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¿Cómo llegó Venezuela a 6.125 muertos tras los terremotos de junio?
Venezuela eleva a 6.125 los muertos por los terremotos mientras persisten las dudas sobre desaparecidos, escombros y reconstrucción del país.

Venezuela ha elevado a 6.125 el número de fallecidos por los terremotos que sacudieron el norte del país el 24 de junio. El nuevo balance, difundido por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, llega después de diez días sin una actualización general y confirma que la dimensión de la catástrofe todavía no está cerrada.
Las autoridades también informan de casi 61.000 atenciones hospitalarias y reconocen que solo se ha retirado el 16,5% de los escombros generados por los seísmos. Falta, sin embargo, un dato esencial: cuántas personas continúan desaparecidas. Miles de familias siguen esperando una respuesta mientras avanzan las demoliciones y la búsqueda entre edificios colapsados.
El balance oficial vuelve a crecer tras diez días de silencio
La cifra de víctimas ha aumentado a medida que los equipos recuperan cuerpos, completan identificaciones y registran fallecimientos de personas que permanecían hospitalizadas. Es la lenta contabilidad de una tragedia: un número sube, otro permanece congelado y, detrás, hay familias que todavía recorren hospitales, refugios y oficinas públicas con una fotografía en la mano.
El paréntesis informativo de diez días ha dificultado conocer la evolución real del desastre. En una emergencia de estas dimensiones, la ausencia de actualizaciones no detiene los trabajos ni rebaja el dolor; únicamente deja más espacio para los rumores. Y los rumores, cuando faltan nombres y registros públicos, corren más deprisa que las excavadoras.
La cifra de atenciones hospitalarias tampoco equivale necesariamente al número de heridos. Puede incluir revisiones, curas sucesivas, tratamientos ambulatorios y consultas por enfermedades aparecidas después de los terremotos. Son datos relacionados, pero no idénticos. Sin una explicación metodológica más amplia, conviene no mezclarlos como si fueran la misma cosa.
Dos terremotos golpearon Venezuela en menos de un minuto
La tragedia comenzó durante la tarde del 24 de junio de 2026, cuando dos terremotos de gran potencia sacudieron el centro-norte de Venezuela. El primero alcanzó una magnitud de 7,2 y fue seguido, menos de un minuto después, por otro de magnitud 7,5. Dos golpes casi consecutivos, apenas un respiro entre ambos.
Los epicentros se localizaron cerca de Morón, al oeste de Caracas, y a escasa profundidad. Esa combinación multiplica el daño: cuanto más superficial es un terremoto, con mayor violencia pueden alcanzar sus ondas las construcciones, especialmente cuando existen edificios debilitados, asentamientos en pendientes o infraestructuras con escaso mantenimiento.
Las sacudidas se sintieron en buena parte del país y también en zonas de Colombia y Brasil. En Caracas hubo derrumbes, cortes eléctricos, interrupciones de las comunicaciones y evacuaciones apresuradas. El aeropuerto internacional Simón Bolívar sufrió daños y tuvo que cerrar temporalmente, mientras colegios, hospitales y otras instalaciones públicas alteraban su funcionamiento.
La Guaira recibió el golpe más destructivo
El estado costero de La Guaira, encajonado entre el mar Caribe y una franja montañosa, quedó entre las áreas más castigadas. Allí se concentran barrios densamente poblados, bloques de viviendas, construcciones levantadas sobre laderas y calles estrechas que complican la entrada de maquinaria pesada.
Durante los primeros días, equipos de rescate, voluntarios y vecinos trabajaron entre polvo, hierros retorcidos y grandes placas de hormigón. En algunos barrios fueron los propios residentes quienes comenzaron a excavar con palas, martillos y herramientas domésticas mientras esperaban la llegada de ayuda especializada.
La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha defendido la actuación del Gobierno frente a las críticas por la lentitud y la coordinación de la respuesta. Supervivientes, voluntarios y organizaciones humanitarias han denunciado, en cambio, retrasos en la llegada de equipos oficiales a algunas de las zonas más dañadas. La vieja disputa política continúa, incluso bajo las ruinas. Quizá sobre todo allí.
Más de un mes después, el ruido de las excavadoras sigue marcando el ritmo de numerosos barrios. Hay familias instaladas junto a edificios declarados inhabitables, camiones cisterna recorriendo calles fracturadas y montañas de cascotes donde antes había dormitorios, comercios y cocinas. Vida cotidiana. Eso era.
El gran vacío sigue siendo el número de desaparecidos
El último balance no detalla cuántas personas permanecen sin localizar. Esa ausencia impide conocer el alcance completo de la catástrofe y explica por qué el número de muertos todavía puede aumentar durante las próximas semanas.
Las primeras plataformas ciudadanas creadas después de los terremotos reunieron decenas de miles de avisos, aunque entre ellos había duplicados, personas incomunicadas y casos resueltos posteriormente. El Gobierno tampoco ha publicado un registro consolidado que permita distinguir entre quienes siguen bajo los escombros, quienes fueron trasladados a hospitales y quienes abandonaron las zonas afectadas sin poder contactar con sus familiares.
No es un simple problema estadístico. El número de desaparecidos determina cuántos equipos deben mantenerse sobre el terreno, qué edificios necesitan nuevas inspecciones y qué familias requieren acompañamiento psicológico, administrativo y judicial. También condiciona el balance definitivo, imposible de cerrar mientras continúen apareciendo víctimas entre los restos.
En las zonas más castigadas, algunas familias han pegado fotografías y nombres en paredes, vallas y puntos de atención improvisados. Otras recorren morgues y hospitales. Esperan una llamada, una lista, una confirmación. Cualquier cosa menos ese silencio espeso que deja una persona cuando no está, pero tampoco consta oficialmente que haya muerto.
Solo se ha retirado una sexta parte de los escombros
Las autoridades calculan que únicamente se ha eliminado el 16,5% de los residuos producidos por los terremotos. El volumen total ronda 1,2 millones de toneladas: cemento, vidrio, metales, plásticos, pinturas, combustibles y materiales potencialmente contaminantes.
El polvo en suspensión está provocando afecciones respiratorias entre residentes, voluntarios y trabajadores. También preocupa el acceso irregular al agua potable, el deterioro de las redes de saneamiento y la acumulación de basura. Después de un terremoto, el peligro no termina cuando deja de moverse el suelo.
Las condiciones posteriores pueden favorecer infecciones respiratorias, enfermedades cutáneas, diarreas y patologías transmitidas por mosquitos, como el dengue o la malaria. Los refugios saturados y la interrupción de tratamientos médicos agravan la situación de personas con diabetes, hipertensión y otras enfermedades crónicas.
Las lluvias añaden otro riesgo. El agua puede arrastrar materiales contaminados hacia el mar y desestabilizar pendientes ya fracturadas. En una franja costera tan estrecha como La Guaira, retirar el cascote de una calle puede limitarse a trasladar el problema unos cientos de metros. Despejar no siempre significa limpiar.
Una reconstrucción valorada en 19.600 millones de dólares
El Banco Mundial estima en 19.600 millones de dólares los daños físicos directos provocados por los terremotos. La cifra engloba viviendas, hospitales, carreteras, redes de agua, instalaciones públicas, comercios y otras infraestructuras esenciales.
La factura resulta enorme para un país que ya arrastraba años de deterioro económico y debilidad en sus servicios básicos. El terremoto no encontró un territorio intacto; golpeó una sociedad con hospitales tensionados, escasez de medicamentos y millones de ciudadanos fuera del país. La tierra hizo el resto.
La ayuda internacional ha aportado equipos médicos, suministros de emergencia, sistemas de potabilización y apoyo logístico. Sin embargo, la fase más difícil comienza cuando se retiran los equipos de rescate y las cámaras se marchan. Reconstruir barrios enteros exige dinero, planificación, controles técnicos y una administración capaz de convertir los anuncios en viviendas seguras.
No basta con levantar nuevas paredes. Muchas casas estaban situadas sobre terrenos inestables o en zonas expuestas a desprendimientos. Repetir los mismos edificios en el mismo lugar sería reconstruir también el riesgo. Harán falta normas antisísmicas, inspecciones independientes y decisiones incómodas sobre el traslado de comunidades.
Venezuela sigue contando víctimas entre ruinas y dudas
El aumento hasta los 6.125 fallecidos convierte los terremotos del 24 de junio en una de las mayores catástrofes recientes de América Latina. La emergencia inmediata ha cambiado de forma, pero no ha terminado: quedan edificios por revisar, cuerpos por identificar, enfermos que atender y miles de personas sin una vivienda segura.
La cifra más inquietante continúa siendo la que todavía no se conoce. Sin un recuento público y actualizado de desaparecidos, Venezuela puede medir el tamaño creciente de su duelo, pero no sus límites. Bajo las estadísticas hay nombres, habitaciones vacías y teléfonos que nadie contesta. Bajo buena parte de La Guaira, todavía queda demasiado hormigón.

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