Historia
¿Qué pasó el 5 de septiembre? Las efemérides que cambiaron la historia
El 5 de septiembre dejó victorias deportivas, guerras, terrorismo, ciencia y cultura, con episodios que todavía siguen pesando en nuestra memoria

Resumen
- El 5 de septiembre dejó episodios decisivos en España y en el mundo
- En 2026 se cumplen 100 años del decreto de Primo de Rivera de 1926
- Voyager 1, Múnich, Ali y Teresa de Calcuta también marcan esta fecha
El 5 de septiembre ha dejado una huella bastante más profunda de lo que su discreta posición en el calendario podría sugerir. Tal día como hoy España conquistó su primera gran medalla internacional de fútbol, la dictadura de Primo de Rivera declaró el estado de guerra, Irún cayó durante la Guerra Civil y Robert Capa fechó una de las fotografías bélicas más célebres del siglo XX. Fuera de nuestras fronteras, esta jornada quedó ligada al nacimiento político de Estados Unidos, al oro olímpico de Muhammad Ali, a la matanza de Múnich, al lanzamiento de la Voyager 1 y a la muerte de Teresa de Calcuta.
Y el 5 de septiembre de 2026 trae dos aniversarios especialmente significativos para la historia española. Se cumplen exactamente 100 años del decreto de 1926 con el que Miguel Primo de Rivera declaró el estado de guerra en la Península, Baleares y Canarias, y 90 años de aquel 5 de septiembre de 1936 en el que la Guerra Civil dejó dos imágenes para la memoria: la caída de Irún en manos de las fuerzas sublevadas y la fecha tradicionalmente atribuida a Muerte de un miliciano, la fotografía de Robert Capa que todavía provoca debates sobre qué ocurrió realmente delante de aquella cámara.
España: deporte, dictadura y guerra en un mismo día
La historia española del 5 de septiembre tiene algo de montaña rusa. Hay una medalla olímpica, un decreto autoritario y uno de los episodios decisivos del frente norte durante la Guerra Civil. Tres Españas muy distintas aparecen, casi superpuestas, en apenas 16 años del siglo XX.
1920: España consigue su primera gran medalla en fútbol
El 5 de septiembre de 1920, en los Juegos Olímpicos de Amberes, la selección española derrotó por 3-1 a Países Bajos y consiguió la medalla de plata. Era el primer gran éxito internacional del fútbol español, cuando la Roja ni siquiera era todavía esa enorme industria sentimental que hoy paraliza bares, plazas y grupos de WhatsApp.
España había disputado su primer partido internacional apenas unos días antes. Aquel equipo reunía nombres que acabarían convertidos en mitología futbolística: Ricardo Zamora, Samitier, Belauste y Pichichi, entre otros. Contra los neerlandeses marcaron Sesúmaga, por partida doble, y Pichichi.
La historia tiene una de esas ironías que gustan al fútbol. Una selección prácticamente recién nacida regresó de Bélgica con una plata olímpica y con una identidad que empezaba a fijarse alrededor de la célebre «furia española». Mucho antes del tiki-taka, del Mundial de 2010 o de las Eurocopas, aquel equipo ya había colocado la primera piedra.
1926 y 1936: dos aniversarios que pesan especialmente en 2026
Exactamente seis años después de aquella medalla, el país ofrecía una fotografía bastante menos festiva. El 5 de septiembre de 1926, durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, Alfonso XIII firmó un real decreto que declaraba el estado de guerra en toda la Península y en los archipiélagos de Baleares y Canarias.
El origen inmediato estaba en el enfrentamiento entre el régimen y el Arma de Artillería, cuyos oficiales rechazaban la política gubernamental de ascensos. La crisis había desembocado en actos de insubordinación y Primo de Rivera respondió utilizando el aparato excepcional del Estado. El decreto preveía incluso procedimientos sumarísimos contra quienes ofrecieran resistencia a las disposiciones del Gobierno.
No es una efeméride menor en 2026: han pasado 100 años exactos. Y sirve también para recordar que la dictadura de Primo de Rivera, instalada desde el golpe de 1923, no fue ese paréntesis administrativo más o menos pintoresco que durante décadas apareció dulcificado en ciertos relatos. Cuando el poder necesitó músculo, lo utilizó.
Diez años más tarde, el 5 de septiembre de 1936, España llevaba poco más de mes y medio sumergida en la Guerra Civil. Ese día las fuerzas sublevadas ocuparon Irún, una victoria fundamental en el frente norte porque ayudaba a aislar por tierra la zona republicana del norte respecto de Francia. La ciudad quedó asociada a combates intensos, incendios, destrucción y al éxodo de población hacia la frontera.
A cientos de kilómetros, en el frente cordobés, ese mismo día quedó fechada otra pieza de historia: Robert Capa tomó la imagen conocida como Muerte de un miliciano o The Falling Soldier. La fotografía muestra a un combatiente republicano en el instante aparente en que cae abatido y acabó convertida en uno de los grandes iconos visuales de la Guerra Civil y del fotoperiodismo.
Su fama, sin embargo, viene acompañada de una discusión interminable. Durante décadas se ha debatido sobre la identidad del miliciano, el lugar exacto de la toma e incluso sobre si la escena captó realmente una muerte o fue preparada. Instituciones fotográficas y museos continúan vinculando la imagen al 5 de septiembre de 1936, aunque la controversia forma ya parte inseparable de su propia historia. A veces una fotografía documenta un instante; otras termina documentando también nuestras dudas.
De Filadelfia a Portsmouth: fechas que cambiaron el poder
El calendario internacional retrocede mucho más. El 5 de septiembre de 1774 se reunió en Filadelfia el Primer Congreso Continental, con delegados de 12 de las 13 colonias británicas norteamericanas. Georgia fue la única que no participó.
No era todavía la declaración de independencia de Estados Unidos —eso llegaría en 1776—, pero sí uno de sus grandes antecedentes políticos. Las colonias estaban respondiendo a las medidas coercitivas adoptadas por Londres después del Motín del Té de Boston. Aquel Congreso permitió coordinar posiciones, organizar la resistencia económica y, sobre todo, acostumbrar a territorios distintos a actuar juntos frente al poder británico.
Un siglo y tres décadas después, otra firma alteró el mapa internacional. El 5 de septiembre de 1905 se rubricó el Tratado de Portsmouth, que puso fin a la guerra ruso-japonesa. Rusia y Japón llevaban meses enfrentándose por sus intereses en Corea y Manchuria, y el conflicto había dejado en evidencia algo que buena parte de Europa contempló con sorpresa: una potencia asiática podía derrotar militarmente a uno de los grandes imperios europeos.
Las negociaciones tuvieron lugar en Estados Unidos y contaron con la mediación del presidente Theodore Roosevelt, que recibiría el Nobel de la Paz al año siguiente. Japón reforzó su influencia en Corea y el sur de Manchuria y obtuvo la mitad meridional de la isla de Sajalín. El siglo XX apenas estaba calentando motores y el equilibrio global ya comenzaba a moverse.
Múnich y Voyager 1: de la tragedia olímpica al espacio
Hay fechas deportivas que se recuerdan por un récord. El 5 de septiembre de 1972 se recuerda por algo mucho más oscuro. Durante los Juegos Olímpicos de Múnich, ocho miembros de la organización palestina Septiembre Negro irrumpieron en los apartamentos de la delegación israelí en la Villa Olímpica. Dos miembros del equipo israelí fueron asesinados inicialmente y otros nueve quedaron como rehenes.
La operación de rescate organizada por las autoridades de Alemania Occidental terminó de forma catastrófica en el aeródromo de Fürstenfeldbruck. Los nueve rehenes israelíes restantes murieron, al igual que cinco de los atacantes y un policía alemán. En total, 11 integrantes de la delegación israelí fueron asesinados.
El atentado se convirtió también en un acontecimiento mediático sin precedentes. Buena parte de la crisis pudo seguirse a través de la televisión, mientras millones de personas contemplaban cómo una celebración deportiva internacional se transformaba en escenario del terrorismo político.
Después de Múnich, la seguridad de los grandes acontecimientos deportivos cambió para siempre. Controles, inteligencia preventiva, perímetros y unidades especializadas dejaron de parecer exageraciones. La idea romántica de una Villa Olímpica casi abierta al mundo había quedado hecha añicos.
Cinco años después de Múnich, el 5 de septiembre de 1977, un cohete Titan-Centaur despegó desde Cabo Cañaveral llevando a bordo la Voyager 1. Parecía otra misión espacial de una década acostumbrada a mirar hacia arriba. Resultó ser bastante más que eso.
La nave fue enviada para estudiar Júpiter y Saturno aprovechando una extraordinaria alineación de los planetas exteriores. Aunque Voyager 2 había despegado unas semanas antes, Voyager 1 tomó una trayectoria más rápida y llegó primero a ambos gigantes.
Sus observaciones revolucionaron el conocimiento del sistema solar. Fotografió Júpiter, permitió estudiar sus lunas y su tenue sistema de anillos, y después hizo lo propio con Saturno y Titán. La misión inicial terminó hace muchísimo. La nave, no.
Voyager 1 continúa su viaje en 2026 y sigue siendo el objeto fabricado por el ser humano que ha llegado más lejos de la Tierra. En 2012 atravesó la heliopausa y entró en el espacio interestelar. Casi medio siglo después de aquel lanzamiento del 5 de septiembre, su travesía continúa a una distancia difícil incluso de imaginar.
Dentro viaja el famoso Disco de Oro, una especie de botella lanzada al océano cósmico con sonidos, imágenes y saludos de la Tierra. Probablemente nadie lo encuentre jamás. Pero ahí está: Bach, voces humanas, naturaleza, instrucciones para localizar nuestro pequeño planeta. Una mezcla muy nuestra de ciencia, esperanza y monumental optimismo.
De Muhammad Ali a Freddie Mercury y Teresa de Calcuta
El 5 de septiembre también dejó marcas menos institucionales y bastante más humanas. El 5 de septiembre de 1946 nació en Zanzíbar Farrokh Bulsara, el hombre que el mundo conocería como Freddie Mercury. Décadas después, al frente de Queen, convertiría una voz descomunal, el piano y una teatralidad sin complejo alguno en parte del ADN de la música popular contemporánea.
El 5 de septiembre de 1957 apareció en Estados Unidos On the Road, de Jack Kerouac, una novela que acabaría identificándose con la generación beat y con esa fascinación muy estadounidense por las carreteras interminables, el jazz, las noches largas y la búsqueda de una libertad que casi nunca resulta tan sencilla como prometía el mapa.
Tres años después, el 5 de septiembre de 1960, un boxeador estadounidense de apenas 18 años llamado Cassius Clay derrotó al polaco Zbigniew Pietrzykowski en la final olímpica del peso semipesado de Roma. Se llevó el oro. Poco después pasó al profesionalismo y el mundo acabaría conociéndolo por otro nombre: Muhammad Ali.
No fue solo uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos. Su oposición a la guerra de Vietnam, su conversión al islam, su defensa de los derechos civiles y su extraordinaria capacidad para entender que el deporte también era espectáculo lo convirtieron en un personaje que desbordó las cuerdas del ring.
Y el 5 de septiembre de 1997 murió Teresa de Calcuta, a los 87 años, en la ciudad india de Calcuta. Fundadora de las Misioneras de la Caridad y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1979, dedicó décadas a trabajar con enfermos, personas sin hogar y comunidades empobrecidas. Su figura adquirió una dimensión mundial y también ha sido objeto de análisis críticos sobre determinados métodos y concepciones del sufrimiento. La historia, cuando se mira de cerca, rara vez viene sin matices.
La fecha de su muerte adquirió después una segunda vida simbólica. Naciones Unidas estableció el 5 de septiembre como Día Internacional de la Beneficencia, precisamente en recuerdo de Teresa de Calcuta.
Un 5 de septiembre atravesado por la historia
Mirado desde 2026, el 5 de septiembre reúne mundos que casi parecen incompatibles. La España futbolística de Zamora y Pichichi; el autoritarismo de Primo de Rivera; la Guerra Civil y la cámara de Robert Capa; revolucionarios norteamericanos reunidos en Filadelfia; una guerra entre Rusia y Japón; Muhammad Ali levantando un oro olímpico; el horror de Múnich; Freddie Mercury antes de convertirse en Freddie Mercury; una pequeña nave alejándose de la Tierra y Teresa de Calcuta convertida en símbolo mundial.
Quizá ahí esté la gracia de las efemérides cuando se apartan del simple «tal día como hoy». Una fecha no explica la historia, claro. Pero permite observarla por una rendija.
Y la del 5 de septiembre ofrece una vista particularmente amplia: poder y rebelión, guerra y deporte, cultura y ciencia, tragedias colectivas y vidas individuales. Algunos acontecimientos duraron unas horas. Otros siguen produciendo consecuencias un siglo después. Y uno de ellos, la Voyager 1, sencillamente sigue viajando.












