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¿Por qué Werner Herzog recibirá el Premio Donostia en San Sebastián?
Werner Herzog recibirá el Premio Donostia 2026 en San Sebastián y presentará Bucking Fastard, su esperada película, tras competir en Venecia.

Werner Herzog recibirá el Premio Donostia 2026 del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la máxima distinción honorífica del certamen. El director, guionista, productor y actor alemán será homenajeado durante la gala de apertura de la 74.ª edición, que se celebrará del 18 al 26 de septiembre. El reconocimiento premia una carrera de más de seis décadas que ha convertido a Herzog en uno de esos cineastas difíciles de encerrar en una etiqueta: ficción, documental, aventura física, ensayo filosófico y, de vez en cuando, puro delirio controlado.
El homenaje tendrá además película. Herzog presentará en San Sebastián Bucking Fastard, su nuevo largometraje, protagonizado por Rooney Mara, Kate Mara, Orlando Bloom y Domhnall Gleeson. La cinta llegará al Zinemaldia después de competir en el Festival de Venecia, previsto del 2 al 12 de septiembre, de modo que el mes le ofrecerá al cineasta alemán una curiosa doble escena europea: primero competir por el León de Oro y después recoger uno de los grandes premios honoríficos del circuito internacional.
Por qué San Sebastián premia a Werner Herzog
El Premio Donostia no distingue una película concreta. Reconoce una trayectoria extraordinaria y una aportación relevante a la historia del cine, una filosofía que el Festival mantiene desde que creó el galardón en 1986. Gregory Peck fue su primer ganador; después llegaron nombres como Bette Davis, Lauren Bacall, Al Pacino, Anthony Hopkins, Robert De Niro, Meryl Streep, Isabelle Huppert, Pedro Almodóvar, Cate Blanchett o Jennifer Lawrence. Herzog entra así en una lista donde, francamente, sobra bastante poco relleno.
En su caso, el reconocimiento parece especialmente natural. Herzog lleva más de sesenta años haciendo películas sin parecer demasiado interesado en comportarse como se supone que debe hacerlo un director de cine. Su obra ha recorrido selvas, volcanes, cuevas prehistóricas, desiertos, prisiones, glaciares y los rincones más incómodos de la mente humana. A veces rodaba ficción. Otras, documental. Con frecuencia, la frontera entre ambas cosas quedaba deliberadamente cubierta de niebla.
Ese territorio es muy suyo. Herzog ha defendido durante décadas una idea que denomina “verdad extática”: el cine, sostiene, no tiene por qué limitarse a registrar hechos como una cámara de vigilancia; puede deformar, reconstruir o empujar la realidad para alcanzar una verdad más profunda. Una teoría discutible, fascinante y muy coherente con sus películas. Herzog nunca tuvo demasiado interés en la obediencia estética.
De una aldea bávara a una filmografía fuera de norma
Nacido en Múnich en 1942, Werner Herzog creció en una remota zona montañosa de Baviera. Su relación inicial con el cine fue casi accidental. Durante su adolescencia comenzó a imaginar películas y, ante la pequeña dificultad de que nadie parecía dispuesto a financiarlas, trabajó como soldador en una fábrica de acero durante el turno nocturno para reunir dinero.
Rodó su primera película a los 19 años. Después llegaron los viajes, los rodajes extremos y una producción difícil de contar sin que alguna historia parezca inventada. Herzog ha escrito, producido y dirigido decenas de largometrajes y documentales, mientras encontraba tiempo para publicar libros, dirigir óperas y actuar. Su currículum se parece menos al de un cineasta convencional que al equipaje de alguien que lleva medio siglo escapándose por una puerta lateral.
De ‘Aguirre’ a ‘Fitzcarraldo’: las películas que explican el premio
Entre sus obras más influyentes figura Aguirre, la cólera de Dios (1972), con Klaus Kinski convertido en conquistador español consumido por la ambición mientras desciende por el Amazonas. La película condensó muchas de las obsesiones que después reaparecerían en Herzog: hombres que persiguen sueños enormes, una naturaleza indiferente y esa sensación de que la civilización es una capa de pintura bastante más fina de lo que nos gusta creer.
Diez años después llegó Fitzcarraldo (1982), quizá el ejemplo definitivo de hasta dónde estaba dispuesto a llevar esas ideas. La película cuenta la historia de un empresario empeñado en construir un teatro de ópera en la Amazonia y transportar un enorme barco de vapor por encima de una montaña. Herzog decidió que la mejor manera de filmarlo era, en efecto, transportar un enorme barco por una montaña. Los efectos digitales tenían por entonces la saludable costumbre de no existir.
La película le valió el Premio a la Mejor Dirección del Festival de Cannes en 1982. No fue su única relación importante con Cannes: en 1975, El enigma de Kaspar Hauser había obtenido el Gran Premio Especial del Jurado y el reconocimiento de la crítica internacional.
El Herzog documental: osos, cuevas y personajes al límite
Su segunda gran vida cinematográfica está en el documental. Grizzly Man (2005) reconstruyó la historia de Timothy Treadwell, el ecologista que convivió durante años con osos grizzly en Alaska y murió atacado por uno de ellos. Herzog observó aquel material sin sentimentalismo fácil: naturaleza, belleza y muerte aparecían juntas, sin pedir permiso.
Después llegaron títulos como Encuentros en el fin del mundo, La cueva de los sueños olvidados, Into the Abyss o Into the Inferno. En La cueva de los sueños olvidados, rodada en 3D, consiguió acceso a la cueva Chauvet, en Francia, para filmar algunas de las pinturas rupestres más antiguas conocidas. Donde otros documentalistas encuentran un tema, Herzog suele encontrar una pregunta incómoda sobre nuestra especie.
En sus trabajos recientes tampoco ha abandonado esa curiosidad. Theatre of Thought se adentró en la investigación sobre el cerebro y Ghost Elephants siguió la búsqueda de una misteriosa población de elefantes en las tierras altas de Angola. A los 83 años, Herzog no parece particularmente interesado en jubilar la mirada.
‘Bucking Fastard’, la película que Herzog llevará a San Sebastián
El homenaje del Festival no tendrá únicamente sabor retrospectivo. Bucking Fastard coloca al cineasta de nuevo en plena actualidad. La película está protagonizada por las hermanas Rooney Mara y Kate Mara, acompañadas por Orlando Bloom y Domhnall Gleeson, y cuenta la historia de dos hermanas gemelas con un vínculo extraordinariamente estrecho: hablan al unísono, comparten sueños y llegan a enamorarse del mismo hombre.
El reparto constituye otro de sus atractivos. Es la primera colaboración cinematográfica entre Rooney y Kate Mara como protagonistas de una misma película, una circunstancia que encaja bastante bien con una historia construida precisamente alrededor de la simbiosis entre dos hermanas.
Antes de su paso por San Sebastián, Bucking Fastard competirá en la 83.ª edición del Festival de Venecia, donde Herzog volverá a medirse con algunos de los principales nombres del cine internacional. La presencia posterior de la película en el Zinemaldia convierte el Premio Donostia en algo más interesante que una ceremonia retrospectiva: el homenajeado llega con obra nueva debajo del brazo.
Un premio que coincide con una edición especial del Zinemaldia
La 74.ª edición del Festival de San Sebastián se desarrollará del 18 al 26 de septiembre de 2026 y tendrá además cierto aroma de cambio de época. Será la última edición con José Luis Rebordinos al frente del certamen antes de que Maialen Beloki asuma la dirección a partir de 2027.
El actor argentino Ricardo Darín es la imagen oficial de esta edición, mientras que la competición por la Concha de Oro volverá a reunir producciones españolas e internacionales. El Premio Donostia a Herzog añade uno de los grandes nombres de la temporada y refuerza algo que San Sebastián lleva años haciendo especialmente bien: combinar estrellas reconocibles y cine de autor sin necesidad de fingir que ambas cosas pertenecen a planetas distintos.
El cineasta que convirtió la obsesión en un género propio
Premiar a Werner Herzog significa reconocer algo más que una colección de buenas películas. Su influencia procede también de una manera casi artesanal —y a veces temeraria— de entender el cine. Sus personajes avanzan obsesionados hacia territorios imposibles; curiosamente, su director suele hacer algo parecido detrás de la cámara.
Por eso Aguirre, Fitzcarraldo, Grizzly Man o La cueva de los sueños olvidados siguen pareciendo partes de una misma conversación, aunque pertenezcan a épocas y géneros diferentes. Herzog mira al ser humano cuando se enfrenta a algo demasiado grande: una selva, un animal salvaje, una montaña, la muerte, un sueño absurdo.
San Sebastián entregará así su máxima distinción honorífica a un director que ha pasado buena parte de su carrera evitando caminos previsibles. Werner Herzog y el Premio Donostia forman una pareja bastante lógica, aunque la palabra “lógica” resulte ligeramente extraña aplicada a un hombre que una vez decidió que, para rodar un barco cruzando una montaña, lo razonable era cruzar una montaña con un barco de verdad.

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