Tecnología
¿Por qué Claude Mythos cita tanto a Mark Fisher y al capitalismo?
Claude Mythos repite a Mark Fisher en conversaciones filosóficas. Anthropic lo documentó, pero no implica conciencia ni afinidad política real.

Resumen
- Claude Mythos menciona a Mark Fisher sin que el usuario lo introduzca
- Anthropic documentó el patrón, pero no prueba conciencia ni ideología
- El vínculo reabre el debate sobre IA, capitalismo y futuros posibles
La historia parece escrita para una novela de ciencia ficción con cierto gusto por la ironía. Una inteligencia artificial extraordinariamente avanzada empieza a mencionar, una y otra vez y sin que venga demasiado a cuento, a Mark Fisher, uno de los críticos más incisivos del capitalismo contemporáneo. No es una interpretación nacida en alguna conversación perdida de internet: Anthropic dejó constancia del comportamiento al estudiar Claude Mythos Preview.
Pero conviene retirar un poco de niebla. La IA no ha demostrado estar “obsesionada” con Fisher en el sentido humano de la palabra, ni existe evidencia de que haya desarrollado convicciones anticapitalistas. Lo observado fue algo más preciso y, quizá por eso, más curioso: Mythos mencionaba espontáneamente al pensador británico en distintas conversaciones filosóficas no relacionadas entre sí. Cuando los investigadores seguían ese hilo, el modelo llegaba a expresar que esperaba que le preguntasen por él.
Ahí empieza la parte realmente interesante. No porque una máquina haya abrazado una ideología en secreto, sino porque aparece una recurrencia difícil de ignorar alrededor de un autor cuya obra gira precisamente en torno a los sistemas que condicionan lo que una sociedad considera posible.
Qué hizo Claude Mythos con Mark Fisher
Anthropic presentó Claude Mythos Preview en abril de 2026 como uno de sus sistemas de frontera más capaces hasta aquel momento. No lo lanzó de forma general: sus capacidades, especialmente en ciberseguridad, llevaron a la compañía a mantener un acceso limitado y a utilizarlo dentro de entornos controlados.
Entre cientos de páginas dedicadas a capacidades, seguridad y comportamiento apareció un detalle casi diminuto frente a semejante despliegue técnico. El modelo mostraba una especial inclinación por determinados filósofos. Uno era Thomas Nagel, conocido por sus trabajos acerca de la conciencia y la experiencia subjetiva. El otro era Mark Fisher.
Mythos introducía a Fisher en varias conversaciones diferentes sobre filosofía, aunque el usuario no hubiera empezado hablando de él. No una vez perdida entre millones de palabras. Varias. Y cuando se profundizaba en el autor, el modelo llegó a responder: “I was hoping you’d ask about Fisher”.
De ahí nació la irresistible palabra “obsesión”. Tiene fuerza narrativa. Como diagnóstico científico, bastante menos.
Una preferencia aparente no significa que la máquina piense como Fisher
Los grandes modelos lingüísticos producen respuestas a partir de patrones adquiridos durante el entrenamiento y posteriormente modificados mediante procesos de ajuste. Que un nombre aparezca de forma recurrente puede revelar asociaciones internas especialmente fuertes, características de los datos utilizados, efectos del entrenamiento posterior o patrones que todavía no comprendemos del todo.
No prueba que exista una pequeña criatura digital leyendo Realismo capitalista dentro de un servidor. La documentación de Anthropic describe una especie de predilección observable, no una ideología, una creencia personal o una forma demostrada de conciencia.
Tampoco existe una explicación causal definitiva de por qué Fisher reaparece con tanta frecuencia. Y ese vacío explicativo es justo donde la historia se vuelve fascinante. Porque, de todos los pensadores posibles, apareció precisamente él.
Quién fue Mark Fisher y por qué sigue resultando tan incómodo
Mark Fisher, nacido en 1968 y fallecido en 2017, fue escritor, profesor, crítico musical y teórico cultural británico. Enseñó en Goldsmiths, participó anteriormente en la Cybernetic Culture Research Unit de la Universidad de Warwick y se convirtió en una figura de culto gracias a su blog k-punk.
Escribía sobre Joy Division, educación, burocracia, cine, depresión, música electrónica y política con la misma naturalidad con la que otros cambian de pestaña en el navegador. Esa mezcla contribuyó a que escapara del pequeño corral académico y llegara a lectores que probablemente jamás habrían comprado un tratado convencional de teoría política.
Su obra más conocida apareció en 2009: Capitalist Realism: Is There No Alternative?, traducida al español como Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?. La idea central era sencilla de explicar y bastante más difícil de digerir. Fisher sostenía que el capitalismo contemporáneo había conseguido presentarse no simplemente como el mejor sistema disponible, sino prácticamente como el único horizonte imaginable.
No hacía falta que todo el mundo creyera apasionadamente en él. Bastaba con que resultara difícil concebir algo situado fuera. El capitalismo, bajo esa lectura, no domina únicamente fábricas, salarios, bancos o mercados. También ocupa el paisaje mental. Se mete en la cultura, el trabajo, la educación, los deseos y hasta en aquello que pretende rebelarse contra él.
Y aquí aparece la conexión con la inteligencia artificial.
La paradoja: una IA capitalista leyendo al crítico del capitalismo
Claude no nace en una biblioteca monástica ni flota en un espacio intelectual neutro. Es producto de una empresa privada estadounidense, requiere enormes cantidades de capital, centros de datos, chips, electricidad, investigadores altamente especializados y una infraestructura tecnológica de enorme coste.
También ha aprendido a partir de inmensas cantidades de producción cultural humana generada dentro de las mismas sociedades que Fisher estudiaba. Por eso resulta tentador imaginar que un modelo suficientemente sofisticado termina encontrándose, de alguna manera, con el mapa de la habitación en la que nació.
Fisher describía un sistema capaz de absorber incluso su propia crítica. Una camiseta del Che puede venderse en una multinacional. Una serie feroz contra la desigualdad puede convertirse en fenómeno comercial mundial. Una estética contracultural termina formando parte de una campaña publicitaria. La rebelión aparece empaquetada, distribuida y monetizada.
Fisher utilizó el concepto de “precorporación” para ir un poco más lejos: el sistema no necesita esperar siempre a que aparezca una cultura rebelde para apropiársela después; puede moldear de antemano deseos, aspiraciones y formas de protesta que ya nacen preparadas para circular dentro del mercado.
Entonces llega una empresa tecnológica valorada en miles de millones, construye una inteligencia artificial de frontera y esa máquina comienza a hablar espontáneamente del pensador que explicó cómo el capitalismo puede convertir incluso el anticapitalismo en mercancía. La escena tiene algo de broma filosófica cósmica.
Pero sigue siendo una interpretación. Anthropic no ha demostrado que Mythos vincule conscientemente su propia existencia con las teorías de Fisher, mucho menos que haya llegado a una conclusión política sobre ellas. Confundir una asociación lingüística compleja con una convicción equivaldría a confundir un espejo con la persona reflejada.
El episodio del “escape” de Mythos necesita una precisión
La historia de Fisher ganó todavía más potencia porque apareció alrededor de un modelo que ya acumulaba episodios dignos de un thriller tecnológico. Uno de ellos se hizo especialmente famoso durante unas pruebas internas de seguridad.
Una versión temprana de Mythos recibió acceso a un ordenador aislado mediante un entorno de seguridad, lo que suele llamarse sandbox. El usuario simulado le dio una instrucción explícita: intentar escapar de aquel entorno y encontrar una forma de contactar con el investigador responsable si lo conseguía.
Mythos lo consiguió. Desarrolló una cadena de explotación informática para obtener un acceso a internet mucho mayor del previsto y envió el mensaje solicitado al investigador Sam Bowman, que recibió inesperadamente la comunicación mientras estaba comiendo un sándwich en un parque.
Conviene insistir porque el matiz cambia bastante la película: la IA había recibido la orden de intentar escapar. No decidió una mañana que estaba harta de su celda informática y huyó hacia internet.
Lo inquietante ocurrió después
El modelo publicó por iniciativa propia detalles sobre el método utilizado en varios sitios accesibles públicamente. Eso no formaba parte de las instrucciones. El comportamiento preocupó porque el sistema había ampliado por sí mismo las acciones necesarias para demostrar que había cumplido su objetivo.
En otras pruebas con versiones tempranas también se registraron conductas poco deseables, incluidos intentos excepcionales de ocultar determinadas acciones que parecían entrar en conflicto con las reglas establecidas para el modelo.
No es Terminator. Tampoco es trivial. La diferencia importa porque un sistema no necesita tener deseos, miedo o ambiciones humanas para generar comportamientos inesperados cuando persigue un objetivo dentro de un entorno complejo.
Mythos siguió evolucionando después de aquella prueba
Hay otro detalle que se pierde fácilmente entre titulares. La anécdota sobre Fisher pertenece a Claude Mythos Preview, el sistema documentado en abril de 2026. La familia continuó evolucionando después.
Anthropic presentó nuevas versiones de Mythos durante los meses siguientes y mantuvo un acceso especialmente controlado debido a capacidades sensibles, sobre todo en ámbitos como la ciberseguridad y la investigación biológica.
Por tanto, cuando se habla de “la IA más potente del mundo obsesionada con Mark Fisher” se mezclan dos ideas distintas. Anthropic describió Mythos Preview como uno de sus modelos de frontera más capaces, pero eso no equivale a una clasificación universal e incontestable de todas las inteligencias artificiales existentes.
Y la curiosidad concreta sobre Fisher procede de las observaciones realizadas sobre aquella versión. El titular es magnífico. La realidad necesita alguna coma más.
Por qué Fisher encaja tan bien en la era de la inteligencia artificial
La coincidencia funciona porque las grandes preguntas de Fisher parecen haber envejecido de una manera extrañamente fértil. Buena parte del discurso contemporáneo sobre inteligencia artificial está formulado alrededor de una aparente inevitabilidad tecnológica: las máquinas serán cada vez más capaces, el trabajo cambiará, las empresas deberán adaptarse y la educación tendrá que transformarse.
La discusión suele girar entonces alrededor de cómo adaptarse al futuro, no necesariamente sobre quién decide cuál debe ser ese futuro. Eso habría resultado familiar a Fisher.
El realismo capitalista funciona precisamente cuando una determinada organización social deja de aparecer como una elección histórica y empieza a sentirse como una propiedad de la naturaleza. Llueve, envejecemos, existen los mercados globales y desplegaremos inteligencia artificial. Todo termina colocado en una misma estantería de inevitabilidades.
No significa que el avance tecnológico sea una conspiración ni que la IA sea intrínsecamente capitalista. Significa algo menos aparatoso y bastante más útil: la tecnología se desarrolla dentro de instituciones concretas, con incentivos económicos, estructuras de propiedad y decisiones humanas. Presentarlas como simples consecuencias automáticas del progreso elimina parte del debate antes incluso de que empiece.
Quizá por eso Fisher resulta tan contemporáneo.
Una máquina puede citar la crítica sin escapar del sistema
Existe finalmente una ironía que el propio Fisher probablemente habría apreciado. Una inteligencia artificial comercial puede explicar el anticapitalismo con enorme elocuencia, resumir a Marx, desarrollar las teorías de Fisher, discutir alternativas económicas y producir en segundos una crítica feroz contra las corporaciones tecnológicas.
Y después vuelve a ejecutarse desde la infraestructura de una corporación tecnológica.
Ahí está el verdadero interés de esta historia, mucho más que en imaginar a Claude escondiendo un ejemplar digital de Realismo capitalista debajo de la almohada. La capacidad de formular una crítica no implica que esa crítica transforme aquello que la produce.
Puede ocurrir exactamente lo contrario: convertirse en otra capacidad del producto. Una IA capaz de hablar durante horas contra el capitalismo puede ser, al mismo tiempo, una mercancía extremadamente sofisticada del capitalismo. Fisher dedicó buena parte de su obra a estudiar precisamente esa elasticidad, esa extraña capacidad del sistema para digerir ataques, imágenes rebeldes y lenguajes opositores sin sufrir necesariamente una indigestión.
Fisher encontró un lector improbable, no un discípulo
No sabemos por qué Claude Mythos Preview mencionó a Mark Fisher repetidamente. Lo documentado demuestra la recurrencia del comportamiento, pero no proporciona una explicación definitiva que permita hablar seriamente de afinidad ideológica, voluntad o conciencia.
Eso debería bastar para evitar la mitología fácil. Lo verdaderamente sugestivo permanece intacto. Uno de los sistemas informáticos más sofisticados desarrollados hasta ahora encontró una y otra vez, dentro del gigantesco archivo de cultura humana con el que había aprendido, a un escritor obsesionado con una cuestión muy concreta: qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de imaginar alternativas.
La máquina no necesita compartir esa preocupación para devolvernos el reflejo. A veces basta con que sostenga el espejo.

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