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¿Lula o Flávio Bolsonaro? Brasil vuelve a votar entre dos bloques
Brasil entra en campaña con Lula y Flávio Bolsonaro casi empatados, entre condenas, herencias políticas y una polarización que no da tregua.

Brasil entra oficialmente este domingo, 16 de agosto, en una campaña presidencial que tiene algo de estreno y bastante de repetición. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro aparecen separados por apenas tres puntos en una hipotética segunda vuelta: 43% para el presidente y 40% para el senador, una diferencia comprendida dentro del margen de error de la última encuesta de Quaest. El apellido Bolsonaro vuelve a plantarse frente a Lula, aunque esta vez el candidato no es Jair sino su hijo mayor.
Y conviene aclarar desde el principio la parte que puede resultar desconcertante vista desde fuera de Brasil. Sí, Lula estuvo en prisión: pasó 580 días encarcelado entre 2018 y 2019 tras ser condenado por corrupción y blanqueo de dinero en procesos de la operación Lava Jato. Aquellas condenas fueron posteriormente anuladas por el Tribunal Supremo brasileño al considerar que el juzgado federal de Curitiba que las dictó no tenía competencia para esos casos; en otra resolución, el Supremo también declaró parcial al entonces juez Sergio Moro en el proceso del tríplex de Guarujá. Lula recuperó sus derechos políticos y pudo presentarse a las elecciones de 2022. No existe, por tanto, una condena penal vigente que permita describir jurídicamente al actual presidente como condenado por aquellos casos.
La situación de Jair Bolsonaro es distinta. El expresidente fue condenado en septiembre de 2025 a 27 años y tres meses de prisión por cinco delitos relacionados con la trama para impedir la transferencia democrática del poder después de perder las elecciones de 2022. Comenzó a cumplir la condena meses después y permanece en arresto domiciliario por motivos médicos, por decisión judicial. Está además inhabilitado electoralmente. Así que no: Lula y el Bolsonaro que ahora se presenta a las elecciones no son dos antiguos presos enfrentándose en las urnas. El candidato es Flávio Bolsonaro; Jair queda fuera de la papeleta, aunque su peso político siga siendo enorme.
Lula y Bolsonaro, otra vez, aunque Bolsonaro sea otro
La política brasileña parece haber desarrollado cierta afición por los apellidos recurrentes. Lula aspira a un cuarto mandato presidencial no consecutivo y comienza la campaña en São Bernardo do Campo, en el cinturón industrial de São Paulo, donde se convirtió en dirigente sindical durante los últimos años de la dictadura militar. El lugar está cargado de intención: allí están las huelgas obreras, el nacimiento político del antiguo tornero mecánico y buena parte de la mitología fundacional del Partido de los Trabajadores.
Flávio Bolsonaro hará casi lo contrario, aunque en realidad persigue la misma idea. Su primer gran acto será en Copacabana, Río de Janeiro, escenario clásico de las movilizaciones del bolsonarismo. Tiene 45 años, es senador y ha recibido el respaldo de su padre para heredar un movimiento construido alrededor de una figura profundamente personalista. La transición de un Bolsonaro a otro, claro, exige algo más que sustituir el nombre del cartel. Flávio necesita conservar la base de Jair Bolsonaro y, al mismo tiempo, seducir a quienes rechazaban precisamente al expresidente.
Por ahora lo está consiguiendo lo suficiente para convertir las elecciones en una carrera competitiva. Quaest sitúa a Lula con el 38% en primera vuelta y a Flávio con el 31%; Renan Santos y Ronaldo Caiado aparecen con un 4% cada uno y Romeu Zema, con un 2%. Si nadie supera la mitad de los votos válidos el 4 de octubre, los dos candidatos más votados pasarán a la segunda vuelta del 25 de octubre.
Un empate técnico que no significa un empate exacto
Aquí merece la pena hacer una precisión porque la expresión “empate técnico” suele viajar peor que una maleta sin ruedas. Lula tiene un 43% frente al 40% de Flávio en el escenario de segunda vuelta medido por Quaest. Numéricamente Lula va delante; estadísticamente, con un margen de error de dos puntos porcentuales, las franjas de ambos candidatos pueden solaparse. De ahí la expresión.
Más significativo quizá sea el movimiento. A comienzos de agosto, la misma empresa daba a Lula cinco puntos de ventaja en segunda vuelta, 44% frente a 39%. Ahora son tres. Las oscilaciones individuales permanecen dentro del margen de error, de modo que sería precipitado anunciar un terremoto político. Pero la fotografía de agosto deja una evidencia bastante menos espectacular y mucho más útil: Flávio Bolsonaro sigue plenamente dentro de la carrera y el bloque político creado por su padre conserva una capacidad electoral formidable.
Lula estuvo preso, pero su historia judicial no acaba ahí
El pasado penal de Lula seguirá apareciendo durante la campaña porque lleva años formando parte del combate político brasileño. En 2018 entró en prisión tras una condena relacionada con un apartamento tríplex que la acusación vinculaba a sobornos de empresas constructoras. Permaneció encarcelado 580 días y no pudo competir en las presidenciales de aquel año, que terminó ganando Jair Bolsonaro.
Lula salió de prisión en noviembre de 2019 después de que el Supremo modificara el criterio que permitía ejecutar una pena antes de agotar todos los recursos. Dos años más tarde llegó el giro decisivo: el alto tribunal anuló sus condenas porque el tribunal de Curitiba no era competente para juzgar aquellos asuntos. Por separado, declaró la parcialidad de Sergio Moro en el caso del tríplex. Moro, detalle nada menor en esta historia, había abandonado posteriormente la judicatura para convertirse en ministro de Justicia de Jair Bolsonaro.
Decir simplemente que Lula fue condenado por corrupción sin explicar qué ocurrió después ofrece media historia. Y las medias historias suelen disfrutar de una salud excelente durante las campañas electorales. Lo exacto es decir que fue condenado, encarcelado y que posteriormente aquellas condenas fueron anuladas. Lula siempre negó haber cometido los delitos que se le atribuían y, tras las resoluciones judiciales, recuperó plenamente sus derechos políticos.
Jair Bolsonaro sí cumple una condena por la trama golpista
La paradoja brasileña se hace más gruesa al mirar al otro lado. Jair Bolsonaro llegó al poder en 2019 después de unas elecciones en las que Lula no pudo participar por su situación judicial. Ocho años más tarde, es Bolsonaro quien está fuera de las urnas, mientras Lula ocupa la Presidencia y busca otro mandato. La política latinoamericana tiene a veces sentido del guion; delicadeza, bastante menos.
El Supremo brasileño condenó al expresidente por su participación en una trama destinada a impedir la continuidad del orden constitucional tras la victoria de Lula en 2022. Entre los delitos por los que fue condenado figuran el intento de golpe de Estado, la tentativa de abolición violenta del Estado democrático de derecho y la participación en una organización criminal armada. La pena quedó fijada en 27 años y tres meses. Bolsonaro niega las acusaciones y sostiene que ha sido víctima de una persecución política.
Comenzó a cumplir la condena en noviembre de 2025. Tras diversos problemas de salud relacionados en parte con las secuelas del apuñalamiento sufrido durante la campaña de 2018, la justicia autorizó su permanencia en arresto domiciliario. Su ausencia física de la campaña presidencial de 2026 no equivale, ni de lejos, a una ausencia política. Flávio Bolsonaro compite como heredero de su espacio electoral, de su discurso y de una maquinaria partidista que continúa girando alrededor del antiguo presidente.
Flávio Bolsonaro tampoco llega con el expediente impoluto
Eso no convierte automáticamente a Flávio en una prolongación judicial de su padre. El senador no ha estado en prisión y no tiene una condena penal equivalente a la de Jair Bolsonaro. Sí ha acumulado investigaciones y controversias durante su carrera. Una de las más conocidas fue el llamado caso de las rachadinhas, la sospecha de que parte de los salarios de trabajadores de su antiguo gabinete en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro terminaba retornando al entorno político. El Ministerio Público presentó una denuncia en 2020, pero varias pruebas fueron anuladas por decisiones judiciales y el procedimiento terminó archivado. Flávio siempre negó las acusaciones.
Más reciente y políticamente más incómoda ha sido su relación con Daniel Vorcaro, el banquero situado en el centro del escándalo del Banco Master. Flávio reconoció haber solicitado financiación privada para una película sobre su padre y también admitió haberse reunido con Vorcaro después de que el empresario hubiera sido detenido y posteriormente puesto en libertad bajo control electrónico. El senador niega cualquier irregularidad y sostiene que se trataba de un proyecto privado sin contrapartidas públicas.
El episodio golpeó temporalmente sus expectativas electorales, aunque las encuestas de agosto muestran que ha recuperado terreno frente a Lula. No parece, de momento, que el electorado brasileño esté dispuesto a convertir los antecedentes judiciales o las controversias de sus grandes dirigentes en un filtro automático. Cada bloque tiene su relato, sus agravios y, cómo no, su memoria selectiva. Una especialidad política bastante universal.
Trump, Milei y una campaña que también se juega fuera
Las elecciones brasileñas tampoco estarán encerradas dentro de sus fronteras. El Gobierno de Lula acusa a Estados Unidos de interferir en la política nacional después de los aranceles promovidos por la Administración de Donald Trump y de otras fricciones diplomáticas relacionadas con el proceso brasileño. Lula ha advertido sobre una posible presión estadounidense favorable al bolsonarismo, mientras Washington ha criticado actuaciones de la justicia brasileña contra Jair Bolsonaro.
Argentina ha añadido su propia cucharada. Javier Milei participó en julio en la proclamación política de Flávio Bolsonaro y atacó duramente a Lula, al que recordó por su paso por prisión y acusó de corrupción. El choque encaja en una batalla ideológica regional más amplia: Milei y el bolsonarismo mantienen afinidades políticas y una relación estrecha con el movimiento de Donald Trump, mientras Lula intenta presentarse como defensor de la soberanía institucional brasileña frente a las presiones exteriores.
No es un asunto decorativo. Brasil tiene más de 155 millones de electores convocados a las urnas y es la mayor economía de América Latina. Sus relaciones con Estados Unidos, China, Argentina y el resto de los BRICS convierten unas elecciones domésticas en un acontecimiento con consecuencias comerciales y diplomáticas bastante más allá de Brasilia. La primera vuelta será el 4 de octubre y, si ningún candidato obtiene la mayoría necesaria, la segunda se celebrará el 25.
Brasil vuelve a votar entre dos memorias enfrentadas
La campaña de 2026 empieza con una imagen extraña pero reveladora. Lula regresa al territorio donde nació su carrera sindical mientras Flávio Bolsonaro pisa la arena de Copacabana donde su padre convirtió las concentraciones multitudinarias en demostraciones de fuerza política. Uno mira hacia el Brasil obrero que dio origen al PT; el otro, hacia el movimiento conservador que Jair Bolsonaro transformó en un fenómeno nacional. Casi medio siglo de historia política resumido en dos escenarios.
Entre ambos queda un país donde el rechazo pesa casi tanto como la adhesión. En la encuesta publicada antes del inicio de la campaña, Lula conserva ventaja, pero no suficiente para dormir tranquilo; Flávio ha reducido distancias, pero todavía necesita ampliar su electorado más allá del bolsonarismo más fiel. La elección no enfrenta simplemente izquierda contra derecha, sino dos relatos sobre la democracia, la economía, la seguridad, el papel del Estado y, inevitablemente, sobre quién tiene derecho a contar el pasado.
Y ese pasado es precisamente lo que obliga a no meter a todos en el mismo saco. Lula estuvo preso y sus condenas fueron anuladas. Jair Bolsonaro fue condenado después por delitos distintos y cumple actualmente su pena en régimen domiciliario. Flávio Bolsonaro, su hijo, no ha estado encarcelado y compite legalmente por la Presidencia, aunque lleva consigo controversias propias y, sobre todo, un apellido imposible de separar de la historia reciente de Brasil. La urna decidirá qué pesa más: la memoria, el rechazo o el deseo de cambiar de etapa sin cambiar demasiado de protagonistas.

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