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¿Qué carreteras están cortadas hoy 7 de febrero en España?
168 carreteras cerradas por lluvias, 137 en Andalucía: A-48, A-44 y A-32 cortadas, nieve en el norte, barro y desvíos según la DGT en España.

168 carreteras cerradas por lluvias, 137 en Andalucía: A-48, A-44 y A-32 cortadas, nieve en el norte, barro y desvíos según la DGT en España.
Este sábado, 7 de febrero de 2026, el parte oficial de incidencias de la Dirección General de Tráfico dibuja una escena poco amable: 168 carreteras cortadas por las lluvias en toda España, con un foco clarísimo en el sur. Andalucía concentra 137 cierres, una cifra que, por sí sola, explica el ruido de desvíos, la vuelta larga para llegar a un pueblo cercano y esa sensación rara de mapa “agujereado” en plena red viaria.
La afectación no se queda en caminos secundarios: tres cortes están en la red principal y son los que más trastocan rutas de largo recorrido. La A-48 en Vejer de la Frontera aparece cortada en sentido Tarifa, la A-44 en Campillo de Arenas está cerrada en sentido Granada, y la A-32 en Villacarrillo queda interrumpida en dirección Albacete. A este cuadro se suma el otro filo del temporal: 30 carreteras afectadas por nieve y, dentro de ellas, 14 vías secundarias cerradas desde hace días en áreas de Castilla y León, Asturias y Navarra, además de puntos en Granada, Huesca y Cáceres.
Un mapa que cambia de minuto en minuto
Cuando se habla de “carreteras cortadas” suena a dato redondo, definitivo, como una persiana echada. Pero en un episodio de lluvias persistentes el corte es un organismo vivo: una crecida baja, se abre un carril; vuelve a subir, se cierra del todo; el agua se aparta, queda barro, y el barro es otra forma de cierre aunque el firme parezca “a la vista”. El resultado es un tablero en el que las cifras cuentan mucho, sí, pero cuentan todavía más los puntos concretos: un paso bajo anegado, una rambla desbordada, un puente con el agua lamiendo la base, una carretera que se queda sin drenaje porque la cuneta ya no traga.
La DGT clasifica estas incidencias con una lógica muy de carretera y muy poco poética: corte total, circulación muy difícil, restricciones. Lo importante —y lo que hoy se repite en conversaciones de tráfico y en avisos oficiales— es que la lluvia no necesita ser torrencial en el instante exacto para complicarlo todo; basta con la acumulación de días, el terreno saturado, los arroyos cargados y la escorrentía buscando su camino. En ese contexto, Andalucía con 137 cortes no es solo una estadística: es una señal de fragilidad en cientos de tramos donde el agua encuentra, siempre, el sitio más incómodo.
Andalucía, el epicentro del problema
El dato que manda hoy es Andalucía. La cifra de 137 carreteras cerradas concentra la atención porque refleja una afectación extendida, de capilaridad fina: muchas vías locales, accesos, carreteras provinciales, enlaces pequeños que sostienen la vida diaria y que, cuando fallan, obligan a rodeos largos. El temporal no corta únicamente “la gran autovía”; corta también la carretera que conecta dos municipios cercanos, el acceso a una pedanía, el tramo que cruza una vega o el enlace que atraviesa un cauce aparentemente modesto. Ese tipo de cortes no siempre aparece en el gran titular, pero es el que encierra de verdad a zonas enteras durante horas.
Y luego están los cortes que sí entran en la conversación nacional, porque afectan a corredores de paso. Las tres interrupciones en red principal no son equivalentes, cada una tiene su “personalidad” logística. La A-48 en Vejer de la Frontera golpea un eje costero y de conexión hacia el área del Estrecho en dirección Tarifa, con tráfico que mezcla desplazamientos locales y movimientos de largo recorrido. La A-44 en Campillo de Arenas, sentido Granada, se mete de lleno en un itinerario donde el relieve ya impone condiciones y donde una interrupción puede empujar vehículos hacia alternativas que no están pensadas para absorber de golpe un caudal extra. Y la A-32 en Villacarrillo, rumbo Albacete, afecta a un tramo que articula movilidad entre provincias, especialmente delicado cuando el temporal obliga a “salirse” de la red principal y cargar de presión a carreteras secundarias cercanas.
Cádiz y la A-48: Vejer mira hacia Tarifa
En Cádiz, la referencia de la A-48 en Vejer de la Frontera tiene un peso especial por el tipo de tráfico que suele soportar: entradas y salidas de la costa, conexiones hacia el Campo de Gibraltar, desplazamientos que en un día normal se resuelven sin pensar demasiado. Cuando un punto así se corta, el efecto se siente como una cremallera atascada: el flujo se desplaza a vías alternativas y, de pronto, una carretera que era tranquila se convierte en un canal principal. En jornadas de lluvia persistente, además, la costa gaditana convive con un riesgo conocido: acumulaciones rápidas en puntos bajos, arroyos que crecen con poco aviso, y tramos donde el agua no necesita “parecer un río” para ser peligrosa; basta con cubrir parte del carril y esconder el borde del firme.
Lo que añade tensión a un corte en una vía rápida no es solo el cierre en sí, sino la incertidumbre del “cuánto”: cuánto durará, cuánto tardará en bajar el agua, cuánto costará limpiar el barro o revisar un drenaje. En el sur, con el terreno ya cargado, la lluvia de varios días juega a favor del agua incluso cuando el cielo concede un respiro. Por eso la idea de “ya no llueve, ya se puede” suele durar poco en un episodio así, y por eso el parte de incidencias termina siendo un documento vivo, con entradas que aparecen y desaparecen conforme cambian las condiciones.
Jaén y dos cortes que duelen: A-44 y A-32
La provincia de Jaén aparece doblemente señalada por los cortes en A-44 y A-32, y eso no es un detalle menor: dos interrupciones en red principal en un mismo territorio tensan rutas alternativas y multiplican el tráfico en carreteras que, en un fin de semana cualquiera, no tendrían que asumir ese papel. La A-44 en Campillo de Arenas, en sentido Granada, afecta a una conexión donde el entorno serrano y los cambios de pendiente pueden favorecer la acumulación de agua y arrastres de material. La A-32 en Villacarrillo, hacia Albacete, introduce el problema en el eje interior, con impacto sobre desplazamientos interprovinciales y sobre transportes que intentan evitar rodeos excesivos.
En episodios de lluvias intensas, además, la combinación peligrosa no es solo agua: es agua + barro. Un tramo puede reabrirse cuando baja el nivel, pero quedar con el firme sucio, con restos arrastrados desde cunetas o campos, con pequeñas piedras, con la línea del arcén menos visible. Y ahí nace una segunda fase del temporal en carretera: la de la limpieza, la revisión de elementos dañados, la comprobación de que un talud no ha quedado inestable. La imagen de “carretera cortada” suele asociarse a una valla y un desvío, pero detrás hay una coreografía de maquinaria, señalización, revisiones y decisiones que no se toman a ojo.
Agua, barro y el susto del desprendimiento
La lluvia corta carreteras de varias maneras, y no todas se resuelven al mismo ritmo. La inundación “pura” —agua sobre la calzada— puede mejorar relativamente rápido si el caudal baja y si el drenaje aguanta. El problema es que, cuando el terreno está saturado, el agua deja de ser un visitante y se convierte en residente: aparece por donde no se espera, rebosa por cunetas colmatadas, se cuela en pasos inferiores. Y hay una modalidad especialmente ingrata, porque no depende solo del agua: el desprendimiento. Cuando un talud cede, la carretera no está “mojada”, está físicamente comprometida, y la reapertura exige asegurar el terreno, retirar material, revisar daños, a veces incluso reconstruir parte del firme.
En ese contexto encaja el trabajo de operarios en la zona de un derrumbe que ha afectado a la carretera que une la N-110 con la localidad cacereña de El Torno. La escena es reconocible: maquinaria, tierra removida, el asfalto interrumpido por barro y piedras, y una sensación de fragilidad que no tiene nada de abstracto. Un desprendimiento no solo corta el paso; corta también la confianza en el tramo, porque obliga a comprobar que no habrá una segunda caída. Y en días de lluvia continuada, esa posibilidad está encima de la mesa: el suelo reblandecido, el agua filtrándose, el peso del terreno cambiando. Por eso algunos cierres no se miden en horas sino en jornadas completas, con reaperturas cautas y vigiladas.
Nieve al mismo tiempo: el otro problema del día
Mientras el sur combate el agua, una parte del país lidia con la nieve como si el calendario se hubiera quedado atascado. El parte habla de 30 carreteras afectadas por nieve y de 14 vías secundarias cerradas desde hace días, repartidas por Castilla y León, Asturias y Navarra, además de incidencias en provincias como Granada, Huesca y Cáceres. Es un recordatorio incómodo de la geografía española: se puede estar bajo lluvia intensa en un punto y, a pocas horas, encontrarse con hielo, placas y cortes por acumulación.
El impacto de la nieve en la red viaria tiene su propia lógica. No es solo “cae nieve”; es visibilidad, es adherencia, es quitanieves que pasan y vuelven a pasar, es sal donde se puede, es temperatura que decide si el agua se queda líquida o se convierte en cristal. Y, como ocurre con las inundaciones, hay una parte que no se ve en una cifra: la ruta alternativa que parece más corta pero atraviesa un puerto; la carretera local que se vuelve impracticable en la sombra; el tramo donde el hielo se instala como una película transparente. El resultado final, hoy, es un país con dos mapas superpuestos: el del agua y el del hielo.
Castilla y León, Asturias y Navarra: cierres que se alargan
Que 14 carreteras sigan cortadas “desde hace días” por nieve sugiere un patrón más persistente que el de un chaparrón puntual. En áreas de montaña, una nevada fuerte puede dejar un cierre que no se levanta hasta que el tiempo ofrece margen real para trabajar, porque el problema no es solo retirar nieve: es evitar que se rehiele, garantizar que un vehículo de emergencia pueda pasar, comprobar que no hay acumulaciones peligrosas. En Navarra, en Asturias y en zonas de Castilla y León, ese tipo de condiciones se repite cada invierno, con variaciones, pero siempre con el mismo mensaje práctico: hay tramos donde la naturaleza manda y la carretera espera.
La combinación con las lluvias del sur complica incluso la planificación de rutas largas dentro del país, porque obliga a pensar en dos tipos de obstáculos. Un itinerario que esquiva una zona inundada puede empujar hacia el interior y encontrarse con nieve; un desvío “lógico” por altitud puede no serlo si la cota ha bajado y el hielo aparece de madrugada. Así se entiende que la DGT haya insistido hoy en la necesidad de consultar el estado de las vías y la información meteorológica antes de viajar, además de pedir que se eviten desplazamientos innecesarios mientras persistan las condiciones adversas.
El efecto dominó: cuando un corte mueve a miles
Un corte en una autovía no es solo un corte: es un empujón. Desplaza tráfico hacia vías secundarias, aumenta la densidad en enlaces que no están pensados para absorber ese volumen, y convierte rotondas y travesías en puntos de fricción. Con tres vías principales interrumpidas —A-48, A-44 y A-32— el efecto dominó se multiplica, porque cada corredor afecta a un tipo de movilidad distinto. Y cuando el foco principal está en Andalucía, el impacto se siente sobre un territorio amplio, con tramos rurales y periurbanos, con carreteras que atraviesan vegas, cauces y pasos inferiores.
Las inundaciones, además, tienen una característica que complica la gestión del tráfico: la incertidumbre espacial. El agua puede cortar un punto muy concreto y, sin embargo, dejar “engañado” el resto del tramo, que parece transitable hasta que se llega al punto negro. Eso obliga a cortes preventivos, señalizaciones en accesos lejanos, desvíos que a veces parecen excesivos a simple vista. Y luego está el barro, que no siempre se ve desde el coche a distancia y que puede convertir un carril en una pista resbaladiza. Por eso la expresión “circulación condicionada” no es un eufemismo: significa menos margen de error, más riesgo de frenazos, más probabilidad de incidentes menores que, en conjunto, colapsan un itinerario.
En un día como hoy, el trabajo se reparte entre varios frentes: señalización y balizamiento para evitar entradas a zonas cortadas, limpieza de calzadas cuando baja el agua, vigilancia de puntos sensibles, y coordinación con servicios de emergencia para garantizar accesos básicos. En el caso de un desprendimiento como el de la conexión con El Torno, la prioridad pasa por asegurar el talud y retirar material sin comprometer la estabilidad. Son tareas que no hacen ruido en redes sociales, pero que determinan cuándo una carretera vuelve a ser carretera y deja de ser un muro.
La fotografía del 7 de febrero: carreteras en pausa
El dato queda fijado en la memoria del día: 168 carreteras cortadas por lluvia, 137 en Andalucía, tres cortes en la red principal —A-48 en Vejer de la Frontera hacia Tarifa, A-44 en Campillo de Arenas hacia Granada, A-32 en Villacarrillo hacia Albacete— y, en paralelo, 30 carreteras afectadas por nieve con 14 cierres persistentes en Castilla y León, Asturias y Navarra, además de incidencias en Granada, Huesca y Cáceres. La suma de ambos mapas explica por qué la circulación se vuelve frágil: no es un único frente, son varios, y cada uno afecta a la red de una forma distinta.
En medio de esa fotografía, la escena de los operarios trabajando cerca de El Torno funciona casi como símbolo: la carretera como infraestructura, sí, pero también como terreno, como ladera, como drenaje, como mantenimiento. Hoy el asfalto está a merced del agua en muchos puntos, y donde no es agua es nieve, y donde no es nieve es barro. La DGT ha pedido consultar el estado de las vías y evitar desplazamientos innecesarios mientras dure el episodio, una formulación sobria que, traducida al idioma real del día, significa que el país está transitando con cuidado sobre un tablero cambiante y que, por unas horas, la movilidad depende del tiempo tanto como del motor.

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