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¿Quién manda en el Mundial 2026? Top y flop antes de cuartos de final

España manda, Messi resiste, Haaland asusta y Trump agita la FIFA en el top y flop del Mundial 2026 rumbo a cuartos, con goles, calor y ruido

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aficionados del Mundial 2026

Resumen

  • España llega a cuartos como el equipo más sólido y reconocible
  • Messi lidera el ruido ofensivo, con Haaland y Mbappé al acecho
  • Trump, la FIFA y el calor dejan el flop político y ambiental del torneo

El Mundial 2026 llega a cuartos de final con ocho supervivientes y una sensación bastante clara: España es el equipo más reconocible, Argentina sigue viva porque Lionel Messi se niega a obedecer al calendario, Francia avanza con una mezcla de colmillo y talento, Noruega ha convertido a Erling Haaland en una amenaza casi meteorológica e Inglaterra continúa en esa frontera suya entre la grandeza y el susto. Los cruces ya están servidos: Francia-Marruecos en Boston, España-Bélgica en Los Ángeles, Noruega-Inglaterra en Miami y Argentina-Suiza en Kansas City. No es todavía el reparto de premios, claro. Pero el retrato empieza a salir en la cubeta: hay figuras, fiascos, estadios que rugen, ciudades que hierven y una polémica política con Donald Trump e Infantino que parece escrita por un guionista con fiebre.

El top provisional tiene varios nombres propios. Messi lidera la carrera de goleadores con ocho tantos y aparece también como el jugador de mayor valoración estadística; Unai Simón manda entre los porteros con cinco porterías a cero; España lidera la posesión media y también las porterías a cero como equipo; Bélgica crea más ocasiones que nadie; Argentina es la selección más goleadora; e Iraq queda señalada por los 12 goles encajados, un agujero defensivo más grande que una puerta de garaje. Ese es el núcleo, sin azúcar glas.

El retrato antes de cuartos: talento, sudor y algún bochorno institucional

A estas alturas, el Mundial ya no se mide solo por resultados. También por gestos, ambientes, temperaturas, entrenadores con cara de haber dormido poco y selecciones que prometían caviar y han acabado sirviendo pan seco. En ese escaparate conviven el fútbol más fino de La Roja, la resistencia argentina, la fuerza noruega, el oficio francés, la sorpresa suiza y una FIFA que vuelve a descubrir, con su habitual talento para pisar charcos, que mezclar política y reglamento casi nunca acaba en una postal bonita.

Mejor portero, defensa y centrocampista: la España que no hace ruido, pero manda

El mejor portero del torneo, por ahora, es Unai Simón. No por patriotismo de sobremesa ni por esa manía española de descubrir la excelencia cuando ya está sentada a la mesa, sino porque los números son muy tercos: cinco partidos, cinco porterías a cero, ningún gol encajado. Hay otros nombres de peso, como Mike Maignan, Emiliano Martínez, Gregor Kobel o Camilo Vargas, pero el guardameta español ha convertido el área en una habitación cerrada con pestillo. Ni épica, ni aspaviento. Portería seca.

La mejor defensa también mira hacia España, más como ecosistema que como foto individual. En un Mundial de delanteros con dientes, España ha hecho algo poco vistoso y muy difícil: defender con balón, juntar líneas, no partirse y obligar al rival a correr detrás de una sombra. Marc Cucurella, Pau Cubarsí, los centrales y los laterales han formado una estructura que no vive solo del despeje, sino del control. La vieja verdad: si el adversario no toca la pelota, cuesta bastante que te haga daño. España llega a cuartos sin haber recibido goles y con una posesión media del 66 %, el tipo de dato que parece frío hasta que uno ve al rival llegar tarde, sudando y con cara de haber perdido el metro.

En el centro del campo, Rodri sigue siendo el termostato. Pedri pone luz, Mikel Merino ha aportado llegada y España se permite elegir entre seda y martillo según el minuto. Michael Olise lidera las asistencias del torneo y Leandro Trossard aparece arriba en ocasiones creadas, pero si hablamos de centrocampista total, de gobierno del partido, de ese oficio invisible que ordena lo que parece casual, Rodri conserva una autoridad que no necesita levantar la voz. Es el futbolista que baja las revoluciones cuando el partido se calienta. Una nevera en mitad de una barbacoa.

Messi, Haaland y Mbappé: la delantera del Mundial todavía tiene veneno

El mejor delantero, con permiso de Kylian Mbappé y Erling Haaland, es Lionel Messi. A los 39 años, la frase ya suena casi ofensiva para la biología, pero el fútbol a veces se burla de los certificados de nacimiento. Argentina rozó el precipicio ante Egipto, perdía 2-0 a falta de 11 minutos y acabó ganando 3-2 con un gol de Messi, una asistencia suya y el remate final de Enzo Fernández. Antes había fallado un penalti. Después volvió a levantar al equipo como quien levanta una persiana oxidada.

Haaland es otra cosa: un temporal con botas. Noruega eliminó a Brasil por 2-1 con dos goles suyos y se ha colado en cuartos con esa mezcla tan nórdica de orden, potencia y cero literatura innecesaria. No seduce igual que Argentina, no hipnotiza como España, pero cuando la pelota cae cerca del área parece que alguien ha soltado una nevera cuesta abajo. Mbappé sigue al acecho, Francia tiene más profundidad de plantilla que muchas ligas completas y Harry Kane mantiene a Inglaterra dentro de la conversación. La Bota de Oro, de momento, huele a pelea grande: Messi con ocho; Mbappé y Haaland, muy cerca.

Argentina, además, se ha ganado el premio al equipo más dramático. No necesariamente el que mejor juega, no siempre el más equilibrado, pero sí el que convierte cada partido en una película de madrugada: penalti fallado, remontada imposible, lágrimas, VAR, quejas, Messi mirando al cielo, medio planeta opinando. Suiza, su rival en cuartos, llega desde una ruta mucho más sobria: eliminó a Colombia en los penaltis después de un 0-0 larguísimo en Vancouver y jugará sus primeros cuartos mundialistas desde 1954. El romanticismo también puede vestir de puntualidad suiza.

El equipo que mejor juega, el más divertido y el entrenador con más simpatía

El equipo que mejor juega es España, al menos si jugar bien significa imponer una idea, repetirla bajo presión y no depender de un fogonazo aislado. Hay selecciones más salvajes, más verticales, más explosivas. España, en cambio, va dejando la sensación de que el partido ocurre donde ella decide. No siempre enamora; a veces administra. Pero administra como un cirujano con pulso. Su cuarto ante Bélgica en Los Ángeles será una prueba seria, porque Bélgica llega con talento, ocasiones y una victoria de peso ante Estados Unidos.

El equipo más divertido es Noruega, por una razón casi infantil: cada ataque parece prometer un accidente. Ødegaard piensa, Haaland ejecuta, y alrededor hay un equipo que ya no juega como invitado exótico, sino como selección convencida de que el Mundial también puede pertenecerle a un país sin tradición de campeón. Argentina es más teatral; Francia, más rica; España, más fina. Noruega es puro sobresalto. Y eso, en un torneo tan largo, vale oro para el espectador neutral.

El entrenador más simpático, en una categoría inevitablemente subjetiva, puede ser Murat Yakin, porque Suiza ha llegado donde no llegaba desde hace 72 años sin vender humo, sin posar de revolución táctica y sin pedir permiso. Su equipo sabe sufrir, cerrar, aguantar y patear penaltis con la cara de quien está esperando el tranvía. También merece mención Luis de la Fuente, que ha llevado a España a una madurez competitiva muy poco chillona. No da titulares volcánicos. Da partidos.

Aficiones, calor y estadios: Colombia canta, Miami hierve y el Azteca conserva su trono

La afición más calurosa ha sido la de Colombia, aunque su selección ya esté fuera. En Vancouver, los colombianos convirtieron el BC Place en una sucursal emocional de Barranquilla: camisetas amarillas, ruido continuo, garganta de mercado y domingo familiar aunque fuera martes. Hubo asientos vacíos visibles en algunas zonas, sí, pero el pulso de la grada lo marcaron ellos. Una eliminación por penaltis duele más cuando el estadio parecía tu casa.

La ciudad más caliente entre las sedes de cuartos apunta a Miami, no solo por temperatura, sino por humedad. Para el Noruega-Inglaterra del sábado 11 de julio, la previsión marca 32 grados y ambiente muy húmedo, con posibilidad de tormenta por la tarde. Kansas City también aprieta, con 31 grados y bochorno para el Argentina-Suiza, mientras Boston y Los Ángeles ofrecen un castigo más amable. En Miami, el fútbol no se juega: se cocina lentamente, como arroz pegado al fondo.

El mejor estadio, por historia y atmósfera, sigue siendo el Estadio Azteca. No porque lo diga la nostalgia con sombrero ancho, sino porque su ambiente, su ocupación completa y su peso histórico en tres ediciones mundialistas lo colocan en otra liga. Hay estadios más modernos, más cómodos, más audiovisuales, casi parques temáticos con césped. Pero el Azteca tiene otra cosa: memoria. Pelé, Maradona, multitudes, altura, ruido seco. Ese lugar no recibe partidos; los mastica.

El flop: Iraq, Estados Unidos y la sombra de Trump sobre la FIFA

El peor equipo del torneo, medido por daño defensivo, ha sido Iraq, con 12 goles encajados. En un Mundial de 48 selecciones, la ampliación deja historias bonitas, pero también desniveles crueles: equipos que compiten durante un rato y luego se descosen como una costura vieja. Iraq ha sido el símbolo estadístico de ese lado menos amable del formato gigante.

El gran fiasco político-deportivo, sin embargo, lo protagoniza Estados Unidos. No solo por caer 4-1 ante Bélgica en octavos, que ya es una bofetada sonora para un anfitrión, sino por todo el ruido alrededor de Folarin Balogun. Trump admitió que llamó a Gianni Infantino para pedir una revisión de la roja del delantero estadounidense, cuya sanción fue después revocada, lo que desató críticas internacionales por posible interferencia política. Aquí no hace falta exagerar ni poner bigote de villano: el hecho verificable ya es suficientemente feo.

El mote de “Trump el tramposo” circula como chascarrillo de grada, pero el asunto es más serio que una burla. El fútbol se sostiene sobre una ficción útil: que el árbitro se equivoca solo, que los comités fallan con independencia, que el poder mira desde el palco pero no baja al césped. Cuando un presidente llama al jefe de la FIFA para que revise una sanción de su selección, la ficción cruje. Y si encima Bélgica gana 4-1 y se permite bromear después, el episodio queda como una comedia institucional con final belga.

Curiosidades de un Mundial enorme: más partidos, más ruido, más grietas

Este Mundial 2026 es el primero con 48 equipos y 104 partidos, repartido entre Estados Unidos, México y Canadá. La expansión ha dado más viajes, más himnos, más camisetas raras en aeropuertos y más oportunidades para selecciones que antes veían la Copa del Mundo desde la televisión. También ha generado un torneo más largo, más difícil de ordenar y con una ronda extra que deja una sensación curiosa: los cuartos parecen llegar tarde, como si el Mundial hubiera empezado hace meses.

Entre las anécdotas queda la despedida de Cristiano Ronaldo, que confirmó que este era su último Mundial tras la eliminación de Portugal ante España; queda la resistencia de Egipto, a minutos de tumbar a Argentina; queda el regreso de Suiza a unos cuartos después de siete décadas; queda Brasil fuera a manos de Noruega, imagen que hace unos años habría parecido un error de imprenta. El Mundial no está siendo perfecto. Mejor así. Los torneos perfectos suelen ser aburridos, limpios como un aeropuerto de madrugada. Este tiene barro, goles, calor, política, fútbol y alguna vergüenza pública. Bastante humano, en suma.

La belleza torpe de un Mundial gigantesco

A las puertas de los cuartos, el Mundial 2026 ya permite una lectura nítida: España juega mejor, Messi es el gran personaje, Unai Simón domina la portería, Haaland amenaza con romper el cuadro, Colombia se lleva el premio sentimental de la grada, Miami pone el sudor y el Azteca conserva la corona simbólica de los estadios. En el lado oscuro quedan Iraq por fragilidad, Estados Unidos por decepción y la FIFA por permitir que la política entrara al torneo con zapatos embarrados.

Falta lo decisivo, que en el fútbol siempre llega tarde y cambia titulares. Pero el mapa ya tiene colores. El Mundial más grande de la historia está siendo exactamente eso: grande en talento, grande en ruido, grande en contradicciones. Un animal enorme. Brillante por momentos, torpe en otros, con Messi todavía caminando por el alambre y España tocando como si el balón fuera una copa de cristal. De momento, manda quien mejor controla el caos. Y ahí, hoy, España y Messi van por delante.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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