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¿A qué temperatura poner el aire acondicionado sin disparar la luz?

Poner bien el aire acondicionado reduce el consumo, mejora el confort y evita que la factura eléctrica se dispare durante los días de calor.

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mano mujer aire acondicionado

La horquilla más sensata para una vivienda se sitúa entre 24 y 26 grados. En muchos hogares, 26 grados bastan para mantener una sensación agradable; cuando la humedad aprieta, la casa recibe sol directo o el aislamiento es mediocre, 24 o 25 grados pueden resultar más llevaderos. Lo que apenas tiene sentido es seleccionar 18 grados pensando que la habitación se enfriará antes.

El termostato no funciona como el acelerador de un coche. Marcar una temperatura casi polar no hace que el aparato expulse aire más frío ni multiplica de repente su capacidad. El equipo seguirá extrayendo calor al ritmo que permiten su potencia, su tecnología y las condiciones de la estancia, pero trabajará durante más tiempo para alcanzar un objetivo quizá innecesario. El resultado suele ser una factura más gruesa y un salón convertido en cámara frigorífica.

La cuestión cobra especial importancia durante los episodios de calor intenso y persistente. Cuando fuera arde el asfalto y las fachadas acumulan temperatura durante horas, cada grado que se exige al split aumenta la diferencia térmica entre la calle y el interior. El compresor debe trabajar más, durante más tiempo y con menos margen para reducir potencia.

La temperatura razonable está entre 24 y 26 grados

Una temperatura de 26 grados, acompañada de ropa ligera y algo de movimiento de aire, puede mantener el confort dentro de muchas viviendas. Otros hogares necesitarán ajustar el aparato a 24 o 25 grados. No hay contradicción: son referencias generales, no un mandamiento grabado en mármol.

Una habitación interior, sombreada y bien aislada puede mantenerse agradable a 26 grados. Un ático orientado al oeste, con grandes cristaleras y el sol golpeando la fachada desde media tarde, requerirá otro esfuerzo. También influyen la humedad, la ventilación, la orientación y la ropa. El número que aparece en el mando no cuenta toda la historia.

La sensación térmica puede mejorar sin bajar el termostato. Un ventilador de techo o de pie mueve el aire alrededor del cuerpo y facilita la evaporación del sudor. Ese movimiento puede producir una sensación equivalente a reducir varios grados la temperatura, con un consumo eléctrico muy inferior al del compresor. Combinar ambos aparatos permite mantener el split a 26 grados sin sentir que el verano se ha instalado en el sofá.

Tampoco conviene pasar por alto la diferencia entre enfriar una estancia y eliminar humedad. En zonas costeras, una habitación a 25 grados puede resultar pesada si el ambiente está cargado. El modo deshumidificación puede mejorar la sensación de confort con un gasto moderado, aunque no sustituye siempre a la refrigeración cuando el calor exterior es extremo.

Bajar el termostato no enfría la casa más deprisa

Cuando una vivienda está a 30 grados y se programa el equipo a 24, el aire acondicionado intenta alcanzar esos 24. Si se seleccionan 18, la máquina no adquiere superpoderes: seguirá refrigerando según su capacidad máxima y las condiciones del momento. Simplemente no reducirá el esfuerzo al llegar a 24, sino que continuará funcionando para perseguir una temperatura mucho más baja.

Este error nace de una asociación bastante humana. Al girar más un grifo sale más agua; al pisar más el acelerador, el coche corre más. Con el termostato no ocurre lo mismo. La cifra elegida indica dónde debe detenerse o moderarse el sistema, no la velocidad instantánea de enfriamiento. Poner 18 grados puede acabar enfriando demasiado si nadie recuerda corregirlo, además de alargar el funcionamiento del compresor.

Qué hace realmente un split inverter

Los equipos inverter modernos regulan la velocidad del compresor. Al encenderse pueden trabajar con intensidad para acercarse a la temperatura indicada y, una vez allí, reducen progresivamente la potencia para mantenerla. Ese funcionamiento estable evita numerosos ciclos bruscos de encendido y apagado y explica por qué el aparato puede parecer más silencioso cuando la habitación ya está fresca.

Programarlo muy por debajo de la temperatura razonable retrasa esa fase moderada. El split permanece más tiempo trabajando con una carga elevada porque interpreta que todavía está lejos del objetivo. No enfría mágicamente más deprisa; demora el momento en que podría rebajar su consumo y funcionar de manera más eficiente.

Los equipos antiguos, especialmente los que carecen de tecnología inverter, suelen alternar arranques y paradas completas. Ese comportamiento puede generar picos de consumo y oscilaciones de temperatura más perceptibles. Aun así, la lógica se mantiene: cuanto más bajo sea el objetivo, más tiempo tendrá que permanecer activo el sistema.

Cuánto aumenta la factura por cada grado

No existe una cifra universal. El consumo depende de la potencia eléctrica del aparato, su eficiencia, las horas de uso, el aislamiento, la orientación de la casa, la temperatura exterior, la tarifa contratada y hasta de cuántas veces se abre la puerta. Decir que el aire acondicionado gasta exactamente cuatro veces más que una lavadora queda estupendo en un titular, pero mezcla realidades distintas: una lavadora completa un ciclo; el split puede permanecer encendido durante ocho, diez o quince horas.

La comparación útil se hace en kilovatios hora, no contando electrodomésticos. Un equipo que promedie 0,7 kilovatios durante ocho horas consumirá aproximadamente 5,6 kilovatios hora en esa jornada. Repetido durante treinta días, serían 168 kilovatios hora. Con un precio total de 0,20 euros por kilovatio hora, el coste orientativo alcanzaría 33,60 euros. Son números ilustrativos: un aparato puede consumir bastante más durante el arranque o las horas abrasadoras y mucho menos cuando el inverter estabiliza la estancia.

Como referencia, cada grado adicional de refrigeración puede elevar el consumo alrededor de un 7 % o un 10 %, aunque el porcentaje real cambia según la vivienda y el aparato. Pasar de 26 a 24 grados podría añadir aproximadamente entre un 14 % y un 20 % de gasto en condiciones comparables. Dos grados parecen poca cosa en el mando, pero se repiten durante cada minuto de funcionamiento.

A 24 grados, por tanto, la factura no se dispara necesariamente. Puede ser una temperatura razonable durante momentos de calor intenso. Lo que encarece el uso es mantenerla durante muchas horas cuando 25 o 26 grados ofrecerían un confort semejante, sobre todo si las ventanas reciben sol, las persianas permanecen levantadas y el frío se escapa por cada rendija. El termostato se lleva la fama; la vivienda pone buena parte del desorden.

Los 24 grados no son una frontera sagrada

La recomendación de no bajar de 24 grados debe entenderse como una referencia de eficiencia, no como una prohibición técnica. El aparato no se romperá automáticamente por seleccionar 23 grados. Tampoco existe una especie de precipicio eléctrico entre 24 y 23. Habrá, eso sí, una mayor demanda energética y una diferencia más acusada respecto al exterior.

En hogares con bebés, personas mayores, pacientes con determinadas enfermedades o situaciones de humedad elevada, el confort y la protección frente al calor deben prevalecer sobre una consigna rígida. La temperatura adecuada puede variar y, durante episodios extremos, importa comprobar cómo se encuentra realmente la estancia. Un termómetro independiente ayuda: el sensor del split está situado cerca del techo, donde el aire puede estar más caliente, y no siempre refleja exactamente lo que se siente junto al sofá o la cama.

También conviene evitar diferencias excesivas con la temperatura exterior. Entrar repetidamente desde una calle a 40 grados en una habitación a 20 genera un contraste muy brusco, incómodo para muchas personas y costoso para el aparato. Mantener una diferencia aproximada de entre 8 y 12 grados suele ofrecer un equilibrio más razonable, aunque cada vivienda y cada situación requieren cierto margen.

La orientación de las lamas también cuenta. El chorro frío directo sobre la cara, el cuello o la espalda produce molestias aunque la temperatura general sea correcta. Conviene dirigir el aire hacia arriba o repartirlo por la habitación, sin convertir a nadie en objetivo militar del aparato.

Los filtros sucios, otro clásico veraniego, reducen el caudal, empeoran la calidad del aire y obligan al equipo a trabajar peor. Limpiarlos de acuerdo con las indicaciones del fabricante, mantener despejada la unidad exterior y revisar el aparato cuando pierde rendimiento ayuda a recuperar eficiencia. Un split que apenas expulsa aire no siempre necesita más grados de castigo en el mando; quizá necesita mantenimiento.

Persianas y toldos cerrados durante las horas de sol, ventilación nocturna cuando el exterior refresca y ventanas bien selladas alivian una parte notable de la carga térmica. No hay gran misterio. El aire más barato es el calor que no entra. Cocinar durante horas, encender el horno o dejar equipos electrónicos funcionando también añade temperatura dentro de la vivienda y obliga al split a retirarla después.

Frescor razonable frente al invierno doméstico

El ajuste más equilibrado suele comenzar en 26 grados. Si la sensación sigue siendo incómoda, puede bajarse a 25 y, cuando las condiciones lo exijan, a 24. Hacerlo de forma gradual permite encontrar el punto de confort sin ordenar al compresor una expedición al Ártico.

Durante una ola de calor, utilizar el aire acondicionado no es un lujo frívolo ni una falta moral contra la factura. Es una herramienta de protección, descanso y salud. La diferencia está en emplearlo con criterio: temperatura estable, filtros limpios, puertas y ventanas cerradas, persianas bajadas y apoyo de un ventilador cuando resulte posible.

Bajar el mando a 18 grados no traerá antes el fresco. Solo prolongará la batalla de la máquina contra un objetivo que la casa probablemente no necesita alcanzar. Entre 24 y 26 grados, con pequeños ajustes según la humedad, el aislamiento y las personas que ocupan la vivienda, suele encontrarse el equilibrio entre bienestar y consumo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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