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¿Por qué Trump quiere portaaviones al estilo de la II Guerra Mundial?
Trump quiere recuperar el aspecto naval de la II Guerra Mundial y la Armada estudia cambios que podrían costar miles de millones de dólares.

Donald Trump quiere que los futuros portaaviones estadounidenses tengan una silueta más parecida a la de los grandes buques de la Segunda Guerra Mundial, y la Armada de Estados Unidos está estudiando un cambio que podría trasladar hacia delante la enorme torre de mando de los nuevos Ford. No es todavía una reforma aprobada. Es una posibilidad técnica que se examina por las preferencias del presidente y que podría costar miles de millones de dólares y añadir nuevos retrasos.
La historia tiene una segunda capa, más concreta. Trump sí ha dado una orden oficial para preparar la sustitución de las catapultas electromagnéticas EMALS y de los elevadores electromagnéticos de armas del futuro USS Doris Miller por sistemas de vapor e hidráulicos. El memorando presidencial, fechado el 13 de agosto de 2026, concede al Pentágono y a la Armada 60 días para presentar el plan. La posible mudanza de la torre, en cambio, no aparece en ese documento. Son dos cambios distintos que apuntan en la misma dirección: Trump desconfía de determinadas soluciones de los nuevos portaaviones y siente una conocida inclinación por tecnologías y formas navales más antiguas.
La «isla» del portaaviones que Trump quiere mover
La modificación que estudia la Armada afecta a una de las partes más reconocibles de cualquier portaaviones: la llamada isla, la estructura de varias plantas que sobresale sobre la cubierta y concentra funciones esenciales de mando, control de vuelo, navegación, comunicaciones y sensores.
En los portaaviones de la clase Gerald R. Ford esa estructura se encuentra relativamente retrasada. La propuesta evaluada consistiría en desplazarla más hacia delante, en dirección al centro del buque. Visualmente, la cubierta recordaría así más a determinados portaaviones estadounidenses de mediados del siglo XX. Funcionarios y exfuncionarios conocedores del asunto han descrito la evaluación como una respuesta a las preferencias estéticas de Trump.
Puede sonar a cambiar los muebles de sitio. No lo es. Estamos hablando de un gigantesco aeropuerto nuclear flotante cuyo diseño distribuye pesos, sistemas eléctricos, comunicaciones, tuberías, ascensores, zonas de estacionamiento de aeronaves y flujos de trabajo con una precisión que deja poco espacio para el capricho arquitectónico.
Mover la isla supondría una reconfiguración estructural profunda. Alteraría la distribución de pesos y podría tener consecuencias sobre la estabilidad, el equilibrio y numerosos sistemas internos. La Armada ya examinó una idea similar durante el primer mandato de Trump y aquel estudio concluyó que la modificación podría costar miles de millones y retrasar notablemente el programa.
Por qué la torre está tan atrás en los portaaviones Ford
La posición actual tampoco nació de una ocurrencia de los ingenieros. Situar la isla hacia popa, la parte trasera del barco, permite liberar una mayor superficie útil de cubierta cerca de las catapultas.
Esa superficie es oro en un portaaviones. Aviones que aterrizan, aparatos que esperan para despegar, helicópteros, tractores, personal de cubierta, munición y combustible conviven en un espacio donde cada metro cuenta y una mala distribución puede ralentizar toda una operación aérea.
Funcionarios vinculados al programa Ford sostienen que la configuración retrasada facilita el estacionamiento de aeronaves próximas a las catapultas y ayuda a acelerar los lanzamientos. También puede mejorar las aproximaciones al reducir determinadas turbulencias alrededor de los aviones que regresan al buque.
Ahí aparece la verdadera discusión. El asunto no enfrenta simplemente una estética moderna con otra vintage. Coloca frente a frente la preferencia presidencial y unas decisiones de ingeniería adoptadas para mejorar el funcionamiento de un buque que debe lanzar y recuperar aviones durante operaciones de combate.
Trump ya ha ordenado volver a las catapultas de vapor
Mientras la ubicación de la isla continúa bajo estudio, el presidente ha avanzado mucho más con otra de sus obsesiones navales.
El 13 de agosto firmó un memorando que ordena preparar el abandono del Electromagnetic Aircraft Launch System, conocido por sus siglas EMALS, en el USS Doris Miller, cuarto portaaviones previsto de la clase Gerald R. Ford. El mismo documento incluye la sustitución de los elevadores electromagnéticos de armamento por sistemas hidráulicos.
Trump lleva criticando las catapultas electromagnéticas desde al menos 2017. Prefiere las tradicionales catapultas de vapor utilizadas durante décadas por los portaaviones de la clase Nimitz. El argumento presidencial gira alrededor de la fiabilidad, la sencillez y el coste: tecnología probada frente a sistemas electrónicos que considera excesivamente complejos.
El problema es que el Doris Miller ya está en construcción y una parte considerable del trabajo asociado al nuevo sistema está hecha. El fabricante de EMALS ha advertido de que cambiar el diseño en este punto puede introducir riesgos importantes de integración, calendario y coste. Los trabajos relacionados con las catapultas y el sistema de frenado están, además, muy avanzados.
Qué cambia realmente entre vapor y electromagnetismo
Una catapulta de portaaviones hace algo brutalmente sencillo de describir y extraordinariamente difícil de ejecutar: acelerar un avión pesado hasta la velocidad necesaria para volar antes de que termine la cubierta.
Los sistemas tradicionales utilizan vapor a alta presión procedente de la planta del buque. EMALS emplea motores electromagnéticos lineales para producir una aceleración más controlada. Su diseño permite adaptar mejor la fuerza del lanzamiento a aeronaves de diferentes pesos y necesita menos personal para operar.
En el USS Gerald R. Ford, el nuevo sistema permitió reducir de forma notable el número de marineros necesarios para operar cada catapulta. También ocupa menos espacio y fue concebido para reducir mantenimiento y aumentar el ritmo de operaciones aéreas.
EMALS tuvo problemas durante el largo desarrollo del primer Ford, eso también es cierto. Los nuevos portaaviones acumularon sobrecostes, retrasos y dificultades técnicas que alimentaron las críticas de Trump. Pero la Armada ha defendido posteriormente el rendimiento conseguido por el sistema.
La ironía es difícil de ignorar: el propio memorando presidencial critica los constantes cambios de diseño por provocar sobrecostes y retrasos, mientras ordena estudiar una transformación sustancial de un portaaviones cuyo proyecto estaba avanzado. La construcción naval militar tiene esas pequeñas bromas administrativas que ningún astillero encuentra especialmente divertidas.
Cuánto podría costar rediseñar los portaaviones
Todavía no existe una cifra oficial cerrada para mover la isla de los futuros Ford. La información conocida habla de un impacto potencial de varios miles de millones de dólares, basándose tanto en la evaluación actual como en el estudio realizado durante el primer mandato de Trump.
La escala del programa ayuda a entender por qué cualquier retoque acaba adquiriendo dimensiones presupuestarias gigantescas. Estados Unidos contempla construir hasta diez portaaviones de la clase Ford durante las próximas décadas y las estimaciones para las futuras unidades se sitúan alrededor de los 22.000 millones de dólares por barco.
No se construyen en serie como automóviles. Cada modificación importante puede obligar a recalcular estructuras, rehacer planos, cambiar contratos, recolocar equipos, modificar cadenas de proveedores y volver a certificar componentes.
El primer USS Gerald R. Ford necesitó alrededor de 17 años desde el inicio de su construcción hasta alcanzar su desarrollo completo como buque operativo. Introducir cambios relevantes cuando otros barcos de la clase ya se encuentran en diferentes fases de fabricación plantea precisamente el riesgo que la industria naval estadounidense intenta evitar desde hace años: diseñar mientras se construye.
El USS Doris Miller queda en el centro de la batalla
El buque que concentra inmediatamente la atención es el USS Doris Miller, CVN-81, bautizado en honor al marinero afroamericano que destacó durante el ataque japonés a Pearl Harbor.
El Gerald R. Ford ya está en servicio. El futuro USS John F. Kennedy se encuentra más avanzado y el USS Enterprise continúa su proceso de construcción. La directiva presidencial sobre catapultas señala expresamente al Doris Miller como la primera unidad que debería incorporar los sistemas de vapor e hidráulicos si el plan termina ejecutándose. Los tres portaaviones anteriores quedarían fuera de esa conversión.
Otra cuestión es dónde empezaría una hipotética modificación de la isla. La Armada no ha precisado qué buques serían afectados, cuándo podría aprobarse el cambio ni hasta qué punto avanzará el estudio.
Y ese matiz importa. Trump no ha ordenado oficialmente trasladar la isla de los Ford. La Armada estudia su viabilidad. El memorando de seguridad nacional publicado por la Casa Blanca únicamente establece de forma expresa la planificación del regreso al vapor y la hidráulica en el CVN-81.
De la Segunda Guerra Mundial a la «Flota Dorada»
La preferencia de Trump por determinadas formas navales clásicas tampoco aparece de repente.
En diciembre de 2025 presentó su proyecto para una «Golden Fleet» o «Flota Dorada», encabezada por una nueva clase de grandes buques de guerra que la administración denomina acorazados. El primero recibiría el nombre de USS Defiant. Trump dejó entonces bastante clara su intención de implicarse personalmente en el diseño.
Ese proyecto mezcla una estética inspirada en los grandes barcos del siglo XX con armas que pertenecen, al menos sobre el papel, al arsenal del XXI: misiles hipersónicos, armas láser y misiles de crucero. La palabra «acorazado» tiene aquí bastante de símbolo. Los gigantes artillados que dominaron el imaginario naval durante décadas perdieron protagonismo precisamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los portaaviones demostraron que un avión podía atacar mucho más lejos de lo que alcanzaban los mayores cañones navales.
Trump, sin embargo, ha mostrado reiteradamente interés por la apariencia física de los barcos. Ha criticado el óxido visible en algunos buques, cuestionado diseños de fragatas y hablado abiertamente de hacerlos más atractivos. Su intervención en los portaaviones Ford encaja, pues, dentro de una visión naval donde la imagen, la tecnología y el simbolismo militar aparecen extrañamente entrelazados.
No necesariamente todo lo antiguo es peor. Las catapultas de vapor acumulan décadas de experiencia y millones de lanzamientos. Tampoco todo lo nuevo funciona a la primera, como comprobó dolorosamente el programa Ford. Pero en ingeniería naval la nostalgia tiene una limitación incómoda: cada elemento ocupa espacio, pesa toneladas y afecta a otros veinte.
Cuando la estética presidencial entra en el astillero
La imagen más llamativa es sencilla: Donald Trump observa los nuevos portaaviones estadounidenses y preferiría que recordasen algo más a los buques que surcaban el Pacífico hace ocho décadas. El problema empieza cuando esa preferencia abandona el dibujo y entra en el astillero.
Mover la isla de mando, sustituir sistemas electromagnéticos por vapor, recolocar maquinaria y modificar una clase de barcos nucleares diseñada para operar durante medio siglo no equivale a cambiar una carrocería. Cada decisión puede extenderse durante décadas y consumir miles de millones.
La Armada estadounidense se encuentra así ante una situación poco habitual incluso para Washington: estudiar hasta qué punto debe adaptar algunos de sus buques más complejos a las preferencias personales del comandante en jefe. Una parte de ese giro ya está escrita negro sobre blanco en un memorando presidencial. Otra, la más visual y quizá la más peculiar, continúa sobre la mesa de los ingenieros.
Los futuros portaaviones de Estados Unidos podrían acabar pareciéndose algo más a aquellos gigantes grises de 1944. Pero debajo de la silueta retro seguirían latiendo reactores nucleares, radares, aviones furtivos y una factura inequívocamente del siglo XXI.

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