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Historia

¿Qué revela la Torá del XIV hallada en un libro de Alfaro?

La aparición de un fragmento de la Torá datado en el siglo XIV dentro de un libro parroquial de Alfaro (La Rioja) aporta una prueba material de primer orden sobre la presencia y la vida ritual de la comunidad judía medieval en la ciudad.

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Torá del XIV hallada en un libro de Alfaro

Un pergamino hebreo del siglo XIV aparece en un libro de Alfaro; claves del hallazgo, su alcance para la sinagoga medieval y próximos pasos.

La aparición de un fragmento de la Torá datado en el siglo XIV dentro de un libro parroquial de Alfaro (La Rioja) aporta una prueba material de primer orden sobre la presencia y la vida ritual de la comunidad judía medieval en la ciudad. El pergamino, oculto durante siglos en la encuadernación de un libro de cuentas de la Colegiata de San Miguel, fue reconocido durante un proceso de revisión y digitalización del archivo parroquial. Desde entonces, se ha separado de la tapa, estabilizado y documentado, y se custodia de forma independiente como pieza singular del patrimonio riojano.

El fragmento, escrito en hebreo cuadrado sefardí sobre pergamino, conserva líneas nítidas que permiten identificar pasajes del Éxodo vinculados al envío de Moisés ante el faraón y al inicio de las plagas. La caligrafía es regular, entrenada, con una ductus firme que remite a un copista profesional. La cronología propuesta —en torno a 1350–1450— se apoya en la comparación paleográfica y en características materiales del soporte. No es un documento menor ni una curiosidad de taller: hablamos de un trozo de un rollo litúrgico que, en su día, habría sido leído en una sinagoga. Su reutilización como refuerzo de encuadernación, siglos después, condensa una historia compleja: la de un texto sagrado que, tras la expulsión de 1492, se desmembró y volvió a la circulación como materia prima en manos de artesanos cristianos.

Cómo se escondió un rollo sagrado en un libro contable

La explicación a por qué una sección de la Torá terminó dentro de un libro parroquial se encuentra en la práctica —extendida en Europa— de reaprovechar pergaminos para reforzar tapas, lomos y guardas de nuevas encuadernaciones. El pergamino era resistente, caro y abundaba en los talleres tras la desarticulación de bibliotecas hebreas que siguió a la expulsión. Los encuadernadores cortaban fragmentos de manuscritos antiguos y los pegaban bajo papeles de guarda o en el interior de las tapas para dar consistencia al volumen. Eso hizo que cientos de textos, hebreos y latinos, sobrevivieran escondidos; invisibles hasta que una restauración o una digitalización deja aflorar letras que nadie esperaba.

En Alfaro, el manuscrito hebreo apareció bajo una hoja de refuerzo de color claro, apenas asomando en el borde interno de la tapa. Bastó un cambio de luz para que las letras en tinta ferrogálica revelaran su trazado. Los responsables del archivo parroquial notificaron el hallazgo y activaron un protocolo conservativo: documentación fotográfica previa, evaluación del adhesivo histórico, separación mecánica con bisturí y humidificación controlada para minimizar tensiones, y colocación en carpeta de conservación con materiales neutros. El conjunto —libro y fragmento— quedó identificado para que el contexto (procedencia, uso, fecha de la encuadernación, volumen de origen) no se pierda, porque ese “marco” dice tanto como el propio texto.

En este tipo de recuperaciones, la reversibilidad de la intervención y la trazabilidad son cruciales. Separar un pergamino de un soporte al que fue adherido hace siglos exige decidir dónde detenerse para no borrar huellas de taller: restos de colas animales, fibras del papel de guarda, marcas del pliegue. Cada señal ayuda a reconstruir qué encuadernador, en qué época y con qué materiales decidió convertir un trozo de Torá en una pieza estructural de un libro cristiano. Y ahí, justamente, está la parte incómoda —y fascinante— de esta historia material.

Qué dice el fragmento: Moisés ante el faraón

El texto conservado pertenece a una sección del Éxodo que narra el regreso de Moisés a Egipto, el diálogo con el faraón y los primeros signos que anticipan las plagas. Se leen con claridad formas típicas del hebreo bíblico y grafías sefardíes reconocibles por la resolución de ciertas letras (bet, kaf, lamed) y por el ritmo de los alargamientos finales. El bloque mantiene columnas bien justificadas, con líneas trazadas sobre guías apenas perceptibles, como corresponde a un rollo litúrgico destinado a ser leído en voz alta. No aparecen masoras marginales —propias de códices y no de rollos— ni decoraciones, lo que encaja con el uso en sinagoga.

La selección de versículos, que coincide con lecturas sabáticas en determinados ciclos, sugiere que el fragmento procede de un Sefer Torá completo, no de un compendio escolar o de un texto litúrgico abreviado. El soporte, pergamino de piel curtida a la cal, muestra una fibra compacta y cortes limpios en los bordes: signos de que el rollo se segmentó ya en época de expolio o reaprovechamiento, no durante el uso ritual. En la tinta se intuyen ligaduras oscuras y halo férrico, típico de las mezclas a base de agallas, sulfatos y aglutinantes orgánicos. Son detalles técnicos, sí, pero definen el horizonte cultural del manuscrito: copistas formados en aljamías semíticas de la Península, soferim que certificaban pureza del soporte, alineación de columnas y ortografía sacramental.

El contenido no solo emociona por su antigüedad; resuena con una historia de ida y vuelta: un pueblo que sale de la opresión, señales que se multiplican, un gobernante que se resiste. Ese mismo texto, leído con solemnidad bajo la luz de lámparas en una sinagoga riojana del Medioevo, terminó siglos después en el vientre de un libro de cuentas. La capa de cola lo silenció, pero no lo borró.

Lo que cambia en la historia judía de La Rioja

La documentación bajomedieval menciona comunidades judías en varias villas riojanas. Alfaro figura en esa geografía con referencias a aljamas, arrabales y a la existencia de una sinagoga. Lo que aporta el hallazgo es materialidad: ya no solo papeles de registro o actos notariales, sino un objeto ritual que, por definición, estuvo en un espacio de culto y en manos de fieles. Aunque el fragmento no “certifica” por sí mismo la ubicación exacta de aquella sinagoga, constata que en la ciudad circuló —y se empleó— un rollo litúrgico hebreo.

Esto abre líneas de trabajo muy concretas. La primera, cruzar el contenido del libro parroquial que alojaba el pergamino con inventarios de encuadernadores y con registros de reparaciones en templos y escribanías. ¿Quién intervino ese volumen? ¿En qué fecha se reforzaron las tapas? A veces, una referencia a la compra de pergaminos viejos para “fortalecer libros” aparece en cuentas capitulares o en detalladas anotaciones de mayordomías. La segunda línea pasa por cotejar el estilo caligráfico con otros fragmentos sefardíes localizados en Navarra, Aragón o Castilla. Si el tipo de letra, la modulación y los patrones de corrección aparecen en piezas de Tudela, Tarazona o Calatayud, puede reconstruirse un entorno de copia regional o una red de circulación de manuscritos hebreos a finales del Medievo.

También se reactiva el mapa de la memoria judía riojana. La expulsión de 1492 supuso desposesión, destierro y confiscación de bienes, entre ellos biblias hebreas, comentarios talmúdicos, responsa y textos litúrgicos. Muchos de esos manuscritos pasaron a manos de instituciones eclesiásticas, concejos o particulares, y de ahí a los talleres. El trozo de Torá recuperado en Alfaro concreta ese tránsito: de objeto sagrado a material de encuadernación, de voz pública a silencio estructural. Y ahora, de nuevo, a pieza de archivo, recuperada con criterios modernos.

Restauración, ciencia y preguntas que sí conviene hacernos

La prioridad inmediata tras la identificación es conservar. El pergamino, tras siglos en un ambiente relativamente estable, puede reaccionar a cambios de humedad relativa, temperatura y luz. Por eso se ha optado por mantenerlo en almacenamiento plano, en funda de conservación de materiales neutros, con parámetros ambientales controlados. Un análisis no invasivo (lupa digital, multiespectral, radiación UV de baja intensidad) permite realzar trazos, detectar raspaduras y distinguir adiciones sin comprometer la estabilidad de la tinta. Si se confirmase la presencia de correcciones de copista —letras recompuestas, retoques con cuchilla—, el fragmento aportaría aún más sobre la praxis de los soferim medievales.

El estudio filológico y paleográfico sirve, además, para cerrar horquillas cronológicas. Determinados rasgos de la scriptio sefardí —la forma de la ayin, la altura de la lamed, el modo de cerrar la mem final— evolucionan con el tiempo y con las escuelas. Cruzar esos rasgos con bases comparativas de fragmentos peninsulares ayuda a afinar si estamos ante un producto de mediados del XIV o ya del XV. A falta de dataciones absolutas (las técnicas radiocarbónicas requieren microextracciones y no siempre están justificadas), la tipología de las costuras y el tipo de reglas de pauta (punzonado o reglado a punta seca) dan pistas de taller.

Luego está el reto de contar lo encontrado sin sacarlo de escala. La tentación de convertir una pieza en prueba de todo es grande. Este fragmento no “demuestra” por sí solo la cronología de la sinagoga, ni el tamaño de la aljama, ni la ruta de copia del rollo original. Sí confirma una vida litúrgica hebrea en Alfaro cuya existencia ya sostenían las fuentes escritas. Sí explica una práctica artesanal (reutilización de pergaminos) que marcó la conservación —paradójica— de muchos manuscritos. Y sí invita a rastrear más: en tapas, lomos, guardas y costuras de volúmenes que nadie sospecharía que esconden letras hebreas.

Reutilizar para perdurar: una historia peninsular

El caso de Alfaro se integra en un patrón conocido por archiveros y restauradores: la “genizá del encuadernador”. Frente a las genizot tradicionales —espacios sagrados donde las comunidades judías depositaban textos deteriorados con el Nombre—, la Europa cristiana produjo, sin querer, depósitos encubiertos en archivos eclesiásticos y municipales. En ellos, cada reparación de un libro generaba capas: parches de pergamino, papeles de desecho, retales fiscales, decretos en desuso. En España se han recuperado fragmentos hebreos en catedrales, colegiatas, parroquias y archivos notariales. El arco va de piezas bíblicas a comentarios de Rashi o de Maimónides, pasando por piyyutim y formularios legales. No siempre afloran textos completos: a veces son tiras con tres palabras, otras columnas enteras que salvan genealogías y topónimos.

La explicación de por qué sobrevivieron no es mística; es técnica. El pergamino resiste: soporta cambios de humedad mejor que el papel, aguanta golpes, refuerza. Para un encuadernador con oficio, ese retal respondía a una función. Para quienes estudiamos hoy la historia del libro y de las minorías, esos retales abren ventanas. En algunos talleres se reconocen manos por la forma de cortar, por los ángulos con que disponen los refuerzos. En otros, por las pautas que dejan marcadas sobre el lomo, coincidentes con estándares locales. Aunque las historias particulares varían, el resultado se repite: fragmentos que llegan hasta nosotros con una capa de cola por encima y con siglos de silencio encima.

El hallazgo riojano aporta un elemento territorial importante. No se trata solo de un descubrimiento en una capital de archivo nacional, sino en una ciudad media con una colegiata histórica y una memoria judía documentada. Eso multiplica el valor pedagógico: la historia no vive únicamente en los grandes depósitos, también en libros parroquiales, protocolos y libros de fábrica que aún se consultan a diario.

La pieza y su proyección pública

Más allá de la investigación, la difusión responsable importa. El fragmento, ya estabilizado, puede ser expuesto de forma periódica con luz controlada y un relato que explique qué es una Torá, cómo se copia, cómo se lee, qué significa la kashrut del pergamino. Un facsímil de lectura —una reproducción ampliada, de alta resolución— permitiría mostrar el texto sin castigar el original. La digitalización en abierto —con imágenes a varias bandas, visibles e infrarrojas— es el siguiente paso lógico: multiplica el acceso académico y reduce manipulaciones.

Para la comunidad local, la pieza puede recuperar topónimos y memorias. A veces, un hallazgo así anima a indagar in situ: buscar el rastro de la antigua judería, perfilar el emplazamiento de la sinagoga que se cita en documentos, estudiar lápidas reutilizadas en muros, levantar planos comparados del casco histórico. La Colegiata de San Miguel, con su silhouette inconfundible sobre los sotos del Ebro, suma así un capítulo inesperado a su relato patrimonial. Y lo hace con un protagonista que no es cristiano, sino judío, y que sin embargo dialoga con la historia de la propia colegiata a través de un libro de cuentas que lo ocultó.

La gobernanza de la pieza también cuenta. Un comité que reúna a responsables del archivo, especialistas en hebreo bíblico, restauradores y autoridades culturales puede marcar los usos, la política de préstamos, los formatos de consulta y la estrategia de publicación académica. En otras experiencias, esta mesa de trabajo ha evitado malentendidos y expectativas desmedidas. Es útil fijar desde el principio licencias de imagen, condiciones para investigación externa y un calendario de tareas pendientes: perfil paleográfico, transcripción diplomática, traducción literal, nota codicológica.

Un texto antiguo que vuelve a hablar

Un trozo de pergamino sefardí encerrado en la tapa de un libro contable no debería decir tanto, y dice. Trae de vuelta la voz de un rollo litúrgico que recorrió una sinagoga riojana en el siglo XIV o XV, sobrevivió a una expulsión, fue troceado por manos técnicas, aprovechado por un encuadernador, silenciado por una capa de cola y redescubierto por un cambio de luz. A partir de ahora, esa voz puede volver a sonar, con rigor y sin exageraciones, como corresponde a un patrimonio que pertenece a todos y que exige cuidado, contexto y método.

El hallazgo en Alfaro no reescribe la historia de la región, pero la encarna. Pone nombre y letra a una presencia judía que ya conocíamos por otros documentos, le añade fisicidad y la proyecta hacia el futuro. Si los responsables del archivo, la comunidad científica y las instituciones culturales trabajan en la misma dirección —conservación, estudio, difusión—, este fragmento de Torá dejará de ser un misterio sepultado en una tapa para convertirse en pieza de referencia de la memoria medieval en La Rioja. Y, tal vez, sirva de llave: la primera de más letras hebreas aún dormidas en otros libros que solo necesitan, para despertar, que alguien mire con paciencia donde nadie mira.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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