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¿َPor qué Ucrania golpea Moscú con drones y ataca una gran refinería?

Ucrania lleva la guerra hasta Moscú con drones, una refinería en llamas y aeropuertos cerrados mientras Zelenski desafía a Putin y su poder.

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Ucrania golpea Moscú con una lluvia de drones

Ucrania lanzó durante la madrugada del 18 de junio uno de sus mayores ataques con drones contra Moscú desde el comienzo de la invasión rusa. La ofensiva alcanzó la gran refinería situada en el distrito de Kapotnia, al sureste de la capital, obligó a suspender temporalmente las operaciones de sus cuatro aeropuertos principales y dejó más de 500 vuelos cancelados o retrasados. Era la segunda vez en apenas tres días que la instalación petrolera recibía un impacto.

Volodímir Zelenski presentó la operación como una respuesta directa a los bombardeos rusos sobre Ucrania y, en particular, al ataque que dañó el histórico monasterio de las Cuevas de Kyiv, un conjunto religioso con casi mil años de antigüedad. El presidente ucraniano elevó el tono con una advertencia poco diplomática, aunque difícil de malinterpretar: «Si Ucrania arde, Moscú también arderá». La intención de Kyiv resulta transparente: golpear la economía de guerra rusa, llevar la inseguridad hasta la vida cotidiana de la capital y aumentar el coste político que paga Vladímir Putin por prolongar el conflicto.

Moscú despierta bajo una ofensiva aérea masiva

Decenas de aparatos no tripulados atravesaron durante la noche diferentes regiones rusas y se dirigieron hacia Moscú. El Ministerio de Defensa de Rusia afirmó haber derribado 555 drones en todo el país, casi 200 de ellos en las inmediaciones de la capital. Son cifras facilitadas por Moscú que no han podido verificarse de manera independiente y que, como suele ocurrir en esta guerra, conviene mirar con cierta distancia: la niebla del combate también se fabrica en los despachos.

Algunos drones consiguieron superar las defensas. La refinería de Moscú, situada a unos 15 kilómetros del Kremlin, quedó envuelta en llamaradas y espesas columnas de humo negro. Las imágenes difundidas desde la zona mostraban el cielo cubierto por una nube oscura y restos de hollín depositándose sobre vehículos y edificios próximos. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, aseguró horas después que el incendio estaba contenido y que los equipos de emergencia trabajaban sobre los últimos focos.

El ataque también causó daños en diferentes puntos de la región de Moscú. Las autoridades locales elevaron a 17 el número de heridos, entre ellos dos menores. En Zhukovski, uno de los drones alcanzó un edificio residencial, mientras que en otras localidades los fragmentos de aparatos interceptados dañaron viviendas, coches e infraestructuras. No se comunicaron víctimas mortales en el área de Moscú.

La ofensiva llegó, además, en un momento incómodo para el Kremlin. Putin se encontraba en Kazán, a unos 700 kilómetros al este de la capital, recibiendo a dirigentes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático. Mientras el presidente ruso trataba de mostrar normalidad diplomática y oportunidades comerciales, el humo de una refinería incendiada cubría parte del horizonte de Moscú. La llamada «operación militar especial», aquel eufemismo pensado para mantener la guerra a una distancia confortable, terminaba reflejada en los paneles de salidas de los aeropuertos rusos.

La refinería de Kapotnia explica buena parte del ataque

El blanco escogido no fue casual. La refinería de Moscú, operada por Gazprom Neft, es una de las instalaciones petroleras más importantes de Rusia y proporciona más de un tercio del combustible consumido en la región de la capital. Procesa millones de toneladas de crudo al año y abastece tanto a estaciones de servicio como a empresas, aeropuertos y redes logísticas.

Atacar una instalación así produce efectos que van más allá de las llamas visibles. Una refinería es un laberinto de tuberías, unidades de destilación y depósitos, con sistemas eléctricos y equipos sometidos a temperaturas y presiones extremas. Incluso cuando el incendio se extingue con rapidez, las inspecciones y reparaciones pueden reducir la producción durante días o semanas. No hace falta destruir todo el complejo; basta con dañar el cuello de botella adecuado.

La planta ya había sido atacada el martes anterior. Dos fuentes vinculadas a la industria petrolera indicaron entonces que una unidad principal, responsable de alrededor del 53% de la capacidad de procesamiento, había quedado temporalmente fuera de servicio. Las autoridades rusas sostuvieron que el funcionamiento general no se había visto afectado. Son dos versiones difíciles de casar, salvo que se acepte la peculiar contabilidad de guerra en la que una refinería puede arder y funcionar con absoluta normalidad al mismo tiempo.

Kyiv denomina a este tipo de operaciones «sanciones de largo alcance». La expresión tiene una carga propagandística evidente, pero describe bien el objetivo: si las sanciones occidentales no consiguen cortar por completo los ingresos energéticos de Rusia, Ucrania intenta reducir físicamente su capacidad de refinar, transportar y vender combustible.

Los ataques contra refinerías rusas, depósitos petroleros y terminales petroleras se han intensificado durante los últimos meses. Con ellos, Ucrania busca disminuir los recursos que financian la invasión, perturbar el suministro militar y obligar a Moscú a desplegar defensas antiaéreas lejos del frente. Cada batería situada alrededor de una refinería o de una ciudad rusa es una batería que no protege posiciones militares en los territorios ocupados.

Más de 500 vuelos alterados en los aeropuertos de Moscú

Sheremétievo, Vnúkovo, Domodédovo y Zhukovski suspendieron temporalmente despegues y aterrizajes por razones de seguridad. El cierre afectó a más de 500 vuelos, entre cancelaciones, retrasos y desvíos hacia otros aeródromos. Miles de viajeros quedaron atrapados en las terminales frente a paneles que acumulaban cambios de horario.

Cerrar el espacio aéreo es una medida habitual cuando existe riesgo de drones, pero provoca un efecto dominó difícil de resolver. Los aviones que no aterrizan quedan fuera de posición para su siguiente trayecto, las tripulaciones superan sus límites horarios y los pasajeros pierden conexiones. Aunque las restricciones duren solo unas horas, el atasco puede prolongarse durante buena parte del día.

Ese trastorno constituye también un objetivo político. Ucrania pretende que la sociedad rusa perciba una guerra que durante años el Kremlin presentó como algo lejano, localizado y controlado. No se trata únicamente de destruir equipos industriales. Se trata de que una mañana cualquiera el conflicto huela a queroseno, aparezca en la aplicación de una aerolínea y obligue a mirar al cielo.

La amenaza de Zelenski y el cálculo político de Kyiv

Zelenski justificó el ataque como respuesta a la ofensiva rusa que golpeó varias regiones ucranianas y dañó el monasterio de las Cuevas de Kyiv. Al menos 10 personas murieron en Ucrania durante aquella oleada de misiles y drones. El complejo monástico, uno de los grandes símbolos religiosos e históricos del país, sufrió desperfectos.

El presidente ucraniano afirmó que su Gobierno no permanecerá inmóvil mientras Rusia continúa bombardeando ciudades, comunidades e infraestructuras civiles. Su mensaje no estuvo dirigido únicamente al Kremlin. También habló para los ciudadanos rusos, a quienes instó a comprender que Putin es, a juicio de Kyiv, el responsable de mantener la guerra cuyo precio empieza a sentirse dentro de Rusia.

Hay una mezcla deliberada de represalia, disuasión y presión psicológica. Ucrania quiere demostrar que posee capacidad para penetrar el espacio aéreo de una de las ciudades supuestamente mejor protegidas del mundo. Moscú dispone de varias capas de defensa, radares, sistemas de guerra electrónica y baterías antiaéreas. Aun así, algunos aparatos llegan hasta instalaciones estratégicas. No es un detalle menor.

Los drones empleados en ataques de largo alcance suelen resultar mucho más baratos que los sistemas destinados a interceptarlos. Obligan a activar radares, despegar aviones, disparar misiles costosos y cerrar aeropuertos. La aritmética es incómoda para Rusia: incluso derribar la mayoría de los aparatos puede convertirse en una operación cara, y basta con que unos pocos atraviesen el cinturón defensivo para provocar daños relevantes.

La estrategia, sin embargo, contiene riesgos evidentes. Cuanto más se aproximan los ataques a zonas residenciales, mayor es la posibilidad de causar víctimas civiles, ya sea por impactos directos, fallos técnicos o restos de drones abatidos. Kyiv insiste en que selecciona objetivos militares y energéticos relacionados con la guerra. Moscú utiliza cualquier daño civil para presentar las operaciones como terrorismo. Entre ambas narrativas quedan civiles atrapados en la escalada.

El Kremlin vinculó ese clima de escalada con el ataque sufrido el día anterior por un autobús que transportaba a un equipo juvenil de fútbol bielorruso en la región rusa de Briansk, próxima a la frontera ucraniana. Una mujer que acompañaba al grupo murió y ocho personas resultaron heridas, entre ellas seis menores, según las autoridades rusas y bielorrusas.

Rusia acusó a Ucrania de haber atacado deliberadamente el vehículo con un dron. El Estado Mayor ucraniano negó cualquier participación y aseguró que sus fuerzas no realizaron operaciones con aparatos no tripulados en Briansk durante el periodo indicado. La autoría no ha podido ser verificada de manera independiente.

El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, reclamó a Kyiv una explicación «sincera» y pidió esclarecer lo sucedido. La gravedad del episodio exige precisamente eso: pruebas, no una sentencia dictada a toda velocidad desde Telegram. En una guerra saturada de vídeos parciales, versiones oficiales y propaganda, la prudencia no es tibieza; es una obligación.

El Kremlin promete represalias y enfría cualquier cumbre

Rusia respondió con dos mensajes complementarios. El asesor presidencial Yuri Ushakov afirmó que los ataques contra territorio ruso alejan la posibilidad de una reunión entre Putin y Zelenski. El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, prometió que Moscú continuará realizando ofensivas «masivas y coordinadas» en respuesta a los bombardeos ucranianos.

La reacción contiene una contradicción conocida. El Kremlin sostiene que la ofensiva de Kyiv dificulta la diplomacia, mientras mantiene sus propios ataques contra ciudades ucranianas y amenaza con intensificarlos. Cada parte presenta sus golpes como reacción inevitable a los del adversario. Así se construye una escalera sin descansillos: nadie dice haber dado el primer paso, pero todos siguen subiendo.

La hipotética reunión entre ambos presidentes continúa rodeada de condiciones incompatibles. Kyiv exige un alto el fuego verificable y garantías de seguridad antes de negociar cuestiones territoriales definitivas. Moscú reclama concesiones previas sobre las regiones ocupadas, la capacidad militar ucraniana y su relación con Occidente. El encuentro se menciona con frecuencia; su preparación real avanza bastante menos.

El ataque contra Moscú tampoco parece concebido para abrir un periodo de calma. Es una demostración de fuerza destinada a mejorar la posición ucraniana antes de cualquier negociación. Kyiv intenta transmitir que Rusia no puede prolongar indefinidamente la guerra sin sufrir daños económicos, logísticos y políticos en su propio territorio.

Bruselas refuerza a Ucrania mientras los drones golpean Rusia

Zelenski viajó a Bruselas para participar en reuniones con dirigentes de la Unión Europea, la OTAN y el Grupo de Contacto para la Defensa de Ucrania. Entre las prioridades figuraban el suministro de sistemas antiaéreos y el desarrollo, junto con Alemania, de una coalición de defensa contra misiles balísticos.

El encuentro coincidió con un avance político importante: la Unión Europea abrió el primer bloque de las negociaciones de adhesión con Ucrania. Este apartado, denominado «Fundamentos», incluye el Estado de derecho, los derechos fundamentales, la justicia, la seguridad, la contratación pública y el control financiero. Es el bloque que se abre primero y se cierra el último, porque determina el ritmo de todo el proceso.

Ursula von der Leyen expresó su esperanza de que durante el verano puedan abrirse nuevos grupos negociadores. No equivale a una entrada inmediata en la Unión Europea; queda un recorrido largo, lleno de reformas y vetos posibles. Pero ofrece a Kyiv una señal política en plena guerra: Europa sigue vinculando la supervivencia militar de Ucrania con su futura integración institucional.

El respaldo occidental y los ataques de largo alcance forman parte de la misma ecuación. Ucrania necesita defensas para proteger sus ciudades y capacidad ofensiva para debilitar las estructuras que permiten a Rusia seguir bombardeándolas. Una estrategia puramente defensiva condenaría al país a esperar cada noche la siguiente oleada.

La guerra que Putin quiso lejana alcanza la capital

El ataque a la refinería de Moscú no cambia por sí solo el curso del conflicto, pero confirma una transformación. Ucrania dispone de medios para golpear infraestructuras estratégicas situadas a cientos de kilómetros de la frontera, atravesar defensas densas y alterar durante horas el funcionamiento de una de las mayores capitales europeas.

Rusia conserva una ventaja enorme en población, municiones, misiles y capacidad industrial. También mantiene la iniciativa en diversos sectores del frente. Pero ya no puede garantizar que la guerra permanezca confinada a Ucrania o a las regiones fronterizas rusas. El humo de Kapotnia, los aeropuertos cerrados y los vuelos borrados de las pantallas muestran una vulnerabilidad que el Kremlin preferiría ocultar.

Zelenski quiere convertir esa vulnerabilidad en presión sobre Putin. El Kremlin, por su parte, promete nuevos ataques y utiliza la ofensiva para endurecer su discurso. El resultado inmediato no es la negociación, sino una escalada de represalias en la que ambos bandos tratan de demostrar que pueden infligir más dolor del que reciben.

Moscú ha descubierto que la distancia ya no funciona como escudo. La tecnología barata, los drones de largo alcance y una guerra prolongada han borrado parte del colchón geográfico ruso. Queda por saber si esa presión empujará al Kremlin hacia una mesa de negociación o hacia otra ronda de represalias. Por el momento, las pistas de los aeropuertos vuelven a abrirse. La guerra, no.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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