.
Rabobank ve un freno serio, pero no una demolición de la demanda
Dentro del sector hay consenso en que 2025 fue un año flojo para la demanda, aunque la interpretación varía. Carlos Mera, analista jefe de café en Rabobank, sostiene que el consumo se estancó en 2025, sin crecimiento, frente al aumento histórico medio del 2,3% anual que el mercado solía registrar antes de la pandemia. No es un dato menor. Habla de un frenazo bastante visible en un producto que llevaba décadas acostumbrado a expandirse con una inercia notable. Pero Mera introduce un matiz importante: a medida que la bajada reciente del café se traslade al consumidor final, la demanda debería recuperarse. Su previsión para 2026 es un crecimiento del 2%. Esa expectativa desmonta la idea de un derrumbe estructural del negocio. Lo que habría, más bien, es una pausa impuesta por el precio y una posible reactivación cuando la factura se alivie.
Ese planteamiento encaja con algo que el cacao no pudo sostener con la misma fuerza. El café es un hábito más resistente. Tiene una presencia diaria, casi automática, y además admite mucha elasticidad interna. Se puede cambiar de cafetería, de cápsula, de origen, de mezcla, de frecuencia fuera de casa. Se puede incluso rebajar la calidad percibida sin romper del todo el ritual. Con el chocolate premium, la sustitución resulta a veces más directa y más brutal: se compra menos, se cambia por otro dulce o simplemente se prescinde. En el café, la adaptación suele ser más gradual. Y ese detalle ayuda a explicar por qué algunos expertos creen que la caída puede ser relevante, incluso dura, sin convertirse necesariamente en un calco del desastre del cacao.
Conviene no confundir demanda estancada con demanda desaparecida. Son cosas muy distintas. El mercado del café no está viendo una huida masiva del consumidor. Está viendo un consumidor más prudente, más selectivo y mucho menos dispuesto a financiar la fiesta de los precios altos. Eso basta para desinflar un mercado que venía cotizando con nervios, pero quizá no para enterrarlo. La cuestión decisiva no es si el café seguirá vendiéndose, porque la respuesta parece claramente afirmativa. La cuestión es a qué precio deja de funcionar el relato de escasez y empieza a mandar el relato de sustitución, ahorro y normalización. Y da la impresión de que ese punto ya se ha cruzado.
La próxima fase del café será menos brillante y más áspera
Lo que está en juego en 2026 no es solo un ajuste técnico del arabica en Nueva York, sino una redefinición del equilibrio entre oferta, consumo y percepción de valor. Durante meses, el café fue tratado por el mercado como una materia prima tensionada, casi vulnerable a cualquier tropiezo climático o comercial. Ahora empieza a percibirse de otra manera: como un producto que quizás se pagó demasiado caro durante demasiado tiempo y cuyo precio debe adaptarse a una realidad más sobria. Ahí entran en escena todos los protagonistas de esta historia. Carley Garner y Digby Beatson-Hird ponen cifras a la corrección posible. David Behrends describe cómo la industria ya se protege desplazándose hacia opciones más baratas. Carlos Mera recuerda que la demanda ha frenado, pero no se ha roto. Cleber Castro introduce el matiz de una oferta brasileña más abundante, sí, aunque administrada con calma por productores que no necesitan vender a cualquier precio. Juntas, esas piezas dibujan un mercado en transición.
La comparación con el cacao seguirá rondando porque es útil y porque asusta. También porque el cacao ha demostrado hace muy poco lo que ocurre cuando una materia prima sube tanto que termina estrangulando parte de su propio consumo. Pero el café conserva una fortaleza que no conviene minimizar: su lugar en la rutina cotidiana. Eso no impide una caída notable de precios. Lo que impide, o al menos complica, es una desintegración completa de la demanda. Por eso el escenario más sólido a estas alturas no parece el del colapso puro, sino el de una corrección profunda, irregular y sostenida, con momentos de rebote y nuevas dudas sobre la cosecha, pero con una dirección de fondo bastante distinta a la de hace un año.
El café entra así en una etapa menos glamourosa y más realista. Menos épica de máximos históricos, más batalla por el margen. Menos fascinación por el origen perfecto, más importancia del precio final. Menos miedo a quedarse sin grano, más cálculo sobre cuánto está dispuesto a pagar cada eslabón de la cadena. Esa transición puede ser incómoda para productores, traders, tostadores y marcas premium. También puede terminar devolviendo al mercado una cierta normalidad después de una fase demasiado tensa. De momento, la gran conclusión factual es bastante clara: el café tiene margen para caer porque el precio alto ha empezado a pasar factura, pero su suelo de consumo parece bastante más firme que el del cacao. Entre una cosa y la otra se jugará el mercado durante los próximos meses. Y no, no será una travesía tranquila.

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