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Economía

¿Subirá un 40% el gas este invierno? Gobierno, factura y cómo ahorrar

El gas europeo vuelve a encarecerse y el invierno llega con reservas bajas. España parte mejor, pero la factura puede sufrir si la tensión continúa

Publicado

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euro sobre el fogon del gas

Resumen

  • El gas europeo se ha encarecido cerca de un 40 % durante el verano
  • Eso no implica que la factura doméstica vaya a subir automáticamente un 40 %
  • España parte mejor, pero octubre y el frío marcarán el coste del invierno

Europa se acerca al invierno con una combinación bastante antipática: gas mucho más caro, reservas anormalmente bajas y una crisis geopolítica que está dificultando la llegada de gas natural licuado. El precio europeo de referencia ha rondado los 75 euros por megavatio hora, más del doble que hace un año, después de una escalada que durante julio llegó a encarecer la materia prima cerca de un 40 % en apenas un mes.

Eso no significa que la factura de gas de los hogares españoles vaya a subir automáticamente un 40 %. Conviene hacer esa distinción desde el principio. No existe una subida doméstica del 40 % aprobada para este invierno. Lo que sí existe es un encarecimiento muy fuerte del mercado mayorista que, si se mantiene, terminará entrando en las tarifas de distinta manera según el contrato, la comercializadora y el momento en que se actualicen los precios.

El problema, además, llega cuando las calefacciones todavía están apagadas en buena parte de España. Europa tiene sus almacenamientos alrededor del 66 % de capacidad, el nivel más bajo para estas fechas en 15 años, y las previsiones apuntan a que el continente podría comenzar la temporada fría con bastante menos gas guardado de lo habitual. No parece, por el momento, un escenario de quedarse sin suministro. El peligro más inmediato es otro y resulta mucho más cotidiano: tener gas, sí, pero pagarlo caro.

España parte con una posición más cómoda que Alemania, Países Bajos y otros socios europeos gracias a sus plantas de regasificación, a una cartera de proveedores más diversificada y a unos almacenamientos relativamente más llenos. Esa ventaja protege frente a una crisis física de suministro, no frente al precio internacional del gas. En un mercado interconectado, cuando media Europa corre detrás del mismo cargamento de GNL, la factura acaba oyendo el ruido.

El 40 % existe, pero no significa un 40 % más en tu recibo

La cifra tiene una explicación. El gas natural europeo sufrió durante el verano una escalada vertiginosa y llegó a encarecerse alrededor de un 40 % en un mes. Desde finales de junio, cuando todavía cotizaba por debajo de los 40 euros por megavatio hora, la tensión se multiplicó. A comienzos de septiembre el mercado europeo llegó a superar los 75 euros, máximos no vistos desde los primeros meses de 2023.

Ahí está el matiz que puede ahorrar algún susto: una subida del mercado mayorista y una subida de la factura doméstica no son la misma cosa. Entre ambas hay contratos, coberturas de las compañías, impuestos, peajes y mecanismos regulatorios. Un hogar con una tarifa de mercado libre a precio fijo puede tardar bastante en notar el golpe, quizá hasta que venza o se revise su contrato. Quien tenga una modalidad indexada está mucho más expuesto a las oscilaciones.

También está la Tarifa de Último Recurso, la TUR, el precio regulado del gas. Pueden acogerse a ella los consumidores individuales que cumplen los límites establecidos de consumo y también, bajo determinadas condiciones, las comunidades de propietarios. Su precio no cambia cada mañana siguiendo nerviosamente al mercado: se revisa trimestralmente.

Y aquí aparece una fecha importante. La próxima revisión ordinaria llegará el 1 de octubre de 2026. El término variable de la TUR se actualiza cuando el coste de la materia prima de su fórmula varía más de un 2 % respecto al trimestre anterior. Con el terremoto que ha vivido el gas durante el verano, existe una presión evidente al alza, aunque la subida definitiva no puede darse por hecha ni cuantificarse hasta que se publique la nueva tarifa.

Desde julio, por ejemplo, la TUR 1 —habitual en viviendas que utilizan gas fundamentalmente para cocina y agua caliente— tiene un término variable de unos 4,33 céntimos por kWh antes de impuestos. La TUR 2, típica de muchos hogares con calefacción individual, está alrededor de 4,12 céntimos. Son esos valores, y no directamente la cotización europea de 75 euros, los que interesan al consumidor doméstico.

Por qué Europa vuelve a mirar con miedo al termómetro

El invierno energético de 2026 no empieza en una caldera, sino bastante más lejos. En el estrecho de Ormuz, concretamente. El prolongado conflicto con Irán ha reducido de forma drástica el tránsito de gas natural licuado procedente del golfo Pérsico y ha alterado uno de los grandes corredores energéticos mundiales.

Las exportaciones de GNL desde el Golfo, fundamentalmente desde Qatar y Emiratos Árabes Unidos, llegaron a caer más de un 85 % entre marzo y agosto respecto al año anterior. Qatar, uno de los gigantes mundiales del gas, prolongó además suspensiones de entregas a algunos clientes. Un agujero semejante no se tapa fácilmente. Estados Unidos y Canadá han aumentado producción y exportaciones, pero no hasta el punto de borrar el problema.

Mientras tanto apareció otro invitado incómodo: el calor asiático. Una demanda eléctrica elevada para refrigeración hizo que Europa y Asia compitieran por los mismos cargamentos de GNL durante meses en los que el continente europeo debería haber estado llenando tranquilamente sus almacenes para diciembre y enero.

El resultado se ve bajo tierra. Las reservas europeas rondan solo dos tercios de su capacidad cuando normalmente deberían estar bastante más llenas. Alemania se ha movido alrededor del 54 % y Países Bajos cerca del 48 %, niveles particularmente delicados porque ambos países tienen un enorme peso en el mercado gasista continental.

Europa consume actualmente menos gas que antes de la crisis energética de 2022, ha instalado más renovables, dispone de más terminales de GNL y ha aprendido algunas lecciones a golpes. Eso reduce mucho el riesgo de apagones o restricciones generalizadas. Pero un invierno especialmente frío, una avería importante en Noruega o Estados Unidos, o una prolongación del bloqueo del Golfo podrían convertir un mercado caro en uno extremadamente caro. Ahí está el verdadero talón de Aquiles.

España llega mejor preparada, aunque la factura no tiene fronteras

España juega esta partida con mejores cartas. Durante el verano sus reservas superaron el 70 % y el sistema gasista dispone de una de las mayores capacidades de regasificación de Europa. Enagás ha destacado también la diversificación del suministro español: durante el primer semestre se recibió gas procedente de 13 orígenes diferentes y ninguno dependía directamente del golfo Pérsico.

Parece un detalle técnico hasta que llegan estos momentos. Una planta de regasificación permite recibir por barco GNL procedente de numerosos países, transformarlo de nuevo en gas y enviarlo a la red. España construyó mucha de esa infraestructura cuando no estaba de moda presumir de ella; ironías de la energía, años después se ha convertido en un seguro bastante interesante.

También ayuda el enorme crecimiento de las energías renovables. Cuanta más electricidad producen el sol, el viento o el agua, menos horas necesita el sistema quemar gas en ciclos combinados. Eso no abarata directamente la calefacción de una vivienda que utiliza una caldera de gas, pero reduce parte de la transmisión de la crisis gasista al recibo eléctrico.

La ventaja española, sin embargo, tiene un límite muy claro. El gas es una materia prima internacional. Si Alemania necesita comprar desesperadamente GNL para rellenar sus depósitos, ofrece más dinero; si Asia también lo quiere, el vendedor escucha. España puede tener terminales, barcos y tuberías, pero no una burbuja que la separe del precio europeo.

Qué puede hacer el Gobierno si el invierno se complica

El Ejecutivo dispone ya de algunos mecanismos preparados, aunque a 8 de septiembre no ha anunciado un nuevo escudo general para las facturas de gas durante todo el invierno. La evolución de los precios ha cambiado rápidamente respecto a comienzos del verano, cuando el Gobierno confiaba en una progresiva normalización y empezó a desmontar parte de las medidas extraordinarias aprobadas por la guerra en Oriente Próximo.

Uno de los movimientos más visibles fue fiscal. El IVA aplicado al gas natural, reducido temporalmente al 10 %, volvió al 21 % desde junio. El Real Decreto-ley aprobado posteriormente dejó, sin embargo, abierta la posibilidad de recuperar rebajas tributarias si los precios del gas y de la electricidad volvían a aumentar con suficiente intensidad. Esa puerta existe. Que se atraviese dependerá de cómo evolucione la crisis y, sobre todo, de cuánto se traslade la energía al IPC y al bolsillo de los hogares.

El Gobierno ha optado hasta ahora por esperar a conocer los datos detallados de inflación de agosto, que se publicarán a mediados de septiembre, antes de decidir nuevas actuaciones. La inflación adelantada se situó en el 4,3 %, con la energía convirtiéndose otra vez en uno de los grandes dolores de cabeza económicos.

Dentro de la coalición hay posiciones distintas. Sumar reclama recuperar parte del escudo utilizado durante la crisis de 2022, con rebajas del IVA, intervención sobre el precio del gas y mayor tributación de las energéticas. El área económica del Gobierno se inclina por respuestas más selectivas y está intentando llevar a Europa el debate sobre un impuesto extraordinario a las compañías energéticas. Bruselas tampoco parece entusiasmada con volver a repartir rebajas fiscales indiscriminadas.

Reactivar algo parecido a la antigua excepción ibérica, que limitó el efecto del gas sobre el mercado eléctrico, aparece bastante más lejos. Aquel mecanismo nació cuando el gas europeo llegó a rozar niveles superiores a 300 euros por megavatio hora. Los 70 o 80 euros actuales duelen, desde luego, pero siguen perteneciendo a otra escala.

Hay, en cambio, protección específica para quienes tienen menos margen. Las medidas aprobadas para 2026 ampliaron hasta final de año la protección frente a cortes de suministros básicos para consumidores vulnerables y reforzaron instrumentos como el bono social térmico. Si la crisis empeora, esta vía focalizada encaja mejor con lo que viene reclamando también la Comisión Europea: ayudas concentradas en quienes realmente las necesitan.

Antes de tocar el termostato, conviene mirar el contrato

La factura más fácil de rebajar puede estar escondida en una línea del contrato. Quien tenga gas natural debería comprobar si está en la TUR o en el mercado libre, cuánto paga por kWh, cuál es el término fijo y, sobre todo, cuándo puede revisar precios su comercializadora. Dos vecinos con la misma caldera y el mismo consumo pueden terminar pagando cantidades sorprendentemente diferentes.

Pasarse apresuradamente de una tarifa fija barata tampoco tendría demasiado sentido. Si un contrato de mercado libre mantiene durante meses un precio antiguo favorable, esa protección vale dinero. Lo razonable es comparar el coste anual completo, no dejarse hipnotizar por promociones, descuentos temporales o una cuota mensual bonita que luego regulariza consumos. La factura energética tiene cierta afición por la letra pequeña.

Para muchos consumidores que pagan precios elevados en el mercado libre, la TUR merece especialmente una comparación. Y las comunidades con calefacción central tampoco deberían dar por supuesto que su contrato histórico sigue siendo competitivo: existe una TUR específica para comunidades de propietarios que cumplen los requisitos establecidos.

Después viene la casa. Aquí no hay tecnología milagrosa ni un aparato de 19,99 euros capaz de derrotar a la geopolítica. Hay física. El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía considera suficiente una temperatura cercana a 20-21 grados para mantener el confort en una vivienda y calcula que cada grado adicional puede elevar alrededor de un 7 % el consumo de calefacción.

Un solo grado pesa bastante más de lo que parece

Calentar sistemáticamente una vivienda a 23 grados en lugar de 21 puede suponer un salto importante de consumo durante todo el invierno. No hace falta convertir el salón en una estación polar; basta con evitar calentar aire que nadie necesita. Programar el encendido alrededor de los horarios reales de ocupación suele ser mucho más eficaz que mantener la caldera trabajando durante horas por costumbre.

Por la noche, bajar persianas y cerrar cortinas reduce pérdidas de calor a través de las ventanas. Ventilar sigue siendo necesario, claro, pero durante el invierno no hace falta tener veinte minutos las ventanas abiertas mientras los radiadores intentan heroicamente calentar la calle. Unos minutos de ventilación intensa suelen resultar más razonables.

También conviene revisar presión, mantenimiento y funcionamiento de la caldera antes de que llegue el frío fuerte. Radiadores con aire, termostatos mal situados o instalaciones mal reguladas pueden convertir cada metro cúbico de gas en dinero mal aprovechado. En una vivienda grande, cerrar o reducir calefacción en habitaciones que apenas se utilizan también marca diferencia.

El agua caliente merece atención propia. Duchas muy largas, temperaturas de servicio innecesariamente elevadas y grifos que mezclan continuamente agua muy caliente con fría obligan a la caldera a trabajar más. Son pequeñas fugas de euros que pasan desapercibidas porque no hacen ruido. La caldera simplemente arranca otra vez.

El verdadero aviso del invierno está en octubre

El invierno de 2026 se presenta caro, pero nadie puede afirmar con rigor que todos los hogares españoles vayan a pagar exactamente un 40 % más por el gas. Esa cifra describe movimientos que ya se han producido en el mercado mayorista, no una subida automática del recibo doméstico.

Hay, sin embargo, suficientes señales para tomarse el asunto en serio. Europa entra en la temporada fría con las reservas más bajas de los últimos 15 años, el gas ronda niveles que duplican ampliamente los de hace doce meses y la crisis del estrecho de Ormuz continúa alterando el suministro mundial de GNL. España tiene más protección física que buena parte del continente, pero seguirá pagando el precio que marque un mercado europeo muy tenso.

La primera prueba concreta para los hogares llegará el 1 de octubre, con la nueva revisión de la TUR. Después mandarán dos variables imposibles de regular desde un despacho de Madrid: cuánto frío haga y qué ocurra en Oriente Próximo. El Gobierno conserva herramientas fiscales y sociales para amortiguar otro salto de precios, aunque todavía no ha decidido desplegar un escudo comparable al de 2022.

Mientras tanto, para una familia con calefacción de gas la diferencia entre un invierno caro y uno realmente doloroso puede empezar por algo bastante menos espectacular que una cumbre europea: saber qué tarifa tiene contratada, no regalar grados al termostato y evitar que la vivienda pierda calor inútilmente. Cuando el combustible se encarece, cada pequeño despilfarro deja de ser pequeño.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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