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¿Por qué Alba Carrillo usa a Ayuso como insulto cuando la llaman roja?

Alba Carrillo convierte “roja” y “charo” en una réplica contra Ayuso que reabre el debate sobre insultos, televisión y la política española.

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Ayuso apartará a Feijóo en el PP

Alba Carrillo ha respondido desde El Sótano Club, el espacio que presenta en TEN TV, a quienes emplean palabras como “roja” o “charo” para intentar desacreditarla. Su contestación fue directa, irónica y bastante fácil de entender: esos términos no la ofenden porque no reniega de su posición política. Para herirla, añadió, tendrían que compararla con Isabel Díaz Ayuso.

Si me queréis insultar, llamadme Ayuso”, sentenció Carrillo ante las cámaras. La frase ha corrido por redes sociales porque concentra en pocos segundos tres ingredientes de combustión rápida: televisión, ideología y un nombre propio que rara vez pasa inadvertido. No es una reflexión académica ni pretende serlo. Es un dardo televisivo, breve como un chasquido, dirigido contra quienes utilizan las etiquetas políticas como piedras de bolsillo.

La respuesta de Alba Carrillo a quienes la llaman “roja”

Carrillo quiso dejar claro que ser definida como roja no constituye, para ella, una descalificación. Al contrario, aseguró sentirse incluso orgullosa. Con esa réplica desactiva el mecanismo habitual del insulto: una palabra solo hiere cuando el destinatario acepta la vergüenza que el atacante intenta colocarle encima.

La presentadora también incluyó el término “charo”, usado en determinados ambientes digitales para ridiculizar a mujeres progresistas, feministas o de mediana edad. Es una etiqueta vaga —esa es precisamente su utilidad— que mezcla desprecio ideológico, burla generacional y una capa de misoginia de mercadillo. Mucho ruido para una palabra que suele decir más de quien la lanza que de quien la recibe.

No se trata únicamente de una interpretación coloquial. En febrero de 2026, la Asociación de la Prensa de Madrid condenó que el PP madrileño empleara esa expresión para señalar a una periodista y describió ese lenguaje como machista y misógino, al considerar que alimenta la crispación y sustituye los argumentos por ataques personales.

Por qué Alba Carrillo menciona a Isabel Díaz Ayuso

La alusión a Ayuso funciona como el reverso del supuesto insulto. Carrillo viene a decir que aquello que sus críticos consideran ofensivo —ser de izquierdas— forma parte de su identidad, mientras que la identificación con la presidenta madrileña sí representa para ella una distancia política incómoda.

La frase no aporta una acusación concreta contra Ayuso ni presenta un hecho nuevo sobre su gestión. Conviene separar ambas cosas. Es una ironía política, una comparación concebida para el plató y las redes sociales, donde una sentencia afilada viaja mucho mejor que diez minutos de matices. La televisión conoce ese idioma desde hace décadas; internet solo le ha añadido velocidad.

Tampoco es la primera vez que Carrillo dirige críticas a la presidenta de la Comunidad de Madrid. En mayo cuestionó desde el mismo programa el viaje institucional de Ayuso a México y enlazó sus reproches con la situación de la sanidad pública madrileña, después de relatar su paso por el Hospital Puerta de Hierro por síntomas relacionados con una sordera súbita.

Una posición política que Carrillo no esconde

La intervención encaja con el perfil público que Alba Carrillo ha ido construyendo durante los últimos años. La modelo y comunicadora se ha definido abiertamente como una mujer de izquierdas y ha defendido cuestiones como la igualdad entre hombres y mujeres, los derechos de las personas homosexuales e inmigrantes y la protección de los animales.

En una entrevista publicada en 2024 explicó que había decidido elevar su voz al observar el crecimiento de movimientos que considera peligrosos. También expresó su preocupación por la ultraderecha y defendió que los derechos humanos no deben negociarse. No era entonces una pose improvisada ante una cámara; al menos, no una recién estrenada.

Su posicionamiento rompe con una vieja convención del entretenimiento español: la idea de que quienes proceden de la televisión social, el modelaje o la prensa del corazón deben limitarse a sonreír, contar romances y evitar la política como quien esquiva una copa al borde de la mesa. Carrillo ha elegido lo contrario. Opina, toma partido y acepta el coste. A veces con argumentos; otras, con una frase de plató que entra sin llamar.

El insulto político convertido en identidad

La palabra “rojo” arrastra en España una historia mucho más profunda que la disputa televisiva del día. Ha sido identidad política, descalificación, herencia familiar, categoría represiva y, con el paso del tiempo, una etiqueta recuperada con orgullo por parte de la izquierda. Dependiendo de quién la pronuncie y con qué intención, puede sonar a pertenencia o a desprecio.

Carrillo explota esa ambigüedad. Al apropiarse del término, le quita a sus detractores buena parte de su potencia ofensiva. Es una operación retórica antigua: tomar el apodo que pretende rebajarte, limpiarlo y llevarlo como una insignia. La palabra lanzada como barro regresa convertida en broche.

Algo parecido ocurre con “charo”, aunque su carga es distinta. El término no describe una doctrina política precisa; dibuja una caricatura femenina. Coloca en la misma bolsa la edad, el feminismo, la izquierda y una supuesta superioridad moral. Resulta cómodo porque evita debatir cualquier idea concreta. Basta con bautizar al adversario, reírse y pasar a otra cosa. Democracia de pegatina.

Entre la opinión legítima y el espectáculo televisivo

Alba Carrillo tiene derecho a manifestar sus preferencias políticas del mismo modo que sus palabras pueden ser discutidas, criticadas o consideradas excesivas. La libertad de expresión no convierte cada ocurrencia en una verdad indiscutible; garantiza que pueda pronunciarse y que otros puedan responder sin recurrir al hostigamiento.

Su comentario sobre Ayuso pertenece al terreno de la opinión personal, no al de la información institucional. Esa diferencia importa. La frase revela lo que Carrillo piensa de la dirigente popular, pero no demuestra nada sobre ella. Confundir el sarcasmo con una prueba sería tan absurdo como exigirle a un monólogo televisivo la documentación de una comisión parlamentaria.

Queda, eso sí, el éxito comunicativo. Carrillo logra que el insulto previsto cambie de dirección y que la conversación termine girando alrededor de sus propias palabras. Sus críticos querían encasillarla; ella utiliza la etiqueta como trampolín. En el ecosistema mediático actual, donde cada declaración compite por unos segundos de atención, esa capacidad vale casi tanto como un argumento bien construido. Casi.

Una frase que retrata la crispación política

El episodio parece pequeño, incluso banal, pero refleja una costumbre cada vez más extendida: convertir las posiciones políticas en identidades cerradas y emplear nombres propios como insultos. “Roja”, “facha”, “charo”, “progre” o “Ayuso” dejan entonces de señalar ideas y pasan a funcionar como proyectiles. Se discute menos sobre políticas públicas y más sobre qué etiqueta puede humillar mejor al contrario.

Alba Carrillo ha respondido a ese juego sin abandonar el tablero. No rechaza la lógica del mote; la invierte. El resultado es eficaz, divertido para unos y ofensivo para otros. También muy representativo de una época en la que la política entra en el plató vestida de entretenimiento y sale convertida en vídeo viral.

La frase permanecerá mientras dure la conversación digital, quizá unas horas, quizá varios días. Lo sustancial está debajo: llamar roja a quien se reconoce de izquierdas difícilmente funciona como insulto. Y utilizar el apellido de una dirigente democrática para ofender tampoco mejora demasiado el debate. Pero el matiz cotiza a la baja. La pulla, en cambio, siempre encuentra cámara.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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