Economía
¿Por qué los bancos centrales huyen del dólar y compran oro?

El dólar pierde peso en las reservas mundiales y el oro se dispara: claves del giro que mueve a bancos centrales y mercados internacionales.
Los bancos centrales llevan meses moviendo una pieza que normalmente se toca despacio, casi con guantes, y esa pieza es la composición de sus reservas. El cambio ya no se puede esconder detrás de una tabla técnica. El dólar sigue siendo la gran moneda de reserva del mundo, pero pesa menos que hace un año, mientras el oro gana espacio como activo de protección, de soberanía y de pura desconfianza preventiva. A cierre de 2024, el billete verde representaba el 57,8% de las reservas oficiales de divisas. En el tercer trimestre de 2025 bajó al 56,92%. No parece un derrumbe, ni lo es, pero en el lenguaje de los bancos centrales una caída así no es una anécdota: es una señal de que algo chirría en la arquitectura monetaria internacional.
El motivo principal está bastante claro. Muchos bancos centrales quieren depender menos de Estados Unidos, de su deuda, de sus ciclos políticos y del uso cada vez más visible de las finanzas como herramienta de presión geopolítica. Ahí el oro vuelve a entrar con fuerza porque cumple varias funciones a la vez: diversifica, protege frente a la depreciación del dólar, sirve como reserva física de valor y, sobre todo, se percibe como un activo mucho menos vulnerable a sanciones, bloqueos o giros bruscos de política. Ese movimiento, además, está ayudando a explicar el gran rally del metal amarillo, que en este arranque de 2026 llegó a rozar los 5.600 dólares la onza y, pese a una corrección reciente, sigue instalado en niveles que hace poco parecían ciencia ficción financiera.
El giro ya se ve en las reservas
Lo primero que conviene ordenar es el tablero. Las reservas internacionales no son una hucha ornamental ni una colección de activos elegidos por gusto. Son el colchón de seguridad con el que un banco central puede intervenir en el mercado de divisas, defender su moneda, cubrir pagos exteriores o transmitir una imagen de solvencia cuando el entorno se pone feo. Tradicionalmente, ese colchón se ha llenado con dólares, otras divisas fuertes, bonos soberanos y una porción más o menos estable de oro. Lo novedoso no es que el metal siga ahí. Lo novedoso es que ahora ocupa más sitio y lo hace con un sentido estratégico mucho más claro que hace unos años.
Los últimos datos globales dibujan bien ese desplazamiento. El FMI, a través de las estadísticas COFER, confirma que el dólar ha seguido cediendo cuota en la cesta mundial de reservas. Mientras tanto, el euro ha ganado algo de terreno, hasta situarse en torno al 20,33% en el tercer trimestre de 2025, y el renminbi chino sigue lejos de convertirse en alternativa real de masas, con un 1,93%. Lo llamativo no es solo lo que baja el dólar, sino que el hueco no lo llena una única moneda rival. Lo llenan varias cosas a la vez: oro, euro, otras divisas y una estrategia general de diversificación. En otras palabras, no hay un sustituto perfecto para el dólar, pero sí hay una voluntad creciente de repartir el riesgo.
Ese matiz importa. Porque la historia no va de un supuesto colapso inmediato del billete verde ni de un cambio de hegemonía de un día para otro. Va de algo mucho más realista y quizá más profundo: los bancos centrales ya no quieren estar tan concentrados en una sola pieza. El sistema monetario sigue siendo abiertamente dolarizado, pero la confianza automática se ha erosionado. Y cuando esa erosión aparece en instituciones que suelen moverse con una lentitud casi glacial, el mensaje vale doble. No hay pánico, pero sí hay recálculo. No hay fuga, pero sí hay distancia.
Quién compra y quién conserva el mando
El oro no está subiendo solo porque lo busquen fondos, especuladores o patrimonios privados. El gran motor del último ciclo es institucional. En 2025, las compras netas de oro por parte de los bancos centrales sumaron 863 toneladas, una cifra enorme aunque por debajo del umbral de más de 1.000 toneladas que se había visto en cada uno de los tres años anteriores. Aun así, sigue estando muy por encima de la media anual del periodo 2010-2021, que rondó las 473 toneladas. Dicho de otra manera: incluso con un precio disparado, los bancos centrales no han dejado de comprar. Han comprado menos que en el pico reciente, sí, pero siguen comprando mucho. Bastante.
Ese dato tiene otra lectura relevante. El Consejo Mundial del Oro lleva tiempo detectando que una parte importante de estas adquisiciones ni siquiera se comunica de inmediato, algo que encaja con la sensibilidad política y estratégica del asunto. No es raro. Las reservas oficiales son una materia delicada: hablan de seguridad nacional, de independencia monetaria y de cómo se prepara un país para un mundo menos estable. En el fondo, la compra de oro actúa como una declaración silenciosa. Nadie convoca una rueda de prensa para decir “me fío menos del dólar”, pero basta con mirar las bóvedas para entenderlo.
Ahora bien, una cosa es quién está comprando más y otra distinta quién sigue siendo el gran tenedor. En volumen acumulado, la Reserva Federal de Estados Unidos mantiene la mayor reserva oficial del mundo, con 8.133 toneladas. Por detrás aparecen el Bundesbank alemán, con 3.351 toneladas; el Banco de Italia, con 2.452; el Banco de Francia, con 2.437; el Banco de Rusia, con 2.335; y el Banco Popular de China, con unas 2.280 toneladas en los datos que venían manejándose a finales de 2025. Es una clasificación interesante porque demuestra que el oro nunca dejó de ser central, ni siquiera para el corazón del sistema occidental. Bajo la capa digital, debajo de los modelos y del ruido diario del mercado, siguen mandando los lingotes.
Polonia, Kazajistán, Brasil y China
Si se mira el flujo de compras y no el stock total, el protagonismo cambia. Polonia fue en 2025 el mayor comprador neto del mundo, con 102 toneladas añadidas por su banco central. Después aparecieron Kazajistán, con 57; Azerbaiyán, con 53; Brasil, con 43; y China, con 27. El caso polaco es especialmente expresivo porque el gobernador Adam Glapiński ha dejado claro que el país quiere elevar todavía más la presencia del oro en sus reservas por razones de seguridad nacional. Esa formulación no es retórica. Resume bastante bien el espíritu del momento: el oro ya no se compra solo para equilibrar balances, también se compra para blindarse.
Kazajistán es otro ejemplo revelador. Su banco central ha reforzado compras en un contexto de tensión global, volatilidad en materias primas y búsqueda de autonomía financiera. Brasil reapareció con fuerza en el mercado después de varios años sin movimientos destacados. Azerbaiyán elevó su exposición a oro en paralelo a una estrategia de fortalecimiento de reservas. Y China, que había sido observada con lupa por cada compra mensual, siguió acumulando, aunque a un ritmo más contenido que el que algunos analistas anticipaban. Pekín se mueve así: sin aspavientos, sin dramatizar, pero sin perder el hilo de una estrategia de largo plazo en la que el oro encaja como un complemento de su aspiración a reducir dependencia del sistema financiero dominado por Washington.
Hay otro detalle que no conviene pasar por alto. En la encuesta anual del Consejo Mundial del Oro a bancos centrales, el 73% de los encuestados esperaba que la participación del dólar en las reservas globales fuese moderadamente o significativamente menor dentro de cinco años. Es un dato tremendo por lo que sugiere. No habla solo del presente, habla de una tendencia anticipada por quienes gestionan estas carteras. Y si a eso se suma que crece el porcentaje de bancos centrales que gestionan activamente sus reservas de oro y que incluso aumenta el interés por almacenar más metal dentro del propio país, el cuadro queda bastante nítido: menos comodidad con el dólar, más atención al oro y más obsesión por el control directo.
Por qué el dólar empieza a perder peso
Aquí conviene apartar dos simplificaciones. La primera: no, el dólar no está dejando de ser la moneda central del planeta. Lo sigue siendo con mucha distancia. La segunda: tampoco basta con decir que el oro sube porque “hay miedo” y ya está. Lo que hay es una suma de factores muy concretos. El primero es político. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reactivado una percepción de imprevisibilidad en la política estadounidense, tanto comercial como exterior. No se trata solo de simpatías o rechazos ideológicos. Los bancos centrales valoran por encima de todo la estabilidad del emisor de la moneda en la que aparcan buena parte de sus reservas. Y en ese terreno, la política también pesa. Mucho.
El segundo factor es fiscal. La deuda federal de Estados Unidos seguía escalando y el 5 de marzo de 2026 se situaba ya en torno a 38,87 billones de dólares. No significa que el Tesoro estadounidense vaya a dejar de ser la gran referencia de liquidez global, ni mucho menos. Pero sí alimenta una duda persistente: cuánto margen tiene la mayor economía del mundo para seguir financiándose a esta escala sin desgaste sobre la moneda, sin tensiones sobre la curva y sin episodios de pérdida de confianza en ciertos tramos del mercado. La deuda de Estados Unidos no provoca un abandono del dólar, pero contribuye a que muchos gestores de reservas se hagan una pregunta sencilla: ¿tiene sentido estar tan concentrados en un emisor con semejante volumen de pasivo?
El tercer elemento es geopolítico. Durante los últimos años, Estados Unidos y sus aliados han utilizado cada vez más las sanciones financieras, la congelación de activos y el acceso al sistema del dólar como palanca de poder. Desde el punto de vista occidental, es una herramienta útil. Desde el punto de vista de muchos bancos centrales del resto del mundo, es una alerta. Porque significa que una parte de las reservas denominadas en dólares, o custodiadas dentro del circuito financiero occidental, puede estar más expuesta de lo que parecía en un escenario de choque diplomático serio. El oro, en cambio, ofrece otra naturaleza: es físico, universal, no depende del balance de otro Estado y, si está bien custodiado, da una sensación de control mucho mayor.
Deuda, sanciones y la sombra de Trump
Ese triángulo —deuda, sanciones y política estadounidense— ayuda a entender por qué varios analistas insisten en que el actual rebalanceo no es una moda financiera, sino una decisión defensiva de largo recorrido. Ignacio Cantos, director de inversiones en renta variable de ATL Capital, ha explicado que muchos bancos centrales, especialmente de economías emergentes, están elevando sus reservas en oro por la pérdida de confianza en el dólar y por la necesidad de diversificar frente a una divisa que durante años ocupó un peso excesivo en las carteras oficiales. La imagen que deja esa idea es muy gráfica: donde antes podía haber una cartera con un 60% o 70% en dólares, ahora empieza a verse una mezcla algo más repartida, con más oro, algo más de euro y un margen mayor para otras monedas.
En la misma línea, Joaquín Robles, analista de Banco BiG, ha señalado que el oro físico tiene un atractivo que hoy vale casi tanto como su cotización: es un activo mucho menos embargable y mucho menos vulnerable a sanciones que los instrumentos ligados a una divisa o a una infraestructura financiera concreta. Ese matiz no es menor. En el mundo de 2026, donde los bloques geopolíticos chocan más, donde Oriente Próximo vuelve a meter presión inflacionista sobre la economía global y donde el mercado reacciona a cualquier sobresalto con una velocidad brutal, el valor de lo neutral, de lo portable y de lo fuera del circuito político se dispara.
Por eso sería un error reducir todo esto a un simple rechazo a Trump o a un momento pasajero de debilidad del dólar. Lo que se está viendo es más estructural. Los bancos centrales quieren resiliencia, quieren activos que no dependan de la promesa de otro y quieren, también, algo muy básico: que su red de seguridad no esté concentrada en el mismo sitio del que puede venir un problema. El oro no sustituye al dólar, pero le quita una parte del monopolio psicológico que venía ejerciendo desde hace décadas.
El rally del oro ya afecta a todo el mercado
La otra cara del fenómeno está en el precio. El oro ha vivido una escalada potentísima en los últimos meses. En 2025 llegó a encadenar 53 máximos históricos y cerró un año en el que la demanda total mundial, incluyendo operaciones extrabursátiles, superó por primera vez las 5.000 toneladas. Al mismo tiempo, los ETF respaldados por oro aumentaron sus tenencias en 801 toneladas, el segundo mayor incremento anual de la serie. Todo eso empujó al metal a niveles nunca vistos. A comienzos de 2026 llegó a moverse cerca de los 5.600 dólares por onza. En la primera semana de marzo, tras una corrección provocada por el repunte del dólar y de la rentabilidad de la deuda estadounidense, seguía rondando los 5.149 dólares. Es decir, había aflojado algo, pero seguía instalado en una zona de precios altísima.
Eso importa por dos razones. La primera, obvia: un oro más caro refleja que el mercado está comprando cobertura, seguridad y diversificación a un ritmo poco común. La segunda, menos visible: confirma que las compras de bancos centrales no son un factor secundario, sino uno de los motores más robustos del ciclo alcista. Cuando una autoridad monetaria entra a comprar, no lo hace buscando un rebote de dos semanas. Compra con una lógica estratégica, a veces para años. Esa demanda es más pegajosa, más estable y más influyente sobre el equilibrio global del mercado.
Luego está el ruido del corto plazo. Esta misma semana, el oro ha tropezado algo porque el dólar se fortaleció con su mayor subida semanal en más de un año, un movimiento alimentado por la búsqueda de refugio en plena tensión geopolítica y por el repunte de los rendimientos del bono estadounidense. Es una paradoja clásica del mercado: a veces el oro y el dólar compiten por el mismo papel defensivo. Pero esa rivalidad táctica no cambia el cuadro de fondo. De hecho, que el oro corrija un poco después de una subida descomunal y siga muy por encima de los 5.000 dólares refuerza la idea de que la tendencia estructural sigue intacta.
También merece una lectura más amplia el comportamiento del resto de actores. Cuando el oro gana tamaño en las reservas oficiales, no solo se encarece el metal: cambia la forma en que se valora el riesgo global. El mercado entiende que las instituciones más prudentes del planeta están viendo algo incómodo. No compran oro por nostalgia, ni porque un lingote tenga fotogenia, ni porque estén fantaseando con volver al patrón oro. Lo compran porque, en un momento de deuda elevada, fragmentación geopolítica, guerra, sanciones y dudas sobre la estabilidad futura del dólar, el metal ofrece algo que casi ningún otro activo da con la misma potencia: seguridad sin promesa ajena.
El mensaje que dejan las bóvedas
La conclusión real de esta historia no está en una frase rimbombante, sino en una imagen bastante seca: las bóvedas oficiales del mundo se están llenando de más oro mientras el dólar pierde unos gramos de autoridad relativa. Eso no anuncia el fin del billete verde. Sería exagerado y falso. El dólar sigue siendo la gran moneda global, la más líquida, la más usada, la que sostiene el corazón del sistema financiero internacional. Pero sí anuncia otra cosa, más sutil y más seria: su supremacía ya no se considera incuestionable. Y esa diferencia es enorme.
Lo que están haciendo los bancos centrales es comprar margen, comprar autonomía y comprar protección. Los protagonistas del movimiento —Polonia, Kazajistán, Azerbaiyán, Brasil, China y otros bancos centrales que van detrás con menos ruido— no están improvisando. Están adaptando sus reservas a un mundo donde la moneda dominante sigue siendo el dólar, sí, pero donde depender demasiado de una sola divisa empieza a parecer una temeridad innecesaria. Al mismo tiempo, los grandes tenedores históricos —Estados Unidos, Alemania, Italia, Francia, Rusia, China— recuerdan que el oro nunca desapareció del todo del núcleo del poder monetario. Simplemente había quedado más tapado por el brillo del dinero financiero y por la ilusión de estabilidad permanente.
Ahora esa ilusión se ha agrietado. La deuda estadounidense roza niveles descomunales, la política de Trump vuelve a introducir volatilidad en el centro del tablero, las sanciones han convertido la infraestructura financiera en un arma y el oro se ha reafirmado como el activo que mejor encarna la idea de reserva sin intermediario. Por eso el movimiento actual no es un simple ajuste técnico. Es una corrección de época. Lenta, desigual, todavía parcial, pero muy reveladora. En el lenguaje frío de los bancos centrales, que rara vez levantan la voz, comprar oro mientras reducen exposición al dólar equivale a una frase bastante contundente: mejor no tener todas las llaves en el mismo bolsillo.

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