Síguenos

Actualidad

¿Se queda EE. UU. sin misiles Patriot y THAAD por la guerra con Irán?

Los arsenales Patriot y THAAD de EE. UU. afrontan un desgaste severo tras la guerra con Irán, con reservas bajo presión y fábricas al límite.

Publicado

el

Hegseth en 2025

Estados Unidos no se ha quedado sin misiles defensivos, pero sus reservas de interceptores Patriot y THAAD han sufrido una reducción severa durante la guerra contra Irán. La cifra exacta permanece clasificada y las estimaciones públicas no coinciden: CNN difundió que Washington habría consumido alrededor del 80% de sus THAAD y cerca de la mitad de sus Patriot, unos porcentajes que Pete Hegseth rechazó de forma tajante.

El desmentido del jefe del Pentágono, sin embargo, no liquida el problema de fondo. Otros análisis y fuentes conocedoras de los inventarios estadounidenses confirman que el desgaste es importante, que algunos arsenales se encuentran cerca de niveles preocupantes y que reponer los interceptores utilizados llevará años. La discusión real no consiste en saber si las existencias han caído —eso apenas se discute—, sino cuánto han disminuido y hasta qué punto condicionan la capacidad militar de Washington en otras regiones.

La guerra ha dejado al descubierto una vieja debilidad de las grandes potencias: pueden desplegar portaaviones, bombarderos invisibles al radar y presupuestos con tantos ceros que marean, pero siguen dependiendo de almacenes concretos, cadenas industriales lentas y municiones que tardan años en fabricarse. El dinero compra misiles, sí, aunque no los hace aparecer por arte de magia.

La cifra que Hegseth niega y el problema que permanece

La polémica estalló después de que CNN mostrara en pantalla un rótulo según el cual Estados Unidos había agotado el 80% de sus interceptores THAAD y el 50% de los Patriot desde el comienzo de la guerra con Irán. Hegseth reaccionó en X con la delicadeza habitual de esta época: afirmó que aquel titular no era cierto, pidió a la cadena que se avergonzara y añadió que los estadounidenses no odiaban lo suficiente a los medios de las “noticias falsas”. Diplomacia institucional, versión lanzallamas.

La respuesta fue contundente, pero escasa en números. El Pentágono no publicó un inventario alternativo, no precisó cuántos interceptores quedaban ni explicó qué parte concreta del cálculo consideraba falsa. Esa cautela tiene una razón comprensible: las existencias operativas de munición forman parte de la información militar clasificada. Revelarlas con exactitud equivaldría a colocar sobre la mesa, bien planchado, un mapa de vulnerabilidades para Irán, China, Rusia o cualquier otro adversario.

Conviene separar dos asuntos que la bronca política mezcla como calcetines en una lavadora. El porcentaje atribuido a los THAAD puede ser una estimación discutible o construida sobre el extremo más alto de una horquilla. Pero de ahí no se desprende que las reservas estén intactas. De hecho, otras estimaciones difundidas durante la guerra situaron el consumo por encima del 30% del inventario Patriot y cerca del 60% en el caso del THAAD.

Las cifras cambian según el periodo analizado, las entregas recibidas durante la campaña y el tipo de interceptor contabilizado. También existe una diferencia esencial entre el número de misiles disparados y la reducción neta del arsenal. Un almacén puede perder cien unidades, recibir veinte durante la contienda y terminar con una caída real de ochenta. La guerra también tiene contabilidad, aunque sus balances lleguen envueltos en humo.

Qué dicen las estimaciones sobre los arsenales estadounidenses

Los cálculos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales dibujan un panorama serio, aunque menos extremo que el rótulo rebatido por Hegseth. Sus estimaciones sitúan el gasto de interceptores Patriot en torno al 65% de las reservas disponibles al comienzo de los combates. El inventario de THAAD, por su parte, habría quedado al menos un 38% por debajo de su nivel previo a la guerra.

Esas cifras no pueden comprobarse mediante un inventario público, precisamente porque los datos militares están protegidos. Sin embargo, encajan con las advertencias sobre el desgaste de otras municiones estadounidenses. El Ejército habría utilizado prácticamente todas sus existencias operativas de misiles ATACMS y PrSM, mientras que la Marina habría consumido una parte considerable de sus misiles de crucero Tomahawk.

No son armas intercambiables con los Patriot o los THAAD. Los Tomahawk y los misiles de precisión sirven para atacar objetivos enemigos a larga distancia; los interceptores se utilizan para impedir que los proyectiles adversarios alcancen ciudades, bases o infraestructuras. Juntos, no obstante, retratan la profundidad del agujero abierto por una campaña militar prolongada: menos capacidad ofensiva, menos margen defensivo y una industria obligada a correr detrás de los acontecimientos.

El desgaste tampoco se distribuye de manera uniforme. Las unidades desplegadas en Oriente Próximo necesitan conservar munición para proteger instalaciones estadounidenses y territorios aliados, mientras el Pentágono debe mantener reservas destinadas a otros escenarios. El misil guardado en una base del Pacífico no siempre puede trasladarse al Golfo con la facilidad de una caja de tornillos.

THAAD y Patriot no cumplen la misma función

Aunque suelen aparecer juntos en los titulares, Patriot y THAAD cubren capas distintas de la defensa antimisiles. El Patriot, especialmente cuando emplea el interceptor PAC-3 MSE, protege bases, ciudades e infraestructuras frente a misiles balísticos, aeronaves y otras amenazas dentro de un área relativamente limitada. Es la barrera más cercana al objetivo, el portero que actúa cuando el balón ya ha atravesado casi todo el campo.

El THAAD opera a mayor altura y distancia. Está diseñado principalmente para destruir misiles balísticos durante su fase terminal, antes de que alcancen la zona protegida. Su radar puede detectar y seguir objetivos desde muy lejos, mientras el interceptor destruye la amenaza mediante impacto directo, sin depender de una carga explosiva convencional.

Hay pocos sistemas capaces de realizar esa tarea. Ahí reside la inquietud: cada interceptor THAAD disparado es difícil de sustituir y Estados Unidos dispone de un número reducido de baterías para cubrir compromisos repartidos por medio planeta. No se trata únicamente de contar proyectiles. También importan los lanzadores, los radares, las tripulaciones y el tiempo necesario para desplazar una batería completa.

Durante los ataques iraníes, ambas defensas han protegido instalaciones estadounidenses y zonas estratégicas de los aliados del Golfo. El consumo no responde a un capricho ni a un error automático: los interceptores existen para ser utilizados cuando llega una amenaza. El problema aparece cuando un proyectil relativamente barato obliga a responder con una munición sofisticada, costosa y fabricada con lentitud. El atacante puede perder diez flechas y seguir disparando; el defensor necesita que cada escudo llegue a tiempo.

El verdadero cuello de botella está en las fábricas

El Pentágono puede aprobar miles de millones de dólares en nuevas compras, pero el dinero no se transforma de inmediato en un misil colocado sobre un lanzador. Las cadenas industriales necesitan motores, componentes electrónicos, materiales especializados, personal cualificado y bancos de pruebas. No basta con girar una llave y poner la fábrica a “velocidad de guerra”, esa expresión tan cinematográfica que en la vida real suele esconder turnos adicionales, proveedores saturados y calendarios que se deslizan.

Las proyecciones industriales indican que reconstruir los inventarios de Patriot y THAAD llevará varios años incluso con las ampliaciones previstas. El Ejército ha solicitado grandes cantidades de ambos interceptores dentro de sus próximos presupuestos, pero una parte considerable de las entregas no llegará hasta el final de la década. Entre la firma del contrato y la llegada del misil hay un desierto temporal; largo, seco y bastante poco patriótico.

Lockheed Martin pretende elevar sustancialmente la capacidad anual de producción del THAAD, mientras que la fabricación del Patriot también está siendo ampliada. Aun así, Washington no es el único cliente. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Japón, varios países europeos y Ucrania esperan entregas de sistemas o municiones semejantes. La industria debe rellenar los almacenes estadounidenses sin dejar completamente vacía la cola de aliados. Y esa cola empieza a parecerse a la de un aeropuerto durante una huelga.

El dilema no es solo industrial. También es político. Priorizar el inventario nacional puede retrasar las entregas prometidas a Ucrania o a los socios del Golfo; mantenerlas reduce la velocidad con la que Estados Unidos recupera su propia capacidad. Cada interceptor tiene varios destinos posibles y una sola existencia física. La retórica no multiplica misiles.

China, Rusia y la factura estratégica

La reducción de las reservas preocupa porque el Ejército estadounidense no planifica únicamente la guerra presente. También debe conservar munición suficiente para una crisis simultánea en Europa, la península de Corea o el Pacífico occidental. Los Patriot serían necesarios para proteger aeródromos y centros logísticos; los misiles de largo alcance, para atacar objetivos sin exponer constantemente a pilotos y aviones.

Los responsables militares temen que el desgaste limite la capacidad de disuadir a China y Rusia o de responder a una nueva emergencia. Los ATACMS, PrSM y Tomahawk son especialmente valiosos cuando el adversario dispone de defensas aéreas potentes, porque permiten atacar desde lejos. Si esos arsenales escasean, aumenta la dependencia de aviones tripulados y, con ella, el riesgo para las tripulaciones.

Una crisis alrededor de Taiwán exigiría enormes cantidades de munición de precisión y sistemas antiaéreos. Una escalada en Europa obligaría a reforzar la protección de bases de la OTAN. Corea del Norte, por su parte, mantiene un amplio arsenal balístico. El Pentágono debe calcular sus reservas pensando en todos esos mapas a la vez, mientras la guerra con Irán consume misiles en el presente. La geografía no concede treguas.

Eso no significa que Estados Unidos haya quedado indefenso ni que deba apagar las luces del Pentágono y esconderse bajo una mesa. Sigue poseyendo una fuerza militar enorme, capacidad nuclear, aviación estratégica, grupos navales y una industria capaz de aumentar la producción. La cuestión es más sobria: una superpotencia también puede quedarse corta en municiones específicas cuando mantiene una campaña prolongada y, al mismo tiempo, promete estar preparada para varias guerras.

Una defensa eficaz, pero económicamente incómoda

La campaña contra los proyectiles iraníes también ha reabierto el debate sobre el coste de la defensa antimisiles. Un interceptor Patriot o THAAD puede valer varios millones de dólares, mientras algunas amenazas enemigas cuestan mucho menos. La comparación simple resulta engañosa —un misil barato puede destruir una instalación carísima o matar a decenas de personas—, pero señala una asimetría económica difícil de ignorar.

La defensa no puede decidir únicamente en función del precio del proyectil atacante. Debe valorar el objetivo amenazado, la trayectoria, la probabilidad de impacto y las consecuencias potenciales. Disparar un interceptor millonario contra un misil dirigido a una base aérea puede ser una decisión perfectamente racional. Hacerlo cientos de veces, durante meses, tensiona cualquier presupuesto y cualquier cadena de producción.

Por eso Estados Unidos trabaja en sistemas láser, armas de microondas y otros métodos capaces de neutralizar drones o proyectiles a un coste inferior por disparo. Estas tecnologías todavía no sustituyen a los interceptores balísticos de altas prestaciones, pero podrían descargar a los Patriot de amenazas menores. El objetivo es evitar que un misil sofisticado termine persiguiendo cada objeto barato que cruza el cielo.

El ruido político no repone un solo interceptor

Pete Hegseth puede tener razón al negar que el 80% de los THAAD estadounidenses haya desaparecido. CNN puede haber utilizado la estimación más alta, una base temporal diferente o un rótulo demasiado rotundo para una información construida con horquillas. Sin acceso a los datos clasificados, nadie fuera del Gobierno puede presentar el porcentaje exacto como una verdad tallada en piedra.

Pero el resto del paisaje resulta bastante menos discutible. Las reservas de Patriot, THAAD, Tomahawk y misiles de precisión han bajado de manera acusada; algunas necesitarán varios años para regresar a los niveles anteriores a la guerra; y el Pentágono ya está reordenando compras, entregas y prioridades para cerrar la brecha. La propia magnitud de los nuevos pedidos muestra que el problema no es una fantasía inventada en una redacción.

Estados Unidos conserva una capacidad militar formidable, pero su margen se ha estrechado. Cada interceptor gastado contra Irán es una unidad menos disponible para otro frente hasta que la industria consiga reemplazarla. Esa es la factura estratégica que permanece detrás de los porcentajes, las acusaciones y los mensajes airados en X.

La pelea con CNN ofrece un titular ruidoso y una buena descarga de adrenalina para las redes sociales. El desafío real transcurre lejos de las pantallas, entre planos industriales, contratos, motores de combustible sólido y cadenas de montaje. Allí no sirve gritar “noticias falsas”. Allí cuentan los misiles que quedan, los que pueden fabricarse y el tiempo —sobre todo el tiempo— que separa una orden de compra de un interceptor listo para despegar.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído