Tecnología
¿EE.UU. podría bombardear centros de datos chinos para frenar la AGI?
Un informe de Jacob Stokes plantea incluso ataques contra centros de datos chinos si Pekín logra una ventaja decisiva en inteligencia artificial

Por Airman 1st Class Victor J. Caputo - U.S. Air Force, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Un exasesor de Obama plantea ataques si China se adelanta con la AGI
- El informe incluye sabotaje, ciberataques y fuerza militar como último recurso
- No existe un plan oficial de Washington para bombardear centros de datos chinos
Estados Unidos no ha aprobado un plan para bombardear centros de datos chinos ni existe constancia pública de que el Pentágono prepare un ataque semejante. Lo que sí ha aparecido, y no es precisamente una nota al pie, es un informe de Jacob Stokes, antiguo miembro del equipo de seguridad nacional de la Casa Blanca durante la Administración Obama, que plantea que Washington debería estudiar de antemano qué hacer si China estuviera a punto de conseguir antes una inteligencia artificial general, la llamada AGI.
Entre los escenarios analizados figuran la presión diplomática, el espionaje, el sabotaje informático y, en el extremo más peligroso, ataques militares contra la infraestructura física que sostendría esos sistemas. Stokes llega a una formulación difícil de maquillar: los centros de datos pueden ser destruidos con armamento convencional. No lo presenta como una acción que Estados Unidos deba ejecutar mañana, sino como una contingencia que los responsables de seguridad deberían ser capaces de evaluar antes de encontrarse con el problema encima de la mesa.
La diferencia parece pequeña hasta que uno imagina los misiles. No lo es. El documento no constituye doctrina oficial estadounidense y su autor trabaja actualmente en el Center for a New American Security, un influyente centro de estudios de Washington, no en el Gobierno. Aun así, que una posibilidad semejante haya abandonado los rincones más extravagantes del debate tecnológico y aparezca en un informe de política estratégica dice bastante sobre el lugar que empieza a ocupar la inteligencia artificial en la rivalidad entre Estados Unidos y China.
El informe que lleva la carrera de la IA al terreno militar
El documento, publicado el 27 de agosto bajo el título Superpowers and AGI, examina qué podría ocurrir si Estados Unidos o China desarrollaran primero una inteligencia artificial general. Stokes no asegura que la AGI esté a la vuelta de la esquina. De hecho, evita pronunciarse sobre cuándo aparecerá o incluso sobre la forma exacta que adoptaría. Parte deliberadamente de la hipótesis de que está próxima o ya existe y estudia qué decisiones podrían afrontar entonces las dos superpotencias.
Ese matiz importa porque el debate sobre la AGI suele mezclarse con predicciones tecnológicas bastante más firmes de lo que permite la evidencia. En términos sencillos, se habla de una inteligencia artificial capaz de alcanzar un rendimiento comparable al humano en una gama muy amplia de tareas, en lugar de destacar únicamente en programación, escritura, matemáticas, imágenes o análisis de datos. La definición de AGI sigue siendo discutida. También lo es la posibilidad misma de identificar un momento inequívoco en el que una IA haya cruzado esa frontera.
El informe contempla cuatro situaciones: que ambos países sigan persiguiendo la tecnología, que uno esté a punto de conseguirla, que solo uno disponga de ella o que finalmente la tengan los dos. Es en esos escenarios asimétricos donde empieza a aparecer la pólvora. Si China lograra una ventaja decisiva y Washington quedara rezagado, Stokes considera que Estados Unidos podría tratar de sabotear el sistema rival, infiltrarse físicamente, lanzar operaciones cibernéticas o intentar hacerse con la tecnología.
Del ciberataque a los misiles hay un trecho. Y un mundo
El salto final sería el ataque cinético, la expresión militar que convierte algo bastante sencillo —bombas y misiles destruyendo instalaciones— en dos palabras de despacho. Stokes reconoce que sería la alternativa con mayor riesgo de escalada y que bombardear instalaciones situadas en China atravesaría un umbral que Washington y Pekín no han cruzado en su relación contemporánea.
Ahí está precisamente la parte más inquietante del ejercicio. Un centro de datos no es una entidad abstracta flotando en «la nube». Detrás de un modelo avanzado hay edificios, redes eléctricas, refrigeración, conexiones de fibra y, sobre todo, miles o decenas de miles de procesadores especializados. La nube, al final, pesa toneladas. Consume electricidad. Hace ruido. Y ocupa coordenadas en un mapa.
Un ataque contra esa infraestructura sería muy distinto de las restricciones a la exportación de chips, las sanciones empresariales o incluso una operación informática clandestina. Sería una acción militar directa sobre territorio chino, con el riesgo evidente de represalias entre dos potencias nucleares. El propio autor insiste en que estudiar esta clase de posibilidades no equivale a recomendar alegremente su ejecución; pretende que los responsables políticos sepan qué información necesitarían, qué riesgos asumirían y dónde se encontrarían los límites.
Por qué la AGI preocupa tanto a Washington
El razonamiento del informe parte de una idea que va mucho más allá de tener un chatbot mejor. Una inteligencia artificial radicalmente más capaz podría acelerar investigación científica, programación, producción industrial, operaciones de inteligencia, ciberataques, diseño militar y toma de decisiones. Quien llegara primero podría obtener una ventaja tecnológica acumulativa: utilizar una IA superior para construir todavía mejores sistemas.
Pero Stokes también rebaja algunas de las versiones más apocalípticas de esta carrera. Conseguir la AGI primero no convertiría automáticamente a un país en dueño del mundo. La ventaja tecnológica tendría que transformarse en crecimiento económico, capacidad militar, influencia política o control de la información. Una máquina extraordinariamente inteligente que resulte prohibitivamente cara, difícil de desplegar o poco fiable podría tener menos valor estratégico del que sugiere el titular.
El informe identifica varios canales por los que una AGI podría alterar el equilibrio de poder: aumentar la productividad y la capacidad económica, ampliar el dominio del entorno informativo, generar nuevas herramientas militares, provocar problemas de pérdida de control y producir consecuencias políticas difíciles de anticipar. El viejo poder nacional —fábricas, dinero, soldados, aliados— no desaparece. Simplemente recibe un invitado nuevo y bastante imprevisible: la inteligencia artificial avanzada.
China avanza, pero la carrera está lejos de estar decidida
Estados Unidos continúa concentrando buena parte de los modelos más avanzados y de la infraestructura informática de frontera, aunque China ha reducido distancias y sus empresas han demostrado una creciente capacidad para desarrollar modelos competitivos con menos recursos y arquitecturas abiertas.
Las estimaciones disponibles han situado desde 2023 el retraso medio de los modelos chinos respecto a la frontera estadounidense en unos siete meses, con diferencias que han oscilado aproximadamente entre cuatro y 14 meses. Es una fotografía, no una ley física. El ritmo de la industria permite que una ventaja aparentemente cómoda se encoja en cuestión de lanzamientos.
Stokes introduce además otra corrección interesante al relato habitual. Según su análisis, la AGI no ocupa todavía en China el mismo lugar casi mítico que mantiene en una parte de Silicon Valley. Pekín promueve la inteligencia artificial como instrumento económico, industrial y estratégico, pero su ecosistema combina objetivos distintos y no necesariamente gira alrededor de una única carrera hacia la superinteligencia.
Eso no elimina la posibilidad de una sorpresa tecnológica. China posee una potente base industrial, investigación avanzada, un ecosistema creciente de chips propios y una posición especialmente fuerte en robótica y sistemas donde la IA abandona la pantalla y actúa sobre el mundo físico. Una ruptura inesperada en cualquiera de esas áreas podría alterar en poco tiempo las previsiones estadounidenses.
Los centros de datos se convierten en infraestructura estratégica
Hay un cambio de fondo que merece más atención que la frase sobre los bombardeos. Durante décadas, los gobiernos protegían puertos, refinerías, centrales eléctricas, telecomunicaciones y fábricas de armamento porque esas infraestructuras sostenían el poder económico y militar. La expansión de la IA está incorporando a esa categoría los grandes centros de computación.
El chip más avanzado sirve de poco sin electricidad; la electricidad, sin redes; los modelos, sin enormes instalaciones donde entrenarlos y ejecutarlos. De ahí que la política tecnológica estadounidense haya pasado años intentando limitar el acceso chino a determinados semiconductores y maquinaria de fabricación. La lógica del informe lleva ese razonamiento hasta un extremo incómodo: si la capacidad informática fuese considerada decisiva para la seguridad nacional, sus instalaciones físicas podrían terminar tratándose como activos estratégicos comparables a otras infraestructuras militares o industriales.
Es una pendiente resbaladiza. También reveladora. Durante años se vendió la inteligencia artificial como una competición por talento, algoritmos y capital. Poco a poco aparecen controles de exportación, espionaje tecnológico, seguridad energética, cadenas de suministro y planificación militar. El software ha terminado necesitando geopolítica en cantidades industriales.
Washington habla de ataques mientras prepara diálogo con Pekín
La paradoja resulta difícil de mejorar. Mientras un informe estadounidense estudia escenarios en los que la carrera por la AGI podría acabar en sabotajes o ataques físicos, Washington y Pekín mantienen abierta la necesidad de conversaciones bilaterales sobre seguridad de la inteligencia artificial.
Estados Unidos y China tienen razones evidentes para competir y otras igualmente evidentes para evitar que esa competición se vuelva incontrolable. Sistemas capaces de realizar operaciones cibernéticas de forma autónoma, producir desinformación a gran escala o acelerar determinadas investigaciones militares pueden crear incidentes antes de que exista una doctrina internacional clara para manejarlos.
Ese doble movimiento —rivalizar y hablar— no es nuevo. Estados Unidos y la Unión Soviética negociaban mecanismos de control nuclear mientras acumulaban cabezas atómicas. La comparación tiene límites enormes, empezando porque una AGI sigue siendo una categoría hipotética y una bomba nuclear es un objeto perfectamente identificable. Pero el reflejo político se parece: cuando una tecnología empieza a percibirse como capaz de alterar el equilibrio estratégico, aparecen al mismo tiempo la carrera, la disuasión y la negociación.
La IA entra en la vieja lógica de las superpotencias
La frase que ha convertido el informe de Stokes en noticia es espectacular: bombardear centros de datos chinos para impedir que Pekín obtenga primero la AGI. Sin contexto, parece el argumento de una película particularmente poco sutil. Con contexto sigue siendo extremo, pero significa algo bastante más preciso.
No existe una decisión estadounidense de atacar China por su inteligencia artificial. Existe una propuesta para que Washington prepare escenarios y determine de antemano hasta dónde estaría dispuesto a llegar si creyera que una ventaja tecnológica china amenaza profundamente su seguridad. Entre esas posibilidades aparecen primero la diplomacia, la inteligencia y el sabotaje; en el último peldaño, explícitamente, la fuerza militar.
Y quizá esa sea la noticia verdaderamente importante. La IA ha dejado de ser únicamente una discusión sobre productos tecnológicos, empleos o empresas multimillonarias. Empieza a hablarse de ella con el vocabulario reservado durante décadas a misiles, energía y armas nucleares: superioridad estratégica, sabotaje, disuasión y escalada. Los algoritmos todavía no han conquistado el mundo. Ya han conseguido, eso sí, que algunos estrategas empiecen a señalar edificios en el mapa.

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