Historia
¿Qué barcos propagaron las epidemias más mortales de la historia?
De las galeras de la peste al Diamond Princess: barcos que llevaron epidemias, miedo y cuarentenas de un puerto a otro durante varios siglos.

Durante este 2026 hemos tenido varios casos de virus en cruceros: el MV Hondius, el Caribbean Princess y el Ambition. Y nos hemos preguntado ¿qué pasaba antes en casos como estos? Y nació la idea de este post. De hecho, mirando hacia atrás, los barcos que quedaron ligados a las grandes epidemias no fueron simples decorados de una tragedia. Las galeras que navegaron desde el mar Negro en 1347, el Grand-Saint-Antoine que llegó a Marsella en 1720, los vapores de emigrantes golpeados por el cólera, el español Reina Victoria Eugenia durante la pandemia de gripe de 1918, el Diamond Princess al comienzo de la COVID-19 y el reciente MV Hondius actuaron como cápsulas de transmisión, escalas móviles o focos donde una infección encontró tiempo, proximidad y rutas para multiplicarse.
No siempre fueron el origen del brote ni puede atribuirse a un solo navío toda una pandemia. Esa imagen, tan limpia como falsa, gusta porque pone nombre, casco y bandera a un desastre mucho más complejo. En realidad, los buques conectaron lugares que ya estaban enfermos, transportaron personas infectadas, roedores, pulgas, agua contaminada o mercancías sospechosas y, algunas veces, revelaron una enfermedad cuando todavía nadie entendía qué la causaba. El barco era el vehículo; el combustible, la falta de conocimiento, el hacinamiento y la prioridad concedida al comercio.
Durante siglos, el puerto fue una frontera sanitaria decisiva. Una nave aparecía en el horizonte y traía seda, cereales, correo, soldados, jornaleros o familias enteras. También podía traer fiebre. Antes de los aviones y de las conexiones intercontinentales de unas pocas horas, las epidemias viajaban al ritmo de las velas y del vapor: más despacio, sí, pero con una ventaja inquietante. El periodo de incubación transcurría en alta mar y la enfermedad desembarcaba disfrazada de pasajero sano.
Caffa y las galeras de 1347: entre la crónica y el mito
La escena parece escrita para una película especialmente sombría. En la colonia genovesa de Caffa, la actual Feodosia, en Crimea, un ejército de la Horda de Oro asedia las murallas mientras la peste diezma a sus hombres. Los sitiadores, según el relato difundido durante siglos, lanzan cadáveres infectados al interior de la ciudad. Los mercaderes genoveses huyen por mar y llevan consigo la muerte hacia los puertos mediterráneos.
La narración procede principalmente de Gabriele de’ Mussi, un notario italiano que no dejó constancia de haber presenciado los hechos. Su texto convirtió el asedio en uno de los episodios más citados de la supuesta guerra biológica medieval, pero los historiadores actuales manejan el pasaje con cautela. Que hubiera peste en la región es verosímil y está respaldado por el recorrido posterior de la enfermedad; que los cadáveres catapultados fueran el desencadenante preciso de la pandemia europea resulta mucho más difícil de demostrar.
La peste negra no necesitaba una única puerta de entrada. El mar Negro era un nudo de comercio, conflictos, cereales, pieles y personas. Distintos barcos pudieron transportar la bacteria Yersinia pestis junto con roedores, pulgas u otros vectores, mientras el hambre, la guerra y la reanudación de intercambios comerciales preparaban un terreno perfecto. Investigaciones recientes han reforzado precisamente esa lectura: menos una escena fundacional con catapultas y más una red de rutas marítimas que funcionaba como un sistema circulatorio.
En octubre de 1347, varias naves procedentes del mar Negro alcanzaron Mesina, en Sicilia. Las crónicas describieron tripulaciones enfermas y cuerpos marcados por bubones. Las autoridades ordenaron expulsar los barcos, pero la medida llegaba tarde. La población huyó hacia otras ciudades, los comerciantes siguieron sus itinerarios y la peste avanzó por Italia, Francia, la península ibérica, Inglaterra y el norte de Europa.
No fueron doce galeras malignas conquistando un continente por sí solas. Fueron puertos enlazados, ciudades densas, mercancías, desplazamientos humanos y un patógeno desconocido. Aun así, aquellas embarcaciones quedaron en la memoria como barcos de la muerte. El mar, que prometía escapar del asedio, había convertido la huida en una vía de transmisión.
La dimensión de la catástrofe todavía admite discusiones, pero no su brutalidad. Europa perdió decenas de millones de habitantes en pocos años. Pueblos vacíos, cosechas abandonadas, oficios sin manos, familias borradas. La peste alteró salarios, relaciones de poder, creencias religiosas y estructuras sociales. Un microorganismo viajando por caminos y rutas marítimas había hecho temblar el orden medieval más que muchos ejércitos.
La cuarentena nació en los puertos, no en los laboratorios
Las ciudades no conocían las bacterias, aunque empezaban a reconocer un patrón: cuando llegaban determinadas naves, después llegaba la enfermedad. La observación era rudimentaria, pero suficiente. En 1377, Ragusa, la actual Dubrovnik, impuso un aislamiento de 30 días a viajeros y barcos procedentes de zonas sospechosas. Fue la llamada trentina. Más tarde se extendió el periodo a 40 días, de donde procede la palabra cuarentena.
Aquella práctica mezclaba prudencia sanitaria y protección económica. Cerrar definitivamente un puerto significaba hambre, ruina y pérdida de influencia. Dejarlo completamente abierto podía significar una epidemia. La solución consistía en aparcar el peligro: islas cercanas, fondeaderos aislados, lazaretos y almacenes donde personas y mercancías aguardaban bajo vigilancia.
Venecia abrió en el siglo XV uno de los primeros lazaretos permanentes. El método se propagó por el Mediterráneo. Se inspeccionaban naves, se exigían certificados sanitarios, se ventilaban cargamentos, se quemaban objetos y se retenía a pasajeros. A veces funcionaba. Otras veces, la corrupción, el miedo a perder una feria comercial o la presión de los mercaderes convertían la barrera sanitaria en un biombo de papel.
El Grand-Saint-Antoine y el precio de abrir demasiado pronto
El 25 de mayo de 1720, el Grand-Saint-Antoine llegó a Marsella procedente del Mediterráneo oriental. Transportaba tejidos, algodón y sedas destinados en buena parte a la feria de Beaucaire. También había registrado muertes durante la travesía. Un pasajero, varios marineros y el cirujano del barco habían fallecido después de presentar síntomas compatibles con la peste.
Marsella conocía el riesgo. Disponía de normas sanitarias, lazaretos e inspectores; no era una ciudad desprevenida. El buque quedó sometido a controles y su carga debía permanecer aislada. Ahí entra la parte demasiado humana del desastre. Las mercancías valían una fortuna, el calendario comercial apretaba y algunas personas influyentes tenían demasiado dinero encerrado entre aquellas telas.
Las restricciones se relajaron, parte de la carga salió del aislamiento y comenzaron a aparecer enfermos. Primero en barrios humildes. Luego por toda la ciudad. El agente era Yersinia pestis, aunque nadie podía verlo ni comprender con precisión su transmisión. Las medidas vacilaron entre la negación, la improvisación y el terror.
Marsella perdió aproximadamente a la mitad de su población. La epidemia se extendió por Provenza y obligó a levantar cordones sanitarios, puestos militares e incluso un muro de piedra para reducir la comunicación con los territorios afectados. El Grand-Saint-Antoine fue finalmente quemado y hundido. Un gesto espectacular, casi litúrgico, pero tardío. Incinerar el casco no devolvía a su jaula una enfermedad que ya caminaba por las calles.
El episodio conserva una modernidad incómoda. Había señales, normas y profesionales capaces de reconocer el peligro, pero también intereses económicos dispuestos a negociar con el riesgo. No fue la ignorancia absoluta la que abrió la puerta. Fue la confianza en que se podía hacer una pequeña excepción, descargar un poco, esperar un día menos. El microorganismo, ajeno a la contabilidad, aprovechó la rebaja.
Los restos del barco fueron localizados siglos después cerca de la isla de Jarre. Su ancla, recuperada y conservada en Marsella, pesa como una metáfora bastante obvia: la ciudad todavía guarda el objeto que la une a su última gran epidemia de peste.
Vapor, emigración y epidemias en el siglo XIX
La revolución del vapor acortó las travesías y multiplicó el tráfico. Los barcos transportaban más pasajeros, cumplían itinerarios regulares y conectaban continentes con una velocidad inédita. La medicina, por desgracia, no avanzaba al mismo ritmo. El resultado fue una combinación feroz: movilidad moderna con conocimientos sanitarios todavía incompletos.
En los entrepuentes viajaban cientos de emigrantes. Dormían en literas estrechas, respiraban un aire espeso y compartían letrinas, alimentos y depósitos de agua. Las clases acomodadas disponían de camarotes más ventilados y cierta distancia; la tercera clase quedaba encajada bajo cubierta. La desigualdad también tenía arquitectura naval.
El cólera encontraba allí un escenario magnífico. Se transmite mediante agua o alimentos contaminados por la bacteria Vibrio cholerae, pero durante buena parte del siglo XIX dominó la teoría de los miasmas, según la cual las enfermedades procedían del aire corrompido. Se limpiaban cubiertas, se quemaban sustancias olorosas y se buscaba el hedor culpable mientras el verdadero problema podía estar dentro del barril de agua.
En 1892, el vapor Moravia llegó a Nueva York desde Hamburgo después de haber perdido a más de 20 pasajeros durante la travesía. El cólera golpeaba Europa y el puerto estadounidense temía una importación masiva. El barco fue enviado a cuarentena. Otras naves, entre ellas el Normannia, quedaron retenidas, y centenares de pasajeros fueron trasladados a instalaciones de aislamiento.
Aquella crisis enseñó algo que se repetiría demasiadas veces: la salud pública podía mezclarse rápidamente con xenofobia. Los viajeros de tercera clase, muchos de ellos judíos que huían del Imperio ruso, fueron presentados como amenazas biológicas. La enfermedad real se convirtió en coartada para prejuicios ya existentes. El bacilo no entendía de nacionalidades, pero los periódicos y los políticos sí parecían muy interesados en asignarle una.
El USS Susquehanna, una fragata de ruedas de la Armada estadounidense, había ofrecido décadas antes otra imagen del buque epidémico. En 1858 sufrió un grave brote de fiebre amarilla durante una misión en Centroamérica. Numerosos marineros enfermaron y el barco buscó asistencia mientras navegaba convertido, en expresión de la época, en una especie de hospital flotante.
La fiebre amarilla no se propagaba por el aire pestilente ni por el contacto ordinario con los enfermos, sino mediante mosquitos infectados. Ese mecanismo no se demostraría hasta finales del siglo. Las autoridades actuaban a tientas: aislamiento, limpieza, cambios de fondeadero. Algunas medidas podían ser útiles por casualidad; otras eran puro teatro higiénico.
La llegada de barcos enfermos alimentó la hostilidad contra el gran centro de cuarentena de Staten Island. En septiembre de 1858, una multitud incendió el complejo del New York Marine Hospital. Años de mala gestión, miedo al contagio, intereses inmobiliarios y rechazo a los inmigrantes acabaron reunidos alrededor de una antorcha. No hubo una revuelta contra un virus, claro, sino contra una institución percibida como vertedero humano de la ciudad.
La paradoja era notable. Para defenderse de las enfermedades, los vecinos destruyeron el hospital destinado a contenerlas. El miedo, cuando se queda sin datos fiables, suele mostrar esa elegancia.
Del cólera de Nueva York a la gripe de Buenos Aires
En 1918, los barcos continuaban siendo esenciales para el movimiento de tropas, trabajadores y emigrantes. La Primera Guerra Mundial había convertido el planeta en una red de campamentos, trenes, hospitales militares y transportes marítimos abarrotados. En ese paisaje se expandió la pandemia de gripe mal llamada española, una de las mayores catástrofes sanitarias del siglo XX.
Argentina recibió la enfermedad por vía marítima. El vapor francés Liger llegó a Buenos Aires el 17 de septiembre de 1918 y suele considerarse el primer eslabón documentado de la introducción de la gripe en la ciudad. Días después arribó el británico Demerara, que había sufrido casos y muertes durante la travesía.
El 26 de septiembre entró en el puerto el español Reina Victoria Eugenia, perteneciente a la Compañía Trasatlántica Española. Había salido de Barcelona el día 4 con 330 pasajeros y realizado escalas en Málaga, Cádiz, Santa Cruz de Tenerife y Montevideo. Al alcanzar Buenos Aires transportaba a 1.020 personas entre viajeros y tripulantes, con una mayoría abrumadora alojada en tercera clase.
Durante el viaje habían fallecido cuatro pasajeros y otros dos desembarcaron enfermos. El vapor llevaba médico y boticario, una mejora importante respecto a las naves del siglo anterior, pero la influenza se desplazaba con facilidad entre personas que compartían espacios cerrados. Los puertos del sur de España, donde embarcaron numerosos viajeros, estaban muy afectados por la epidemia.
Las autoridades argentinas aplicaron las medidas disponibles: inspecciones individuales, aislamiento de enfermos y desinfección de compartimentos, equipajes y bodegas mediante vapor, compuestos químicos y gas sulfuroso. Visto desde el presente, algunas prácticas resultan insuficientes o mal dirigidas. En aquel momento representaban el intento de una administración sanitaria que empezaba a organizarse frente a un virus del que apenas sabía nada.
El Reina Victoria Eugenia no llevó en solitario la gripe a Argentina ni puede considerarse responsable único de su expansión. Fue el tercer barco documentado relacionado con la llegada de la epidemia a Buenos Aires durante aquel septiembre. Su importancia está en otra parte: muestra cómo varias rutas independientes pueden introducir repetidamente un patógeno hasta hacer inútil la búsqueda obsesiva de un único caso cero.
También retrata la fragilidad del control portuario ante una infección respiratoria. Una persona puede embarcar sin síntomas, enfermar durante la navegación y contagiar a otras antes de que el barco llegue a destino. Cuando aparece la fiebre en cubierta, la cadena lleva días funcionando bajo las escaleras, junto a las mesas y en los dormitorios.
Del Diamond Princess al MV Hondius: el barco moderno
Los aviones sustituyeron a los barcos como gran acelerador mundial de las epidemias. Un virus puede cruzar un océano antes de que la persona infectada note el primer síntoma. El buque perdió ese papel dominante, aunque conserva una propiedad epidemiológica muy particular: reúne durante días o semanas a muchas personas en un recinto compartido.
Un crucero es una ciudad compacta con camarotes, restaurantes, ascensores, teatros, cocinas, lavanderías y trabajadores que no pueden encerrarse sin más. Los pasajeros cambian en cada itinerario, pero parte de la tripulación permanece. Si entra un agente muy contagioso, encuentra pasillos, superficies comunes y contactos repetidos. No es un barco maldito; es una población densa que navega.
El norovirus ofrece el ejemplo cotidiano. Provoca vómitos y diarrea, requiere una dosis infecciosa muy baja y resiste bastante bien en el entorno. Más del 90% de los brotes gastrointestinales con causa confirmada en cruceros se deben a este virus. Aparece también en residencias, hospitales, colegios y hoteles, aunque la imagen de miles de vacaciones arruinadas en medio del mar le garantiza una publicidad bastante superior.
En febrero de 2020, el Diamond Princess convirtió el comienzo de la pandemia de COVID-19 en una escena global. El crucero llegó a Yokohama con unas 3.700 personas a bordo y quedó sometido a cuarentena después de confirmarse la infección de un pasajero que había desembarcado previamente en Hong Kong.
Al terminar el aislamiento se habían confirmado alrededor de 700 casos entre pasajeros y tripulantes. El barco se convirtió en uno de los primeros grandes brotes de COVID-19 fuera de China y en un laboratorio involuntario sobre la transmisión en espacios cerrados. También expuso las limitaciones de una cuarentena aplicada dentro del propio lugar donde circulaba el virus.
Los pasajeros permanecían en sus camarotes, pero muchos tripulantes continuaban trabajando, preparando alimentos y llevando comidas. Compartían zonas de descanso y dormitorios. La maquinaria del hotel flotante no podía apagarse por completo. El aislamiento reducía contactos en unas cubiertas mientras el personal esencial seguía enlazando otras.
El Grand Princess, retenido frente a California semanas después, confirmó que el problema no pertenecía a una sola compañía ni a un solo puerto. Durante las primeras fases de la pandemia, cientos de casos estuvieron relacionados con viajes en crucero. La industria quedó paralizada, y los barcos vacíos, fondeados como edificios abandonados sobre el agua, se transformaron en una de las imágenes más extrañas de 2020.
Seis años después, el MV Hondius devolvió los buques epidémicos a la actualidad con una infección mucho más rara. El crucero de expedición salió de Ushuaia el 1 de abril de 2026 y recorrió zonas del Atlántico Sur, entre ellas la Antártida, Georgia del Sur, Tristán de Acuña, Santa Elena y Ascensión. A bordo viajaban pasajeros y tripulantes de 23 nacionalidades.
El brote fue causado por el virus Andes, un hantavirus asociado normalmente a roedores de Sudamérica y capaz, a diferencia de otros hantavirus, de transmitirse de forma limitada entre seres humanos. Los enfermos desarrollaron fiebre, síntomas digestivos y, en los casos graves, neumonía, dificultad respiratoria y shock.
A 11 de junio de 2026 se habían registrado 13 casos, 12 confirmados y uno probable, con tres fallecidos. Las investigaciones apuntan a que la primera infección se adquirió antes de embarcar y a que después hubo transmisión entre personas dentro del crucero. La similitud genética de las muestras respalda la hipótesis de una introducción inicial única o muy limitada.
El barco pasó por aguas de Cabo Verde y terminó llegando a Tenerife dentro de una operación sanitaria internacional. Se organizaron evacuaciones, aislamiento, rastreo de contactos y cuarentenas prolongadas. Más de 600 personas de decenas de países llegaron a ser identificadas para seguimiento. España actualizó sus protocolos de alta y vigilancia, mientras laboratorios y autoridades europeas trataban de aclarar cómo se había transmitido exactamente el virus a bordo.
El riesgo para la población general europea se considera muy bajo. La precisión importa. El brote es grave para quienes estuvieron expuestos y científicamente extraordinario, pero no equivale a una nueva pandemia ni justifica presentar cualquier crucero como una incubadora apocalíptica. El virus Andes no se comporta como el sarampión y la transmisión suele requerir contactos cercanos o prolongados.
La singularidad del episodio ha movilizado una investigación coordinada en 21 países. El objetivo es estudiar la incubación, las respuestas inmunitarias, la evolución clínica y los factores relacionados con los casos graves. El barco vuelve a ejercer así un papel conocido: no solo transporta la enfermedad, también la hace visible y obliga a la ciencia a observarla concentrada en un grupo delimitado.
El casco cambia; el dilema permanece
Los antiguos barcos epidémicos llevaban ratas, pulgas, agua corrompida y pasajeros hacinados durante meses. Los actuales tienen climatización, laboratorios de apoyo en tierra, protocolos sanitarios, historiales digitales y comunicaciones por satélite. La distancia técnica entre una galera de Caffa y un crucero polar es inmensa. La lógica profunda, no tanto.
Una nave continúa siendo un espacio donde la gente come, duerme, trabaja y respira cerca de otras personas mientras cruza fronteras. La enfermedad puede embarcar sin anunciarse. Cuando muestra la cara, el puerto de destino debe decidir entre permitir la entrada, mantener el aislamiento o coordinar una evacuación. En ese momento chocan salud pública, derechos individuales, logística, comercio y miedo.
La historia demuestra que el mayor error consiste en buscar culpables sencillos. El extranjero, el emigrante, el marinero, el pasajero de tercera, la tripulación, el país de procedencia. Las epidemias han servido demasiadas veces para vestir de ciencia los prejuicios. El barco llega de lejos y resulta cómodo imaginar que todo el peligro procede de fuera, como si las ciudades receptoras no aportaran sus propias desigualdades, negligencias y decisiones.
También persiste la tentación contraria: minimizar las señales para no alterar el negocio. Ocurrió con los tejidos del Grand-Saint-Antoine y reaparece cada vez que una autoridad teme más el coste económico de la prevención que el posible coste sanitario de esperar. No hace falta un villano de novela. Basta una cadena de pequeñas concesiones.
Los barcos no crearon la peste negra, el cólera, la gripe, la COVID-19 ni el hantavirus Andes. Los conectaron con nuevas poblaciones y, en ocasiones, amplificaron su transmisión. Esa es su verdadera huella histórica. Fueron puentes construidos para el comercio y el viaje que los microorganismos aprendieron a cruzar sin comprar billete.
El mar ya no marca la velocidad principal de una pandemia. Ese dudoso honor pertenece al transporte aéreo. Pero los buques siguen recordando una verdad bastante menos romántica que cualquier leyenda de piratas: allí donde viajan las personas, también viajan sus enfermedades, y ninguna bandera concede inmunidad.

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