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Economía

Trump quiere abrir zonas protegidas del golfo al petróleo

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Trump reactiva un comité excepcional para abrir más margen al petróleo en el golfo de México y rebajar la protección de especies protegidas.

La Administración de Donald Trump ha puesto en marcha una maniobra de gran calado para facilitar la actividad petrolera y gasista en áreas del golfo de México sometidas a protecciones por especies amenazadas. El paso decisivo, de momento, no es una nueva plataforma ni una licencia concreta, sino la convocatoria para el 31 de marzo de 2026 del Endangered Species Committee, el panel federal que puede conceder exenciones a la ley de especies en peligro de extinción. En otras palabras: la Casa Blanca no ha aprobado todavía una barra libre de perforaciones, pero sí ha abierto la puerta institucional para intentarlo en una de las zonas ecológicamente más sensibles y energéticamente más codiciadas de Estados Unidos. El gesto ha desatado un choque inmediato con organizaciones ambientalistas, sobre todo porque el área afectada es hábitat de especies extremadamente vulnerables, con la ballena de Rice como emblema más frágil y más incómodo para la industria.

No se trata, por ahora, de perforar mañana en un santuario marino con un martillo neumático y una sonrisa de despacho. Lo que aparece en la documentación federal es algo más amplio y, por eso mismo, más relevante: una posible exención de la Endangered Species Act para las actividades de exploración, desarrollo y producción de petróleo y gas vinculadas al programa exterior de la Bureau of Ocean Energy Management y la Bureau of Safety and Environmental Enforcement en las aguas federales del golfo. El encuentro, convocado por el secretario del Interior, Doug Burgum, se celebrará en Washington y será retransmitido por internet. Ese detalle aparentemente burocrático encierra una consecuencia enorme: la Administración estudia si parte de su estrategia energética puede avanzar aun cuando existan riesgos severos para especies protegidas.

No es un pozo: es una excepción para todo un programa

El matiz importa porque cambia la escala de la noticia. No está sobre la mesa únicamente un permiso puntual para una compañía concreta, sino la posibilidad de rebajar el blindaje ambiental de un programa entero de actividades offshore en el golfo. La propia convocatoria habla de exploración, desarrollo y producción, un trío de palabras que en el lenguaje de Washington suele traducirse en años de operaciones, movimientos de buques, tráfico industrial, sondeos, infraestructuras de apoyo y extracción. En la práctica, eso podría aliviar restricciones que hoy obligan a adaptar tiempos, rutas o medidas de mitigación cuando hay especies protegidas en riesgo. El contexto económico explica por qué la Casa Blanca aprieta: el golfo sigue siendo el gran corazón petrolero marino de Estados Unidos y genera alrededor del 97 % de toda la producción de petróleo y gas del Outer Continental Shelf federal. Allí se juega una parte sustancial del suministro energético del país, de su negocio offshore y de su narrativa de “dominancia energética”.

También conviene detenerse en otra capa, menos técnica y muy política. En la documentación oficial del actual Gobierno estadounidense el área ya aparece como “Gulf of America”, una nomenclatura adoptada por la Administración Trump para sus documentos y organismos, aunque el nombre asentado fuera de ese marco siga siendo el de golfo de México. No es un detalle ornamental. La nueva terminología acompaña una estrategia más amplia de reafirmación energética y de control narrativo sobre los recursos nacionales. En ese paisaje, la posible exención ambiental no aparece como una rareza aislada, sino como una pieza más de un mismo tablero: más subastas, más proyectos y menos trabas regulatorias allí donde la Casa Blanca considera que la ley frena la expansión fósil.

El “God Squad”, una palanca excepcional

El comité que ahora vuelve al primer plano no es un órgano cualquiera. Nació con las enmiendas de 1978 a la Endangered Species Act y quedó concebido como una especie de válvula de emergencia para casos extraordinarios. Su sobrenombre, “God Squad”, no es precisamente sutil: alude al poder de decidir si un proyecto puede seguir adelante incluso cuando amenaza la supervivencia de especies protegidas. La convocatoria firmada por Interior recuerda su composición: Interior, Agricultura, Ejército, Consejo de Asesores Económicos, EPA y NOAA. Es decir, no un corrillo de técnicos de segunda fila, sino una mesa de alto voltaje político donde el equilibrio entre negocio, seguridad jurídica y conservación puede inclinarse con una sola decisión. El mero hecho de activarlo ya dice mucho del momento. Cuando un Gobierno saca del armario esta herramienta, lo que está admitiendo es que el conflicto entre explotación económica y protección ambiental ha llegado a una zona de choque duro.

La energía de Trump y la presión regulatoria

La reunión de marzo no cae del cielo. El 20 de enero de 2025, en su declaración de emergencia energética nacional, Trump ordenó que el secretario del Interior, actuando como presidente del comité, lo convocara al menos una vez por trimestre para revisar solicitudes legales de exención. El mandato encajaba con la línea central de su agenda: acelerar la producción doméstica de energía, abaratar cargas regulatorias y tratar la protección ambiental que afecte a proyectos extractivos como una barrera que debe revisarse, recortarse o rodearse. Esa instrucción, que en su día pudo sonar como una cláusula de laboratorio político, ha aterrizado ahora en el golfo con un caso concreto y explosivo. La señal para el sector es nítida: la Casa Blanca no solo quiere vender más bloques y aprobar más proyectos; también está dispuesta a tensar la arquitectura legal que protege la fauna si cree que eso despeja el camino del crudo.

La ballena de Rice, símbolo y termómetro del conflicto

En el centro de la disputa nada una especie casi fantasmal para el gran público y decisiva para cualquier juez o biólogo que mire el golfo con lupa: la ballena de Rice. NOAA la considera una especie en peligro de extinción; fue listada inicialmente en 2019 y en 2021 adoptó su actual denominación científica y común tras los cambios taxonómicos aceptados por la comunidad científica. Lo más inquietante no es el nombre, sino el número. La mejor estimación de abundancia disponible sitúa su población en 51 individuos, con una estimación mínima de 34 en el norte del golfo. Es una cifra diminuta, casi irreal para una especie de gran cetáceo en aguas estadounidenses. Hablamos, además, de una especie endémica del golfo: no tiene otro refugio alternativo al que retirarse si la presión industrial, el ruido, los impactos de buques o un gran accidente la empujan al borde definitivo. Con esos números, cada colisión, cada alteración del hábitat y cada decisión administrativa pesa como una piedra.

Ese riesgo no es una hipótesis abstracta redactada por activistas con adjetivos de sobra. En mayo de 2025, la National Marine Fisheries Service emitió una nueva biological opinion sobre el programa de petróleo y gas en el golfo y dejó por escrito que los impactos de buques relacionados con la actividad petrolera y gasista podían amenazar la existencia de la ballena de Rice. El dictamen incluyó medidas como límites de velocidad y la obligación de mantener una distancia de 500 metros si se avista uno de estos cetáceos. Esa opinión sustituía a las anteriores y llegaba después de que un juez federal exigiera rehacer una evaluación que se había quedado corta al valorar el efecto de los vertidos y de los golpes de embarcaciones. Traducido del idioma jurídico al llano: el propio aparato federal ya admitió hace menos de un año que la presión del sector sobre esta especie no era menor, ni anecdótica, ni salvable con un simple “ya veremos”.

Un golfo con más especies en juego

Aunque la ballena de Rice concentra casi toda la atención simbólica, el conflicto no se agota en ella. El golfo reúne un mosaico de especies amenazadas y en peligro entre las que figuran tortugas marinas, corales, peces vulnerables y otros mamíferos marinos. Las referencias de los grupos conservacionistas que siguen el caso citan de forma recurrente a las tortugas, al Gulf sturgeon y a comunidades marinas muy sensibles al tráfico, al ruido, a los vertidos y a la fragmentación del hábitat. Por eso la discusión no va solo de un cetáceo rarísimo, por muy determinante que sea. Va también de la lógica de gestión del golfo. Una exención amplia para un programa de exploración y producción no toca un único punto del mapa: reordena el equilibrio entre actividad industrial y vida marina en una región donde ambos mundos llevan décadas chocando con una persistencia casi geológica.

El petróleo como prioridad de Estado

La noticia se entiende mucho mejor si se lee junto a lo que ha ocurrido en el golfo durante las últimas semanas. El 11 de marzo de 2026, apenas unos días antes de convocarse el comité, la BOEM celebró la subasta BBG2 y anunció 46.976.423 dólares en pujas altas por 25 bloques que cubren unas 141.000 acres en aguas federales. Hubo interés empresarial, sí, aunque bastante más modesto que el de la primera gran venta del nuevo ciclo. Ese contraste importa. El Gobierno ofreció miles de bloques y solo una fracción mínima recibió pujas. Aun así, la lectura política en Washington fue inequívoca. La Administración no está replegándose, ni ensayando prudencia. Está manteniendo un calendario de licitaciones periódicas para convertir el golfo en escaparate de su ofensiva energética, incluso cuando el mercado responda con menos entusiasmo del esperado.

El mismo patrón apareció con BP. El 13 de marzo, la compañía recibió luz verde para avanzar con Kaskida, un proyecto en aguas ultraprofundas del golfo valorado por la empresa en 5.000 millones de dólares y vinculado a recursos descubiertos del orden de 10.000 millones de barriles en el Paleógeno. El dato no es menor porque coloca la discusión ambiental al lado mismo de las decisiones de inversión. Para las petroleras, el golfo sigue siendo una apuesta de largo recorrido. Para la Casa Blanca, un activo estratégico. Y para quienes se oponen a la exención, la secuencia es transparente: subastas, aprobaciones, menos barreras y más presión sobre especies que ya viven al límite. El comité convocado para el 31 de marzo no surge, así, como un gesto aislado, sino como una pieza coherente dentro de una ofensiva mucho más amplia.

La batalla legal y el frente ecologista

La cuestión llega, además, con un historial judicial nada cómodo para el Gobierno. En agosto de 2024, un juez federal anuló una evaluación previa que regulaba cómo debían protegerse las especies amenazadas y en peligro frente a la actividad petrolera y gasista del golfo, al considerar que el análisis no había ido lo bastante lejos. Esa decisión obligó a rehacer el trabajo técnico y desembocó en la opinión biológica de 2025. En vez de cerrar el debate, aquella revisión dejó sobre la mesa una conclusión muy incómoda para la industria: el choque entre explotación offshore y protección de la fauna seguía vivo, y especialmente agudo para la ballena de Rice. El movimiento de Trump y Burgum debe leerse a la luz de esa cadena. Cuando el camino ordinario de evaluación científica genera límites molestos, la Administración recurre ahora a un mecanismo extraordinario para examinar si puede apartarse de ellos.

A eso se suma otra señal previa. En julio de 2025, la propia Administración acordó retrasar hasta el 15 de julio de 2027 la regla final sobre el hábitat crítico de la ballena de Rice. Y en abril de 2025 ya había propuesto una interpretación más laxa de la normativa que protege a especies amenazadas, retirando lenguaje regulatorio relativo a la degradación del hábitat. El dibujo que emerge no es el de una polémica puntual, sino el de una estrategia sostenida para reducir el alcance práctico de la protección ambiental cuando entra en colisión con la agenda de extracción, infraestructuras y negocio. Las organizaciones ecologistas llevan días denunciando justamente eso. Earthjustice, NRDC, Defenders of Wildlife y otros grupos describen la convocatoria del comité como un intento de bordear los límites de la ley y de colocar a la fauna marina ante un tribunal político en el peor momento posible.

El 31 de marzo se decide algo más que una perforación

Lo que ocurra el 31 de marzo no equivaldrá automáticamente a un permiso instantáneo para perforar sin condiciones en todo el golfo. Esa caricatura sería cómoda, pero pobre. Lo que sí puede salir de Washington es algo de fondo: una señal de hasta dónde quiere llegar la Administración Trump para desatascar el petróleo offshore cuando la legislación de especies protegidas se interpone. Si el comité opta por avanzar hacia una exención, el precedente será poderoso porque afectará a un programa federal de gran escala, no a una obra local ni a una disputa marginal. Y si el proceso tropieza, quedará igualmente claro que el choque entre energía y biodiversidad ha entrado ya en una fase más cruda, más jurídica y menos disimulada. En el golfo, donde el crudo lleva décadas marcando el ritmo económico y las cicatrices ambientales siguen ahí, el debate ha dejado de ser teórico. La pregunta real es cuánto blindaje legal queda cuando la prioridad oficial es extraer más y más deprisa.

Para la Casa Blanca, el asunto se resume en seguridad energética, inversión y reducción de trabas. Para los ecologistas, en cambio, el caso condensa una advertencia vieja y feroz: cuando un Gobierno decide que la fauna protegida es un estorbo administrativo, el margen entre “compatibilizar usos” y sacrificar especies se vuelve peligrosamente estrecho. El golfo de México, con sus plataformas, sus rutas marítimas, su peso en el suministro de crudo y su fauna en equilibrio precario, vuelve a ser el escenario perfecto de ese pulso. No es solo una noticia sobre petróleo. Es una noticia sobre el tipo de Estado que se dibuja cuando el poder ejecutivo examina si la ley ambiental debe servir de freno o de simple decoración. Y esa, en Washington, nunca ha sido una decisión menor.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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