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¿Cómo dejó el doble terremoto a 41 españoles muertos en Venezuela?
El doble terremoto de Venezuela deja 41 españoles muertos y 138 desaparecidos, mientras la emergencia humanitaria golpea a miles de familias

Resumen
- Exteriores confirma 41 españoles muertos y mantiene 138 desaparecidos
- Dos seísmos de gran magnitud devastaron Caracas, La Guaira y otras zonas
- España mantiene rescate, hospital de campaña y vuelos de repatriación
El Ministerio de Asuntos Exteriores ha elevado a 41 el número de españoles fallecidos por el doble terremoto que golpeó Venezuela el 24 de junio. El balance comunicado este viernes mantiene, además, a 138 ciudadanos españoles desaparecidos y a otros 11 localizados bajo los escombros, sin que se haya precisado públicamente la situación individual de estos últimos. La cifra no es definitiva. Tampoco podía serlo entre edificios aplastados, registros incompletos y familias que aún esperan una llamada.
Los dos seísmos, de magnitudes 7,2 y 7,5, sacudieron el norte y el centro del país con apenas unos segundos de diferencia. El balance general asciende a 3.899 muertos y 16.740 heridos, según los últimos datos oficiales difundidos. Casi cuatro mil vidas: una cifra que cabe en una línea de teletipo, aunque detrás haya barrios enteros convertidos en polvo, cables, colchones y fotografías familiares.
Exteriores eleva el balance de víctimas españolas
El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, confirmó la muerte de otro ciudadano español y trasladó sus condolencias a familiares y allegados. Un día antes, el balance se situaba en 40 fallecidos. La actualización refleja el avance de las identificaciones y las búsquedas, no una nueva sacudida ni un accidente posterior.
Ese matiz importa. Tras una catástrofe de esta escala, las cifras se mueven porque aparecen cuerpos, se comprueban identidades o se localiza a personas que habían perdido el contacto. Un nombre puede pasar de la columna de desaparecidos a la de supervivientes o a la de fallecidos. La burocracia parece aquí una maquinaria helada, sí, pero también es la única forma de evitar errores todavía más crueles: comunicar una muerte inexistente o mantener viva una esperanza que las pruebas ya han desmentido.
Exteriores mantiene en 138 los españoles desaparecidos. Los 11 ciudadanos localizados bajo los escombros continúan siendo una prioridad para los equipos desplazados, aunque el Gobierno no ha ofrecido detalles sobre su estado ni sobre los puntos concretos donde se encuentran. La prudencia informativa no es un adorno en estas circunstancias. Es una obligación.
Dos terremotos separados por menos de un minuto
La catástrofe comenzó en torno a las 18:00, hora local, del 24 de junio. Una primera sacudida de magnitud 7,2 fue seguida por otra de 7,5, con una ruptura sísmica que se extendió hacia zonas densamente pobladas del norte venezolano. El segundo terremoto tuvo su referencia cerca de Yumare, al oeste de Caracas, y liberó energía a lo largo de un corredor que alcanzó la capital y el litoral de La Guaira.
No fue, pues, un temblor aislado que derribó unas cuantas fachadas antiguas. Los movimientos afectaron a Caracas, La Guaira, Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón, entre otras zonas. Viviendas, hospitales, escuelas, carreteras y redes de suministro quedaron dañados o inutilizados. El terremoto golpeó el cemento, pero también aquello que normalmente no aparece en las fotografías: el agua corriente, las comunicaciones, el transporte de medicamentos, el acceso a una cama hospitalaria.
La Guaira, donde el desastre se hizo paisaje
La Guaira, en la franja costera situada al norte de Caracas, concentra algunas de las escenas más graves. En Catia La Mar, un análisis preliminar por satélite detectó daños en cerca de un tercio de los edificios examinados. La proximidad entre bloques residenciales, vías estrechas y terrenos vulnerables complicó el acceso de ambulancias, excavadoras y equipos de salvamento.
Allí, el terremoto dejó una geografía nueva y brutal. Calles que antes conducían a viviendas terminan ante montañas de cascotes; familias enteras aguardan junto a cintas de seguridad; los rescatistas piden silencio para escuchar cualquier golpe bajo las losas. Después llegan las máquinas pesadas, con su rugido inevitable. Es el momento en que la búsqueda de supervivientes empieza a convivir con la recuperación de cuerpos.
Las autoridades venezolanas habían contabilizado más de mil réplicas durante los primeros días de julio. La mayoría son mucho menos intensas que los terremotos principales, pero mantienen el riesgo de nuevos desprendimientos y obligan a revisar construcciones que parecen enteras desde la calle y, sin embargo, pueden tener pilares fracturados o escaleras desplazadas.
Una réplica no necesita derribar una torre completa para causar otra tragedia. Basta una cornisa, una pared fatigada, una estructura debilitada que ya soportó demasiado. Por eso miles de personas siguen fuera de sus casas, incluso cuando la vivienda permanece en pie. Dormir bajo un techo que cruje convierte cualquier ruido nocturno en una alarma.
Por qué hay tantas víctimas con nacionalidad española
La elevada cifra de españoles afectados se explica por la dimensión histórica de la comunidad española en Venezuela. En el país residen cerca de 200.000 ciudadanos españoles, muchos de ellos venezolanos de nacimiento que también poseen la nacionalidad española por ascendencia familiar. No se trata, en su mayoría, de turistas sorprendidos durante unas vacaciones, sino de personas arraigadas desde hace décadas en Caracas, La Guaira, Valencia, Maracay y otras ciudades golpeadas.
Venezuela recibió durante el siglo XX a varias generaciones de emigrantes procedentes de Galicia, Canarias, Asturias y Andalucía, entre otras regiones españolas. Llegaron con maletas pequeñas y proyectos grandes: comercios, talleres, restaurantes, empresas familiares. Sus hijos y nietos forman parte del tejido venezolano. Cuando un terremoto sacude esa tierra, la onda también alcanza a España, aunque el océano permanezca tranquilamente en medio, como si no fuera con él.
La existencia de numerosos ciudadanos con doble nacionalidad añade complejidad al balance consular. Una misma persona puede aparecer inicialmente en registros locales, listas hospitalarias y avisos familiares con documentos o apellidos distintos. También hay denuncias duplicadas, teléfonos sin cobertura y personas desplazadas a refugios que tardan días en contactar con sus allegados.
Por eso el número de desaparecidos no equivale automáticamente al de personas atrapadas ni, desde luego, al de fallecidos. Significa que Exteriores todavía no ha confirmado su paradero. A medida que se recuperan las comunicaciones y se cruzan datos de hospitales, depósitos forenses, albergues y autoridades locales, la lista se corrige. A veces trae alivio. Otras, no.
El hospital español atiende a unas 200 personas diarias
España mantiene desplegada ayuda de emergencia y un hospital de campaña de la AECID que, según Albares, atiende a unas 200 personas cada día. Los quirófanos están operativos y el dispositivo incluye especialistas en apoyo psicológico, una asistencia menos visible que una intervención quirúrgica, pero decisiva cuando abundan los duelos, los ataques de ansiedad y los menores separados de sus familias.
La Embajada en Caracas, el Consulado General y la Unidad de Crisis de Exteriores continúan trabajando para localizar ciudadanos, orientar a sus familiares y coordinar traslados. El propio Consulado sufrió daños de cierta entidad durante los terremotos, mientras que la Embajada registró desperfectos menores. Aun así, ambos servicios mantuvieron su actividad.
La respuesta española ha incluido también personal de rescate, perros especializados y vuelos de repatriación. El 7 de julio llegó a Madrid un avión con 78 personas evacuadas, 59 de ellas españolas. Para quienes regresaron, Barajas no fue simplemente un aeropuerto: era el primer suelo estable después de casi dos semanas de réplicas, sirenas y noches partidas.
Una emergencia sobre un país debilitado
El terremoto ha golpeado a Venezuela cuando sus servicios públicos y su sistema sanitario arrastraban años de carencias. El desastre agrava una crisis humanitaria previa y aumenta la presión sobre centros médicos que ya trabajaban con recursos limitados. A las lesiones traumáticas se suman el riesgo de infecciones, la falta de agua potable, la interrupción de tratamientos crónicos y el agotamiento del personal sanitario.
Las estimaciones humanitarias calculan que 1,8 millones de personas, entre ellas unos 680.000 niños, necesitan asistencia después de los seísmos. Muchos menores han perdido su vivienda, su escuela o el contacto con personas cercanas. Los edificios pueden reconstruirse con hormigón y dinero; la sensación de seguridad tarda bastante más, y no existe una grúa capaz de levantarla de una vez.
La emergencia entra ya en una fase incómoda: la atención internacional disminuye mientras las necesidades siguen allí. Quedan toneladas de escombros, familias sin casa, hospitales saturados y cientos de desaparecidos. La cámara se marcha antes que el dolor. Es una vieja costumbre del mundo informativo, no precisamente una de sus virtudes.
Cuarenta y una vidas españolas y una tragedia abierta
El balance de 41 españoles muertos es el dato confirmado, no una cuenta cerrada. Mientras 138 personas sigan desaparecidas y continúen las identificaciones, Exteriores tendrá que actualizar sus cifras. Cada modificación parecerá pequeña frente a las miles de víctimas registradas en Venezuela, pero para una familia la estadística nunca es pequeña: siempre ocupa toda la habitación.
El doble terremoto ha dejado al descubierto la fragilidad de las construcciones, de los hospitales y de las comunicaciones, pero también la profundidad de los lazos entre Venezuela y España. No son vínculos ceremoniales ni discursos de recepción diplomática. Son apellidos compartidos, llamadas cruzadas a medianoche y familias repartidas entre dos países.
La prioridad continúa bajo los escombros y dentro de los refugios: encontrar a los desaparecidos, atender a los heridos, identificar a los muertos y evitar que la reconstrucción de Venezuela se convierta en otro laberinto administrativo. Lo demás —la propaganda, la pelea política, las fotografías solemnes— puede esperar perfectamente.

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