Síguenos

Historia

¿Cómo sabían los primeros humanos qué piedra elegir hace 800.000 años?

Hace 780.000 años, los humanos elegían el basalto según cada herramienta. El hallazgo revela memoria, planificación y dominio de su paisaje.

Publicado

el

cómo elegían la piedra los primeros humanos

Hace unos 780.000 años, los grupos humanos que frecuentaban las orillas del antiguo lago Hula no recogían piedras como quien llena un bolsillo durante un paseo. Conocían el terreno, distinguían unas coladas de basalto de otras y elegían materiales diferentes según la herramienta que pretendían fabricar. La piedra adecuada no era necesariamente la primera, la más cercana ni la más vistosa. Era la que podía soportar una cadena de golpes muy concreta sin partirse antes de tiempo.

Un nuevo análisis geoquímico de las herramientas achelenses halladas en Gesher Benot Ya’aqov, en el valle superior del Jordán, muestra que aquellos homininos siguieron una estrategia organizada para obtener la materia prima. La mayoría de los grandes núcleos procedía de afloramientos situados a menos de un kilómetro del asentamiento, pero algunos hendedores y bifaces fueron fabricados con basaltos de composición distinta, quizá buscados en lugares específicos que ya no son visibles. El paisaje se ha deformado, hundido y cubierto de sedimentos desde entonces; las decisiones humanas, en cambio, han quedado atrapadas en la química de la roca.

El hallazgo no prueba que sus autores pensaran como una persona moderna ni permite asignarles alegremente una especie concreta. Sí revela algo más sobrio —y bastante más interesante—: poseían conocimiento práctico del territorio, podían anticipar varias fases de fabricación y mantuvieron durante generaciones unas preferencias técnicas reconocibles. No improvisaban todo. Había memoria, elección y experiencia acumulada.

La investigación, publicada en mayo de 2026 en Scientific Reports, está firmada por Tzahi Golan y Yoav Ben Dor, del Servicio Geológico de Israel, y por la arqueóloga Naama Goren-Inbar, de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Los autores han utilizado elementos químicos invisibles a simple vista para reconstruir una conducta ocurrida en un mundo que ya no existe. Una suerte de investigación forense, solo que el escenario tiene casi 800.000 años y el principal sospechoso es un bloque de basalto.

No era una recogida de piedras al azar

Fabricar una herramienta achelense exigía bastante más que golpear dos rocas hasta que una adquiriese aspecto cortante. En Gesher Benot Ya’aqov se han encontrado hachas de mano, hendedores, grandes lascas, núcleos gigantes y restos asociados a distintas fases del tallado. Son piezas que obligaban a combinar fuerza, precisión y una idea previa del resultado. Un error al principio podía arruinar todo el proceso después de haber movido una masa de piedra considerable.

Los artesanos comenzaban seleccionando grandes bloques o lajas de basalto. A partir de ellos preparaban núcleos de dimensiones excepcionales, golpeados de manera controlada para extraer lascas anchas. Algunas de esas lascas se transformaban después en bifaces: herramientas trabajadas por ambas caras, con filos útiles para cortar, descuartizar, golpear o procesar materiales. No eran navajas suizas paleolíticas, aunque durante décadas se haya abusado de esa comparación. Cada forma respondía a unas necesidades y a una secuencia técnica.

El hacha de mano suele mostrar una silueta ovalada o apuntada y un filo alrededor de buena parte de su contorno. El hendedor, en cambio, presenta un borde transversal ancho, semejante a una cuchilla robusta. Conseguir ese filo requería prever la forma de la lasca inicial antes de desprenderla del núcleo. La herramienta, de algún modo, tenía que existir primero en la cabeza y solo después en la piedra.

El basalto añadía dificultades. Es una roca volcánica dura y resistente, pero no toda masa basáltica responde igual bajo el golpe. Cambian el tamaño del grano, las cavidades internas, el grado de alteración, la orientación de sus estructuras y la forma natural de los bloques. Una pieza puede ofrecer una fractura limpia; otra, aparentemente idéntica, deshacerse con un chasquido áspero. Quien trabaja la piedra aprende pronto que el color engaña y que la textura manda.

Los resultados indican que los homininos no trataban todos esos basaltos como materiales intercambiables. Los grandes núcleos aparecen estrechamente vinculados a ciertas coladas próximas al yacimiento y a otras que permanecen enterradas. Los hendedores presentan una procedencia más variada y, en varios casos, una composición que no coincide con las fuentes geológicas analizadas. Había, por tanto, una elección relacionada con el tipo de herramienta, su tamaño o la geometría necesaria para fabricarla.

No hace falta imaginar expediciones ceremoniales ni maestros impartiendo una clase junto al lago. La arqueología no permite escuchar conversaciones. Basta con reconocer lo que sí aparece: una conducta repetida, técnicamente coherente y conservada en distintos niveles de ocupación. El azar puede explicar una piedra aislada. Resulta mucho menos convincente cuando la misma pauta regresa una y otra vez durante miles de años.

El lago Hula, un taller en una despensa natural

Gesher Benot Ya’aqov se encontraba junto a la ribera del antiguo lago Hula, en un corredor geográfico decisivo entre África y Eurasia. El lugar ofrecía agua dulce, peces, vegetación, animales y rocas volcánicas. Una combinación difícil de despreciar incluso para grupos muy móviles. Allí no había una ciudad ni un poblado permanente, conceptos que pertenecen a épocas infinitamente posteriores, pero sí un enclave al que los homininos regresaron repetidamente.

Las excavaciones han identificado numerosos horizontes arqueológicos superpuestos. Cada uno conserva fragmentos de actividades distintas: talla de piedra, procesamiento de animales, aprovechamiento de plantas, consumo de peces y uso del fuego. No representan una sola tarde congelada bajo el barro, sino visitas sucesivas durante decenas de miles de años. El lago cambiaba, los sedimentos crecían y nuevos grupos volvían al mismo entorno.

Esa reiteración convierte el yacimiento en algo más que una acumulación de herramientas antiguas. Permite observar la continuidad de ciertos comportamientos. En otros lugares del Paleolítico inferior aparecen bifaces sin los grandes núcleos de los que fueron obtenidos, señal de que las primeras fases del trabajo se realizaron lejos del campamento. En Gesher Benot Ya’aqov, sin embargo, se recuperaron más de diez núcleos gigantes, una cantidad poco habitual, aunque pequeña frente al número total de herramientas acabadas.

El enclave funcionaba parcialmente como zona de abastecimiento y de talla, pero también como espacio de vida. Las categorías modernas de cantera y campamento se quedan algo estrechas. Había piedra muy cerca, se trabajaba parte de ella en los alrededores y también llegaban materiales procedentes de otras fuentes. Una economía híbrida, podría decirse: aprovechar lo que queda a mano sin renunciar a buscar lo que conviene.

El basalto estaba cerca, pero no todo servía

Los investigadores tomaron muestras de ocho afloramientos situados en un radio aproximado de diez kilómetros. Algunos estaban prácticamente al lado del yacimiento. Ateret se encuentra a unos 225 metros; otros puntos, como Secher, Plate o determinadas canteras, quedan entre medio kilómetro y un kilómetro. Para transportar roca de gran tamaño, esa diferencia no era menor. Un bloque pesado convierte unos cientos de metros en una pequeña condena lumbar.

La mayor parte de los grandes núcleos coincide químicamente con basaltos locales. Tiene lógica: mover las masas más voluminosas desde lugares lejanos habría supuesto un coste físico enorme. Los grupos podían realizar las primeras fases junto al afloramiento, desprender lascas aprovechables y transportar productos más manejables. También podían trasladar bloques cercanos hasta las zonas de actividad. Ambas posibilidades encajan con los restos arqueológicos.

La proximidad, sin embargo, no explica todo el conjunto. Algunas hachas de mano, lascas y, sobre todo, ciertos hendedores se apartan de la firma química dominante. Pueden proceder de coladas de basalto que no fueron incluidas en el muestreo o de fuentes desaparecidas bajo sedimentos. También es posible que se seleccionaran materiales más alejados por sus dimensiones, su forma natural o su comportamiento durante la talla de piedra.

Ese matiz cambia la interpretación. Los homininos utilizaban con frecuencia los recursos próximos, pero no se limitaban a una recolección oportunista. Sabían que una roca accesible podía servir para un gran núcleo y no ser la mejor opción para obtener el filo ancho de un hendedor. La decisión se parece, salvando un abismo temporal, a escoger una madera flexible para un arco y otra más dura para un mango. No hace falta conocer la química para reconocer las propiedades del material.

La experiencia habría nacido del contacto diario con la materia. El sonido al golpear, el peso, la superficie, las fracturas visibles y la respuesta de pruebas anteriores ofrecían señales. El conocimiento no estaba escrito en una tabla geológica; estaba en las manos, en los ojos y quizá en gestos compartidos. Una inteligencia corporal, menos fotogénica que una fórmula, pero decisiva.

Un paisaje geológico que desapareció

La región forma parte de la falla transformante del mar Muerto, una zona tectónicamente activa. Durante cientos de miles de años, los movimientos del terreno, la erosión, el hundimiento de la cuenca y la acumulación de sedimentos han alterado el relieve. Coladas de basalto que estuvieron expuestas cerca del lago acabaron sepultadas, desplazadas o erosionadas. Buscar en la superficie actual todas las fuentes utilizadas en el Paleolítico sería como reconstruir una calle antigua mirando únicamente los edificios que sobrevivieron.

Para sortear ese problema, el equipo recurrió al sondeo de Eshel Ya’aqov, perforado en el propio yacimiento hasta alcanzar 121,5 metros de profundidad. Bajo unos treinta metros de arcillas y margas aparecieron aproximadamente ochenta metros de coladas basálticas superpuestas. Los investigadores analizaron seis muestras extraídas a profundidades de entre 32 y 117 metros.

Algunos artefactos, especialmente los núcleos gigantes, se agrupan químicamente con esas rocas subterráneas. Eso no significa que los homininos excavasen pozos de cien metros, una imagen tan pintoresca como absurda. Indica que las mismas formaciones estaban expuestas en otros puntos del paisaje hace 780.000 años y fueron enterradas más tarde. La perforación actúa como una ventana vertical hacia una geografía borrada.

Este es uno de los aspectos más sólidos del estudio. No solo reconstruye qué piedras seleccionaron los grupos achelenses; también ayuda a recuperar el escenario en el que tomaron esas decisiones. El basalto que duerme bajo toneladas de sedimento formaba parte de su horizonte cotidiano. Ellos conocieron un valle distinto, con orillas, afloramientos y caminos que la tectónica acabó tragándose con su habitual falta de sentimentalismo.

La huella química que delata cada herramienta

A simple vista, muchas muestras de basalto parecen muy semejantes. Para distinguirlas, los científicos trituraron pequeñas porciones de los artefactos seleccionados y de las rocas geológicas hasta obtener un polvo homogéneo. Después midieron su composición mediante técnicas de espectrometría capaces de detectar elementos mayoritarios, trazas y tierras raras.

Los elementos mayoritarios permiten clasificar de forma general una roca. En este caso, tanto los artefactos como las fuentes se sitúan principalmente entre el picritobasalto y el basalto. El verdadero detalle aparece en los componentes presentes en cantidades diminutas: zirconio, estroncio, niobio, torio, bario, uranio, vanadio, cobalto, níquel y diferentes tierras raras. Sus proporciones varían según la historia de cada colada volcánica.

La combinación funciona como una firma. No es una matrícula única e infalible, pero permite agrupar muestras con composiciones próximas y separar otras. Los investigadores emplearon análisis estadísticos multivariantes para representar esas semejanzas. En los gráficos, los basaltos de ciertas fuentes cercanas y los obtenidos del sondeo forman grupos reconocibles; buena parte de los núcleos arqueológicos cae en la misma zona.

Los bifaces y las lascas muestran una dispersión mayor. Aproximadamente la mitad de los artefactos analizados presenta una afinidad clara con las fuentes estudiadas, mientras otros ocupan posiciones intermedias o quedan fuera de los grupos conocidos. Los autores interpretan esa variedad como el resultado de un sistema que combinaba abastecimiento local y búsqueda selectiva en fuentes adicionales.

Qué midieron realmente los investigadores

La muestra arqueológica incluye materiales procedentes de varios niveles estratigráficos con una intensa producción de bifaces. No se analizó cada objeto recuperado en el yacimiento. Habría sido una tarea enorme y, dado que el procedimiento requiere tomar material, también difícil de justificar. Se seleccionaron núcleos, hachas de mano, hendedores y lascas representativos de diferentes etapas.

La escala total del registro es mucho mayor. Solo uno de los niveles arqueológicos contiene 161 hachas de mano, 60 hendedores y más de 680 lascas relacionadas con la fabricación de bifaces. El análisis geoquímico se apoya en una fracción reducida de ese universo. Es suficiente para identificar pautas sugerentes y coherentes, pero no para convertir cada inferencia en ley universal.

El resultado más claro afecta a los grandes núcleos. La mayoría se relaciona con fuentes cercanas y con coladas actualmente enterradas. Las hachas y lascas tienen una procedencia más diversa. Los hendedores destacan porque varios parecen elaborados con basaltos distintos de los empleados para la mayoría de los núcleos. Su fabricación, más exigente en cuanto a la forma inicial de la lasca, pudo impulsar una búsqueda específica.

Lo que el estudio no demuestra

Hablar de planificación en arqueología no equivale a afirmar que estos homininos elaborasen calendarios, imaginaran el futuro remoto o poseyeran una mente idéntica a la nuestra. Aquí la palabra describe una capacidad concreta: encadenar operaciones, anticipar el producto deseado, elegir un bloque apropiado y conservar decisiones técnicas durante el proceso.

Tampoco puede demostrarse cómo se transmitía ese conocimiento. La continuidad entre niveles arqueológicos sugiere aprendizaje social, porque las preferencias reaparecen durante un periodo demasiado largo para atribuirlas a un solo individuo. Pudo existir observación, imitación, corrección gestual o algún tipo de comunicación más compleja. La piedra no conserva voces. Asegurar que había enseñanza formal o lenguaje articulado iría varios pasos por delante de la evidencia.

Ni siquiera es prudente adjudicar las herramientas a una especie determinada. El Achelense fue utilizado por distintas poblaciones humanas a lo largo de un periodo inmenso. El estudio analiza objetos y rocas, no restos óseos capaces de identificar al fabricante. Puede hablarse de homininos achelenses o de poblaciones humanas arcaicas; colocarles un nombre taxonómico rotundo sería vestir la incertidumbre con una bata demasiado elegante.

La investigación tampoco prueba que los basaltos no identificados procedieran necesariamente de grandes distancias. Algunos afloramientos antiguos pudieron encontrarse muy cerca y haber desaparecido. Otros quizá sigan expuestos, pero no fueron incluidos entre las muestras. La geoquímica delimita posibilidades, no entrega una ruta marcada con flechas desde la cantera hasta el lago.

Una inteligencia escrita en basalto

Durante mucho tiempo, la historia de la evolución humana se contó como una escalera bastante cómoda: primero criaturas torpes que reaccionaban al entorno, después seres gradualmente más inteligentes y, al final, nosotros, tan satisfechos en el último peldaño. Los yacimientos del Paleolítico inferior han ido desmontando esa caricatura. No porque aquellos grupos fueran humanos modernos extraviados en el pasado, sino porque sus capacidades formaban un mosaico más rico.

Gesher Benot Ya’aqov reúne varias piezas de ese mosaico. Sus ocupantes controlaban el fuego, practicaban el procesamiento de animales, aprovechaban plantas y peces, utilizaban herramientas de diferentes rocas y organizaban actividades en el espacio. El nuevo estudio añade una dimensión geológica: conocían las fuentes de basalto y relacionaban determinadas propiedades con objetivos técnicos concretos.

Ese conocimiento habría requerido recorrer el territorio, recordar ubicaciones, comparar resultados y repetir elecciones eficaces. Una herramienta fallida también enseña. Quizá una laja con demasiadas cavidades se quebró al primer golpe; otra permitió obtener una lasca ancha y regular. Con el tiempo, esas diferencias dejaron de ser accidentes y se convirtieron en criterio técnico. La cultura material nace muchas veces así, sin discursos solemnes: una mano observa lo que hizo otra y evita repetir el mismo error.

La continuidad durante decenas de miles de años resulta especialmente reveladora. Ningún individuo vivió lo suficiente para abarcar todo ese periodo. Las pautas sobrevivieron porque fueron retomadas por personas posteriores. No tiene por qué tratarse de una tradición inmutable; seguramente cambió, se corrigió y se mezcló con nuevas experiencias. Aun así, hubo una memoria tecnológica que superó a quienes la practicaron.

El hallazgo no transforma de golpe todo lo sabido sobre los primeros humanos. La selección de materia prima está documentada en otros conjuntos achelenses y en industrias todavía más antiguas. Lo novedoso es la precisión con la que la química permite conectar tipos de herramientas, fuentes superficiales y coladas enterradas en un mismo yacimiento. La imagen gana definición: no vemos solo a alguien tallando una piedra, sino a grupos que incorporaban la geología a su manera de vivir.

En aquellas orillas desaparecidas, elegir bien podía ahorrar energía, evitar una fractura inútil y producir un filo capaz de procesar un animal o una planta. La decisión era práctica, quizá rutinaria. Ochocientos mil años después, parece extraordinaria porque obliga a mirar el pasado sin condescendencia.

La piedra nunca fue una materia muda. Conserva golpes, desplazamientos, preferencias y errores. En el basalto de Gesher Benot Ya’aqov ha quedado registrada una idea sencilla y profundamente humana: antes de empezar un trabajo, conviene saber con qué hacerlo.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído