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Economía

El petróleo a 120 dólares: cuánto peligra el crecimiento de España

El riesgo para la economía española depende menos del máximo diario que de cuánto persista el petróleo caro.

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Un barril de Brent a 120 dólares no empuja automáticamente a España a una recesión, pero sí encarece la energía y aumenta el riesgo de que se frene el crecimiento. La diferencia decisiva no está solo en el máximo que marque la cotización, sino en cuánto tiempo se mantenga elevada y en si el encarecimiento se combina con gas más caro, un euro débil y una inflación que limite la respuesta del Banco Central Europeo.

España afronta ese golpe con una economía que todavía contaba con previsiones de crecimiento del 2,2% para 2026, según el Banco de España, y del 2,3% según el Fondo Monetario Internacional, de acuerdo con las estimaciones recogidas en el artículo original. Son colchones, no garantías: un shock persistente puede reducir el consumo, estrechar los márgenes de las empresas y aplazar decisiones de inversión. El precio por sí solo no permite anticipar una recesión; el mecanismo que importa es cómo se transmite a la actividad y durante cuánto tiempo.

Un salto del crudo no funciona como un interruptor

La cotización del petróleo puede dispararse en una jornada y retroceder cuando cambian las expectativas sobre el conflicto o el suministro. En una de las primeras sesiones posteriores a la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, el Brent subió un 6,68%, hasta 77,74 dólares por barril, mientras el crudo estadounidense WTI avanzó un 6,28%, hasta 71,23 dólares. Esas cifras describían aquella sesión, no un precio permanente: muestran la rapidez con la que el mercado incorpora el temor a una interrupción.

La evolución posterior recogida en las informaciones de referencia ilustra otra fotografía temporal. El 30 de abril, el Brent llegó a cotizar a 120,81 dólares durante la negociación asiática, tras subir un 2,78% en ese momento. EFE situó el aumento en más del 62% desde el inicio del conflicto y cerca del 94% en lo que iba de año. Son referencias de mercado fechadas, no una cotización actual ni una predicción segura de lo que ocurrirá después.

La economía tampoco cae en recesión al cruzar una cifra redonda. Un Brent a 120 dólares durante unos días puede generar un susto inflacionista y un encarecimiento rápido de los carburantes, pero no tiene el mismo efecto que varios meses de precios elevados. También cambia el impacto si el gas se mantiene estable, si el euro conserva valor frente al dólar o si las empresas pueden absorber parte del coste sin trasladarlo íntegramente al consumidor.

Por eso, los niveles de 110 a 130 dólares durante meses, o por encima de 130 durante un periodo prolongado, sirven como escenarios de tensión, no como umbrales científicos de recesión. No existe un precio que, por sí solo, permita afirmar que España entrará en contracción. Lo que sí cabe anticipar es que cuanto más duradero sea el shock y más canales afecte, menos margen tendrá la economía para seguir creciendo al ritmo previsto.

Ormuz convierte un riesgo regional en un problema mundial

El estrecho de Ormuz es el centro de la preocupación porque por esa ruta marítima circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial. Las informaciones de referencia señalan también su relevancia para el transporte de gas natural licuado. Un bloqueo prolongado no solo retrasaría cargamentos: pondría en cuestión la llegada regular de suministros y elevaría el coste de asegurar los buques, buscar rutas alternativas y encontrar petróleo disponible en otros mercados.

La amenaza no depende únicamente de que falte crudo en España. El petróleo se compra en un mercado internacional y su precio refleja la oferta que los compradores creen que estará disponible. Si los barcos no pueden cruzar con normalidad, los operadores incorporan el riesgo antes de que se materialice una escasez generalizada. La expectativa de interrupción puede encarecer el barril incluso antes de que las estaciones de servicio noten una falta física de combustible.

La duración importa también por la capacidad de almacenamiento. Informes de JPMorgan y Bank of America citados en la cobertura de la crisis advertían de que un conflicto de más de tres semanas podía acercar a los países del Golfo a sus límites de almacenamiento, aumentando la presión para reducir producción o modificar flujos. La amenaza de Teherán de impedir el paso del petróleo y los ataques en la región elevaron el riesgo, aunque una declaración o un episodio aislado no demuestran por sí solos que el suministro vaya a quedar interrumpido de forma duradera.

Los analistas describieron escenarios muy distintos. Bank of America planteó que el Brent podía superar los 100 dólares si la tensión se endurecía y se atacaban instalaciones de países vecinos; Citi situó en 120 dólares una previsión de corto plazo ante una interrupción prolongada. Deutsche Bank advirtió de un escenario extremo de hasta 200 dólares si se impusiera un cierre total mediante minas, misiles antibuque y otras armas. Son proyecciones condicionadas, no precios que deban darse por hechos, y dependen de la duración del bloqueo y de la posibilidad de reabrir la ruta.

El tiempo transforma el encarecimiento en un shock económico

La primera transmisión suele ser visible en los combustibles: suben los costes de llenar el depósito y operar vehículos. Después, el golpe llega a las empresas que mueven mercancías, a la aviación, la pesca, la agricultura y la logística. Algunas compañías pueden asumir temporalmente el sobrecoste; otras lo trasladan a sus tarifas o a los precios finales. Cuando ese ajuste se extiende, el petróleo deja de ser una noticia de los mercados y entra en la cesta cotidiana.

El efecto puede aparecer con retraso y de manera desigual. Una compañía de transporte con contratos que revisa periódicamente quizá no repercuta de inmediato el combustible; un negocio con márgenes ajustados puede tener menos capacidad para absorberlo. La distribución y el comercio también usan energía y transporte, de modo que el encarecimiento puede filtrarse a productos que no parecen relacionados con el crudo. El consumidor puede notar el shock en distintos momentos y no solo en el surtidor.

Eso explica por qué un pico breve y un precio alto sostenido son fenómenos diferentes. En el primer caso, hogares y empresas pueden esperar a que se normalicen los mercados antes de cambiar sus planes. Si el coste se mantiene durante uno o dos trimestres, la incertidumbre puede llevar a posponer compras, reducir viajes o aplazar inversiones. No hace falta que todos los sectores se detengan: basta con que muchos reduzcan actividad a la vez para debilitar el crecimiento agregado.

Una secuencia especialmente delicada aparece si las empresas trasladan el coste, la inflación repunta y el banco central retrasa la relajación de las condiciones financieras. El encarecimiento del crédito puede enfriar todavía más el gasto de hogares y compañías. El riesgo de recesión surge de esa combinación, no de una relación mecánica entre el precio del Brent y el producto interior bruto.

España es más renovable, pero sigue necesitando petróleo para moverse

La transición energética ha reforzado la generación eléctrica española frente a algunos shocks de combustibles fósiles. La Agencia Internacional de la Energía situó las renovables en algo más del 51% de la generación eléctrica del país en 2023. Esa composición ofrece una defensa importante en el ámbito de la electricidad: reduce la exposición directa de la generación a las oscilaciones del petróleo y puede moderar parte del contagio a la factura energética.

Pero esa mejora no elimina la dependencia del crudo en el transporte. Según los datos de la Agencia Internacional de la Energía recogidos en el material de referencia, el transporte representó el 39% del consumo final de energía de España en 2023. Los productos petrolíferos cubrieron el 92% del consumo final energético de ese sector, y el transporte concentró el 71% del consumo final de productos petrolíferos. La electricidad renovable protege una parte del sistema, pero no sustituye de golpe al gasóleo, la gasolina o el queroseno.

Por eso el golpe puede sentirse en camiones, aviones, barcos, maquinaria agrícola y cadenas de distribución, incluso si la producción eléctrica no se encarece al mismo ritmo. El combustible forma parte de una infraestructura que suele pasar inadvertida: mueve alimentos, materiales y personas, y mantiene conectados almacenes, puertos y comercios. Cuando sube con fuerza, ese entramado no se paraliza automáticamente, pero operar cuesta más.

España también está inserta en un continente dependiente de la energía importada. Eurostat situó la dependencia energética exterior de la Unión Europea en el 58,4% en 2023. La vulnerabilidad no significa que todos los países reaccionen igual: su impacto depende de la mezcla energética, la estructura industrial, el peso del transporte y la capacidad de los hogares y las empresas para afrontar facturas más altas.

Inflación y tipos de interés: el segundo golpe

Un petróleo caro eleva los precios de la energía de forma directa, pero también puede presionar los costes de producción y transporte. Si ese encarecimiento se extiende a los precios de bienes y servicios, la inflación general tarda más en moderarse. El Banco de España proyectaba en diciembre una inflación media del 2,1% en 2026 y una subyacente del 2,4%. Esas cifras corresponden a las previsiones citadas en el artículo original y no incorporan necesariamente el impacto de episodios posteriores de tensión.

El problema para la actividad no se limita al dato de inflación. Si el Banco Central Europeo interpreta que la subida de los precios puede consolidarse, tendrá menos margen para reducir los tipos de interés. Una financiación más cara pesa sobre hipotecas, consumo e inversión empresarial, aunque la decisión del BCE no dependa exclusivamente del petróleo ni responda de forma automática a cada movimiento del Brent. El crudo puede complicar el camino de los tipos sin dictar por sí solo la política monetaria.

Wells Fargo estimó que un aumento sostenido del 10% en el Brent añadiría alrededor de 0,3 puntos porcentuales a la inflación general, mientras que una subida del 30% podría elevarla cerca de un punto. Son estimaciones del banco para el efecto inflacionario analizado, no una fórmula aplicable sin cambios a cada país o a cualquier episodio. El resultado real depende de la duración del encarecimiento, los impuestos, el tipo de cambio y la velocidad con la que las empresas ajusten precios.

El mismo banco calculó para Estados Unidos una reducción de 0,08 puntos en el crecimiento del PIB ante un alza del 10% del petróleo y de 0,23 puntos ante un aumento del 30%, con buena parte del efecto vinculada al menor consumo. Esos cálculos no se pueden trasladar directamente a España: describen otra economía y otro modelo de análisis. Sirven, eso sí, para mostrar cómo el encarecimiento puede afectar a la demanda además de a la inflación.

Qué dicen los escenarios de precios y por qué difieren

Las previsiones de los bancos no son una votación sobre un único futuro. Cada escenario parte de supuestos distintos sobre la duración del conflicto, el tráfico por Ormuz y la reacción de los productores. Citi consideró que el Brent podía alcanzar 120 dólares a corto plazo y situó en 150 dólares un escenario alcista si la reapertura del estrecho avanzaba lentamente durante el tercer trimestre de 2026. Para 2027, su escenario central contemplaba un rango de 80 a 90 dólares si se restablecían los flujos y el mercado volvía a equilibrarse.

La entidad calculó también que los inventarios mundiales podrían reducirse en unos 1.000 millones de barriles durante 2026 y estimó una contracción de la demanda de 0,6 millones de barriles diarios ese año. El propio análisis advertía de que esa caída podía exagerar la debilidad del consumo final, porque la reducción de existencias y los recortes de actividad en las refinerías distorsionaban la lectura. Los inventarios importan porque son una reserva frente a interrupciones: cuanto menor sea el colchón, más sensible puede volverse el mercado ante un nuevo problema de suministro.

El aumento de producción de la OPEP+ previsto para abril podía aportar alivio, pero no resolver necesariamente el cuello de botella. La extracción adicional solo ayuda si el crudo puede llegar al mercado. Jorge León, de Rystad Energy, subrayó en el informe recogido por la cobertura que la posibilidad de transportar el petróleo por Ormuz seguía siendo determinante. Producir más no compensa por completo una ruta de exportación bloqueada.

Las perspectivas también divergían sobre el impacto macroeconómico inmediato. Natixis consideraba moderado el efecto del conflicto sobre los mercados y la economía estadounidense, en parte porque Estados Unidos e Israel no buscaban dañar la infraestructura petrolera iraní y la OPEP+ planeaba aumentar su producción en abril. No es una garantía de que el shock vaya a ser breve: refleja una hipótesis sobre los objetivos del conflicto y sobre la oferta disponible. El rango entre esa lectura y los escenarios más extremos explica por qué conviene separar previsiones centrales de riesgos de cola.

Las defensas amortiguan el golpe, pero no lo borran

Las reservas estratégicas pueden ayudar a cubrir una interrupción temporal y a reducir el miedo a una escasez inmediata. Los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía deben mantener reservas equivalentes, como mínimo, a 90 días de importaciones netas. La organización contaba, según los datos incluidos en el artículo original, con más de 1.200 millones de barriles en reservas públicas y alrededor de 600 millones adicionales en existencias de la industria. El G7 había debatido una posible liberación coordinada de crudo en respuesta a la tensión.

Esas reservas funcionan como un puente, no como una nueva fuente permanente de petróleo. Pueden aportar oferta mientras se restablece el tráfico marítimo y enviar una señal al mercado, pero su capacidad es limitada frente a una interrupción extensa. Además, liberar existencias no soluciona por sí mismo los problemas de seguros, transporte o acceso a las terminales de exportación. Comprar tiempo puede contener un shock; no elimina su causa.

La fortaleza inicial de la economía también cuenta. Las previsiones de crecimiento del 2,2% del Banco de España y del 2,3% del FMI citadas en el artículo original sugerían que España partía con cierta inercia. Una economía que crece y mantiene actividad en sectores como los servicios y el turismo puede absorber mejor un sobresalto breve que otra que ya está debilitada. Pero esas proyecciones son anteriores a cualquier impacto completo de un shock prolongado y no deben leerse como una promesa de crecimiento garantizado.

La resistencia española, por tanto, tiene dos caras. Una generación eléctrica más renovable reduce parte de la exposición y una actividad económica dinámica proporciona margen; la dependencia del petróleo para el transporte deja un canal de transmisión amplio. El país puede esquivar una recesión ante un episodio corto y, aun así, sufrir una desaceleración importante si el barril permanece caro.

El verdadero umbral es la persistencia del shock

Un escenario de repunte brusco seguido de una normalización del tráfico por Ormuz sería doloroso, pero no implicaría necesariamente una recesión española. Podría traducirse en carburantes más caros, inflación temporalmente mayor y revisiones a la baja del crecimiento. El daño sería más serio si el petróleo se mantuviera entre 110 y 130 dólares durante varios meses, especialmente si el gas también subiera y el euro perdiera valor frente al dólar.

Si el Brent superara los 130 dólares durante un periodo prolongado y coincidiera con interrupciones energéticas, costes de financiación altos y una demanda europea débil, el riesgo aumentaría de forma sustancial. No porque 130 sea una frontera automática, sino porque cada factor reduciría el margen de respuesta de hogares, empresas y autoridades. La recesión se vuelve más plausible cuando varios frenos actúan a la vez.

La pregunta económica relevante no es, por tanto, qué ocurre el día en que el barril toca 120 dólares. Es si la subida se convierte en una condición duradera que altera las decisiones de consumo, inversión y política monetaria. En una economía conectada a los mercados globales, el petróleo no necesita desaparecer para causar daño: basta con que mantener en marcha el transporte y la producción resulte cada vez más caro.

España cuenta con más generación renovable y con previsiones de crecimiento que ofrecen cierto colchón, pero sigue expuesta al coste de mover mercancías y personas. Un máximo puntual no equivale a una recesión; un shock prolongado sí puede cambiar el tono de todo el año. Entre ambos extremos se juega la diferencia entre un susto energético y una crisis que termine frenando la actividad.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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