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¿Ya no está unida la OTAN? Almirante Cavo Dragone lo admite

Cavo Dragone admite fricciones en la OTAN; Groenlandia tensiona a los aliados y Rutte exige más gasto y preparación rumbo a Ankara en julio.

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Ya no está unida la OTAN

Foto: Wiki

Cavo Dragone admite fricciones en la OTAN; Groenlandia tensiona a los aliados y Rutte exige más gasto y preparación rumbo a Ankara en julio.

La OTAN arrancó este miércoles una de esas reuniones que no suelen ocupar portadas, pero que dicen mucho de cómo late de verdad la seguridad europea: los jefes de la Defensa de los países aliados se sentaron a puerta cerrada con el mapa del mundo cada vez más lleno de tachones, y el presidente del Comité Militar, el almirante italiano Giuseppe Cavo Dragone, puso sobre la mesa una idea que suena a advertencia amable y, a la vez, a radiografía sin maquillaje: la cohesión es “clave” en la Alianza, pero las diferencias existen y, en una alianza de democracias, no solo son normales, sino que “pueden hacernos mejores” y, según él, “nos hacen mejores”. Esa frase, en un momento de tensión interna por el caso Groenlandia, no es un adorno retórico: es el intento de sostener el edificio mientras dentro se oyen crujidos inevitables, algunos por razones estratégicas, otros por intereses nacionales, otros por pura política doméstica.

El contexto lo vuelve todo más delicado. El comentario de Cavo Dragone llegó en plena fricción por las aspiraciones de Estados Unidos de “controlar” Groenlandia, un territorio autónomo que depende de Dinamarca, también aliada. En el papel, la OTAN es una familia; en la práctica, es una familia grande, con primos que se caen bien y otros que se toleran, y con un detalle decisivo: aquí no se discute por una herencia simbólica, sino por una isla gigantesca en el Ártico que, por su posición, su valor militar y el nuevo apetito geopolítico por el norte, se ha convertido en una palabra que pesa. Cuando el debate toca soberanía entre aliados, la cohesión deja de ser un lema y se convierte en un examen diario, de esos que no se aprueban con discursos, sino con contención y acuerdos incómodos.

Una reunión militar con una sombra política muy larga

Que sea una reunión de jefes de la Defensa no significa que sea “solo técnica”. En estos encuentros, el uniforme y la estrategia van siempre con un bolsillo lleno de política. El propio Cavo Dragone lo dejó claro al situar el momento: a principios de 2026, dijo, la situación de seguridad “sigue siendo extremadamente difícil”. Lo explicó con un inventario que ya se ha vuelto rutinario —y precisamente por eso, inquietante—: la guerra de Rusia contra Ucrania sigue abierta, la inestabilidad y la violencia persisten en el flanco sur, hay tensiones que afectan a rutas comerciales y a los flujos energéticos, y la seguridad se complica “más allá” de la región transatlántica, como si el tablero ya no tuviera bordes.

Después añadió algo que encaja con el clima de los últimos años, pero que en boca del máximo responsable militar del órgano colegiado de la OTAN suena a doctrina: “otros actores maliciosos” siguen poniendo en peligro la estabilidad global, y la Alianza se enfrenta cada día a ciberataques, sabotajes, coacciones y desinformación. Son palabras muy concretas, casi ásperas. No hablan de una guerra declarada, sino de una presión constante que no siempre se ve, pero desgasta: ataques que tumbarían infraestructuras, campañas que envenenan la conversación pública, operaciones que buscan dividir por dentro. Y, como remate, la tecnología: las nuevas herramientas, señaló, “pueden propagar estas amenazas híbridas más rápidamente” y hacerlas “más difíciles de rastrear”. En otras palabras, la amenaza es más veloz, más difusa y más barata de desplegar que un ejército convencional.

En ese marco, su apelación a la cohesión no es una frase bonita. Es la condición de posibilidad. Porque una alianza que se declara fuerte pero aparece enfrentada por un asunto territorial entre miembros, o que discute sin parar sobre quién paga qué y quién despliega dónde, se vuelve más previsible para el adversario… y la previsibilidad, en seguridad, es un lujo que solo sirve si juega a tu favor.

Groenlandia: cuando el Ártico entra en la sala y nadie puede fingir que es un tema menor

El caso Groenlandia funciona como símbolo y como detonante. Durante años, el Ártico era para muchos una especie de “margen” del mapa: frío, lejano, importante en teoría. Ahora está entrando en el centro, no por romanticismo polar, sino por una mezcla cruda de posición estratégica, rutas marítimas que ganan peso con el deshielo, presencia militar, sistemas de vigilancia, y el pulso más amplio por el control de espacios donde antes había menos competencia visible.

Que la tensión nazca de una aspiración estadounidense sobre un territorio que pertenece al ámbito soberano danés abre un problema particular: no es un choque entre OTAN y un rival externo, sino un roce interno. Y lo interno, en seguridad, suele ser lo más difícil de arreglar porque no hay un “otro” que unifique. De pronto, la cohesión se mide en cosas pequeñas: el tono de un comunicado, la prudencia de una declaración, el equilibrio entre no humillar a un aliado y no dejar pasar una línea roja.

Aquí hay un matiz que se cuela a menudo en estas crisis: las alianzas no se rompen por una discusión única, sino por la acumulación de dudas. La duda sobre si un país apoyará al otro en el momento crítico. La duda sobre si las promesas se traducirán en capacidades reales. La duda sobre si la presión del más fuerte se impondrá como norma. Cuando Cavo Dragone insiste en que las diferencias “nos hacen mejores”, intenta encajar la discrepancia dentro de una narrativa controlada: sí, discutimos, pero discutimos para ajustar, no para romper.

En paralelo, el Ártico ya no se entiende solo como paisaje, sino como corredor y como frontera tecnológica. Vigilancia, sensores, submarinos, aviación, satélites. Y también economía, recursos, cadenas de suministro. Groenlandia, por su tamaño y ubicación, aparece en esa conversación como una pieza grande, casi demasiado grande para que pase desapercibida.

La guerra en Ucrania sigue marcando el ritmo, aunque se hable de paz

La guerra de Rusia contra Ucrania es el telón que no se baja. Cavo Dragone la citó como el factor central de la situación “extremadamente difícil” y, al mismo tiempo, subrayó los esfuerzos para lograr la paz, liderados por Estados Unidos y por una Coalición de Voluntarios con Francia y el Reino Unido a la cabeza. Ahí conviven dos realidades que la OTAN intenta gestionar sin contradicciones: por un lado, la necesidad de sostener a Ucrania y mantener la disuasión frente a Rusia; por otro, la presión por abrir vías de salida y explorar fórmulas que frenen la guerra.

Hablar de paz en un contexto de rearme y de ejercicios militares puede sonar disonante, pero en el lenguaje aliado no lo es. La disuasión se presenta como el paraguas que permite negociar sin estar a la intemperie. La cuestión —y esto se nota en cada reunión— es qué entiende cada capital por “paz” y qué precio está dispuesta a aceptar. Porque, incluso dentro de la OTAN, hay sensibilidades distintas: las de quienes viven con la frontera cerca y sienten la amenaza como inmediata, y las de quienes la perciben más lejana, más mediada por la economía o por la política interior.

Ucrania, además, ha hecho reaparecer un vocabulario que parecía archivado: munición, reservas, producción, sostenimiento. La guerra larga no se gana solo con tecnología punta, sino con logística, mantenimiento y capacidad industrial. La experiencia ucraniana, con su consumo brutal de recursos, ha empujado a los aliados a revisar inventarios, acelerar compras y discutir estándares. Y ahí vuelven las diferencias: quién compra a quién, dónde se fabrica, qué industrias se benefician, cómo se reparte el esfuerzo.

“Amenazas híbridas”: la guerra que no siempre parece guerra

Cuando Cavo Dragone enumeró ciberataques, sabotajes, coacciones y desinformación, estaba describiendo una realidad que muchos gobiernos prefieren explicar con cautela, porque no siempre hay pruebas públicas inmediatas, y porque señalar a un responsable puede escalar el conflicto. Pero la OTAN está elevando ese lenguaje porque entiende que, si no se nombra, no se prepara.

Las amenazas híbridas no buscan necesariamente ocupar territorio. Buscan desordenar, erosionar confianza, generar fatiga social. Un ataque informático que paraliza servicios, un sabotaje en una infraestructura crítica, una campaña de desinformación que polariza a la población, una operación que presiona económicamente a un país para que cambie de postura. Es un tipo de agresión que se mueve en la frontera de lo atribuible: a veces no hay firma, a veces hay intermediarios, a veces hay “accidentes” demasiado oportunos.

El detalle sobre la tecnología no es menor. La velocidad con la que circula un bulo hoy, o la facilidad para automatizar campañas, hace que la defensa no sea solo militar, sino también institucional. Por eso la OTAN insiste tanto en resiliencia, en protección de infraestructuras, en coordinación con servicios civiles. Y por eso el discurso militar se ha llenado de términos que hace años habrían sonado ajenos a un cuartel general: desinformación, coacción, rastreo, atribución.

Centinela Báltico y Centinela del Este: vigilancia, presencia y mensaje

En su intervención, Cavo Dragone citó el refuerzo de la vigilancia y de las medidas para proteger a los aliados, y mencionó iniciativas como Centinela Báltico y Centinela del Este en el flanco oriental. Más allá del nombre, el concepto es claro: aumentar la capacidad de detectar y responder en zonas sensibles, y mostrar presencia de forma sostenida. No se trata solo de mirar, sino de que el hecho de estar mirando sea un mensaje.

La OTAN, además, ha aumentado el número y la magnitud de sus ejercicios militares. Eso cumple dos funciones a la vez. Por un lado, la práctica: entrenar interoperabilidad, comprobar que los sistemas hablan el mismo idioma, que los mandos pueden coordinarse, que la logística aguanta. Por otro, la señal: un ejercicio grande no solo prepara, también disuade, porque muestra capacidad y coordinación.

Aquí se cuela un detalle que en los comunicados suele quedar enterrado: los ejercicios y las operaciones de vigilancia consumen recursos, exigen rotaciones, generan desgaste. Son, en cierto modo, un termómetro de compromiso. Mantener una presencia creíble en el flanco oriental durante años implica que los aliados sostengan el esfuerzo sin aburrirse, sin que la atención pública se evapore, sin que la política doméstica cambie de rumbo y lo deje todo en suspenso.

En ese engranaje, España suele aparecer como un aliado que combina retórica de compromiso con presencia en misiones y despliegues, además de su papel estratégico por bases y corredores logísticos. La importancia de la Alianza para el eje atlántico, el Mediterráneo y los accesos al sur convierte a España en una pieza relevante, aunque el foco mediático se vaya muchas veces al Báltico o al este. Y en un momento en que la OTAN insiste en una defensa “de 360 grados”, ese equilibrio entre flancos gana peso.

El mensaje de Mark Rutte: dinero, preparación y una cumbre con fecha marcada

En paralelo a la reunión, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, envió un mensaje en vídeo a los jefes de la Defensa con un tono directo: de cara a la próxima cumbre en Ankara, prevista para julio, es “imperativo y urgente” que todos cumplan sus compromisos. No lo dejó en abstracto. Habló de un “aumento claro” de la inversión en defensa y de garantizar que los aliados europeos y Canadá asuman una mayor parte de la responsabilidad en disuasión y defensa convencionales.

Lo de “convencionales” es un subrayado importante, casi una corrección preventiva. En un mundo fascinado por drones, inteligencia artificial y ciberseguridad, Rutte recuerda que lo convencional sigue siendo la base de la credibilidad: fuerzas preparadas, munición, defensa aérea, capacidades terrestres, naval y aérea, logística y sostenimiento. La defensa no se improvisa, y los ejércitos no se “actualizan” como un móvil. Se entrenan, se equipan, se mantienen. Y eso cuesta, siempre.

Rutte también abogó por que la Alianza aumente su preparación para el combate, dedique recursos suficientes a sus planes y siga actualizando su enfoque de disuasión y defensa. Son tres ideas que se tocan, pero no son lo mismo. Preparación para el combate implica disponibilidad real, no solo en papel. Recursos suficientes para los planes significa que los escenarios y las promesas tengan respaldo presupuestario. Actualizar el enfoque supone adaptar doctrina a un mundo donde conviven guerra convencional, amenazas híbridas y competición tecnológica.

En este punto, la cohesión vuelve a aparecer como condición. Porque pedir más gasto y más responsabilidad europea no es una frase neutra: toca debates internos sobre prioridades sociales, impuestos, déficit, industria de defensa, y también sobre dependencia de proveedores. Y toca, además, la relación transatlántica: cuánto exige Washington, cómo lo exige, y cómo responden las capitales europeas sin que parezca sumisión ni ruptura. Es una línea fina, y cualquiera que la haya visto de cerca sabe que ahí se negocian palabras con bisturí.

Preparación para el combate: lo que significa cuando se apaga el foco

La “preparación” no se mide solo en desfiles ni en ruedas de prensa. Se mide en cuántas unidades están listas, cuántas horas vuelan los pilotos, cuántos buques tienen mantenimiento al día, cuánta munición hay realmente en almacenes, cuánto tarda una brigada en desplegar, y si los sistemas de mando aguantan un estrés real. Se mide en logística, en comunicaciones, en piezas de repuesto. Es el tipo de detalle que no luce, pero que decide.

De ahí la insistencia en ejercicios más grandes y en planificación. Los planes de defensa aliados requieren sincronía: que un país sepa qué aporta el otro, en qué plazos y con qué capacidades. Y eso solo funciona si la política no cambia de opinión cada dos telediarios. La cohesión, otra vez, como pegamento.

La cumbre de Ankara: un examen sin necesidad de llamarlo “examen”

La cumbre de julio en Ankara será, de hecho, un escaparate: se verá si la OTAN consigue presentar unidad en un momento de presión externa (Rusia, entorno global) y de tensión interna (Groenlandia), y si el debate sobre gasto en defensa se traduce en compromisos creíbles. También será una ocasión para medir el liderazgo de Rutte en la gestión de sensibilidades, y para ver hasta qué punto los aliados europeos avanzan hacia una mayor autonomía operativa sin romper el eje transatlántico.

No es casual que el secretario general haya usado palabras como “imperativo” y “urgente”. La OTAN vive de la credibilidad. Y la credibilidad, en 2026, se construye con dos ladrillos: cohesión política y capacidad militar tangible. Uno sin el otro no sirve.

Las diferencias dentro de la Alianza: inevitables, pero peligrosas si se gestionan mal

Volvamos al punto de partida: Cavo Dragone dijo que hay diferencias y que eso es normal. Tiene razón, y precisamente por eso el asunto importa. Las democracias discuten, y una alianza de democracias discute todavía más, porque cada gobierno responde ante su parlamento, su prensa, su opinión pública. La pregunta real no es si habrá diferencias, sino qué tipo de diferencias y cómo se encauzan.

Hay diferencias de percepción de amenaza: para los países del este, Rusia es un peligro existencial; para otros, es un desafío grave pero más mediatizado. Hay diferencias de prioridades geográficas: algunos miran al sur con urgencia, por la inestabilidad y la presión en el Mediterráneo y el Sahel; otros miran al norte y al Ártico; otros sostienen que el principal frente es el tecnológico y el ciberespacio. Hay diferencias económicas: cuánto puede gastar cada país, cómo lo justifica, qué industria tiene, qué compra fuera y qué produce dentro.

Y luego están las diferencias políticas, las más volátiles: cambios de gobierno, elecciones, coaliciones, crisis internas. La OTAN necesita continuidad, pero los países no siempre pueden ofrecerla con la misma facilidad. De ahí que el mensaje de cohesión suene a recordatorio casi doméstico: discutid, sí, pero no rompáis el marco.

Groenlandia, otra vez, es el ejemplo más delicado porque toca el nervio de la soberanía entre aliados. Es una discusión que, si se desborda, puede contaminar otros asuntos: presupuestos, despliegues, decisiones en el Consejo Atlántico. Y en la política internacional, las contaminaciones son rápidas. Un desacuerdo en un punto se convierte en moneda de cambio en otro. Así es como se erosiona una alianza: no por una gran explosión, sino por un goteo de desconfianza.

La OTAN “de 360 grados”: la frase que intenta abarcar un mundo que se desborda

Cavo Dragone remató sus mensajes insistiendo en que los esfuerzos de vigilancia, protección y ejercicios demuestran que la OTAN es una Alianza moderna capaz de defender y disuadir desde una perspectiva de 360 grados. Es una expresión que se repite mucho, pero aquí tiene un sentido concreto: el frente no está en un solo sitio. La amenaza puede venir por el este, por el sur, por el mar, por el aire, por un cable submarino, por un ataque informático, por una campaña de desinformación. La defensa debe ser integral y coordinada, y esa coordinación exige cohesión.

La idea de 360 grados también es una forma de decirle a cada aliado: tu prioridad cuenta, no queda relegada. Es una promesa política dentro de la OTAN. Y las promesas, de nuevo, se vuelven creíbles o no según el dinero, los despliegues y la continuidad.

En ese panorama, la seguridad se vuelve una mezcla de disciplina militar y gestión política. Los jefes de la Defensa pueden trazar planes perfectos, pero si la política no acompaña, se quedan en papel. Y la política puede proclamar unidad, pero si no hay capacidades reales, esa unidad se vuelve una foto sin contenido. Por eso Rutte habla de inversión y preparación, y por eso Cavo Dragone habla de cohesión y de diferencias. Están describiendo dos caras de lo mismo.

Bruselas deja una frase que pesa más de lo que parece

Al final, lo más revelador de la jornada fue esa admisión medida: sí, hay diferencias. En un momento de tensión por Groenlandia, con Ucrania todavía en guerra, con el flanco sur inquieto, con rutas comerciales bajo presión y con amenazas híbridas a diario, la OTAN se ve obligada a hacer algo que no siempre le resulta cómodo: reconocer la fricción para evitar que se convierta en ruptura. Cavo Dragone lo planteó como una virtud democrática: discutir puede mejorar. Rutte lo empujó hacia la parte dura: compromisos, inversión, preparación, y una cumbre en Ankara donde se tendrá que demostrar, sin adornos, que la cohesión no es solo una palabra repetida, sino un mecanismo que funciona incluso cuando los intereses chocan y el mapa —Ártico incluido— aprieta.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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