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Naturaleza

¿Cómo afectó el alcantarillado destruido de Gaza al agua de Israel?

Cinco desalinizadoras israelíes pararon por una floración de algas que pudo verse agravada por aguas residuales sin tratar procedentes de Gaza.

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algas en mar de gaza

Resumen

  • Cinco desalinizadoras israelíes tuvieron que detener temporalmente su actividad
  • Las aguas residuales de Gaza pudieron agravar la proliferación de algas
  • Israel mantuvo el suministro recurriendo a reservas y otras fuentes de agua

El colapso del sistema de saneamiento de Gaza aparece como uno de los factores que pudieron agravar la excepcional proliferación de microalgas que obligó a detener temporalmente cinco de las seis grandes plantas desalinizadoras de Israel situadas en el Mediterráneo. No fue, según la información científica disponible, una simple corriente de aguas residuales viajando desde Gaza hasta unas instalaciones israelíes. El fenómeno resulta bastante más complejo: las algas parecen haberse originado en la zona del delta del Nilo y avanzaron hacia el norte, mientras el calor, las corrientes y una enorme cantidad de nutrientes presentes en el mar pudieron multiplicar su crecimiento.

Entre esos nutrientes están los procedentes de las aguas residuales sin tratar vertidas desde Gaza, donde el sistema de alcantarillado y depuración ha quedado gravemente dañado durante la guerra. Los científicos que han analizado el episodio consideran plausible y bien conocido el mecanismo biológico: nitrógeno y fósforo actúan como fertilizante para determinadas floraciones de microalgas. Gaza, por tanto, no sería necesariamente el origen de la floración, pero sí podría haber añadido combustible a un incendio microscópico que terminó llegando a las tomas de agua israelíes.

La consecuencia fue muy concreta. Las instalaciones de Ashkelon, Ashdod, Palmachim, Sorek A y Sorek B tuvieron que suspender o reducir su actividad en distintos momentos después de que una turbidez extraordinariamente alta hiciera inviable trabajar con normalidad. Hadera, situada más al norte, fue la gran planta que consiguió mantenerse operativa durante la fase más crítica.

Cinco desalinizadoras afectadas por una floración excepcional

El episodio comenzó a finales de agosto, cuando las plantas israelíes empezaron a detectar una concentración anormal de materia suspendida en el agua marina. La turbidez aumentó rápidamente y cinco de las seis principales desalinizadoras mediterráneas quedaron temporalmente fuera de servicio. Algunas intentaron reanudar la producción, pero tuvieron que detenerse otra vez cuando las condiciones empeoraron.

No se trataba de que el agua desalinizada hubiera salido contaminada. Precisamente ocurrió lo contrario: las plantas se pararon para proteger los sistemas de filtración y las membranas de ósmosis inversa, el corazón de este tipo de instalaciones. Cuando entra demasiada materia orgánica, pequeños organismos y partículas, los filtros previos dejan de trabajar dentro de sus parámetros normales y las membranas pueden obstruirse o sufrir daños.

La imagen es menos espectacular que una tubería rota, pero bastante más inquietante. Millones y millones de organismos microscópicos convertidos en una especie de sopa marina pueden poner contra las cuerdas una infraestructura gigantesca diseñada para fabricar agua potable a partir del Mediterráneo.

Israel depende especialmente de esa tecnología. La desalación proporciona al menos alrededor del 65% del agua potable, y su peso puede ser todavía mayor cuando se analiza específicamente el consumo doméstico y municipal. Que cinco instalaciones tengan problemas simultáneamente es, por ello, una anomalía seria aunque los grifos de la mayoría de las viviendas sigan funcionando.

El origen probable está en el Nilo, pero Gaza pudo alimentar las algas

Las investigaciones iniciales apuntaron a una floración de microalgas procedente del área del delta del Nilo, en Egipto. Imágenes por satélite mostraron alteraciones en grandes superficies del Mediterráneo oriental compatibles con una elevada presencia de organismos microscópicos, desplazándose después hacia la costa israelí.

Aquí conviene separar causa, recorrido y factores que favorecen la proliferación. No existe por el momento una conclusión científica que permita afirmar que las aguas residuales de Gaza crearon por sí solas la floración. Los investigadores manejan un escenario mucho más razonable: las algas llegaron desde el sur y encontraron condiciones especialmente favorables para reproducirse.

El agua cálida ayuda. También determinados patrones de viento y corrientes. Y luego están los nutrientes. Las aguas fecales contienen grandes cantidades de nitrógeno, fósforo y materia orgánica, justo los ingredientes que pueden disparar el crecimiento de algas cuando las condiciones ambientales acompañan.

Especialistas ambientales israelíes han señalado que el vínculo entre vertidos sin tratar y proliferaciones de microalgas está científicamente establecido y que las aguas residuales procedentes de Gaza fueron probablemente uno de los elementos que contribuyeron al episodio.

Las autoridades responsables del agua en Israel se han mostrado más prudentes sobre esa relación concreta. Sí han señalado las temperaturas elevadas del agua y las grandes masas de algas como elementos del fenómeno. Esa cautela importa: una cosa es explicar el mecanismo ecológico y otra adjudicar porcentajes de responsabilidad que todavía no pueden medirse con precisión.

Gaza vierte decenas de miles de metros cúbicos de aguas residuales

La dimensión del problema de saneamiento en Gaza ayuda a entender por qué los científicos observan con atención esa posibilidad. Las estimaciones disponibles sitúan en aproximadamente 55.000 metros cúbicos diarios la cantidad de aguas residuales que terminan actualmente sin tratamiento adecuado en el medio ambiente.

De esa cantidad, unos 40.000 metros cúbicos acabarían directamente en el Mediterráneo, mientras alrededor de 15.000 se infiltran mediante pozos negros, fugas y redes de saneamiento dañadas.

Las principales plantas de tratamiento de aguas residuales de Gaza están fuera de servicio y solo una pequeña parte de las antiguas estaciones de bombeo funciona, además de manera parcial. La cobertura proporcionada por la red de alcantarillado, que antes de la guerra alcanzaba a más del 85% de la población, habría caído aproximadamente al 45%.

Las cifras convierten la costa de Gaza en algo parecido a una válvula abierta hacia un mar que, evidentemente, no reconoce puestos fronterizos. El Mediterráneo no entiende de fronteras políticas. Tampoco las bacterias, los nutrientes ni las corrientes consultan mapas antes de desplazarse.

Un problema que ya había llegado antes hasta Ashkelon

La relación entre las aguas residuales de Gaza y las instalaciones israelíes no apareció en 2026. Años antes de la guerra iniciada tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 ya se habían registrado episodios en los que fallos en el tratamiento de aguas fecales de Gaza terminaron afectando al litoral israelí.

En 2017, por ejemplo, los vertidos relacionados con problemas de funcionamiento de las plantas gazatíes obligaron a interrumpir temporalmente la actividad de la desalinizadora de Ashkelon. Entonces las disputas giraron alrededor de la falta de combustible, electricidad y las restricciones que impedían mantener adecuadamente las infraestructuras.

Lo ocurrido esta vez tiene otra escala. El sistema sanitario y de saneamiento de Gaza ha sufrido una destrucción mucho mayor durante la guerra, acompañada por escasez de energía, combustible, recambios y materiales necesarios para reparar las instalaciones. Una crisis local ha adquirido dimensión regional. Nada particularmente sorprendente desde la ecología, aunque políticamente resulte mucho menos cómodo.

Por qué las algas pueden detener una desalinizadora

La desalación mediante ósmosis inversa parece casi magia doméstica a escala industrial: entra agua salada y sale agua dulce. Entre ambas cosas, sin embargo, hay una maquinaria extraordinariamente delicada.

Antes de llegar a las membranas que eliminan las sales, el agua marina atraviesa diferentes etapas de filtrado. El objetivo es retirar arena, partículas, microorganismos y materia orgánica. Si de repente aparece una enorme floración de microalgas, esa primera barrera recibe una carga muy superior a la prevista.

Los filtros se saturan. La presión cambia. Las membranas se ensucian. La producción pierde rendimiento y aumenta el riesgo de averías costosas. Seguir bombeando como si nada sería un magnífico modo de transformar un incidente temporal en una reparación de larga duración.

Por eso las plantas fueron deteniéndose. La elevada turbidez no significaba que el agua de los hogares israelíes se hubiera vuelto peligrosa, sino que el agua marina captada para producirla había dejado de reunir las condiciones necesarias para procesarla con seguridad.

Las autoridades israelíes descartaron también que estuvieran ante un ciberataque, una hipótesis que empezó a circular precisamente porque varias infraestructuras críticas habían dejado de funcionar casi simultáneamente.

Israel recurrió al mar de Galilea, pozos y reservas

La paralización obligó a modificar sobre la marcha el funcionamiento del sistema nacional de agua. Israel aumentó la extracción de otras fuentes disponibles, especialmente del mar de Galilea, de acuíferos, pozos y depósitos estratégicos.

Durante los momentos más delicados se restringió el agua destinada a determinados usos agrícolas y al riego de jardines y espacios públicos. Hubo también algunos problemas localizados de presión, pero el abastecimiento doméstico se mantuvo prácticamente intacto para la inmensa mayoría de la población.

La situación fue mejorando de forma irregular. Algunas desalinizadoras regresaban al servicio y volvían a detenerse cuando aumentaba otra vez la turbidez. El viernes 4 de septiembre, las autoridades israelíes consideraron el sistema plenamente estable, con suministro normal para residentes y agricultura gracias a la combinación de desalación parcial, reservas, el mar de Galilea y centenares de pozos.

Ashkelon y Ashdod continuaban todavía fuera de servicio en ese momento, mientras otras instalaciones recuperaban progresivamente capacidad. Estabilidad del suministro, por tanto, no significa que todas las plantas hubieran vuelto inmediatamente a trabajar al cien por cien.

Las autoridades llegaron también a emplear productos contra las algas en aguas próximas a la costa, entre ellos sulfato de cobre, mientras se suspendía temporalmente la pesca en algunas zonas por precaución. Una respuesta que abre, a su vez, otra cuestión ambiental: resolver un desequilibrio ecológico sin fabricar uno nuevo.

La dependencia de la desalación muestra su punto débil

Israel lleva años presentando su sistema de desalación como uno de sus grandes éxitos tecnológicos, y con motivos. El país consiguió reducir radicalmente su dependencia de las lluvias mediante gigantescas plantas de ósmosis inversa, redes nacionales interconectadas y una reutilización intensiva de aguas residuales para agricultura.

Pero una red extraordinariamente avanzada tampoco deja de tener talones de Aquiles. Buena parte de la capacidad desalinizadora está concentrada en grandes instalaciones situadas en una misma franja del Mediterráneo. Un fenómeno marino suficientemente extenso puede afectar a varias a la vez.

Eso es justamente lo que ocurrió. El sistema evitó una crisis doméstica porque tenía reservas y fuentes alternativas, aunque el episodio funcionó como una prueba de estrés bastante poco académica: la desalación reduce la dependencia climática de la lluvia, pero aumenta inevitablemente la exposición a lo que suceda en el mar.

Y el Mediterráneo oriental está calentándose. Aguas más calientes, vertidos de nutrientes, contaminación agrícola y urbana y alteraciones de las corrientes forman una combinación que favorece determinadas floraciones algales. No significa que cada verano vaya a repetirse la misma escena. Sí que fenómenos considerados excepcionales merecen dejar de ser tratados como extravagancias imposibles.

Un mar compartido convierte el saneamiento de Gaza en asunto regional

El episodio deja una paradoja áspera. La destrucción y deterioro de las infraestructuras de Gaza constituyen ante todo una emergencia sanitaria para los palestinos: alcantarillas inutilizadas, aguas fecales, acuíferos contaminados y riesgo de enfermedades en una población que ya padece enormes dificultades para acceder a agua segura.

Pero la contaminación no permanece encerrada dentro del territorio. Reparar el saneamiento gazatí también afecta a la seguridad hídrica israelí. No por solidaridad retórica ni por una curiosa pirueta diplomática, sino porque ambos territorios comparten el mismo mar.

La floración de algas que paralizó temporalmente cinco desalinizadoras lo ha mostrado con una precisión incómoda. Su origen más probable está relacionado con las aguas del delta del Nilo; el calor y las condiciones marinas desempeñaron su papel; los vertidos de Gaza pudieron aportar nutrientes y empeorar el fenómeno. Todavía habrá que determinar cuánto pesó cada elemento.

Lo que resulta bastante menos discutible es la física básica del asunto. Una tubería destruida en Gaza puede terminar formando parte de un problema de agua en Israel. Las fronteras separan territorios; las corrientes marinas, no.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.