Naturaleza
¿Cómo una culebra arrasa la lagartija pitiusa de Ibiza?
La culebra de herradura ocupa casi toda Ibiza y arrincona a una lagartija única, símbolo vivo de las Pitiusas insulares.

La imagen tiene algo de fábula torcida: una culebra de herradura, llegada a Ibiza como polizón silencioso, avanza por la isla, se come a la lagartija que llevaba milenios allí y, cuando la costa parece frenar la tragedia, se mete en el mar. Nada. Cruza hasta los islotes. Y sigue cazando. No es una exageración de sobremesa ni una leyenda rural con acento ibicenco: un estudio del CREAF documenta que esta serpiente invasora ocupa ya más del 90 % del territorio de Ibiza y amenaza con borrar poblaciones enteras de la lagartija pitiusa, uno de los símbolos vivos de las Pitiusas.
La respuesta sencilla es brutal: la lagartija pitiusa está contra las cuerdas porque se enfrenta a un depredador para el que no estaba preparada. La culebra de herradura no pertenecía al ecosistema ibicenco, no encontró competidores eficaces, halló alimento abundante y se expandió con una velocidad impropia de una postal mediterránea. En apenas dos décadas, lo que empezó supuestamente escondido entre olivos importados desde la península se ha convertido en una invasión biológica de libro, con poblaciones locales ya extinguidas en varios islotes y una amenaza que también asoma por Formentera.
La invasión que llegó entre olivos y cambió la isla
La historia no empieza con un monstruo, sino con una mudanza vegetal. Durante años, Ibiza importó olivos ornamentales desde la península, árboles grandes, caros, con troncos retorcidos y esa nobleza estética que tanto gusta en jardines de finca y hoteles con piscina infinita. En algún punto de ese trasiego, la culebra de herradura habría viajado escondida entre raíces, huecos o tierra. Una entrada discreta. Casi administrativa. Nadie imaginaba entonces que aquel pasajero sin billete iba a alterar uno de los equilibrios naturales más delicados de Baleares.
La lagartija pitiusa, cuyo nombre científico es Podarcis pityusensis, no era una especie cualquiera ocupando una roca cualquiera. Es un reptil endémico de Ibiza, Formentera y numerosos islotes cercanos, con poblaciones que han evolucionado aisladas durante miles de años. Esa soledad geográfica, tan bella para los folletos turísticos y tan decisiva para la biología, generó ejemplares con coloraciones únicas: verdes, azules, marrones, negras, grises, una pequeña paleta viva sobre piedra caliente. Cada islote, a su manera, era una vitrina evolutiva. No había copias de seguridad en otro sitio.
Ibiza conocía serpientes, sí, pero no una presión depredadora como esta. La lagartija pitiusa evolucionó sin tener delante a la culebra de herradura como enemigo habitual. Ahí está el drama: no basta con ser rápida, pequeña, resistente o antigua. Cuando aparece un depredador nuevo en una isla, el ecosistema no tiene siglos para negociar. Tiene temporadas. A veces, meses. Y en ese margen estrecho la culebra ha encontrado una despensa perfecta.
Del 5 % al 90 %: el mapa de una conquista veloz
Los datos dibujan una curva que parece diseñada para asustar a cualquier técnico de biodiversidad. Según el equipo investigador, en 2010 la culebra ocupaba menos del 5 % de Ibiza. En 2016, la presencia rondaba ya el 40 %. En 2025, superaba el 90 % del territorio insular. Es decir: en quince años, la invasión pasó de ser un problema localizado a convertirse en una realidad prácticamente insular. La serpiente no llegó dando golpes en la puerta; fue ocupando el mapa como una mancha de aceite.
El estudio no se apoya en rumores de camino rural. El equipo ha cruzado trabajo de campo, trampas, censos actuales y antiguos, fotografías, vídeos y observaciones verificadas de residentes y pescadores. En el islote de Santa Eulària, por ejemplo, se instalaron 12 trampas y se capturaron 58 serpientes entre 2023 y 2025. El contraste con las lagartijas resulta seco: en un mismo recorrido donde en 2016 se habían observado 72 ejemplares, en 2023 solo quedaban tres y en 2025 no se detectó ninguno. Extinción local. Dicho sin terciopelo: allí se acabó esa población.
El investigador Oriol Lapiedra, del CREAF, resume la dinámica con una imagen muy precisa: la invasión se comporta como un incendio, con un frente que avanza cuando la comida se agota. La comparación no es decorativa. Un incendio consume combustible; la culebra consume lagartijas. Cuando llega a una zona nueva, puede tardar menos de tres años en extirpar toda una población local. Tres años: menos que una legislatura, menos que muchas obras públicas, menos que el tiempo que tardamos en admitir que el problema no era una anécdota.
Cuando el mar deja de ser una barrera
Durante un tiempo, los islotes parecían refugios. Esa era la esperanza razonable: si la culebra estaba en Ibiza, al menos el agua protegería las poblaciones aisladas de lagartija. La biología insular se había construido precisamente sobre esas separaciones. Un brazo de mar, unas rocas, un pequeño mundo aparte. Pero la culebra rompió también esa tranquilidad conceptual. El estudio documenta que la especie es capaz de nadar en mar abierto y alcanzar islotes cercanos, un comportamiento que no se había observado en esta especie y que cambia por completo el mapa de riesgo.
No hablamos de una serpiente empujada por casualidad en una rama, sino de ejemplares vistos y registrados desplazándose por el agua. Los investigadores reunieron vídeos, fotos y testimonios antes de asumir que no se trataba solo de introducciones accidentales por barcas o transporte humano. La culebra llegaba por sí misma. Y cuando llega a islotes pequeños, el margen de resistencia de la lagartija se desploma: unas pocas serpientes pueden acabar con poblaciones enteras en muy poco tiempo. Ahí el Mediterráneo deja de ser postal y pasa a ser pasillo.
Ya se ha constatado la desaparición de poblaciones únicas en 10 islotes, entre ellos Santa Eulària y s’Ora. La palabra “únicas” conviene leerla despacio. No significa bonitas, curiosas o simpáticas para una campaña institucional. Significa que esos linajes concretos, con sus colores y adaptaciones propias, no existen en ningún otro lugar del planeta. Cuando desaparecen, no se reponen con una suelta cualquiera ni con buena voluntad de folleto. Se apaga una línea evolutiva. Fin.
Qué se pierde cuando desaparece la lagartija pitiusa
La lagartija pitiusa no es solo un icono de postal, aunque también lo sea. Su papel ecológico es mucho más serio: poliniza plantas, dispersa semillas y ayuda a controlar insectos. En un ecosistema insular, donde cada pieza pesa más porque hay menos piezas, perder un vertebrado terrestre tan integrado equivale a quitar una bisagra. La puerta puede seguir ahí un tiempo, claro, pero ya no cierra igual.
También se pierde memoria natural. Cada población de lagartija de las Pitiusas ha acumulado diferencias a lo largo de miles de años de aislamiento. Algunas son oscuras, otras verdosas, otras azuladas. No se trata de caprichos cromáticos para naturalistas con prismáticos, sino de señales de adaptación a hábitats concretos. La evolución, cuando trabaja en islas, trabaja como un artesano obsesivo: poco espacio, mucho detalle. La culebra de herradura, por el contrario, entra en ese taller como una excavadora hambrienta.
El impacto cultural tampoco es menor. La lagartija forma parte del paisaje sentimental de Ibiza y Formentera, de sus muros, sus caminos, sus piedras calientes al mediodía. Hay animales que no necesitan rugir para representar un territorio. Basta verlos cruzar una pared seca. Que desaparezcan no provoca el estruendo de un edificio que cae, pero deja una falta rara, como cuando una palabra local deja de usarse y nadie sabe muy bien qué se ha perdido hasta que intenta nombrar algo y ya no puede.
Una serpiente sin rivales y un ecosistema en cascada
La culebra de herradura ha prosperado porque Ibiza le ofreció algo parecido a un paraíso biológico: alimento, clima favorable y pocos frenos. Su dieta no se limita a la lagartija. Los investigadores señalan que también consume ratones, murciélagos, aves y musarañas, lo que abre la puerta a efectos en cascada sobre el resto del ecosistema. En una isla, la cadena trófica no es una autopista de seis carriles. Es más bien un camino estrecho junto a un acantilado: cualquier volantazo se nota.
La ausencia de competidores ha favorecido incluso ejemplares especialmente grandes. Se han capturado serpientes de hasta dos metros, muy por encima de los tamaños habituales en la península según los investigadores. El dato impresiona, aunque conviene no convertirlo en cine de terror barato. La culebra de herradura no es una amenaza relevante para las personas. El problema no es que el turista se encuentre una serpiente junto a la tumbona. El problema real, más grave y menos televisivo, es que una especie introducida esté vaciando el ecosistema por dentro.
Aquí aparece una ironía amarga. Ibiza, isla convertida tantas veces en metáfora del exceso humano, vive una crisis ambiental nacida también de una cadena humana: comercio ornamental, transporte, transformación del paisaje, controles insuficientes, reacción tardía. La serpiente no tiene culpa moral de nada; hace lo que hace una serpiente. Come, se reproduce, ocupa territorio. La responsabilidad, como casi siempre en las invasiones biológicas, cae del lado de quien abrió la puerta y luego miró hacia otro lado porque al principio el incendio parecía una cerilla.
Trampas, zoo y genética: el rescate que ya está en marcha
El Govern balear y los equipos técnicos llevan años intentando contener la expansión con trampas y programas de control, aunque la magnitud del reto crece. En la campaña de 2025, se superaron las 4.400 capturas de serpientes invasoras en las Pitiusas. Solo en Ibiza, con 1.930 trampas instaladas, se capturaron 3.604 ejemplares, la mayoría de culebra de herradura. En Formentera se registraron 893 capturas, sobre todo de serpiente blanca, aunque la presencia de la culebra de herradura en puntos sensibles aumenta la preocupación.
La captura masiva ayuda, pero no resuelve por sí sola una invasión tan extendida. Cuando una especie ocupa más del 90 % de una isla, hablar de erradicación total suena más a deseo que a programa técnico inmediato. Por eso la estrategia se ha abierto en varios frentes: control en campo, vigilancia de islotes, bioseguridad en puertos y viveros, protección de poblaciones supervivientes y conservación fuera del hábitat natural. La palabra técnica es cría ex situ. En castellano llano: sacar algunos ejemplares del tablero antes de que el tablero arda.
El proyecto del Zoo de Barcelona y el Govern balear funciona como una especie de arca genética. Empezó con el traslado de ejemplares sanos y genéticamente diversos para constituir líneas reproductoras, y en su primer año ha registrado 32 crías de lagartija pitiusa. El resultado ha llevado a ampliar el programa con nuevos ejemplares procedentes de islotes vulnerables. No es la solución completa, pero sí una póliza de vida para linajes que podrían desaparecer en la naturaleza antes de que la administración termine de redactar la siguiente estrategia.
La conservación en cautividad tiene algo de victoria triste. Salva, pero también certifica que fuera las cosas van mal. Nadie quiere que una lagartija nacida para correr sobre piedra caliente dependa de instalaciones controladas a cientos de kilómetros. Pero cuando una población está a punto de desaparecer, el purismo sobra. Primero se evita la extinción; luego se discute cómo, cuándo y dónde recuperar terreno. La biología, a diferencia de la política, no concede demasiadas prórrogas.
Formentera ya mira de reojo el mismo frente
El aviso no se queda en Ibiza. Formentera comparte con ella parte de ese patrimonio natural de lagartijas, con poblaciones diferenciadas y rasgos propios. La llegada o expansión de serpientes invasoras en una isla más pequeña podría tener consecuencias muy rápidas. Los científicos advierten de que una explosión demográfica de la culebra de herradura en Formentera podría acabar con sus poblaciones de lagartijas en pocos años. La experiencia ibicenca, en este caso, no es un precedente académico. Es una alarma sonando al lado.
La clave está en evitar que el problema se normalice. En las invasiones biológicas hay una fase peligrosa en la que la sociedad se acostumbra al invasor. Primero sorprende ver una serpiente; después se comenta; luego se incorpora al paisaje mental. Y cuando algo entra en la normalidad, cuesta más movilizar recursos para combatirlo. Pero que una culebra aparezca cada vez más no significa que pertenezca al equilibrio natural de la isla. Significa, precisamente, que el equilibrio está cambiando.
La prevención exige controles más finos en el movimiento de árboles ornamentales, materiales agrícolas, embarcaciones y mercancías. También vigilancia ciudadana bien organizada, no histeria. Una cosa es avisar de avistamientos y otra convertir cada serpiente en una escena de pánico. La culebra no es el villano de una película de domingo; es una especie fuera de lugar en un ecosistema vulnerable. La diferencia importa, porque el miedo suele producir ruido, mientras que la gestión necesita datos, trampas, continuidad y dinero. Qué vulgar suena el dinero cuando se habla de biodiversidad. Y qué decisivo es.
Una isla preciosa también puede ser frágil
Ibiza suele contarse desde el exceso de luz: calas, música, fiesta, urbanismo de lujo, atardeceres fotografiados hasta la extenuación. Pero bajo esa superficie hay una isla mucho más antigua y más delicada, hecha de pequeñas relaciones entre insectos, semillas, muros, aves, reptiles y plantas. La crisis de la lagartija pitiusa recuerda algo incómodo: un territorio puede parecer fuerte porque recibe millones de visitantes y, al mismo tiempo, ser ecológicamente frágil como una porcelana fina.
La culebra de herradura ha puesto ante Ibiza una pregunta que va más allá de una sola especie. Qué hacemos cuando una pérdida ya no es abstracta. Cuando no hablamos de biodiversidad como palabra de informe, sino de un animal concreto que desaparece de una pared, de un islote, de una memoria local. La lagartija pitiusa no necesita épica inflada. Le basta con sobrevivir. Y para eso, Ibiza tendrá que actuar con la seriedad que tantas veces se reserva para asuntos menos importantes: control, ciencia, vigilancia y paciencia. Mucha paciencia. Porque una isla no se defiende solo cuando arde el bosque; también cuando una pequeña sombra deja de moverse entre las piedras.

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