Salud
¿Cómo pasó Italia de la dieta mediterránea a la obesidad infantil?
Italia presume de dieta mediterránea, pero la obesidad infantil golpea con fuerza, sobre todo en el sur. Estas son las razones del problema.

Italia conserva la postal de la dieta mediterránea, pero una parte de sus niños vive una realidad bastante menos idílica. En Campania, la región de Nápoles, el 43,2% de los escolares de 8 y 9 años presenta exceso de peso: un 24,6% tiene sobrepeso y otro 18,6% obesidad, incluida la obesidad grave. La distancia respecto al conjunto del país es enorme y explica por qué el sur italiano se ha convertido en uno de los puntos más delicados del mapa europeo de obesidad infantil.
La respuesta no está en que la dieta mediterránea haya dejado repentinamente de ser saludable. Más bien ocurre lo contrario: muchas familias ya no comen según ese modelo, aunque vivan precisamente en la tierra donde nació. Se han multiplicado los alimentos muy calóricos, los tentempiés, las bebidas azucaradas y las horas frente a una pantalla, mientras el consumo de fruta, verdura y legumbres queda por debajo de lo recomendable. El viejo Mediterráneo sigue en los libros de nutrición; en algunos hogares, bastante menos.
La paradoja italiana tiene cifras, y son incómodas
El caso de Salvatore, un adolescente de 17 años de Ponticelli, en la periferia de Nápoles, ha puesto rostro al problema. Pesa alrededor de 170 kilos, tiene dificultades para caminar y ni siquiera puede realizar con normalidad gestos cotidianos como atarse los cordones. Los médicos del hospital Betania intentan que pierda suficiente peso antes de que pueda someterse con seguridad a una intervención bariátrica.
Es una historia extrema, obviamente, pero el paisaje estadístico que hay detrás no es una anécdota. La vigilancia sanitaria italiana OKkio alla SALUTE, coordinada por el Instituto Superior de Sanidad, examinó en 2023 a más de 46.000 alumnos de tercero de primaria. En el conjunto de Italia, el 19% tenía sobrepeso y el 9,8% obesidad, incluida una proporción del 2,6% con obesidad grave. El organismo señala además una diferencia geográfica muy marcada: las regiones meridionales presentan los valores más elevados.
Conviene introducir aquí un matiz importante, porque las epidemias mediáticas a veces corren algo más deprisa que las estadísticas. Italia no está viviendo un crecimiento lineal e imparable del sobrepeso infantil a escala nacional. De hecho, el sobrepeso entre los escolares estudiados bajó del 23,2% registrado en 2008-2009 al 19% de 2023, y la obesidad pasó del 12% al 9,8%. Desde 2014, sin embargo, el descenso de la obesidad prácticamente se ha detenido.
El problema italiano es, por tanto, más sutil y quizá más preocupante: una tasa nacional todavía elevada, un estancamiento de la mejora y bolsas territoriales donde el exceso de peso alcanza dimensiones extraordinarias.
Campania muestra hasta dónde puede llegar la brecha
En Campania, el 6% de los niños examinados en 2023 tenía obesidad grave, el 12,6% obesidad y el 24,6% sobrepeso. Sumados, representan ese 43,2% de exceso de peso. La situación ha mejorado apenas un punto respecto al 44,2% de 2019. No es precisamente un derrumbe estadístico del problema.
Las cifras cambian también según las circunstancias familiares. Cuando al menos uno de los padres tiene obesidad, el porcentaje de niños con obesidad alcanza el 28% en la muestra de Campania. El riesgo disminuye conforme aumenta el nivel educativo de la madre y crece cuando los menores duermen menos horas. Son asociaciones, no sentencias biológicas, pero dibujan algo que los especialistas llevan años observando: el peso infantil también tiene geografía, renta, educación y entorno.
Ponticelli condensa buena parte de esa realidad. Es un barrio popular de la periferia oriental napolitana donde los médicos están recibiendo pacientes con obesidad severa a edades que hace años resultaban menos habituales. Sonja Chiappetta, especialista del hospital Betania, lleva alrededor de 15 años tratando estos casos y ha relatado cómo adolescentes de 16 o 17 años presentan cuadros que antes veía sobre todo en adultos.
La dieta mediterránea sigue viva, pero no basta con vivir en Italia
Aquí está probablemente el equívoco más interesante. Comer mediterráneo no significa desayunar un producto industrial, tomar una bebida azucarada, comer un enorme plato de pasta, merendar bollería y añadir una ensalada testimonial en la cena porque había que poner algo verde.
La dieta mediterránea tradicional se construyó alrededor de verduras, legumbres, cereales, fruta, aceite de oliva, frutos secos y pescado, con cantidades moderadas de otros alimentos. El modelo estudiado durante el siglo XX en el sur de Europa estaba también vinculado a una vida cotidiana mucho más activa. La modernidad mantuvo el nombre y cambió buena parte del contenido.
El investigador Valter Longo, director del Longevity Institute de la Universidad del Sur de California, sostiene que solo una minoría de italianos sigue realmente el patrón tradicional. Para explicar la deriva alimentaria utiliza una fórmula deliberadamente sencilla: las cinco «p», por pizza, pasta, patatas, proteínas y pane, pan en italiano. No porque esos alimentos sean veneno —la pasta no ha declarado la guerra a la infancia—, sino porque desplazan otros alimentos y pueden terminar formando una dieta demasiado energética y poco variada cuando se consumen de determinada manera.
Y la pizza tampoco es una unidad nutricional inmutable. Una masa sencilla con tomate puede terminar cubierta de patatas fritas, salchichas, salsas y otros ingredientes densos en calorías. El plato conserva el pasaporte italiano; nutricionalmente, el viaje ha sido otro.
Comer todo el día también cuenta
Los datos nacionales permiten salir del terreno de las impresiones. En 2023, el 10,9% de los escolares italianos no desayunaba, mientras otro 36,5% realizaba un desayuno considerado inadecuado. El 66,9% tomaba una merienda de media mañana demasiado abundante. Uno de cada cuatro no consumía fruta o verdura diariamente y el 24,6% tomaba cada día bebidas azucaradas o con gas.
Hay detalles pequeños que, acumulados, dejan de ser pequeños. El 52,9% consumía aperitivos dulces más de tres días por semana y el 37% tomaba legumbres menos de una vez semanalmente. La dieta mediterránea, vista desde ahí, empieza a parecerse a una vieja fotografía familiar colgada sobre una cocina que funciona de otra manera.
En Campania el patrón es todavía más áspero. Solo el 11,3% de los niños estudiados tomaba fruta dos o tres veces al día y apenas el 6,5% hacía lo mismo con la verdura. Un 19% comía verduras menos de una vez por semana o nunca.
Pantallas, colegios y menos movimiento
Reducir la obesidad infantil a la comida sería cómodo, pero incorrecto. El gasto energético también ha cambiado. En Italia, el 18,5% de los niños evaluados en 2023 no había realizado actividad física alguna durante el día anterior a la encuesta. El 45,1% pasaba más de dos horas diarias delante del televisor, el móvil, una tableta o los videojuegos.
Campania vuelve a separarse de la media. Allí, alrededor del 60% supera las dos horas diarias de pantalla durante los días lectivos y el 12,8% pasa cinco horas o más ante dispositivos electrónicos. Durante el fin de semana, el porcentaje que alcanza al menos cinco horas asciende al 59,2%.
La transformación urbana tampoco ayuda. Muchas escuelas italianas funcionan en edificios antiguos con instalaciones deportivas reducidas, especialmente en núcleos urbanos densos. En Campania, solamente el 22,2% de los niños había realizado actividad motora curricular en el colegio durante el día previo a la encuesta de 2023. Tres de cada cuatro llegaban al centro educativo utilizando transporte público o privado, no andando o en bicicleta. Menos movimiento cotidiano, en suma.
No hay, pues, un único culpable con bigote retorcido escondido detrás de una caja de galletas. Hay comida más energética, picoteo, sedentarismo, pantallas, poco sueño, desigualdad social y hábitos familiares que se refuerzan unos a otros.
Cuando el exceso de peso deja de verse como un problema
Hay otro dato particularmente revelador. En Campania, el 65,6% de las madres de niños con sobrepeso consideraba que su hijo tenía un peso normal o incluso bajo. Entre las madres de menores con obesidad, el 26,4% hacía la misma valoración. Y únicamente el 41,2% de las madres de niños con obesidad pensaba que su hijo comía demasiado. La percepción familiar del peso también forma parte del problema.
A escala nacional sucede algo parecido. El 45% de los niños con sobrepeso u obesidad era percibido por su madre como de peso normal o inferior al normal. Entre esas mismas familias, el 73% de las madres consideraba que la cantidad de comida ingerida por el menor no era excesiva.
No implica desinterés familiar. Más bien muestra cómo cambia la percepción cuando cambia el entorno: si muchos compañeros tienen un cuerpo parecido, lo excepcional termina pareciendo ordinario. Y también persiste en determinadas generaciones la vieja asociación entre un niño rollizo y un niño bien alimentado. Durante décadas, en una Europa marcada por el recuerdo de la escasez, aquella ecuación tenía una lógica cultural. En una sociedad de abundancia calórica, la misma idea puede jugar en contra.
Italia ha empezado a tratar la obesidad como una enfermedad
El enfoque institucional también está cambiando. Italia aprobó en octubre de 2025 la Ley 149/2025, que reconoce formalmente la obesidad como una enfermedad crónica, progresiva y recurrente y establece un marco nacional de prevención y atención. La norma sitúa expresamente la obesidad infantil entre los ámbitos prioritarios y rompe con la vieja idea de que todo puede reducirse a voluntad individual y disciplina frente al frigorífico.
Es un cambio relevante porque la obesidad no surge de una sola causa. Intervienen factores biológicos, ambientales, familiares, sociales y económicos. La Organización Mundial de la Salud mantiene la alarma en toda Europa: en su ronda de vigilancia 2022-2024, aproximadamente el 25% de los niños europeos de 7 a 9 años tenía sobrepeso, incluida la obesidad, y un 11% vivía con obesidad. Las diferencias entre países son enormes.
Italia pertenece precisamente al grupo mediterráneo donde el exceso de peso infantil continúa siendo especialmente elevado, según la vigilancia internacional en la que participa el propio sistema sanitario italiano.
No deja de haber una ironía. El país que convirtió su cocina en patrimonio cultural y exportó al mundo la imagen del tomate, el aceite de oliva, las verduras y una mesa sin demasiadas prisas tiene que volver a enseñar parte de aquello dentro de sus propias escuelas.
El Mediterráneo no engorda; haberlo abandonado sí importa
La historia de los niños italianos con obesidad contiene una advertencia bastante universal: una tradición saludable no protege a quien deja de practicarla. Tener aceite de oliva en la despensa y tomates en el mercado no neutraliza cinco horas de pantalla, bebidas azucaradas, tentempiés continuos ni una dieta donde frutas, verduras y legumbres han quedado relegadas.
Tampoco toda Italia cabe dentro de Ponticelli. Los datos nacionales han mejorado respecto a comienzos de siglo y sería exagerado presentar al país entero como una gigantesca emergencia pediátrica. Pero Campania demuestra que existen territorios donde el problema sigue enquistado: más de cuatro de cada diez niños de 8 y 9 años tienen exceso de peso.
La paradoja, entonces, se entiende mejor. Italia no engordó porque la dieta mediterránea fracasara. Parte de sus niños engordaron mientras esa dieta se convertía en una marca global, aparecía en restaurantes de medio planeta y, paradójicamente, perdía terreno en algunas de las calles donde nació. El Mediterráneo seguía allí, azul y luminoso. Lo que había cambiado era lo que ocurría alrededor de la mesa.

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