Tecnología
Apple demanda a OpenAI: ¿qué secretos comerciales del iPhone reclama?
Apple acusa a OpenAI y a dos exempleados de apropiarse de secretos del iPhone para crear hardware propio. La disputa llega a los tribunales

Resumen
- Apple acusa a OpenAI de usar secretos del iPhone para crear hardware propio
- Dos exempleados están señalados por extraer archivos y datos confidenciales
- El caso puede afectar al futuro dispositivo de OpenAI y su relación con Apple
Apple ha demandado a OpenAI, a dos antiguos empleados y a la empresa de hardware io Products por una supuesta apropiación de secretos comerciales relacionados con dispositivos aún no presentados, métodos de fabricación, componentes electrónicos y proveedores. La compañía de Cupertino sostiene que esa información habría servido para acelerar el desembarco de la creadora de ChatGPT en el mercado de los aparatos de inteligencia artificial.
La demanda fue presentada el 10 de julio de 2026 ante el Tribunal de Distrito de Estados Unidos para el Norte de California. El expediente, identificado como Apple Inc. v. Liu, tiene 41 páginas y reclama medidas cautelares, una indemnización económica y el cese del supuesto uso de información confidencial. OpenAI niega la acusación y asegura que no tiene interés en los secretos comerciales de otras compañías.
Por ahora, conviene subrayarlo, solo se conoce la versión de Apple. Ningún tribunal ha determinado que se produjera el robo ni que OpenAI utilizara documentos obtenidos de forma ilícita. La diferencia no es menor: una demanda puede retratar una conducta con enorme detalle, pero la fotografía judicial no queda revelada hasta que aparecen las pruebas, las respuestas y, quizá, una sentencia.
Apple lleva al tribunal una pelea que ya venía calentándose
Los demandados son Chang Liu, antiguo ingeniero eléctrico sénior de sistemas de Apple; Tang Yew Tan, exvicepresidente de diseño de producto del iPhone y el Apple Watch; OpenAI Foundation; OpenAI Group PBC, e io Products. Tan ocupa ahora un puesto central en el desarrollo de hardware de OpenAI, mientras Liu se incorporó a la compañía después de trabajar ocho años en Apple.
La acusación no describe una fuga aislada ni el clásico archivo enviado por descuido a una cuenta personal. Apple habla de un patrón organizado de extracción de información, alimentado mediante contrataciones, entrevistas de trabajo, contactos con proveedores y accesos a documentación interna. Una maquinaria bastante menos romántica que la habitual leyenda de Silicon Valley, donde las ideas supuestamente nacen en un garaje entre cajas de pizza y jamás en una carpeta marcada como confidencial.
Apple afirma que contactó con OpenAI en febrero para comunicar sus sospechas y solicitar una conversación sobre el asunto. Según la demanda, no recibió respuesta. Meses después ha decidido convertir aquel silencio en un pleito federal de enorme alcance, justo cuando OpenAI intenta pasar de la pantalla al bolsillo, la mesa o cualquier otro lugar donde termine colocando su primer dispositivo físico.
Qué secretos dice Apple que salieron de Cupertino
La documentación supuestamente sustraída no se limitaría al diseño exterior de un futuro producto. Apple menciona especificaciones técnicas, presentaciones de ingeniería, placas electrónicas, procesos industriales, métodos de acabado de metales, estrategias de proveedores y datos de proyectos todavía no anunciados. Es decir, el esqueleto invisible del producto: aquello que el consumidor nunca ve, pero que permite fabricarlo millones de veces sin que la maquinaria cruja.
También sostiene que empleados de OpenAI habrían utilizado vocabulario interno de Apple para formular preguntas muy concretas a fabricantes habituales de la compañía. En uno de los episodios relatados, un proveedor habría aplicado una técnica reservada de acabado metálico creyendo que OpenAI contaba con autorización de Apple. Otro fabricante, especializado en baterías y sistemas de alimentación, habría recibido consultas dirigidas sobre determinados componentes.
El valor de esos datos no reside necesariamente en una gran revelación espectacular. A veces, un secreto industrial es algo mucho más gris: la temperatura adecuada para tratar un material, la tolerancia de una placa, el nombre del proveedor capaz de fabricar una pieza o el modo de evitar un fallo que ya costó meses de pruebas. Pequeños atajos. Y los atajos, en la industria tecnológica, pueden valer fortunas.
Chang Liu y los archivos descargados tras su salida
Según Apple, Chang Liu abandonó la empresa en enero de 2026, pero no devolvió inicialmente el ordenador portátil corporativo. La demanda afirma que aprovechó un fallo del sistema de autenticación para seguir entrando en la red interna y descargar decenas de archivos confidenciales relacionados con hardware, entre ellos una recopilación técnica de más de mil páginas.
Ese material incluiría documentación detallada sobre productos no lanzados, presentaciones internas, datos de proyectos y procesos de fabricación de placas de circuito. Apple sostiene que Liu, en lugar de comunicar la vulnerabilidad, comentó el acceso en mensajes privados con tono de broma. Una anécdota pequeña, casi banal, que dentro de una demanda de secretos comerciales adquiere el peso de una puerta dejada abierta en una cámara acorazada.
La compañía añade que Liu aconsejó a otra trabajadora de Apple sobre qué contenidos debía estudiar antes de entrevistarse con OpenAI. Esa parte será especialmente relevante durante el proceso, porque trata de vincular la conducta individual del ingeniero con un método de contratación más amplio y no únicamente con una iniciativa personal.
Tang Tan y unas entrevistas con piezas sobre la mesa
Las acusaciones contra Tang Yew Tan, conocido profesionalmente como Tang Tan, van más allá. Tras 24 años en Apple, donde participó en el diseño del iPhone, el Apple Watch y otros dispositivos, Tan habría enviado a su correo información sobre proveedores y resúmenes internos antes de marcharse. Apple afirma que posteriormente utilizó ese conocimiento para obtener más datos durante entrevistas de selección para OpenAI.
La demanda asegura que algunos candidatos todavía empleados por Apple recibieron instrucciones para llevar a las entrevistas componentes físicos, prototipos, archivos de diseño asistido por ordenador y muestras técnicas. Entre las piezas mencionadas figuran baterías, placas lógicas, blindajes y sistemas integrados. Uno de los candidatos, según los mensajes citados por Apple, llegó a mostrar su sorpresa porque desconocía que pudiera sacar aquellos elementos de la oficina.
Apple acusa además a Tan de preguntar por proyectos no anunciados utilizando nombres internos y de distribuir entre futuros empleados un documento reservado sobre los protocolos de seguridad que debían cumplir al abandonar la empresa. La tesis de Cupertino es evidente: conocer de antemano esos controles habría permitido esquivarlos con mayor facilidad. La defensa tendrá que ofrecer otra lectura, porque una demanda no convierte automáticamente una sospecha en un hecho probado.
De socios en Siri a rivales por el próximo dispositivo
Apple y OpenAI comenzaron a colaborar públicamente en 2024, cuando acordaron integrar ChatGPT en Siri y en los sistemas operativos del iPhone, el iPad y el Mac. El usuario podía derivar ciertas consultas al modelo de OpenAI sin abandonar el entorno de Apple. Era una alianza práctica: Cupertino necesitaba reforzar con rapidez su propuesta de inteligencia artificial y OpenAI obtenía acceso a una base gigantesca de dispositivos.
El equilibrio empezó a torcerse cuando OpenAI avanzó hacia el hardware. En 2025 compró por unos 6.500 millones de dólares io Products, la empresa fundada por el antiguo jefe de diseño de Apple, Jony Ive, junto con Tan y otros veteranos de Cupertino. Ive no figura personalmente como demandado, pero dirige el trabajo creativo del futuro aparato, un producto del que todavía se conocen más intenciones que formas.
OpenAI ha hablado de una nueva manera de relacionarse con la inteligencia artificial, alejada de las interfaces tradicionales. No ha confirmado que esté desarrollando un teléfono, aunque distintas hipótesis apuntan a un dispositivo portátil, un asistente doméstico o una categoría intermedia sin pantalla dominante. La directora financiera de OpenAI, Sarah Friar, señaló en abril que la compañía esperaba presentar hardware de consumo hacia finales de 2026.
Mientras tanto, Apple ha reforzado su relación con Google. Ambas compañías anunciaron en enero un acuerdo plurianual para utilizar modelos Gemini como base de futuras funciones de Apple Intelligence, incluida la nueva generación de Siri. Apple presentó en junio Siri AI y prevé ofrecer una versión beta a los usuarios compatibles durante la segunda mitad del año. La integración de ChatGPT no ha sido oficialmente eliminada, pero ya no ocupa el centro exclusivo de la estrategia.
La paradoja tiene cierto brillo de comedia corporativa. Apple recurrió a OpenAI para hacer más inteligente al iPhone y, apenas dos años después, acusa a su socio de utilizar conocimientos del iPhone para construir un posible rival. En Silicon Valley las alianzas duran mientras los mapas de negocio no se pisan. Después llegan los abogados, esa otra forma de innovación.
Lo que deberá demostrar Apple ante el juez
La movilidad laboral es una pieza esencial de Silicon Valley y, en California, contratar ingenieros procedentes de un competidor no constituye por sí mismo una conducta ilegal. Apple reconoce que más de 400 antiguos empleados suyos trabajan actualmente en OpenAI. Ese número impresiona, claro, pero no prueba nada por sí solo: las personas pueden llevarse su experiencia, sus habilidades y su memoria profesional. No pueden llevarse archivos protegidos ni utilizar información secreta obtenida mediante métodos indebidos.
Para que prospere la demanda, Apple deberá identificar con suficiente precisión qué información constituía un secreto comercial, acreditar que adoptó medidas razonables para protegerla y demostrar que fue adquirida, revelada o utilizada sin consentimiento. La legislación federal estadounidense permite solicitar medidas cautelares y daños cuando la información tiene valor económico por permanecer secreta y ha sido obtenida mediante robo, engaño, incumplimiento de confidencialidad u otros medios impropios.
OpenAI, por su parte, podrá discutir que los materiales fueran realmente secretos, negar que llegaran a sus sistemas, sostener que el conocimiento utilizado pertenecía a la experiencia general de los empleados o defender que sus desarrollos surgieron de manera independiente. Ahí estará el corazón del pleito. No en la cantidad de exempleados contratados, sino en la posible existencia de documentos, instrucciones, mensajes y piezas físicas capaces de trazar un camino desde los laboratorios de Apple hasta el proyecto de hardware de OpenAI.
Apple solicita una orden judicial que impida utilizar o divulgar la información, junto con una compensación económica cuya cuantía todavía no se ha concretado públicamente. También reclama por incumplimiento contractual contra sus antiguos trabajadores. El proceso puede obligar a las partes a revelar correos, dispositivos, registros de acceso y comunicaciones internas, aunque buena parte de ese material probablemente quede sometido a estrictas medidas de confidencialidad.
Una medida cautelar especialmente amplia podría retrasar el desarrollo o el lanzamiento del dispositivo de OpenAI si el tribunal considerara que existe riesgo de uso continuado de secretos. Sin embargo, para alcanzar ese escenario Apple necesitará algo más sólido que una cadena de sospechas. Tendrá que conectar los documentos, las personas y el producto. Sin huecos.
La batalla real está más allá del iPhone
El litigio llega cuando la inteligencia artificial empieza a buscar cuerpo. Hasta ahora, OpenAI necesitaba entrar en el mundo a través de ordenadores y teléfonos fabricados por otros; Apple, en cambio, controla el aparato, el sistema operativo, la tienda de aplicaciones y buena parte de la relación cotidiana con el usuario. Son dos modelos de poder distintos que comienzan a chocar en el mismo pasillo.
Para Apple, un dispositivo de OpenAI diseñado por antiguos responsables del iPhone representa una amenaza peculiar: no tendría que vender más teléfonos que Cupertino para hacer daño, bastaría con desplazar algunas interacciones fuera de la pantalla y convertir a ChatGPT en la puerta principal hacia los servicios digitales. Para OpenAI, depender eternamente de iOS, Android y sus respectivas reglas significa vivir de alquiler en la casa de sus futuros rivales.
La demanda no demuestra todavía que OpenAI construyera su proyecto con secretos del iPhone. Sí demuestra algo más inmediato: la antigua colaboración ha entrado en territorio hostil. El socio que ayudaba a Siri a responder preguntas es ahora acusado de rebuscar en los cajones industriales de Cupertino.
Queda por saber si Apple ha descubierto una operación coordinada o si ha reunido bajo una misma acusación varias conductas individuales. Esa frontera será decisiva. Una cosa es que un antiguo empleado conserve documentos que debía devolver; otra, bastante más grave, es que una compañía rival los solicite, los reciba y los convierta en ventaja industrial.
En Silicon Valley, donde todos celebran el talento compartido hasta que ese talento cruza la puerta con una carpeta bajo el brazo, el matiz entre innovación y apropiación acaba decidiéndolo un juez. Mientras tanto, Apple y OpenAI siguen compitiendo por algo más valioso que un dispositivo: quién controlará la conversación entre las personas y la inteligencia artificial.

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