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Los lapsus más sonados de Feijóo y cómo se hicieron virales

De errores con nombres propios a tropiezos en el Congreso, la hemeroteca explica por qué algunos deslices perduran.

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todos los lapsus de Feijóo

Alberto Núñez Feijóo no tiene un recuento oficial de lapsus, y por eso no hay una cifra única que cierre la discusión. Si se cuentan solo los errores pronunciados en público y recogidos en las recopilaciones disponibles, aparecen al menos una docena de episodios reconocibles: desde el nombre de una banda irlandesa hasta confusiones geográficas, literarias y parlamentarias. La cifra cambia según se incluyan las autocorrecciones, las frases sacadas de contexto o los errores atribuidos a distintas intervenciones.

El más reciente de los ejemplos recogidos en la cobertura es la transformación de Nelson Mandela en Delson Mandela durante una intervención en el Congreso, al criticar la posición del Gobierno ante la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Antes, otro tropiezo parlamentario había convertido el título Anatomía de un farsante en el ya difundido Anatop at. La repetición de episodios, más que un número cerrado, es lo que ha dado forma a la etiqueta: cada error revive los anteriores y los reúne en una misma historia política.

Por qué no hay una cifra definitiva

Un lapsus puede ser una palabra mal pronunciada, un nombre confundido, un dato equivocado o una frase que se corrige antes de terminar. No todos tienen el mismo peso ni pertenecen necesariamente a la misma categoría. A la lista se añaden, además, episodios que algunas recopilaciones presentan como equivocaciones y otras como errores de contexto, imprecisiones o momentos de improvisación. Por eso, preguntar cuántos lleva exige decidir primero qué se considera un lapsus y qué queda fuera.

Una cuenta prudente puede reunir los casos que han tenido difusión pública y que aparecen en la información disponible: The Chieftains convertido en Tichestein; Bruce Springsteen en Bruce Sprinter; Manuela Carmena llamada Manuela Carmela; el intento de decir Anatomía de un farsante que acabó en Anatop at; y Nelson Mandela transformado en Delson Mandela. A ellos se suman referencias equivocadas a lugares, libros y personas, como Huelva situada en el Mediterráneo, la confusión con el título de Cantares gallegos o el nombre de María Guardiola cambiado por María Gallardo.

El inventario puede ampliarse con la atribución errónea de Andalucía a Badajoz o Cáceres, la referencia a 1984 como año de publicación de la novela de George Orwell, la ciudad de Castroforte del Baralla convertida en Catástrofe de Baralla y la expresión Xotrantr para aludir a As crónicas do sochantre. También se recuerda que Feijóo llamó Carolina a Catalina González. Al contar cada episodio por separado se supera la docena, aunque eso no equivale a un registro exhaustivo ni a una evaluación independiente de todos los discursos del dirigente.

Hay casos que conviene tratar con más cautela. La frase sobre señalar a los jueces como fachas con toga suele aparecer en recopilaciones de deslices, pero el contexto descrito indica que Feijóo se corrigió y que estaba criticando ese tipo de señalamiento, no presentándolo como una afirmación propia. Incluirla sin matices puede cambiar el sentido de lo ocurrido. También hay que distinguir entre una equivocación al pronunciar un nombre y un dato factual incorrecto: ambos pueden viralizarse, pero no son fallos idénticos ni permiten la misma lectura.

De The Chieftains a Bruce Springsteen

Uno de los episodios más antiguos y reconocibles se produjo cuando Feijóo presidía la Xunta de Galicia. En el anuncio de la Medalla Castelao, al mencionar al músico Carlos Núñez y al grupo irlandés The Chieftains, tropezó con el nombre de la banda y lo pronunció como Tichestein. En otra repetición, el nombre volvió a salir deformado. La escena tenía un escenario formal y un nombre extranjero poco familiar para parte del público, dos ingredientes que hicieron que el error resultara fácil de recordar.

Con el paso del tiempo, el episodio dejó de ser solo una equivocación fonética. Los vídeos y las parodias lo mantuvieron en circulación, y Tichestein se convirtió en una especie de contraseña compartida por quienes seguían la política gallega. La distancia entre el nombre real y la versión pronunciada aportaba el remate humorístico; la difusión posterior hizo el resto. Una palabra difícil de repetir puede sobrevivir más que el acto institucional en el que se dijo, sobre todo cuando el vídeo se separa de su contexto original.

Años después, Feijóo volvió a tropezar con un nombre inglés al aludir a Bruce Springsteen. En un comentario sobre el despliegue de medios durante una visita de Pedro Sánchez a Galicia, comparó la llegada del presidente con la de un artista de gira y llamó Bruce Sprinter al músico. El juego de palabras no quedó en una ocurrencia: se convirtió en uno de los clips más compartidos de aquella campaña. La confusión entre el apellido Springsteen y la palabra inglesa sprinter ofrecía una imagen sencilla, inmediata y fácil de reproducir.

Los dos casos suelen agruparse como muestras de una dificultad con nombres anglosajones, pero esa lectura tiene límites. Pronunciar mal un nombre no demuestra por sí solo desconocimiento de la persona o del grupo, y tampoco permite medir la capacidad general de un político. Lo que sí explica su persistencia es la forma del error: el nombre queda alterado de manera llamativa y el contraste se entiende sin necesidad de conocer el discurso entero. En redes, la facilidad para contar una escena suele pesar más que su importancia política.

Los errores que saltan de los nombres a los libros y al mapa

La lista no se limita al inglés. Feijóo se refirió a Manuela Carmena, exalcaldesa de Madrid, como Manuela Carmela. También se le atribuye haber confundido a la presidenta extremeña María Guardiola con María Gallardo, nombre que coincidía con el del candidato socialista en la región. En otro episodio anterior llamó Carolina a Catalina González, alcaldesa de Sanxenxo. Son equivocaciones distintas, pero tienen en común que afectan a personas reconocibles dentro de la política y, por eso, adquieren una lectura que va más allá de la pronunciación.

El nombre de María Guardiola se corrigió en el propio acto, según la información recogida sobre el episodio. Aun así, el desliz circuló porque la confusión tenía una asociación política visible. La corrección inmediata forma parte de la escena, pero no siempre acompaña al vídeo cuando este se comparte. Algo parecido ocurre con los nombres de The Chieftains y Springsteen: el fragmento ofrece una versión compacta del momento y deja fuera lo que se dijo antes o después. La autocorrección puede aclarar el error sin impedir que el primer tropiezo se convierta en titular.

La geografía también ha alimentado la recopilación. En una intervención durante la campaña electoral de 2023, Feijóo situó Huelva en el Mediterráneo, pese a que su costa se encuentra en el Atlántico. A ese episodio se suman menciones equivocadas a Badajoz o Cáceres como parte de Andalucía en distintos repertorios. La cobertura disponible no siempre presenta de la misma manera esos casos, así que es preferible no fundirlos en una sola anécdota ni adjudicarles una fecha que no está acreditada en la información de referencia.

En el terreno literario, se recuerda la confusión entre Cantares gallegos, obra de Rosalía de Castro, y la expresión Poemas gallegos. También se ha difundido una referencia a 1984 como si el título de la novela de Orwell correspondiera al año en que fue escrita o publicada; el libro apareció en 1949. La confusión entre el título y una fecha resulta especialmente llamativa porque la corrección cabe en una frase. El dato concreto, una vez contrastado, desplaza con rapidez cualquier explicación más larga.

Hay asimismo errores que convierten un nombre literario en una secuencia casi irreconocible. Castroforte del Baralla, ciudad ficticia de La saga/fuga de J. B., apareció deformada como Catástrofe de Baralla. Y As crónicas do sochantre, de Álvaro Cunqueiro, fue pronunciado como Xotrantr. Estos ejemplos pertenecen a un registro distinto del de la geografía: no se trata de ubicar mal una provincia, sino de que una referencia cultural se atasca al salir en voz alta. La variedad del repertorio impide reducir todos los tropiezos a una sola causa.

El Congreso convirtió un tropiezo en espectáculo

En la sesión de control más comentada, Feijóo buscaba cerrar su intervención contra Pedro Sánchez con una alusión a una serie titulada Anatomía de un farsante, una variación sobre Anatomía de un instante. Al intentar pronunciar la palabra anatomía, se trabó y produjo una secuencia que se difundió como Anatop at. El líder popular pidió perdón y miró sus notas, pero el tiempo de intervención se agotó y el micrófono dejó de transmitir justo cuando intentaba continuar. El resultado fue un final entrecortado que el hemiciclo y las redes interpretaron como un momento cómico.

El detalle del reloj parlamentario importa. En una intervención con tiempo limitado, un remate preparado para el último momento deja poco margen para corregir una palabra. En este caso, el juego dependía de pronunciar con claridad un título conocido y de llegar al final de la frase antes de que se cerrara el micrófono. Cuando eso no ocurrió, la forma del discurso se impuso a la intención del mensaje. La réplica posterior de Sánchez reforzó el encuadre al cuestionar la calidad parlamentaria de su rival.

La secuencia muestra por qué una sesión política puede producir escenas que eclipsan durante unas horas el asunto debatido. El clip concentra las miradas, las risas y la reacción de los rivales en unos segundos; la discusión de fondo, en cambio, requiere más contexto para explicarse. En otra intervención parlamentaria, la referencia a Nelson Mandela se transformó en Delson Mandela mientras Feijóo criticaba la posición del Gobierno ante el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Según el relato publicado, estaba leyendo el discurso, un detalle que hizo más llamativo el tropiezo, aunque no cambia su naturaleza: fue una pronunciación equivocada dentro de una intervención política.

El episodio de Mandela también enseña que no todos los lapsus dependen de improvisar. La lectura puede reducir la necesidad de recordar el texto, pero no elimina los errores al articular una frase. A la vez, no basta una equivocación para deducir que el contenido entero estuviera mal preparado o que el orador desconociera a la persona citada. La explicación más sólida se queda en lo observable: el nombre salió alterado, el vídeo registró el momento y la circulación digital lo incorporó a una serie ya conocida. Lo verificable es la escena; las conclusiones sobre sus causas requieren más prudencia.

Cuándo una frase recortada cambia de sentido

No todo lo que aparece en una recopilación de lapsus es una palabra mal dicha. A finales de 2022, Feijóo pronunció la expresión fachas con toga y se corrigió para referirse a los jueces. La información disponible señala que estaba criticando ese tipo de lenguaje, no describiendo a los jueces con esa etiqueta. Cuando el fragmento se comparte sin el contexto anterior y posterior, la corrección puede desaparecer y la frase parecer una afirmación deliberada. El recorte no inventa las palabras, pero puede alterar quién las sostiene y con qué intención.

Esta diferencia es importante para no convertir una lista de momentos virales en una colección indiferenciada. Un error de pronunciación, una confusión de nombres, una equivocación factual y una frase corregida pertenecen a planos distintos. En algunos casos el público puede comprobar la versión correcta en una enciclopedia o en un mapa; en otros, necesita escuchar la intervención completa para entender el sentido. La rapidez de las redes favorece la primera impresión, mientras que la precisión exige reconstruir la escena.

También hay episodios cuya difusión se alimenta de referencias acumuladas. Feijóo comparó la pintura taurina de Picasso con la identidad catalana del artista y expresó dudas sobre si era catalán; Picasso nació en Málaga. Cuando el ejemplo reaparece junto a Huelva en el Mediterráneo o a la fecha de 1984, deja de funcionar solo como un dato equivocado. Pasa a integrar un relato más amplio sobre su relación con la geografía y la cultura. La suma produce una impresión de patrón, aunque cada caso tenga un contexto y una gravedad diferentes.

Cómo un error individual se transforma en una etiqueta

La memoria política no archiva todos los discursos por igual. Una intervención extensa puede desaparecer de la conversación, mientras una palabra deformada cabe en un vídeo corto, un titular o una imitación. El apodo Tichestein, la transformación de Springsteen en Sprinter o el sonido de Anatop at funcionan casi como estribillos: se reconocen con rapidez y no necesitan demasiada explicación. Esa economía narrativa favorece que los adversarios, los comentaristas y los usuarios de redes recuperen el material cada vez que surge un nuevo tropiezo.

La exposición también cuenta. Feijóo pasó de presidir la Xunta a liderar el PP y ocupar un lugar central en la política estatal. Sus intervenciones comenzaron a ser observadas por un público más amplio y en escenarios con cobertura nacional. Eso no significa necesariamente que haya cometido más errores que antes; sí implica que más personas pueden verlos, compartirlos y compararlos con episodios anteriores. La visibilidad aumenta la probabilidad de que una equivocación se convierta en parte de la biografía pública.

La comparación con Mariano Rajoy aparece a menudo porque sus lapsus y frases se convirtieron también en materia de humor político. Pero una semejanza en la recepción no demuestra que ambos dirigentes tengan el mismo estilo ni que sus episodios deban medirse del mismo modo. En el caso de Feijóo, la colección incluye errores fonéticos, referencias culturales, lugares y nombres de compañeros. El público los reúne bajo una misma etiqueta porque comparten protagonista y circulación, no porque exista una explicación única detrás de todos ellos.

El humor puede rebajar la solemnidad de la política y hacer más accesible una escena parlamentaria, pero también desplaza la atención. Un error breve puede ocupar el espacio de una discusión sobre decisiones, propuestas o responsabilidades. Eso no vuelve irrelevante el desliz, ni demuestra que el debate de fondo haya desaparecido; indica que ambos compiten por la atención y que el contenido más fácil de compartir suele llevar ventaja. El clip no sustituye a la política, pero sí puede decidir qué parte de ella se recuerda primero.

La hemeroteca pesa, pero no dicta el balance político

La colección de episodios permite responder con cautela: no hay un total cerrado, pero las recopilaciones disponibles reúnen al menos una docena de tropiezos diferenciables, según el criterio utilizado. La cifra incluye errores de dicción, nombres confundidos, referencias culturales y geográficas, y algunos casos cuya clasificación como lapsus es discutible. Dar un número exacto como si existiera un registro completo ofrecería una seguridad que los datos no permiten. La respuesta más rigurosa es un mínimo aproximado, acompañado de sus límites.

Tampoco es posible deducir de esa cuenta, por sí sola, la competencia de Feijóo como dirigente, la calidad de sus propuestas o el efecto electoral de cada episodio. Las equivocaciones pueden dañar la imagen de solvencia en una intervención concreta, sobre todo si el líder intenta cerrar con una frase ingeniosa y el tropiezo se convierte en protagonista. Pero para saber cuánto influyen en la opinión pública harían falta pruebas distintas de la mera viralidad, y la información disponible no permite atribuirles un resultado político específico.

Lo que sí se observa es una dinámica persistente: cada nuevo error ofrece una ocasión para volver a los anteriores. De Tichestein a Bruce Sprinter, de las confusiones geográficas a los títulos literarios y del micrófono apagado a Delson Mandela, la hemeroteca se ha convertido en una narración paralela a la actividad política del líder popular. No explica por sí sola su trayectoria, pero acompaña cada intervención con el recuerdo de las anteriores. En la política de los vídeos breves, una sílaba puede durar mucho más que el momento en que se pronunció.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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