Viajes
¿Quién soporta peor el calor extremo en España y el Mediterráneo?
El calor extremo altera la percepción turística del Mediterráneo: España resiste, Francia cae y Portugal mantiene una sorprendente estabilidad

Resumen
- España mantiene una percepción turística sólida pese al calor extremo
- Los franceses son más sensibles y los estadounidenses, más tolerantes
- Francia empeora mientras Portugal muestra la mayor estabilidad climática
El calor extremo empieza a alterar algo más difícil de medir que los grados del termómetro: la percepción de las vacaciones. Y ahí aparecen diferencias llamativas. Los viajeros franceses figuran entre los más sensibles a las temperaturas extremas del Mediterráneo, mientras que los estadounidenses mantienen una valoración bastante más positiva incluso durante episodios de calor intenso. Los británicos se quejan, sí, pero suelen olvidar pronto.
España, de momento, aguanta bien el golpe. Su imagen como destino de verano continúa siendo sólida, aunque las olas de calor provocan caídas perceptibles cuando llegan antes de tiempo, duran demasiado o rompen lo que el turista esperaba encontrar. El problema no parece ser simplemente pasar de 35 a 40 grados. Importa la sorpresa, la duración y esa desagradable sensación de haber reservado una terraza junto al mar y encontrarse, en cambio, dentro de un secador de pelo.
El análisis de The Data Appeal Company, perteneciente al grupo Almaviva, sigue la evolución del Perception of Climate Index, o PCI, en España, Portugal, Francia, Italia y Grecia desde 2023. El indicador se mueve en una escala de 0 a 100 y refleja cómo perciben los viajeros las condiciones climáticas de cada destino. Para 2026, los datos estudiados llegan hasta julio.
El calor extremo empieza a cambiar las vacaciones mediterráneas
Durante décadas, el calor fue uno de los grandes argumentos comerciales del sur de Europa. Sol, playa, noches templadas, terrazas llenas. Una fórmula casi automática. Pero hay una frontera poco romántica entre el calor agradable de unas vacaciones y una sucesión de jornadas abrasadoras en las que caminar a mediodía se convierte en otra cosa, una actividad que exige cierta negociación con uno mismo.
El estudio detecta precisamente ese movimiento. Las olas de calor todavía producen, en general, impactos pasajeros en la percepción de los destinos: cuando bajan las temperaturas, el índice suele recuperarse. En 2026, sin embargo, aparecen indicios de algo distinto. Los episodios repetidos, tempranos o prolongados pueden dejar una huella que dura más que la propia ola de calor.
No significa que el Mediterráneo haya dejado de resultar atractivo. Ni de lejos. España, Italia, Grecia y Portugal mantienen valoraciones climáticas altas. Lo que empieza a cambiar es la seguridad con la que el viajero presupone que el verano mediterráneo será caluroso pero disfrutable.
Ahí está el matiz. El turista tolera mejor aquello que esperaba. Una temperatura muy elevada puede provocar menos rechazo en un lugar donde se considera habitual que un episodio algo menos intenso pero completamente inesperado. La expectativa pesa casi tanto como el termómetro.
Franceses y turistas nacionales, los más sensibles al calor
Las diferencias por nacionalidades son especialmente curiosas. Los viajeros franceses aparecen entre quienes reaccionan de forma más negativa ante el calor extremo. También muestran una sensibilidad elevada los turistas nacionales dentro de los dos mercados examinados específicamente bajo esta perspectiva, España y Francia.
Tiene cierta lógica. Quien conoce bien un destino posee también una referencia climática anterior. Un español que lleva años pasando agosto en una misma zona puede comparar inmediatamente la temperatura actual con los veranos que recuerda. El visitante extranjero quizá carezca de esa vara de medir y asuma con mayor facilidad que aquello forma parte del paquete mediterráneo.
El análisis, por tanto, no demuestra que un estadounidense pueda pasear alegremente bajo 42 grados mientras un francés se derrite en la esquina. No mide resistencia fisiológica, sino la percepción expresada por los viajeros sobre el clima que encuentran durante su estancia.
Los estadounidenses toleran mejor el verano mediterráneo
Los turistas procedentes de Estados Unidos muestran la reacción más resistente. Incluso durante periodos de temperaturas especialmente elevadas mantienen una percepción climática relativamente positiva.
Los británicos ocupan una posición diferente. Su valoración suele empeorar rápidamente cuando aparece una ola de calor, pero también se recupera con relativa velocidad después de que las temperaturas vuelvan a niveles habituales. Malestar intenso, memoria corta.
Ese comportamiento ayuda a entender por qué dos turistas expuestos a un mismo episodio meteorológico pueden terminar valorando de forma muy distinta el destino. En turismo, el termómetro cuenta. La expectativa previa, casi tanto.
España mantiene una buena imagen pese a las olas de calor
España conserva por ahora una posición fuerte. Entre mayo y julio de 2026 obtuvo un PCI medio de 90,4 puntos, una valoración elevada y superior a la registrada por Francia durante ese mismo periodo.
Cuando se amplía la mirada a los veranos estudiados desde 2023, España presenta una media de 87,2 puntos. No existe contradicción entre ambos números: el primero corresponde únicamente al periodo entre mayo y julio de 2026, mientras que el segundo resume el comportamiento estival a lo largo de los años analizados.
El país muestra, eso sí, oscilaciones claras coincidiendo con episodios de calor extremo. Cuando las temperaturas extraordinarias aparecen muy pronto o permanecen durante varios días, la percepción empeora. Después suele recuperarse.
Esa capacidad de rebote es importante para una potencia turística como España. El verdadero riesgo aparecería si una concatenación de olas de calor dejara de producir pequeños baches temporales y empezara a modificar la asociación histórica entre España, verano y buen clima.
Y esa posibilidad ya no parece puramente teórica.
Francia lanza la señal de alarma más clara
Francia es el país que ofrece el dato más llamativo de los cinco analizados. Entre mayo y julio de 2026 registró un PCI de solo 77,2 puntos, muy alejado de Portugal, con 93,5; Italia, con 91,6; España, con 90,4; y Grecia, con 89,9.
La distancia es considerable. El análisis relaciona este deterioro con la sucesión de episodios de calor anormalmente tempranos y repetidos, precisamente una combinación que pesa especialmente sobre las expectativas de los viajeros.
Italia presenta un escenario menos severo, aunque también deja una pequeña luz amarilla encendida. Después de alcanzar un PCI medio de 92,2 durante el verano de 2025, entre mayo y julio de 2026 su indicador quedó 0,9 puntos por debajo del registrado durante el mismo periodo del año anterior.
No es un desplome. De hecho, Italia continúa moviéndose en niveles elevados. Pero la repetición del calor extremo empieza a mostrar un posible efecto acumulativo. Una ola aislada molesta; varias, verano tras verano, pueden acabar modificando la reputación climática de un destino.
Portugal demuestra que acostumbrarse también cuenta
Portugal presenta probablemente el comportamiento más interesante. Su PCI medio durante los veranos analizados alcanza 91,1 puntos, uno de los registros más estables del Mediterráneo estudiado.
Incluso cuando se producen episodios muy duros, la percepción consigue recuperarse. Durante una ola de calor excepcional en septiembre de 2025, el índice portugués llegó a caer 33,5 puntos. El descenso, pese a su magnitud, fue temporal.
La explicación propuesta resulta reveladora: cuando los viajeros han incorporado temperaturas elevadas a sus expectativas sobre un destino, reaccionan con menor intensidad. Dicho de otro modo, normalizar veranos más cálidos puede generar cierta resiliencia perceptiva.
Grecia ofrece un comportamiento parecido, aunque con mayor sensibilidad durante algunos episodios extremos. Su promedio desde 2023 es de 89,2 puntos y en 2026 ha registrado resultados algo inferiores a los de temporadas anteriores.
Esto abre una paradoja nada pequeña. La adaptación psicológica del turista puede proteger durante un tiempo la reputación de un destino incluso aunque sus veranos sean progresivamente más calientes. Pero existe un límite. Cuando el calor deja de ser una característica del viaje y empieza a condicionar horarios, actividades, descanso o movilidad, la postal cambia.
El turismo mediterráneo entra en un verano diferente
El estudio apunta hacia una transformación lenta, no hacia un derrumbe inmediato del turismo del sur de Europa. España sigue siendo percibida como un destino con buen clima, Portugal muestra una estabilidad notable, Grecia conserva índices elevados e Italia apenas comienza a enseñar señales acumulativas. Francia es, por ahora, la advertencia más visible.
Lo que sí parece agotarse es una idea antigua: que cuanto más sol y más calor, mejores vacaciones. El turismo mediterráneo tendrá que convivir con viajeros que empiezan a distinguir con bastante precisión entre una tarde espléndida de 30 grados y una semana entera en la que las persianas permanecen bajadas hasta que cae el sol.
También puede cambiar el calendario. Primavera, junio, septiembre u octubre ganan atractivo cuando julio y agosto ofrecen temperaturas difíciles de soportar durante demasiados días consecutivos. No sería extraño que parte de la temporada turística se ensanchara hacia otros meses mientras las horas centrales del verano pierden protagonismo.
Porque el dato decisivo quizá sea ese: el calor no perjudica al turismo únicamente cuando sube, sino cuando rompe la promesa que acompañaba al viaje. El Mediterráneo continúa siendo una de las grandes geografías vacacionales del mundo. Pero aquella vieja ecuación de cielo azul, agosto y felicidad automática empieza a necesitar algunos matices. Bastantes.












