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¿Por qué los patios escolares llegan a 60 ºC y los pupitres a 35 ºC?

Patios a 60 ºC y pupitres a 35 ºC retratan colegios abrasados por el calor, con riesgos para la salud, la atención y el aprendizaje escolar.

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patios escolares llegan a alcanzar los 60 ºC

Greenpeace ha documentado con cámaras termográficas temperaturas superficiales superiores a 60 ºC en patios escolares, pupitres cercanos a 35 ºC y zonas deportivas rozando los 50 ºC. Las imágenes, tomadas en seis colegios públicos de Madrid, Barcelona, Sevilla, Benissa y Ourense, muestran centros construidos para un clima que empieza a quedarse en los libros de historia.

El dato necesita una precisión importante: esos 60 ºC no corresponden a la temperatura del aire, sino al calor acumulado por superficies como el asfalto, el hormigón o el caucho bajo el sol. No es lo mismo, desde luego, pero tampoco tranquiliza demasiado. Un patio que abrasa las suelas, devuelve radiación hacia el cuerpo y carece de sombra convierte el recreo o una clase de educación física en una pequeña plancha urbana.

La campaña llega en un momento especialmente delicado. España afronta otra subida térmica intensa, con valores entre 5 y 10 grados por encima de lo habitual en buena parte del territorio y máximas que pueden superar los 40 ºC. La primavera de 2026 fue, además, la segunda más cálida registrada en la España peninsular desde 1961. El calor escolar ya no aparece únicamente durante aquella semana incómoda de junio que se resolvía bajando persianas. Empieza antes, dura más y entra hasta el fondo del aula.

Una cámara térmica y una imagen difícil de discutir

Las fotografías difundidas por Greenpeace utilizan una escala de colores para representar las diferencias térmicas. Las zonas más frías aparecen oscuras; las más calientes, amarillas o casi blancas. En algunas tomas, los patios parecen brasas vistas desde arriba. El dibujo visual es muy claro: el cemento desnudo almacena calor, mientras que la vegetación, la sombra y las superficies protegidas registran valores sensiblemente inferiores.

Las cámaras termográficas captan la radiación infrarroja emitida por los objetos y calculan su temperatura superficial. No sustituyen a una auditoría técnica ni miden por sí solas variables esenciales como la temperatura ambiental, la humedad, la ventilación o el tiempo de exposición. Greenpeace reconoce esa limitación y presenta las imágenes con una finalidad divulgativa. Aun así, sirven para revelar algo que un termómetro convencional colocado en mitad del aula puede disimular: la desigual distribución del calor.

Un pupitre junto a una ventana soleada puede estar varios grados más caliente que el centro de la clase. Una pista deportiva negra absorbe mucha más radiación que una zona arbolada. Una fachada sin protección solar se comporta como una batería térmica y sigue soltando calor horas después. No hace falta convertir el colegio en un laboratorio para entenderlo; basta con apoyar la mano, aunque mejor no durante demasiado tiempo.

El mapa del sofoco escolar en España

Las mediciones más llamativas se localizaron en Sevilla. En el colegio público José María del Campo, en el barrio de Triana, las aulas superaron los 31 ºC, mientras algunas zonas del patio y de las pistas deportivas rebasaron los 60 ºC. El alumnado permanece buena parte del día dentro del edificio, pero sale precisamente cuando el sol ha tenido tiempo de calentar el pavimento. Mala combinación.

En Madrid, Greenpeace analizó dos colegios y encontró temperaturas cercanas a los 30 ºC en el centro de algunas aulas. Los pupitres situados junto a las ventanas llegaban a registrar hasta cinco grados más, alrededor de 35 ºC. El cristal deja pasar la radiación solar y, sin toldos exteriores o protecciones eficaces, la mesa acaba funcionando como una bandeja calentada lentamente.

En Benissa, Alicante, las zonas destinadas a practicar deporte se aproximaron a los 50 ºC al mediodía. En Ourense, las aulas partían de mínimas cercanas a 27 ºC y los puntos del patio sin sombra alcanzaron unos 40 ºC. Barcelona completó una fotografía geográficamente diversa: el problema no pertenece solo al valle del Guadalquivir ni puede despacharse como una peculiaridad del sur.

De Sevilla a Galicia, edificios con el mismo talón de Aquiles

Cada ciudad tiene un clima distinto, pero muchos centros comparten materiales y errores de diseño: patios minerales, árboles escasos, fachadas expuestas, cubiertas sin aislamiento suficiente, ventanas sin protección exterior y sistemas de ventilación pensados para inviernos más duros que los actuales.

Durante décadas, buena parte de la arquitectura escolar española se preocupó por conservar el calor y aprovechar la luz solar. Era razonable. El problema aparece cuando las temperaturas estivales invaden mayo, junio, septiembre e incluso octubre. Aquello que ayudaba a calentar una clase en enero puede transformarla en un invernadero al final del curso.

Las vacaciones de julio y agosto servían como una frontera térmica más o menos eficaz. Esa frontera se ha desplazado. Según los datos recordados por Greenpeace, las condiciones propias del verano se han alargado unas cinco semanas, mientras los episodios de altas temperaturas se adelantan con mayor frecuencia. El calendario escolar sigue en su sitio; el clima, no.

El calor también entra en la cabeza

El exceso de temperatura no provoca únicamente sudor, cansancio o mal humor. Afecta a la concentración, la memoria y la capacidad para tomar decisiones. Diversos estudios sitúan el intervalo más favorable para el aprendizaje en climas templados alrededor de los 22-24 ºC y observan una pérdida progresiva de rendimiento a medida que la temperatura continúa subiendo.

No significa que al alcanzar 25 ºC el cerebro pulse un interruptor y deje de funcionar. El deterioro es gradual y depende de la humedad, la hidratación, la ventilación, la actividad física, la edad y la duración de la exposición. Pero a 30 o 31 ºC, después de varias horas y con una noche tórrida a la espalda, atender una explicación, resolver un problema matemático o mantener a treinta adolescentes concentrados deja de ser una tarea ordinaria.

La investigación sanitaria también apunta a efectos inmediatos sobre determinadas redes cerebrales relacionadas con la atención, la memoria y el aprendizaje. La deshidratación aparece como uno de los posibles mecanismos. Los menores, especialmente los más pequeños, regulan peor la temperatura corporal y no siempre beben agua antes de sentir sed.

El riesgo no se reparte de forma democrática

Los síntomas iniciales pueden parecer menores: dolor de cabeza, apatía, irritabilidad, mareo, náuseas o dificultad para pensar con claridad. Si la exposición continúa, aumenta el riesgo de agotamiento por calor, deshidratación severa o golpe de calor. Los niños con enfermedades crónicas, discapacidad, determinados tratamientos médicos o problemas de movilidad necesitan una protección especial.

También existe una brecha económica. Los centros situados en barrios con menos renta suelen disponer de edificios más antiguos, patios más duros y menor capacidad de las familias para financiar toldos, aparatos o reformas. El calor, como tantas cosas, parece muy natural hasta que se observa quién puede escapar de él y quién debe quedarse sentado junto a la ventana.

En Andalucía, alrededor del 37 % de los colegios e institutos públicos tenía algún sistema de climatización al cierre de 2024, según los últimos datos disponibles del Gobierno autonómico. Parte de los equipos fueron financiados por ayuntamientos y asociaciones familiares. El aire fresco, convertido por momentos en actividad extraescolar de pago.

Una norma laboral que deja un vacío escolar

La regulación española de los lugares de trabajo establece que los espacios cerrados donde se realizan tareas sedentarias deben mantenerse entre 17 y 27 ºC. La norma protege al profesorado, al personal administrativo y al resto de trabajadores de los centros, pero no constituye una regulación térmica específica para el alumnado.

Ahí aparece una contradicción bastante áspera. Una temperatura puede considerarse inadecuada para una persona adulta que trabaja sentada y, al mismo tiempo, no activar una respuesta homogénea cuando quienes ocupan el aula son niños. Hay protocolos autonómicos, instrucciones para reducir actividades físicas o adelantar salidas y decisiones puntuales de cada centro, pero falta un estándar nacional claro que determine qué medir, cuándo actuar y qué condiciones mínimas debe garantizar un colegio.

Cerrar antes, trasladar una clase al pasillo o pedir que el alumnado lleve una botella de agua puede servir durante una incidencia concreta. No arregla el edificio. Tampoco resuelve el problema mandar a los estudiantes a casa: desplaza el calor hacia viviendas que quizá estén igual o peor acondicionadas y obliga a las familias a reorganizarse sobre la marcha.

La escuela no puede seguir diseñada para otro clima

Greenpeace reclama una adaptación que combine climatización eficiente, energías renovables, mejor aislamiento, ventilación cruzada, protecciones solares y patios más verdes. La solución no consiste simplemente en colgar máquinas de aire acondicionado en todas las paredes. Sería rápida, cara y, sin electricidad renovable ni edificios eficientes, alimentaría parte del problema que intenta contener.

La primera barrera debe colocarse antes de que el calor entre: toldos exteriores, persianas adecuadas, láminas de protección solar, cubiertas ventiladas, aislamiento y árboles de hoja caduca. Después llegan la ventilación nocturna, los sistemas de refrigeración y una gestión horaria adaptada a cada zona climática. Sombra, agua y aire en movimiento: arquitectura elemental, no alquimia.

Climatizar sin convertir el colegio en una nevera

La refrigeración debe diseñarse con criterios sanitarios y energéticos. Una diferencia excesiva entre el interior y el exterior tampoco resulta saludable, y los aparatos mal mantenidos empeoran la calidad del aire o generan corrientes incómodas. El objetivo no es que el aula parezca la sección de congelados, sino mantener una temperatura estable que permita aprender y trabajar.

Las reformas deberían priorizar los centros con mayor exposición, los edificios antiguos y los barrios donde coinciden calor urbano, contaminación y pobreza energética. Una auditoría térmica permite localizar qué aulas se recalientan, qué fachadas reciben más radiación y dónde una inversión relativamente pequeña tendría mayor efecto.

Patios que refresquen también al barrio

Naturalizar un patio supone introducir árboles, pérgolas vegetales, suelos permeables, fuentes, zonas de agua y espacios de sombra real. No basta con colocar tres macetas junto a una canasta y fotografiarlas para la memoria anual. La vegetación reduce la temperatura superficial, mejora el drenaje y convierte el recreo en un espacio más amable.

Cuando permanecen abiertos fuera del horario lectivo, los colegios pueden funcionar como refugios climáticos de barrio, especialmente para mayores, niños y personas que viven en casas difíciles de refrigerar. El centro educativo deja entonces de ser una isla de hormigón y se integra en una red pública de protección frente al calor.

Un aula habitable también educa

Las cámaras térmicas han puesto colores a una realidad que profesores, familias y alumnos conocen desde hace años. Pupitres ardientes, persianas bajadas, ventiladores que remueven aire caliente y clases en las que pensar pesa. El abanico de papel conserva cierto encanto artesanal, sí, pero no es una política climática.

España está entrando en una etapa en la que adaptar los colegios ya no puede tratarse como una mejora opcional o una obra estética. Es una cuestión de salud pública, igualdad educativa y calidad del aprendizaje. Los edificios escolares deberían preparar a los niños para el futuro, no obligarlos a soportar dentro de sus muros el clima que las administraciones prefirieron no prever.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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