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¿Alice Weidel es lesbiana? La contradicción política que rodea a AfD
Alice Weidel vive con una mujer, tiene dos hijos y dirige AfD, un partido que defiende la familia tradicional y rechaza parte del discurso queer.

Foto: Elekes Andor / Wikimedia Commons — Trabajo propio, CC BY 4.0.
Resumen
- Alice Weidel es lesbiana y vive con una mujer junto a sus dos hijos
- Rechaza definirse como queer y separa su orientación de esa identidad política
- Su familia contrasta con el modelo tradicional que AfD sigue defendiendo
Sí. Alice Weidel es una mujer homosexual y mantiene desde hace años una relación con otra mujer, con la que forma una familia y tiene dos hijos. La propia AfD, lejos de ocultarlo, recoge oficialmente que su copresidenta vive en una pareja registrada y es madre de dos hijos. Weidel ha hablado públicamente de su relación en numerosas ocasiones.
Y no, eso no impide que sea una de las figuras más poderosas de la ultraderecha alemana. No existe una incompatibilidad automática entre ser lesbiana y sostener posiciones conservadoras, nacionalistas o radicales. La orientación sexual no viene acompañada de una papeleta electoral preimpresa. El verdadero choque aparece en otro sitio: entre la vida familiar de Weidel y parte del discurso político que defiende el partido que dirige.
Alice Weidel sí vive en una relación homosexual
La frase que convirtió a Weidel en protagonista de titulares llegó durante una entrevista de verano de la ARD en septiembre de 2023. Al ser interpelada por las posiciones de AfD respecto al colectivo LGTBI, respondió con una formulación que parecía diseñada para incendiar las redes: «No soy queer, sino que estoy casada con una mujer».
No estaba negando que mantuviera una relación homosexual. Estaba rechazando la palabra «queer» y, sobre todo, lo que ella entiende como la dimensión política y cultural asociada al término. Weidel añadió entonces que conocía a su pareja desde hacía unos veinte años, que ambas tenían dos hijos y que no se sentía discriminada por ser lesbiana.
Su vida privada, por tanto, no es un secreto incómodo escondido bajo la alfombra del partido. Su relación es conocida desde hace muchos años. En 2026, cuando AfD volvió a elegirla como copresidenta junto a Tino Chrupalla, la propia formación seguía describiéndola oficialmente como una mujer que vive en pareja registrada y es madre de dos hijos.
«No soy queer» no significa «no soy lesbiana»
Aquí está buena parte del malentendido. Lesbiana y queer no son necesariamente sinónimos cuando hablamos de la identidad que una persona elige para definirse.
«Queer» funciona habitualmente como un término paraguas que puede abarcar distintas orientaciones sexuales e identidades de género. Pero también posee una historia política, cultural y activista con la que determinadas personas homosexuales no se identifican. Una mujer puede mantener relaciones exclusivamente con mujeres y, aun así, rechazar para sí misma la etiqueta queer.
Eso es, básicamente, lo que hace Weidel.
La dirigente alemana separa su homosexualidad de lo que considera una identidad política colectiva. En aquella entrevista criticó las políticas de género del Gobierno alemán y cargó especialmente contra determinadas cuestiones relacionadas con las personas trans y con la presencia de esos debates en colegios y guarderías. La distancia que intenta marcar no es sexual, sino ideológica.
Puede resultar paradójico, pero no es difícil de entender: Weidel trata su orientación sexual como un asunto privado y rechaza que esta la sitúe automáticamente dentro de un movimiento político o cultural determinado.
El choque está en el programa de AfD
La contradicción más interesante aparece cuando se deja de mirar el dormitorio —metafóricamente hablando— y se abre el programa político de AfD.
El partido ha situado durante años la familia formada por padre, madre e hijos como referencia de su política familiar y mantiene un discurso profundamente crítico con la llamada ideología de género. En su programa para las elecciones federales de 2025 volvió a otorgar un peso central a la familia, la natalidad y los modelos familiares tradicionales.
La imagen no coincide precisamente con la casa de su copresidenta.
Weidel comparte su vida con una mujer y ambas crían a dos hijos. Su hogar constituye, en términos cotidianos, una familia homoparental, mientras el partido que ella lidera concede una posición preferente al modelo compuesto por padre y madre.
Ahí sí existe una tensión política bastante evidente.
AfD lleva años defendiendo la llamada familia tradicional como modelo rector. También se opuso a la apertura del matrimonio a parejas del mismo sexo cuando Alemania aprobó el matrimonio igualitario en 2017. El Bundestag legalizó aquel año el matrimonio entre personas del mismo sexo por una amplia mayoría parlamentaria.
Una vida privada que desborda el molde del partido
Weidel ha conseguido convivir con esa contradicción sin demasiadas dificultades internas. Es más: su poder dentro de AfD ha crecido.
Entró en el Bundestag en 2017, dirige el grupo parlamentario junto a Chrupalla desde 2021 y es copresidenta federal del partido desde 2022. En julio de 2026 volvió a ser elegida para dirigir AfD, confirmando una posición que hace tiempo dejó de ser provisional.
Su perfil rompe otros clichés habituales sobre la extrema derecha europea. Es economista, vivió y trabajó durante años fuera de Alemania, habla mandarín y su pareja nació en Sri Lanka. Su trayectoria personal resulta poco convencional dentro de una formación marcada por el nacionalismo, las políticas antimigratorias y una concepción tradicional de la familia.
Eso no convierte sus posiciones políticas en moderadas ni demuestra que AfD haya abandonado su programa sobre familia, género o inmigración. Simplemente recuerda algo bastante elemental que a veces se pierde en las trincheras de internet: las personas no son reproducciones exactas de los programas de sus partidos.
Un político puede pertenecer a un colectivo y defender políticas rechazadas por buena parte de ese mismo colectivo. Ha ocurrido con mujeres contrarias a determinadas reivindicaciones feministas, trabajadores partidarios de políticas económicas poco favorables a los sindicatos o inmigrantes que reclaman restricciones severas a nuevas migraciones. La identidad personal y la ideología no caminan siempre cogidas del brazo.
AfD es ultraderecha; «neonazi» exige más precisión
Aquí conviene afinar las palabras. AfD puede describirse con rigor como un partido de ultraderecha, denominación utilizada ampliamente para situar su ideología y su posición en el sistema político alemán. Otra cosa es utilizar «neonazi» como equivalente automático para Alice Weidel.
No son términos intercambiables.
El neonazismo implica una vinculación mucho más concreta con la ideología nazi histórica o con movimientos que pretenden recuperarla. No existe base suficiente para presentar a Weidel personalmente como neonazi como si fuera un hecho objetivo y establecido. Llamarla así sin atribución convierte una categoría política específica en un insulto genérico y, de paso, empobrece la información.
La situación jurídica de AfD tampoco admite atajos. El servicio de inteligencia interior alemán elevó en mayo de 2025 la consideración del partido federal a organización de extrema derecha confirmada, pero esa clasificación quedó suspendida mientras se litigaba. En febrero de 2026, un tribunal de Colonia volvió a impedir provisionalmente que el organismo tratara al conjunto de AfD como organización extremista confirmada hasta que se resuelva el procedimiento principal.
La decisión judicial no convirtió a AfD en un partido moderado ni borró las dudas de las autoridades sobre algunos de sus discursos. El tribunal apreció una sospecha considerable de comportamientos contrarios al orden constitucional, pero consideró insuficiente la base disponible para extender aquella clasificación al partido federal en su conjunto.
Todo ocurre, además, mientras AfD amplía su peso electoral. En las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt de septiembre de 2026 consiguió cerca del 44 % de los votos y 39 de los 83 escaños, un resultado histórico que colocó a la formación como primera fuerza del estado y volvió a sacudir el tablero político alemán.
Weidel ya no dirige una formación testimonial situada en una esquina del Bundestag. Encabeza una fuerza capaz de ganar unas elecciones regionales y de condicionar el debate nacional alemán, aunque el resto de grandes partidos siga rechazando acuerdos de gobierno con AfD.
La paradoja de Weidel explica más de lo que parece
Alice Weidel es lesbiana. Ese dato está fuera de discusión. También lidera Alternative für Deutschland, una formación de ultraderecha que mantiene posiciones muy duras contra buena parte de las políticas asociadas al movimiento LGTBI, especialmente en materia de género y transexualidad, y que continúa presentando la familia tradicional como referencia política.
Lo aparentemente imposible, entonces, no lo es tanto.
Weidel no niega su relación con una mujer. Niega que esa relación tenga que convertirla políticamente en «queer», progresista o defensora del conjunto de reivindicaciones LGTBI. Es una distinción deliberada y coherente con la imagen que lleva años construyendo: homosexual en su vida privada, conservadora en cuestiones culturales y dirigente de una derecha nacionalista radical.
La contradicción existe, pero es política, no matemática. Su propia familia se aleja del ideal familiar que AfD proclama, mientras ella sostiene que ambas cosas pueden convivir. Y, de momento, sus militantes parecen haber aceptado el peculiar equilibrio: en 2026 volvieron a entregarle las llaves del partido.
Una contradicción que cabe perfectamente en la política
La política tiene esas ironías. A veces el ejemplo que mejor demuestra que una sociedad admite distintos modelos familiares está sentado, precisamente, en la presidencia del partido que preferiría uno solo.












