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Vapeo, pastillas y apuestas: por qué crecen entre los jóvenes

Tres hábitos distintos comparten un entorno que facilita probarlos y dificulta detectar cuándo empiezan a hacer daño.

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se disparan vapeo psicofármacos y juego juvenil

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El vapeo, el uso de psicofármacos sin indicación médica y las apuestas con dinero han ganado visibilidad entre adolescentes y jóvenes, pero no forman una única epidemia ni responden a una causa común. Su crecimiento se entiende mejor al mirar qué tienen en común: son fáciles de probar, ofrecen alivio o emoción inmediata y a menudo parecen menos arriesgados de lo que son. El móvil, las redes sociales y la disponibilidad de productos en casa o en el entorno cercano reducen las barreras de entrada.

La tendencia tampoco significa que todos los jóvenes estén consumiendo más de todo. En varios países europeos, el cigarrillo convencional pierde terreno y el alcohol se estanca o baja en algunos indicadores, mientras el vapeo ocupa parte del espacio que deja el tabaco. En paralelo, aparecen consultas por sedantes, hipnóticos y conductas digitales problemáticas. Los datos de atención de un programa de Proyecto Hombre en Cantabria, por ejemplo, reflejan una transformación local de las demandas: las nuevas conductas de riesgo crecieron un 797% en cinco años, un resultado que describe a las personas atendidas por ese proyecto, no la prevalencia juvenil de toda España.

Un cambio de hábitos, no una sola epidemia

El aumento de estas conductas se ha hecho más visible después de la pandemia, aunque no puede atribuirse únicamente a ella. El confinamiento amplió el tiempo frente a las pantallas y alteró rutinas de sueño, relación y ocio; después, muchas prácticas digitales permanecieron. Al mismo tiempo, los servicios que atienden a menores empezaron a recibir consultas por problemas que antes quedaban menos identificados o se interpretaban como una etapa pasajera. Más casos atendidos pueden señalar tanto un problema más extendido como una mayor detección.

La experiencia de Proyecto TEEN, en Cantabria, ayuda a poner fechas y límites a ese cambio. Cuando el programa comenzó en 2018, las consultas se centraban sobre todo en consumos incipientes de cannabis. En 2019 aumentaron las preocupaciones por videojuegos y móviles; en 2020 se sumó el juego online, y desde 2021 aparecieron también demandas vinculadas a hipnosedantes y salud mental. En su balance de cinco años, el proyecto informó de 239 jóvenes y 534 familiares atendidos, con la participación de 72 profesionales. Es una fotografía de un servicio y de su territorio, útil para observar qué necesidades emergen, pero insuficiente para afirmar que esas mismas cifras describen a toda la juventud española.

También importa qué se cuenta como problema. Probar un cigarrillo electrónico, jugar a un videojuego o tomar una medicación prescrita no equivale por sí mismo a una adicción. La preocupación aparece cuando el comportamiento se repite, desplaza actividades importantes, se vuelve difícil de controlar o causa daños y malestar. En el caso de los medicamentos, además, hay que distinguir con claridad entre un tratamiento indicado y el consumo por cuenta propia o para un fin distinto del pautado. La conducta, el contexto y sus consecuencias importan más que una etiqueta aislada.

El vapeo reduce las barreras para empezar

Los cigarrillos electrónicos han encontrado una puerta de entrada distinta a la del tabaco tradicional. Los dispositivos pequeños, los sabores dulces, los diseños llamativos y el poco olor hacen que vapear resulte menos áspero y menos visible que fumar. Parte de los productos desechables se presenta con una estética cercana a la de un accesorio tecnológico, mientras que las redes difunden vídeos, recomendaciones y escenas cotidianas que pueden normalizar su uso. La apariencia ligera del dispositivo no equivale a ausencia de riesgo.

En las encuestas escolares europeas citadas en el artículo original, el vapeo aparece como una práctica extendida entre adolescentes: en algunos países, cerca de la mitad del alumnado de 15 y 16 años declara haberlo probado alguna vez. La cifra varía entre países y no describe por igual el uso ocasional y el frecuente. La tendencia general, sin embargo, es relevante: mientras fumar cigarrillos convencionales ha descendido en distintas series, el vapeo se ha instalado en parte de ese espacio. Menos humo no significa necesariamente menos exposición a productos inhalados.

La comparación entre vapeo y tabaco depende de quién consume y con qué propósito. Para un adulto que fuma, el cigarrillo electrónico puede plantearse en ciertos contextos como una alternativa para dejar el tabaco, aunque eso no lo convierte en inocuo. Para un menor que no fumaba, no existe ese beneficio de sustitución: incorpora una práctica nueva y, si el dispositivo contiene nicotina, una sustancia con capacidad adictiva. El aerosol puede incluir compuestos irritantes o potencialmente dañinos, y todavía falta perspectiva para conocer todos los efectos de décadas de uso. La falta de datos a largo plazo no es una prueba de seguridad.

Hay otra zona difícil de controlar: la composición real del producto y la percepción de quien lo utiliza. La oferta incluye mensajes que sugieren que algunos dispositivos no contienen nicotina, pero la variedad del mercado y la información desigual pueden confundir a los consumidores. Además, un sabor suave puede facilitar inhalaciones repetidas sin la tos o el olor que antes actuaban como freno. Por eso, el debate no se limita a si un vapeador es menos dañino que un cigarrillo: también trata de cómo evitar que adolescentes que nunca fumaron empiecen a inhalar nicotina u otras sustancias.

Los estudios han encontrado una asociación entre vapear y una mayor probabilidad de empezar a fumar después entre jóvenes que inicialmente no fumaban. Esa relación no demuestra por sí sola que el vapeo cause directamente la transición en todos los casos: pueden influir otros factores compartidos, como la búsqueda de sensaciones o el entorno social. Aun así, junto con la adicción a la nicotina y los efectos respiratorios, es un motivo de cautela. La evidencia aconseja prevenir el inicio en menores, sin confundir ese objetivo con el tratamiento del tabaquismo adulto.

El botiquín familiar y la falsa seguridad de los psicofármacos

El consumo no médico de tranquilizantes, hipnóticos y otros psicofármacos suele tener una vía de acceso distinta a la de las sustancias compradas en la calle: puede empezar en el hogar. Una caja sobrante, una receta de un familiar o la idea de que una pastilla ayudará a dormir antes de un examen pueden borrar la diferencia entre medicamento y producto de uso casual. Que un fármaco tenga una finalidad terapéutica no significa que sea seguro para cualquier persona, en cualquier cantidad o sin supervisión. Una receta es para quien la recibe y para la indicación que establece el profesional.

Algunos adolescentes recurren a sedantes o hipnóticos para calmar la ansiedad, dormir o desconectar. Esa búsqueda de alivio puede resultar comprensible si hay insomnio o malestar, pero la respuesta rápida puede ocultar el problema que está detrás y generar riesgos propios. Las benzodiacepinas, por ejemplo, pueden producir somnolencia, afectar la concentración y la coordinación, y favorecer tolerancia o dependencia, especialmente con uso prolongado o inadecuado. Mezclarlas con alcohol u otros depresores del sistema nervioso puede ser peligroso. Compartir medicación o tomarla sin indicación no es una forma segura de automedicarse.

Esto no significa que los psicofármacos sean perjudiciales por definición. Antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos y estabilizadores del ánimo cumplen funciones distintas y pueden ser parte importante de un tratamiento cuando un médico los prescribe tras una valoración clínica. La respuesta y los efectos secundarios varían entre personas; algunos medicamentos requieren controles y otros no deben interrumpirse de golpe. En España, la prescripción corresponde a profesionales médicos. La psicoterapia puede acompañar el tratamiento, pero no sustituye automáticamente la valoración médica ni implica que toda persona necesite fármacos. El uso adecuado y el uso no médico son situaciones diferentes.

El malestar emocional y las dificultades de acceso a atención psicológica o psiquiátrica también forman parte del contexto, aunque no expliquen por sí solos cada consumo. Si una persona joven duerme mal o vive ansiedad persistente, la pastilla disponible puede parecer más sencilla que esperar una consulta o hablar de lo que ocurre. El artículo de referencia apunta a que la falta de recursos y las listas de espera pueden empujar a resolver síntomas desde la atención primaria, pero no aporta cifras actuales que permitan medir cuánto pesa ese factor. La disponibilidad de atención y el acceso a medicamentos deben abordarse a la vez.

La prevención empieza por no dejar medicación sobrante al alcance de menores y por evitar que los tratamientos circulen entre familiares o amistades. En el centro educativo, la somnolencia, el absentismo o un cambio de rendimiento pueden justificar una conversación, pero no bastan para diagnosticar consumo. Conviene preguntar sin acusar y derivar a profesionales cuando el patrón persiste o preocupa. Si alguien ya toma un psicofármaco con prescripción, cualquier cambio o retirada debe hablarse con quien lleva el tratamiento: la suspensión brusca puede provocar síntomas de retirada o una recaída.

El juego online convierte el ocio en una secuencia de apuestas

Las apuestas con dinero han cambiado de escala al pasar del local físico al teléfono. Una aplicación permite apostar antes de un partido, durante el encuentro o en acciones pequeñas, como el próximo córner. La distancia entre mirar deporte y arriesgar dinero se acorta: el usuario no tiene que desplazarse ni hacer una pausa larga para decidir. Las notificaciones, las cuotas cambiantes y las promociones pueden prolongar la interacción y animar a volver. La rapidez y la disponibilidad permanente son parte central del riesgo.

El interés juvenil no depende solo de la posibilidad de ganar. La emoción de anticipar un resultado, la conversación con amistades y la sensación de participar en un acontecimiento pueden pesar tanto como el dinero. Además, los videojuegos y las apuestas comparten recursos de diseño —rachas, recompensas, marcadores y estímulos frecuentes— aunque no sean lo mismo. Esa semejanza de lenguaje puede difuminar las fronteras para quien pasa de una actividad gratuita a otra en la que cada decisión tiene un coste. La gamificación hace que apostar parezca una extensión natural del entretenimiento digital.

Las encuestas europeas mencionadas en el artículo original indicaban que alrededor de una quinta parte del alumnado había jugado con dinero durante el año previo, con diferencias según el país, la edad y la definición de juego utilizada. El dato no debe confundirse con juego problemático ni con una cifra específica de España. Sí muestra que la exposición no es marginal. En menores, además, la verificación de edad y las normas de acceso son barreras esenciales, pero pueden perder eficacia si se eluden mediante cuentas ajenas, publicidad indirecta o canales que dirigen a plataformas. La legalidad de una plataforma no elimina los riesgos de una apuesta.

Al principio, el problema no siempre se reconoce por una deuda elevada. Puede asomar en el tiempo dedicado a revisar resultados, en ocultar cuánto se ha jugado, en pedir dinero con explicaciones inconsistentes o en la dificultad para parar después de perder. Ninguna señal aislada permite diagnosticar una adicción, y es importante no confundir afición deportiva con conducta compulsiva. La atención temprana importa porque las pérdidas económicas y los conflictos familiares pueden crecer mientras el joven intenta recuperar lo perdido o disimular la actividad. El secreto y la pérdida de control son señales que merecen atención.

La pantalla, el malestar y el entorno amplifican el problema

Vapeo, psicofármacos y apuestas no son fenómenos intercambiables, pero comparten un entorno de recompensas inmediatas. El vapeo ofrece una sensación física y social; el sedante puede prometer descanso o calma; la apuesta introduce incertidumbre y expectativa. En los tres casos, la respuesta llega antes que las consecuencias. Esa diferencia temporal importa especialmente durante la adolescencia, una etapa en la que se consolidan hábitos y todavía se aprende a regular impulsos, emociones y sueño. El atractivo suele estar en el efecto inmediato, no en el daño que puede aparecer después.

Las redes sociales no inventan estas conductas, pero pueden hacerlas más visibles y aceptables. Un dispositivo de colores aparece como parte de una estética; una apuesta se presenta como comentario deportivo; una pastilla se describe como solución corriente al insomnio. La promoción puede ser explícita o adoptar la forma de contenido de entretenimiento, lo que dificulta distinguir publicidad, experiencia personal y recomendación. El algoritmo, además, tiende a repetir temas con los que el usuario ya ha interactuado. La exposición constante convierte la repetición en normalidad.

El contexto material también cuenta. Los jóvenes no tienen las mismas opciones de ocio, apoyo o atención sanitaria en todos los barrios y territorios. El caso de Cantabria muestra cómo un servicio observa nuevas necesidades en las familias y centros educativos, pero no permite atribuir el fenómeno a una sola causa, como la falta de actividades o la pandemia. Del mismo modo, el estudio local no justifica extrapolar sus resultados a todo el país. La desigualdad puede influir en el acceso a recursos y en la respuesta disponible ante un problema, aunque su peso concreto requiere datos específicos. El lugar donde se vive cambia las alternativas y la posibilidad de pedir ayuda.

Qué pueden hacer la prevención y las normas

Las respuestas más sólidas combinan educación, vigilancia del acceso y servicios capaces de intervenir pronto. En el vapeo, limitar el atractivo y la disponibilidad de productos dirigidos de hecho a menores forma parte del debate regulatorio en Europa y España; entre las medidas planteadas se encuentran restricciones a los desechables, los sabores y la promoción. La regulación concreta cambia y las propuestas no deben confundirse con normas ya vigentes en todos sus detalles. También importa que las reglas se apliquen a la venta presencial y a la publicidad digital. La prevención pierde fuerza si el producto sigue siendo fácil de conseguir y atractivo.

Para los psicofármacos, la intervención pasa por prescripción y seguimiento adecuados, información clara a familias y almacenamiento responsable en casa. A eso se suma la posibilidad de hablar de sueño, ansiedad y estrés en atención primaria y en los centros educativos sin tratar cada malestar como una enfermedad que exige medicación. Un tratamiento indicado puede ser beneficioso; el objetivo no es estigmatizarlo, sino evitar el préstamo, la automedicación y la interrupción sin supervisión. Reducir el acceso indebido no debe convertirse en una barrera para recibir atención clínica.

En el juego online, la protección depende de que la edad se compruebe de forma efectiva y de que la publicidad y las prácticas comerciales estén sujetas a controles. España cuenta con regulación del juego y restricciones publicitarias, pero la eficacia también se juega en la aplicación de esas reglas y en la circulación de promociones por redes, comunidades y creadores de contenido. En el ámbito escolar y familiar, hablar de probabilidades, pérdidas y mecanismos de recompensa puede ayudar a desmontar la impresión de que una apuesta se controla siempre con voluntad. La alfabetización digital es una parte de la prevención, no un sustituto de la regulación.

Los programas escolares pueden ser más útiles cuando enseñan habilidades concretas y abren vías de consulta, en lugar de limitarse a charlas puntuales basadas en el miedo. Proyecto Hombre Cantabria explicó que sustituyó parte de sus acciones de sensibilización por programas centrados en factores de protección y pensamiento crítico; en el curso al que se refería su balance, llegó a 57 centros y a más de 5.260 personas. Son cifras de esa iniciativa, no una evaluación independiente de eficacia nacional, pero ilustran un cambio de enfoque: trabajar con alumnado, familias y profesionales en vez de confiarlo todo a un mensaje aislado. La prevención funciona mejor cuando forma parte de la vida cotidiana del centro.

El reto es reducir el atractivo sin simplificar el malestar

El crecimiento de estas conductas no se explica diciendo que los jóvenes son irresponsables ni atribuyéndolo todo a una tecnología. Cada práctica ofrece algo distinto, pero todas pueden prosperar cuando el acceso es sencillo, la recompensa es inmediata y el riesgo queda fuera de campo. También pueden esconder problemas de sueño, ansiedad, presión social o falta de alternativas, sin que cada caso responda a la misma historia. Una explicación útil distingue entre la conducta, la persona y el entorno que la hace posible.

La señal más importante no es que un adolescente haya probado algo una vez, sino que el uso se repita, se mantenga en secreto, interfiera con sus relaciones o sus estudios y resulte difícil de detener. En esos casos, la respuesta requiere conversación y valoración profesional, no conclusiones precipitadas ni culpabilización. También exige que las familias sepan qué medicamentos hay en casa y que los centros puedan derivar sin convertir una alerta en un estigma. Detectar pronto significa abrir una puerta de apoyo, no poner una etiqueta.

La fotografía de Cantabria, las encuestas europeas y la evolución de las prácticas digitales apuntan a un cambio real en lo que preocupa a familias y servicios, aunque sus cifras midan cosas distintas. Para conocer la magnitud nacional hacen falta series comparables que separen experimentación, uso frecuente, consumo no médico y problemas clínicos. Mientras tanto, la explicación más consistente está en la suma de accesibilidad, diseño persuasivo y necesidades emocionales que no siempre encuentran una respuesta a tiempo. La prevención será más eficaz si reduce la exposición y mejora, a la vez, las alternativas de apoyo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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