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Viajes

¿Cuándo colapsarán más las carreteras esta Semana Santa?

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trafico con coches y polución

La DGT encara el gran éxodo de Semana Santa con casi 10 millones de viajes y un mapa claro de atascos, horas críticas y vías calientes.

La respuesta está bastante dibujada sobre el mapa: la DGT da por hecho que la segunda fase de la Operación Especial de Tráfico de Semana Santa será la más intensa de toda la campaña, con 9,89 millones de desplazamientos de largo recorrido entre el mediodía del miércoles 1 de abril y la medianoche del lunes 6. El gran embudo arranca el miércoles por la tarde, cuando la franja más delicada va de las 15.00 a las 23.00, y vuelve a cerrarse con fuerza el domingo 5 y el lunes 6, días en los que el retorno se concentra desde media mañana y se vuelve especialmente áspero entre las 13.00 y las 23.00.

No es solo una cuestión de cantidad, aunque la cantidad impresiona. El problema está en la mezcla: salidas masivas desde las grandes ciudades, viajes hacia la costa, segundas residencias y zonas turísticas, y luego una riada de trayectos cortos a pueblos, procesiones, escapadas de playa y desplazamientos de “voy y vuelvo en un rato”, esa fórmula española que a veces se vende como inocente y luego se comporta como una trampa. La DGT ha puesto el foco justamente ahí, en las carreteras secundarias, donde aumenta la presencia de peatones, ciclistas y motoristas y donde, además, la primera fase ya dejó once personas fallecidas.

La segunda oleada de tráfico ya está aquí

La operación completa de Semana Santa, entre el 27 de marzo y el 6 de abril, mueve una previsión total de 17,07 millones de desplazamientos. De ese volumen enorme, casi diez millones se concentran en esta segunda fase, la que de verdad aprieta, la que convierte media red viaria en una negociación continua entre paciencia, calendario y costumbre. La cifra de esta segunda oleada, además, sube un 2,03 % respecto al mismo periodo del año anterior. No es una barbaridad porcentual, pero sobre semejante base ya no es un matiz: es más tráfico, más densidad, más margen para el atasco tonto que en diez minutos se convierte en un acordeón de kilómetros.

La fotografía general es muy conocida y aun así nunca pierde vigencia. Desde los grandes núcleos urbanos salen al mismo tiempo quienes van a la playa, quienes se refugian en una casa familiar, quienes encadenan turismo, religión y sobremesa, y quienes hacen un viaje de dos horas convencidos de que su caso no forma parte del problema. Sí forma parte. La propia DGT subraya que esta fase concentra salidas simultáneas hacia destinos turísticos y segundas residencias, junto a un retorno igualmente intenso durante el fin de semana. Es el clásico paisaje de Semana Santa: carreteras que no se colapsan por un único gran viaje, sino por la suma de miles de pequeñas decisiones tomadas con idéntica fe en que aún se está a tiempo.

Hay, además, un matiz territorial que explica por qué el dibujo no es uniforme desde el primer minuto. El miércoles 1 la presión arranca en todas las comunidades salvo Cataluña y la Comunidad Valenciana, donde el jueves sigue siendo laborable; ahí el éxodo fuerte se desplaza a la tarde del jueves. Esa diferencia hace que el tráfico no se reparta de forma amable —nunca lo hace—, pero sí en dos golpes sucesivos: primero el resto del país, después el arco mediterráneo, que todavía aguanta unas horas más antes de sumarse al atasco general.

Las horas en las que el atasco casi viene de serie

Si alguien busca el momento menos aconsejable para arrancar, la DGT lo ha señalado casi con fluorescente. El miércoles 1 las complicaciones empiezan a partir del mediodía y la franja más desfavorable va de las 15.00 a las 23.00. El jueves 2, en las comunidades donde la salida ya venía lanzada desde el día anterior, la ventana complicada se concentra por la mañana, entre las 8.00 y las 14.00, con extensión hasta las 15.00 en las vías principales. Ese mismo jueves, Cataluña y Comunidad Valenciana pasan a ocupar el centro del escenario, con problemas desde primera hora de la tarde y una banda especialmente mala entre las 13.00 y las 22.00.

El miércoles aprieta primero

Ese miércoles es, por decirlo sin maquillaje, el día del pistoletazo serio. La DGT anticipa retenciones en salidas y accesos de grandes ciudades, tanto del interior como de la periferia y la costa, con las dificultades trasladándose después a las zonas de destino a medida que cae la tarde. No es solo Madrid expulsando coches por sus radiales; es también el movimiento simultáneo en buena parte del país, una malla entera tensándose a la vez. Y cuando una red así se tensa, basta una colisión menor, una avería mal resuelta o un frenazo en cadena para que la teoría del viaje rápido quede convertida en humo de embrague.

El jueves la situación muta, no se alivia. En muchas comunidades continúa el éxodo matinal con intensidades elevadas hasta media tarde, mientras Cataluña y Comunidad Valenciana encaran su propia salida en dirección a la costa y a las zonas turísticas de descanso. El viernes 3, ya con casi toda España metida en faena vacacional o litúrgica, bajan los grandes movimientos de largo recorrido en parte del país pero aumentan los trayectos cortos y locales, y siguen los desplazamientos hacia el litoral y el descanso en Cataluña y Comunidad Valenciana. Traducido al idioma real de la carretera: menos idea de gran operación centralizada y más dispersión, más entradas y salidas de pueblos, más cruces, más carreteras convencionales llenas de vida y, por eso mismo, más delicadas.

El domingo y el lunes devuelven el golpe

El retorno empieza de verdad el domingo 5. No al caer la tarde, como dicta el tópico, sino desde media mañana. La DGT prevé retenciones en zonas de destino ya desde ese momento, primero en autopistas y autovías, luego en los grandes ejes viarios y, a última hora, en los accesos a las ciudades. La banda horaria especialmente mala vuelve a ser amplia: de las 13.00 a las 23.00. El atasco, dicho sin poesía, no espera a la noche; se cocina a fuego lento desde antes de comer y se endurece cuando todos descubren, casi al mismo tiempo, que regresar “un poco antes para evitar jaleo” era exactamente la misma idea de los demás.

El lunes 6 prolonga el problema porque sigue siendo festivo en Cataluña, Comunidad Valenciana, Navarra, País Vasco y La Rioja. En esos territorios se activa un nuevo retorno con problemas en los ejes principales y también en las carreteras de provincias limítrofes. En el resto del país continúan los movimientos de vuelta por una razón menos solemne y más contundente: al día siguiente regresan las clases y la actividad universitaria. De nuevo, de las 13.00 a las 23.00, la previsión oficial dibuja un tramo muy desfavorable. El calendario aprieta donde más duele: justo cuando la paciencia ya va vacía y el conductor empieza a negociar consigo mismo esa peligrosa fantasía de “queda poco”.

Las carreteras donde más se notará

No todas las vías van a sufrir igual, aunque pocas quedarán al margen. Para el miércoles, la DGT señala entre las más afectadas en Andalucía la AP-4, AP-7, A-4, A-7, A-44, A-45, A-49, A-66 y A-92; en Madrid, las grandes salidas de siempre —AP-6, A-1, A-2, A-3, A-4, A-5, A-6 y M-40—; en Castilla-La Mancha, corredores como AP-36, A-2, A-3, A-4, A-5, A-30, A-31, A-40, A-41 y A-42; y en Castilla y León, AP-1, AP-6, A-1, A-6, A-52, A-62, A-66 y A-67, entre otras. No hace falta ser adivino para ver el patrón: los ejes que conectan el centro con el sur, el Levante y el norte vuelven a cargarse de coches hasta el borde.

Cuando el jueves toma el relevo mediterráneo, el foco gira con claridad hacia Cataluña y la Comunidad Valenciana. Ahí aparecen como puntos sensibles la AP-2, AP-7, A-2, N-145, N-340, C-14, C-16, C-28, C-31, C-32 y C-35 en Cataluña, y la AP-7, A-3, A-7, A-31 y N-332 en la Comunidad Valenciana. Son corredores que no solo absorben tráfico local o regional; también reciben parte del flujo peninsular hacia la costa y las zonas de descanso. El mapa no engaña: donde hay litoral, segunda residencia y buen pronóstico de ocupación, hay una fila de coches buscando el mismo hueco en el mismo reloj.

La DGT, consciente de que el centro peninsular es el gran nudo donde se cruzan demasiadas trayectorias, ha preparado itinerarios alternativos precisamente para quienes necesiten ir de una punta a otra de la Península sin pasar por la zona central, la que genera mayores intensidades. También prevé carriles adicionales, paralización de obras y restricciones a vehículos pesados en ciertos momentos. Eso ayuda, claro. Pero conviene no romantizar la ingeniería del operativo: ningún carril extra convierte en fluida una operación en la que millones de personas coinciden por fecha, destino y costumbre. Lo que hace es ganar algo de aire, que no es poco.

El problema no está solo en las autovías

De hecho, uno de los mensajes más serios de esta campaña no tiene que ver con las autopistas llenas, sino con las carreteras secundarias. La DGT insiste en que ahí aumenta el riesgo por la presencia de usuarios vulnerables y por la acumulación de desplazamientos cortos, locales y aparentemente rutinarios. Se viaja a una procesión, a comer a un pueblo cercano, a una casa familiar, a ver el mar unas horas, a rematar nieve donde aún quede. Nada de eso suena, sobre el papel, a gran aventura vial. Y sin embargo es justamente ese trayecto de confianza, el que se hace sin solemnidad, el que más invita a bajar la guardia.

El viernes 3 y el sábado 4 lo resumen bastante bien. El viernes, en buena parte del país, la festividad favorece recorridos cortos hacia lugares de ocio próximos a los grandes núcleos urbanos y, por la tarde, aumenta la afluencia a municipios con actos religiosos. El sábado pueden aparecer dificultades en destinos vacacionales y accesos a poblaciones costeras por movimientos locales de corto recorrido, mientras algunos regresos adelantados empiezan ya a elevar la intensidad en ejes principales. Es decir: no todo el atasco pertenece a la operación salida y no todo el riesgo pertenece al largo recorrido. Hay un segundo tráfico, menos vistoso y más desordenado, que se mete por cada rendija del mapa.

Y luego está la pedagogía amarga de las cifras recientes. La primera fase de esta Semana Santa se cerró con once fallecidos en carretera. La DGT lo recordó al presentar la segunda fase con una frase nada burocrática en el fondo: detrás de esas cifras hay vidas y familias truncadas. La advertencia no es retórica institucional, aunque a veces lo parezca cuando se repite cada puente. Es un recordatorio bastante seco de que el mayor problema de estas fechas no es llegar media hora más tarde, sino el viejo catálogo de errores que sigue intacto: distracciones, alcohol, drogas, velocidad y esa relajación mental que aparece justo cuando uno cree que controla la escena.

Un despliegue enorme para una vieja escena española

Para esta segunda fase, el operativo moviliza más de 7.000 efectivos y más de 8.500 medios técnicos. Dentro de ese despliegue figuran 5.700 agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, 657 operadores en los ocho centros de gestión y una unidad aérea con nueve helicópteros y 39 drones, además de cámaras, paneles, estaciones meteorológicas, lectores de matrículas, balizamientos y demás infraestructura de control. Es un dispositivo grande, muy grande, pensado para una escena que en España se repite con una mezcla de liturgia y resignación: millones de coches intentando convivir con un mismo calendario emocional.

Ese despliegue viene acompañado de medidas ya habituales: regulación del tráfico, carriles adicionales, restricciones a vehículos pesados, suspensión de obras y difusión reforzada de información en tiempo real. La DGT recomienda consultar rutas, horas de mayor afluencia y estado de la circulación antes de salir, y mantiene activos sus canales de información, junto con el teléfono 011 y los servicios que alimentan a los navegadores. Todo eso importa, desde luego. Pero el dato de fondo es otro: el Estado puede desplegar una red sofisticada para gestionar el problema; no puede conducir por nadie. Ahí termina la tecnología y empieza la parte menos moderna del asunto, que es la de siempre.

La baliza nueva y los errores de siempre

Esta es, además, la primera Semana Santa con la baliza luminosa V-16 obligatoria en sustitución de los triángulos. La propia DGT recuerda que debe llevarse junto al chaleco reflectante homologado, y sitúa la medida dentro de las recomendaciones básicas para averías o emergencias. Es una novedad relevante, sobre todo porque cambia un gesto clásico del conductor español: ya no toca salir a plantar triángulos a unos metros del vehículo. Menos exposición en la calzada, menos riesgo en una avería. Bien. Pero conviene no confundir una mejora útil con una vacuna total. Ninguna baliza corrige una mirada desviada al móvil, una copa de más ni esa peligrosa costumbre de transformar el cinturón, la distancia de seguridad o el descanso previo en sugerencias decorativas.

La DGT insiste, por eso, en las incompatibilidades absolutas de siempre: alcohol y drogas fuera de la conducción; atención máxima frente a distracciones, especialmente el teléfono móvil; respeto a los límites de velocidad; uso del cinturón y de los sistemas de retención infantil; descanso adecuado antes de conducir y paradas cada dos horas o 200 kilómetros. Nada muy glamuroso, nada especialmente nuevo. Pero ahí suele estar el verdadero parte de guerra de cada operación especial. No en la novedad tecnológica, sino en la tozudez estadística de los mismos fallos.

Lo que de verdad puede torcer el viaje

La pregunta, al final, no es solo cuándo habrá más coches, sino qué convierte un trayecto denso en un trayecto peligroso. La previsión oficial ya marca las horas rojas: miércoles por la tarde, jueves por la mañana en muchas comunidades, jueves por la tarde en Cataluña y Comunidad Valenciana, y sobre todo domingo y lunes en el retorno. Salir en esos tramos no significa necesariamente desastre, claro, pero sí entrar voluntariamente en la zona donde la red va más forzada, donde cualquier incidencia pequeña se amplifica y donde el cansancio colectivo acaba pesando sobre cada maniobra.

A eso se suma una realidad menos visible: el viaje largo no termina cuando se llega al destino. Sigue en los recorridos interiores de las vacaciones, en el coche que se saca para una comida, una procesión, una escapada corta o una vuelta tardía. La DGT ha remarcado precisamente que hay que extremar la precaución tanto en esos desplazamientos cortos de descanso como en el regreso a casa. Es una observación muy poco épica y muy cierta. Mucha gente prepara con detalle la salida principal y luego se abandona al piloto automático en el resto. Ahí es donde la carretera, que nunca ha sido sentimental, suele presentar la factura.

El viaje de vuelta empieza mucho antes de arrancar

Semana Santa 2026 deja, de entrada, una certeza bastante poco poética: casi diez millones de desplazamientos en seis días, una operación completa por encima de los 17 millones y un calendario de horas malas que ya está puesto por escrito. La DGT no habla en abstracto. Ha fijado los momentos críticos, los corredores más sensibles y el volumen del dispositivo que intentará amortiguar el golpe. También ha señalado dónde se esconde una parte sustancial del riesgo: en las carreteras secundarias, en los desplazamientos cortos y en la falsa sensación de control que suele aparecer justo cuando el viaje parece más cotidiano.

El atasco, con suerte, se disuelve. La imprudencia no siempre. Por eso la noticia no está solo en la cifra de coches ni en la postal de las salidas masivas, sino en el contraste incómodo entre un operativo gigantesco y un repertorio de errores que sigue siendo modestamente humano, demasiado humano. Habrá retenciones, sí; estaban cantadas. Lo decisivo es que la segunda fase de la operación no convierta otra vez el regreso en una suma de nombres, familias y llamadas de madrugada. Once muertos en la primera fase bastan para entender que el gran problema de estas fechas nunca fue perder tiempo en la carretera, sino perder bastante más.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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