Economía
Un año de aranceles de Trump: así cambió el comercio español
España siguió creciendo, aunque vendió menos a Estados Unidos y afrontó un comercio exterior más incierto y costoso.

Un año después de que Donald Trump lanzara su ofensiva arancelaria, España no sufrió un desplome económico, pero sí un deterioro visible de su comercio exterior y un entorno más difícil para las empresas. El déficit comercial alcanzó 57.054,7 millones de euros en 2025, un 41,6 % más que el año anterior, mientras las exportaciones españolas de bienes a Estados Unidos cayeron cerca de un 10 % en el conjunto del año, con una pérdida estimada de 1.800 millones de euros.
La factura no se explica solo por los gravámenes de Washington. También pesan las importaciones de energía y bienes industriales, la debilidad de los principales socios europeos y las decisiones empresariales aplazadas ante reglas comerciales cambiantes. España creció un 2,8 % en 2025, impulsada por la demanda interna, pero la demanda exterior restó siete décimas al avance del PIB: la economía resistió, aunque el comercio dejó de ser un viento a favor.
Un déficit récord que no cuenta toda la historia
El 2 de abril de 2025, Trump anunció una nueva ronda de aranceles y presentó la medida como el Día de la Liberación. Para la Unión Europea, el inicio fue un gravamen general del 10 %, acompañado por amenazas de tasas superiores y cambios sucesivos en las condiciones. En los meses posteriores hubo negociaciones, exenciones y modificaciones en la aplicación de los recargos. Esa inestabilidad, además del coste aduanero, se convirtió en parte del impacto: las empresas tuvieron que planificar sin saber con certeza qué reglas seguirían vigentes.
El déficit comercial español aumentó hasta 57.054,7 millones de euros porque el valor de las importaciones superó ampliamente al de las exportaciones. España vendió bienes por 387.091,6 millones e importó por 444.146,4 millones. La distancia no nació de un solo mercado ni de un arancel concreto: el saldo energético fue negativo en 29.292 millones y el de bienes de equipo superó los 30.280 millones. Los productos químicos y las manufacturas de consumo también cerraron con déficit.
La composición del intercambio ayuda a poner la cifra en contexto. La factura energética refleja una dependencia de compras exteriores que precede a la ofensiva de Trump, mientras que la adquisición de maquinaria y otros bienes de equipo responde también a las necesidades de empresas e industrias españolas. En cambio, alimentación, bebidas y tabaco mantuvieron un superávit sólido, y el automóvil aportó saldo positivo. Los aranceles agravaron vulnerabilidades previas, pero no las crearon por sí solos.
En enero de 2026 apareció un alivio parcial: el déficit bajó hasta unos 4.010 millones de euros. Sin embargo, ese movimiento no demuestra por sí mismo que las exportaciones se recuperaran. Las ventas exteriores seguían débiles y buena parte de la mejora del saldo se debió a que también descendieron las importaciones, incluidas las energéticas. Un déficit menor puede reflejar una mejora exportadora, pero también una contracción de las compras; el dato mensual, aislado, no permite confundir ajuste con recuperación.
El golpe directo en Estados Unidos
Las ventas españolas de bienes a Estados Unidos pasaron de unos 18.500 millones de euros en 2024 a cerca de 16.700 millones en 2025, según los datos recogidos para el conjunto del año. La caída, en torno al 10 %, fue una de las más pronunciadas entre las grandes economías de la Unión Europea. Alemania registró un descenso del 9 % y Francia, del 1 %, mientras las exportaciones italianas aumentaron un 7 %. El peso del mercado estadounidense para España es menor que para varios de esos socios, pero la contracción española fue especialmente acusada.
La pérdida no se limitó al valor de los productos vendidos. El número de empresas españolas que exportaron bienes a Estados Unidos se redujo un 16 % en 2025, desde unas 30.000 hasta algo menos de 25.000. Esa cifra no significa necesariamente que todas abandonaran de forma permanente el mercado: algunas pudieron dejar de exportar durante ese periodo o reducir operaciones por debajo de los registros considerados. Sí muestra, en cualquier caso, que el retroceso alcanzó también a la base empresarial, no solo a grandes operaciones puntuales.
Los datos de enero de 2026 prolongaron la señal de debilidad. España exportó a Estados Unidos 1.140,7 millones de euros, un 11,4 % menos que en enero del año anterior, y el país pasó de representar el 4,3 % al 3,9 % del total exportado. Las importaciones españolas desde Estados Unidos cayeron aún más, un 20,8 %, hasta dejar el déficit bilateral en 1.087,2 millones, un 28,8 % menos. Ese saldo mejoró, pero en buena medida porque España compró menos: no equivale a una recuperación del vínculo comercial.
Las cifras mensuales y anuales describen periodos diferentes, por lo que no deben sumarse ni leerse como si midieran exactamente lo mismo. En conjunto, dibujan una relación comercial más débil y expuesta a cambios políticos. Para una compañía, conservar un cliente grande no basta si se vuelve difícil calcular el coste de cada envío, fijar precios o comprometer inversiones. La previsibilidad también tiene valor económico, aunque no aparezca como una partida independiente en la balanza comercial.
El efecto se propaga por Europa
Estados Unidos concentra la atención porque las amenazas de aranceles tienen un origen político claro, pero no es el principal destino de las exportaciones españolas. En enero de 2026, la Unión Europea absorbió el 63,9 % de las ventas españolas al exterior. Por eso una desaceleración en los socios comunitarios puede pesar más que una caída bilateral con Washington: los fabricantes españoles suministran productos, piezas y servicios a empresas europeas que después venden en otros mercados. El impacto indirecto puede viajar por la cadena de producción antes de llegar a la aduana.
En enero, las exportaciones españolas a la Unión Europea bajaron un 2,5 %. Las ventas a China retrocedieron un 7,8 %, aunque el déficit con ese país siguió por encima de los 42.000 millones de euros. El mercado chino también es una fuente creciente de importaciones: las compras españolas superaron en 2025 los 50.000 millones por primera vez. Así, el comercio exterior quedó presionado por varios frentes al mismo tiempo, entre ellos la debilidad de la demanda europea y el peso de las importaciones asiáticas.
Los efectos pueden aparecer lejos de las operaciones directas con Estados Unidos. Si Alemania, Francia o Italia reducen su producción o sus exportaciones por la incertidumbre comercial, también pueden recortar pedidos a proveedores españoles. En 2025, la industria alemana se estancó, mientras las ventas industriales cayeron un 4 % en Italia y un 3 % en Francia, según los datos recogidos en la información de referencia. La exposición, por tanto, no se mide únicamente contando contenedores con destino estadounidense: también importa cuánto depende España de sus clientes europeos.
La demanda nacional aportó 3,6 puntos al crecimiento español de 2025, frente a la contribución negativa de la demanda exterior, que restó siete décimas. Los hogares y la inversión sostuvieron la actividad mientras el intercambio con el resto del mundo perdía impulso. Esa combinación explica cómo puede crecer el PIB y, a la vez, empeorar el saldo comercial. También pone de relieve una diferencia práctica: un consumidor puede ajustar gradualmente sus gastos, pero una empresa que aplaza una inversión, una contratación o un pedido puede arrastrar ese retraso durante varios trimestres.
Los sectores y las regiones no recibieron el mismo golpe
La exposición a los aranceles varía según el producto y la capacidad de cada empresa para asumir costes o encontrar otros compradores. Maquinaria, material eléctrico, productos químicos, semimanufacturas y determinados alimentos figuran entre las ramas sensibles. El aceite de oliva ofrece un ejemplo concreto: las exportaciones españolas a Estados Unidos descendieron de 1.013 millones de euros en 2024 a 733 millones en 2025, una caída del 28 %. El retroceso fue mucho mayor que la media de las ventas españolas a ese mercado.
Para competir, una empresa afectada puede reducir su precio y absorber parte del arancel, con menos margen, o trasladar el coste al comprador y arriesgarse a perder ventas. No hay una salida igual para todos: influye cuánto puede sustituirse el producto, qué alternativas tienen los clientes y cuánto dura la medida. Si quienes venden en Estados Unidos aceptan menores beneficios, el daño puede aparecer en sus cuentas aunque mantengan el volumen. Si suben precios, parte de la demanda puede desplazarse a productores de otros países.
El alcance territorial también es desigual. Cerca del 80 % de las exportaciones españolas a Estados Unidos se concentra en Cataluña, País Vasco, Madrid, Comunidad Valenciana y Andalucía. En esta última, el aceite tiene una presencia destacada; en la Comunidad Valenciana hay manufacturas industriales y cerámica entre las actividades expuestas. Otras empresas afrontan riesgos en maquinaria, bebidas o productos químicos. La concentración geográfica no implica que esas comunidades estén ante una crisis general, pero sí que algunos sectores y zonas pueden sentir antes el cambio de condiciones.
El golpe comercial puede coexistir con otras presiones. Una menor actividad en los mercados de destino reduce pedidos de componentes españoles, mientras los productos que pierden espacio en Estados Unidos buscan salida en Europa y elevan la competencia. El resultado puede ser una disputa por precios en dos direcciones: vender fuera con menos margen y defender la cuota en casa frente a nuevos competidores. Por eso el perjuicio no siempre aparece como una caída abrupta de exportaciones; a veces se filtra en contratos renegociados, inventarios más difíciles de valorar y decisiones de inversión pospuestas.
Un plan de 14.100 millones para amortiguar el impacto
El Gobierno anunció el Plan de Respuesta y Relanzamiento Comercial pocos días después de la ofensiva arancelaria, con una dotación total de 14.100 millones de euros. De esa cantidad, 7.400 millones correspondían a financiación nueva y 6.700 millones a instrumentos que ya existían. El paquete incluyó avales del ICO, financiación para circulante e inversión, apoyo industrial y medidas de flexibilidad laboral para empresas especialmente afectadas. La finalidad era sostener liquidez y actividad mientras se aclaraba el marco comercial.
La dimensión del plan no debe confundirse con una compensación directa por cada euro perdido. Parte de los recursos eran mecanismos disponibles con anterioridad y el anuncio no podía cambiar los aranceles aplicados por Estados Unidos. Tampoco podía sustituir de inmediato a un cliente que desapareciera o abrir por sí solo un mercado alternativo. En la práctica, se trataba de ganar tiempo para que las empresas absorbieran el golpe y para que la Unión Europea negociara en nombre de sus miembros.
Ese límite institucional importa. La política comercial común se decide en el ámbito europeo, de modo que España no negocia por separado las condiciones aduaneras con Washington. Los exportadores españoles afrontan las mismas reglas generales que sus competidores franceses, alemanes o italianos, pero no tienen la misma combinación de sectores ni la misma dependencia de cada mercado. Una tarifa común puede producir daños muy distintos según la estructura productiva de cada país.
La incertidumbre política se convirtió en un coste
Durante el primer año, las reglas arancelarias no permanecieron inmóviles. Hubo anuncios de tasas generales, amenazas de recargos mayores, excepciones sectoriales, acuerdos y disputas sobre la base legal de algunas medidas. Las informaciones posteriores recogidas en la referencia describen también cambios tras decisiones judiciales y nuevos anuncios tarifarios. Esa sucesión impide presentar un único porcentaje como si hubiera regido de forma estable durante todo el periodo: el tipo aplicable dependió del momento, el producto y las decisiones vigentes.
Las negociaciones entre Washington y Bruselas llegaron a plantear un marco general del 15 % para productos europeos, con excepciones y tratamientos distintos para algunos sectores. El acero y el aluminio, por ejemplo, conservaron un gravamen del 50 % en el acuerdo descrito, mientras que se mencionaron exenciones para productos farmacéuticos. En otros momentos se manejaron tasas generales diferentes. El dato relevante no es reducir un año de cambios a una cifra única, sino reconocer que las empresas tuvieron que seguir modificaciones y verificar qué régimen se aplicaba a cada envío.
La tensión también se extendió a la política exterior. La negativa española a autorizar el uso de las bases de Morón y Rota y del espacio aéreo nacional en operaciones contra Irán elevó el enfrentamiento con Washington; Trump llegó a amenazar con represalias comerciales. Cuando un desacuerdo diplomático puede alterar las condiciones de acceso a un mercado, el riesgo deja de limitarse a los aranceles ya publicados. La posibilidad de nuevas medidas pesa incluso antes de que se materialicen, porque influye en la planificación de pedidos, precios y contratos.
Ese es uno de los motivos por los que la incertidumbre funciona como un impuesto difícil de medir. Una empresa puede calcular cuánto cuesta una tasa conocida y decidir si la asume, la traslada o busca otro destino. Pero si la regla cambia de forma recurrente, aumentan el trabajo administrativo, la cautela financiera y el riesgo de tomar decisiones con información que pronto quede desactualizada. El comercio se adapta, aunque esa adaptación consume tiempo y recursos: las cadenas de suministro no se redibujan al ritmo de una rueda de prensa.
El comercio español llega a una prueba de resistencia
España conserva algunos amortiguadores. Su exposición directa a Estados Unidos es inferior a la de economías europeas más dependientes de ese mercado; los servicios y el turismo mantienen un peso importante, y el sector agroalimentario cuenta con ramas exportadoras competitivas. El desarrollo de las renovables también reduce parte de la exposición a combustibles fósiles frente a países con una dependencia energética mayor. Ninguno de esos factores elimina el impacto, pero ayuda a entender por qué la economía pudo crecer mientras empeoraba la balanza de bienes.
La relación comercial bilateral tampoco se lee únicamente a través de los productos que cruzan la frontera. Las importaciones de gas natural licuado y otros productos energéticos estadounidenses influyen en el saldo entre ambos países. Por eso el déficit bilateral puede variar aunque las ventas de aceite, maquinaria o bienes industriales no se muevan en la misma dirección. El intercambio de energía añade una capa menos visible a una discusión que suele centrarse en los productos exportados.
La respuesta de fondo no pasa necesariamente por producirlo todo dentro del país. La dependencia exterior de energía y bienes de equipo tiene causas estructurales y no desaparece con una decisión rápida. Pero el episodio ha vuelto más evidente el valor de diversificar destinos y proveedores, reforzar la capacidad industrial y reducir vulnerabilidades que dejan a una empresa expuesta a un único mercado. Es un proceso lento: encontrar compradores, homologar productos y establecer rutas comerciales lleva tiempo, no se resuelve desviando un cargamento de un puerto a otro.
El primer año de aranceles no provocó un colapso económico en España, pero sí dejó una señal persistente: las ventas a Estados Unidos retrocedieron, menos compañías exportaron allí y el déficit comercial aumentó. A la vez, la actividad interior sostuvo el crecimiento y el impacto indirecto se propagó por Europa. La lección más duradera es que el comercio ya no puede darse por previsible: cuando la política altera las reglas, el coste no se limita a la aduana, sino que alcanza los márgenes, las inversiones y las decisiones que mantienen en marcha las empresas.

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