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Economía

¿Cómo será España en 2036? Vivienda, pensiones, inmigración y empleo

España podría superar los 53 millones de habitantes en 2036, con más hogares, más jubilados y una presión creciente sobre vivienda y servicios.

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Cómo será España en 2036

Resumen

  • España rondará los 53,3 millones de habitantes en 2036
  • La vivienda y las pensiones concentrarán buena parte de la presión económica
  • La productividad decidirá si crecer también significa vivir mejor

España llegará a 2036 con más habitantes, más hogares y una población más envejecida, pero eso no significa necesariamente que el ciudadano medio vaya a vivir mejor. Ese es el nudo de la próxima década: el país puede aumentar su PIB, crear empleo y atraer población mientras la vivienda absorbe una porción creciente de los ingresos, las pensiones pesan más sobre las cuentas públicas y el crecimiento por habitante avanza bastante más despacio que las grandes cifras nacionales. En otras palabras, España podría crecer sin enriquecerse al mismo ritmo.

Las proyecciones actuales dibujan una España de 2036 con alrededor de 53,3 millones de habitantes, frente a los 49,6 millones proyectados para 2026. Habrá también unos 21,48 millones de hogares, aproximadamente 1,72 millones más que una década antes. Y el crecimiento demográfico vendrá fundamentalmente de fuera: las defunciones seguirán superando a los nacimientos y será el saldo migratorio positivo el que permita aumentar la población.

Conviene no confundir una proyección con una bola de cristal. Son tendencias, no una sentencia. Pero sobre ese mapa se superponen casi todos los asuntos que España lleva años administrando a pequeños sorbos: vivienda, productividad, pensiones, deuda, inmigración, turismo, energía y envejecimiento. Ninguno por separado condena al país. Juntos decidirán si la España de dentro de diez años es simplemente más grande o también más próspera.

España tendrá más habitantes y seguirá envejeciendo

El cambio más visible será demográfico. España podría rondar los 53,3 millones de habitantes en 2036 y superar los 53,8 millones pocos años después. El número impresiona, sobre todo al recordar que el país rondaba los 40 millones al comenzar este siglo. Debajo de esa subida, sin embargo, ocurre algo menos evidente.

La población nacida en España tenderá a disminuir y buena parte del crecimiento procederá de la migración internacional. Al mismo tiempo seguirá aumentando el peso de las edades avanzadas. Las personas de 65 años o más representan ya alrededor de una quinta parte de la población y su proporción continuará creciendo durante las próximas décadas.

Eso transforma bastante más que una pirámide de población dibujada en una estadística. Significa mayor demanda de médicos, enfermería, cuidados y servicios de dependencia; más jubilaciones y, a la vez, la necesidad de mantener una base laboral suficientemente amplia para producir, cotizar y sostener esos servicios.

No habrá una sola España demográfica

El reparto será profundamente desigual. Algunas comunidades seguirán recibiendo población mientras otras perderán habitantes, especialmente jóvenes. Madrid, Comunitat Valenciana y Baleares aparecen entre los territorios con mayor dinamismo demográfico, mientras zonas del interior afrontan una realidad completamente distinta.

Ahí surge una España casi partida en dos fotografías. En unas áreas faltarán viviendas, las carreteras soportarán más tráfico y los colegios recibirán nuevos alumnos; en otras, mantener abierto un consultorio, una escuela o una tienda será cada vez más complicado porque quedan menos vecinos. Un país puede sufrir presión urbana y despoblación al mismo tiempo. De hecho, ya ocurre.

La inmigración tendrá un papel económico central. Los trabajadores extranjeros han explicado una parte muy importante del crecimiento del PIB reciente y han permitido cubrir puestos en sectores donde faltaba mano de obra. Pero una población que crece también necesita vivienda, transporte, educación, sanidad y agua. La aritmética es poco sentimental: más habitantes requieren más capacidad física para que el país funcione.

La vivienda puede convertirse en la gran divisoria social

Pocas variables pueden cambiar tanto la vida cotidiana como el precio de una casa. Y aquí las señales son bastante menos abstractas que una proyección a diez años. El precio de la vivienda ha seguido creciendo con fuerza y la tensión se concentra precisamente donde también se acumulan empleo, población y actividad económica.

A esa presión se añade otro dato decisivo para imaginar 2036: España podría pasar de unos 19,76 millones de hogares en 2026 a 21,48 millones de hogares en 2036. Son alrededor de 1,72 millones adicionales que necesitarán un lugar donde vivir. Y el hogar medio será algo más pequeño, de modo que una misma cantidad de población necesita proporcionalmente más viviendas.

El problema es que la oferta llega desde atrás. Durante los últimos años se ha acumulado un importante desfase entre la creación de hogares y la construcción de viviendas. Una parte sustancial se concentra en áreas con mucha actividad laboral y turística. El resultado es conocido: más demanda, poca oferta y precios que corren más que muchos salarios.

Tener casa o no tenerla pesará cada vez más

Si esa brecha persiste, la fractura social de 2036 podría depender menos del sueldo mensual de lo que parece y bastante más del patrimonio familiar. Quien posee una vivienda participa de la revalorización del activo. Quien entra tarde al mercado necesita ahorrar una entrada mayor y asumir precios más altos. Quien queda fuera compra tiempo mediante el alquiler. La propiedad inmobiliaria acaba convirtiéndose así en una frontera económica.

Ahí aparece una diferencia generacional muy tangible. Dos trabajadores con exactamente el mismo salario pueden llevar vidas económicas radicalmente distintas si uno heredó una vivienda y el otro dedica una tercera parte —o más— de sus ingresos al alquiler. La herencia familiar gana peso como ascensor social. O como barrera.

Y las ciudades económicamente más dinámicas pueden caer en una paradoja poco elegante: crear muchos puestos de trabajo y, simultáneamente, hacer demasiado caro vivir cerca de esos puestos. Madrid, Barcelona, Málaga, Valencia, Alicante o Baleares concentran buena parte de esa tensión. La ciudad ofrece empleo, pero el salario puede no alcanzar para vivir en ella.

Pensiones y deuda: una factura que crecerá sin necesidad de un colapso

España abona más de 10 millones de pensiones y durante la próxima década seguirá jubilándose una parte importante de las generaciones numerosas del baby boom. El sistema puede continuar pagando sus prestaciones y, al mismo tiempo, exigir cada vez más recursos públicos. Las dos cosas son perfectamente compatibles.

Las estimaciones a largo plazo sitúan el gasto bruto en pensiones cerca del 16% del PIB alrededor de 2050. Eso no significa que el sistema vaya a quebrar ni que esa factura aparezca de repente. Significa que una parte mayor de la riqueza producida cada año tendrá que financiar jubilaciones durante más tiempo.

La presión llega, además, con una deuda pública que todavía ronda el tamaño del PIB anual. Aunque la ratio ha descendido respecto a sus máximos, España tendrá que financiar pensiones, sanidad, dependencia, defensa, vivienda e inversiones productivas con una mochila que limita el margen disponible cuando aparece una nueva crisis.

El dilema de 2036 no será necesariamente pagar o no pagar las pensiones. Será bastante más cotidiano: cómo repartir los recursos públicos entre una población envejecida, unos trabajadores que reclaman servicios y unas inversiones que el país no puede posponer eternamente.

La productividad decidirá si crecer significa realmente prosperar

España puede tener más habitantes, más trabajadores y un PIB considerablemente mayor en 2036 sin que la renta por persona aumente en la misma proporción. Aquí se esconde probablemente el asunto menos vistoso y más importante: la productividad.

El crecimiento económico tenderá previsiblemente a moderarse respecto a los fuertes ritmos registrados tras la pandemia. Eso no implica recesión. Simplemente recuerda que una economía no puede confiar eternamente en sumar población, turismo y empleo para avanzar. Incorporar trabajadores permite producir más; conseguir que cada hora trabajada genere más valor permite pagar mejores salarios y financiar mejores servicios.

España ha registrado mejoras de productividad en determinados sectores, especialmente en actividades digitales y servicios profesionales. Sin embargo, una parte relevante de la expansión económica reciente continúa vinculada al dinamismo demográfico. Ahí está la diferencia entre aumentar el tamaño de la economía y aumentar de verdad la prosperidad individual.

Por eso la automatización, la inteligencia artificial, la formación profesional, el tamaño empresarial y la inversión tecnológica dejarán de ser asuntos de congresos con moqueta. Serán bastante domésticos. De ellos dependerá, en parte, cuánto cobra una persona, cuánto produce y qué servicios puede financiar el Estado.

España arrastra además una estructura empresarial dominada por compañías pequeñas. El menor tamaño medio limita muchas veces la capacidad para invertir en maquinaria, software, investigación, formación o mercados internacionales. No resulta especialmente cinematográfico, pero ganar escala suele facilitar ganar productividad.

Turismo y energía: dos fortalezas que también tienen límites

España seguirá contando con una baza formidable en el turismo. En 2025 recibió cerca de 97 millones de turistas internacionales y el gasto de los visitantes extranjeros superó los 134.000 millones de euros. Es una enorme entrada de dinero para hoteles, restauración, comercios, transporte y ocio.

El desafío de la próxima década será evitar que el éxito se coma el escenario. Más visitantes significan actividad y empleo, pero también consumo de agua, transporte, vivienda, energía y suelo, especialmente en territorios costeros e insulares. Baleares funciona casi como un laboratorio a escala real: fuerte crecimiento demográfico, turismo intensivo y un territorio que, por razones bastante obvias, no puede estirarse.

El futuro más rentable no pasa necesariamente por añadir otro millón de visitantes cada temporada. Puede consistir en obtener más valor económico por turista, reducir la estacionalidad y trasladar parte de esa potencia hacia actividades con mayor productividad. La diferencia parece pequeña sobre el papel; económicamente es enorme.

La energía ofrece una oportunidad distinta. Las renovables producen ya más de la mitad de la electricidad española, con la solar y la eólica convertidas en piezas centrales del sistema. España dispone de sol, viento, territorio y una posición geográfica difícil de copiar. Ahí hay una ventaja competitiva seria.

Pero disponer de electricidad renovable no convierte automáticamente a un país en una potencia industrial. El salto aparece cuando esa energía facilita industria, almacenamiento, electrificación, centros de datos, movilidad y procesos productivos de mayor valor añadido. Vender electricidad está bien. Convertir esa energía en inversión, tecnología y salarios altos es otra cosa.

También crecerán las necesidades en sectores mucho menos glamourosos. Una España vieja necesitará cuidadores; una España con más hogares necesitará construcción; una red eléctrica más compleja exigirá técnicos; la digitalización requerirá especialistas. Puede mantenerse el desempleo y, simultáneamente, faltar personal en determinadas profesiones. El problema será el desajuste entre trabajadores, formación y territorio.

Una España más grande no garantiza una España más cómoda

La España de 2036 difícilmente será un país reconocible únicamente por sus problemas. Seguirá siendo una de las grandes economías de la Unión Europea, una potencia turística, un territorio atractivo para vivir y un país con infraestructuras, servicios públicos y empresas capaces de competir internacionalmente. Tampoco hay razones para presentar una decadencia inevitable. Eso sería sustituir análisis por melodrama.

El escenario resulta bastante más ambiguo: unos 53,3 millones de habitantes, alrededor de 21,5 millones de hogares, mayor presencia de población nacida en el extranjero, más jubilados, más necesidad de cuidados y una economía de mayor tamaño. También una vivienda sometida a mucha presión si la construcción no acompaña, unas cuentas públicas obligadas a dedicar más recursos al envejecimiento y una competencia creciente por trabajadores cualificados.

España puede llegar a 2036 con más PIB, más empleo, más turistas y más población y descubrir que esas cuatro estadísticas no bastaban. Lo que terminará notándose en las cocinas, en las nóminas y en las cuentas bancarias será otra cosa: cuánto ha mejorado la riqueza por persona, cuánto cuesta mantener una vivienda y qué queda del sueldo después de pagar los gastos esenciales.

La gran frontera de la próxima década no está entre crecimiento y crisis. Está entre crecer y prosperar. Si productividad, vivienda, energía, educación e integración laboral avanzan a la altura de la población, España puede ser en 2036 un país más grande y también más rico. Si no, quizá no haya un gran desplome ni una fecha histórica para recordar: simplemente descubriremos que el país creció bastante y que vivir en él no se hizo mucho más fácil.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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