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¿Qué le reprochan los socialistas a Von der Leyen en la UE?

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Von der Leyen acelera el pacto UE Mercosur

Von der Leyen choca con los socialistas por Irán, el derecho internacional y su pulso en Bruselas, sin censura viable, aunque la grieta crece

No hay, al menos por ahora, una operación seria para derribar a Ursula von der Leyen desde el bloque socialista europeo. Lo que sí hay es algo menos teatral y bastante más dañino para la presidenta de la Comisión: una ruptura de confianza dentro de la mayoría proeuropea que la sostuvo y que sigue siendo imprescindible para gobernar Bruselas. El grupo de Socialistas y Demócratas (S&D) ha endurecido el tono de forma muy visible tras la crisis de Irán, las palabras de Von der Leyen sobre el orden internacional basado en reglas y la impresión, cada vez más extendida en Estrasburgo y en los pasillos comunitarios, de que la alemana se mueve en política exterior con un margen que sus socios ya no están dispuestos a regalarle.

El aviso quedó escrito con tinta gruesa el 11 de marzo de 2026. Ese día, el S&D calificó de “inaceptables” las palabras de Von der Leyen y exigió que fueran “aclaradas y corregidas sin demora”. Horas después, en el pleno del Parlamento Europeo, Iratxe García resumió el choque con una frase seca, casi de aldabonazo: “No a la guerra, sí al Derecho internacional”. Ahí está la clave de fondo. Los socialistas no quieren volar por los aires la Comisión en mitad de una tormenta geopolítica, pero tampoco seguir avalando una deriva que, a su juicio, deja a la UE en una posición moralmente coja: severa con Rusia, dubitativa con Estados Unidos y demasiado indulgente cuando el aliado incómodo es Israel.

Una mayoría que no quiere romperse, pero cruje

La primera razón por la que no hay una moción de censura socialista en marcha es brutalmente simple: no dan los números. En el Parlamento Europeo, registrar una censura no es imposible —basta con el apoyo de una décima parte de la Cámara, hoy 72 eurodiputados—, pero tumbar a la Comisión exige una doble pared de hormigón: dos tercios de los votos emitidos y, al mismo tiempo, la mayoría de los miembros del hemiciclo. Esa barrera no es teórica. En enero de 2026, Von der Leyen superó su cuarta moción de censura en siete meses, impulsada por la ultraderecha. Y ya en julio de 2025, otra ofensiva acabó igualmente muy lejos del umbral necesario. Dicho sin liturgia parlamentaria: una cosa es montar ruido; otra, muy distinta, es derribar el edificio.

Esa aritmética explica por qué el mensaje socialista suena más a ultimátum político que a plan quirúrgico de reemplazo. Nadie en el campo europeísta ignora que abrir una crisis terminal en la Comisión mientras la guerra en Oriente Medio empuja la energía al alza, Trump presiona a la UE y la seguridad continental sigue atada a la guerra de Ucrania sería jugar con fuego en una gasolinera. Pero que no haya voluntad real de apretar el botón rojo no significa que el conflicto sea menor. De hecho, el propio precedente de 2025 ya mostró algo importante: incluso cuando los grupos centristas salvaron a Von der Leyen, el debate dejó al descubierto un malestar creciente por su estilo de mando y por la tentación del PPE de mirar a la derecha radical cuando le conviene. Iratxe García ya le planteó entonces una pregunta que hoy vuelve como un eco incómodo: si quiere gobernar con quienes “quieren destruir Europa” o con quienes dicen defenderla cada día.

El choque real: Irán, el derecho internacional y el papel de Europa

El detonante inmediato de esta crisis fue el discurso que Von der Leyen pronunció el 9 de marzo ante los embajadores de la UE. Allí dijo que Europa “ya no puede confiar” en el sistema basado en reglas como única forma de defender sus intereses y abrió la puerta a una política exterior “más realista y guiada por intereses”. La frase, dicha en mitad del terremoto regional provocado por la guerra con Irán, sonó a herejía para una parte del centroizquierda europeo. No tanto porque la presidenta negara formalmente el valor del derecho internacional —de hecho insistió en que la UE seguirá defendiéndolo—, sino porque desplazó el acento: del imperio de las normas a la lógica del interés geopolítico. En Bruselas las palabras pesan, y cuando una institución se construyó precisamente para domesticar la fuerza con leyes, tocar esa tecla no es un simple matiz. Es mover la pared maestra.

La reacción fue todavía más áspera porque, apenas un día después, António Costa salió a marcar terreno con un lenguaje casi opuesto. El presidente del Consejo Europeo defendió que la UE debe proteger el orden internacional basado en reglas, sostuvo que las violaciones del derecho internacional “no deben aceptarse” ni en Ucrania ni en Gaza ni en Oriente Medio, y remató con una frase que muchos leyeron como una réplica elegante a Von der Leyen: “el unilateralismo nunca puede ser el camino”. Costa añadió que la libertad y los derechos humanos no se alcanzan “con bombas” y que solo el derecho internacional puede sostenerlos. A esa corrección institucional se sumó después la declaración conjunta difundida tras sus contactos con líderes de Oriente Medio, en la que ambos insistieron en que, aunque el sistema internacional esté bajo presión, el diálogo y la diplomacia siguen siendo la única vía viable. La música cambió. Y cambió porque el ruido interno ya era imposible de disimular.

De la ambigüedad calculada al incendio político

El problema, para los socialistas, no se limita a una frase desafortunada. Tiene que ver con el conjunto del comportamiento de Von der Leyen en la crisis iraní. La presidenta evitó cargar de forma frontal contra Estados Unidos e Israel por el inicio de la guerra y llegó a sostener que discutir si fue “una guerra de elección o una guerra de necesidad” perdía parte del punto central. También fue más allá que otros responsables europeos al reclamar una “transición creíble” en Irán. Sus críticos vieron ahí una mezcla explosiva de ambigüedad jurídica, activismo político e invasión de competencias en un terreno, la política exterior, donde la voz institucional de la Unión debería estar más encauzada y menos personalista. Para el S&D, el asunto no es sentimental ni ideológico en abstracto; es de coherencia. Si Bruselas exige que Moscú no pisotee la Carta de la ONU, no puede mirar hacia otro lado cuando los hechos incómodos vienen del otro lado del Atlántico.

Ese reproche, en realidad, encierra una batalla mucho más profunda sobre qué quiere ser la Unión Europea en un mundo que se parece cada vez menos al de la posguerra. Von der Leyen lleva años empujando la idea de una Comisión “geopolítica”, más rápida, más musculada, más dispuesta a hablar en el idioma duro del poder. Sus detractores no discuten del todo el diagnóstico —nadie sensato en Bruselas cree que Europa pueda seguir viviendo en una vitrina—, pero sí el método y el riesgo de convertirse en una potencia que predica normas mientras actúa por excepciones. En otras palabras: la disputa no es entre ingenuos y realistas. Es entre quienes creen que el interés europeo solo será creíble si conserva un suelo legal firme, y quienes sospechan que ese suelo, tal como está, ya no basta para sobrevivir a la nueva jungla. La frase de Von der Leyen cayó justo ahí, en la grieta. Y la ensanchó.

Una pelea vieja que vuelve con otro disfraz

Conviene no engañarse: esta bronca no ha nacido de la nada ni en un fin de semana largo. La tensión entre Von der Leyen y el campo socialista venía de antes, con capítulos muy reconocibles. Ya en 2024, cuando Josep Borrell seguía al frente de la diplomacia europea, las diferencias entre ambos se hicieron visibles por el protagonismo de la presidenta en política exterior, por la gestión de la guerra de Gaza, por su apoyo sin demasiados matices a Israel en los primeros compases del conflicto y por varios choques de competencias dentro de la propia maquinaria comunitaria. Aquello no fue solo una pelea de egos —aunque en Bruselas el ego siempre comparece, puntual y peinado—, sino una disputa sobre quién fija la posición exterior de la Unión y con qué legitimidad. Borrell recordó entonces que la política exterior común la determinan el Consejo y los ministros, no la presidenta de la Comisión por libre. La herida quedó ahí, mal cerrada, como esas grietas de edificio noble que un día parecen decoración y al siguiente dan miedo.

El propio Borrell, ya fuera del cargo y sin la mordaza de la diplomacia institucional, endureció mucho más el juicio en noviembre de 2025. En una entrevista habló de la tesis de Von der Leyen como “absolutamente proisraelí, atlantista y de un sionismo militante”, y lamentó que Europa no hubiera pintado prácticamente nada en los grandes movimientos sobre Gaza por su división interna y por las posiciones de una parte de sus dirigentes. Que esas palabras fueran tan descarnadas importa por dos razones. La primera, porque vienen de quien fue el máximo responsable europeo de Exteriores. La segunda, porque ayudan a entender por qué el actual enfado socialista no suena a berrinche de un día, sino a reedición de un conflicto más largo: el de una parte de la socialdemocracia europea con una presidenta que, a su juicio, ha cruzado demasiadas veces la línea entre liderazgo y sobreexposición de poder.

Borrell no está en primera fila, pero sí en el encuadre

Por eso el nombre de Josep Borrell sigue flotando alrededor de esta noticia aunque no sea él quien dirige la ofensiva. Su sombra está ahí porque simboliza la vieja impugnación socialista a la forma de ejercer el poder de Von der Leyen. Ahora la voz más audible es la de Iratxe García, también española, presidenta del S&D y pieza central del pulso de estos días. Cuando ella interpela a la presidenta en Estrasburgo y le reprocha que Europa no puede abandonar el orden internacional ni tolerar que se vulnere, no solo está reaccionando a una frase del lunes. Está reabriendo una discusión de fondo que en el espacio socialista lleva tiempo madurando: la de si la UE puede preservar autoridad política mientras aplica varas de medir distintas según quién bombardea, quién invade o quién viola las reglas. En ese marco, Borrell funciona casi como el prólogo no escrito del capítulo actual.

También hay un componente institucional muy delicado. La guerra de Irán ha devuelto al primer plano el viejo problema del reparto de funciones entre la Comisión, el Consejo Europeo y la jefa de la diplomacia, Kaja Kallas. La propia Nathalie Loiseau, eurodiputada destacada y exministra francesa, afeó a Von der Leyen su diplomacia telefónica con líderes del Golfo y la acusó de entrar en un terreno que corresponde al alto representante. Otros reproches, llegados desde Francia y recogidos en Bruselas, apuntaron abiertamente a una extralimitación en política exterior. No es una discusión menor ni una rabieta de protocolo. En la UE, el reparto de voces es parte del equilibrio de poder. Cuando ese equilibrio se rompe, el mensaje hacia fuera pierde claridad y hacia dentro se convierte en lucha de jurisdicciones. En tiempos normales ya sería un problema. Con Oriente Medio ardiendo, se vuelve mucho más tóxico.

Una presidenta más sola en el momento más delicado

¿Puede caer Von der Leyen por esto? Hoy, no parece el escenario más probable. No hay una moción socialista formal, la barrera parlamentaria es altísima, y los precedentes recientes muestran que incluso las censuras con gran ruido mediático se estrellan contra la aritmética. La propia experiencia de 2025 y enero de 2026 lo confirma con bastante crudeza. Pero reducir lo que está ocurriendo a un simple “no pasa nada porque no hay números” sería leer la película por el ticket del cine. Lo que se está erosionando no es solo la estabilidad matemática de la Comisión, sino la autoridad política de su presidenta dentro del campo que debería sostenerla. Y una Comisión puede sobrevivir a una votación, sí, pero gobernar mucho peor después de ella.

Eso significa que Von der Leyen encara el tramo más sensible del mandato con menos margen, menos crédito automático y más necesidad de medir cada gesto. Los socialistas no le están diciendo que la tumbarán mañana; le están diciendo algo quizá más serio: que ya no le compran el relato sin revisar la letra pequeña. Y eso afecta a todo lo demás, desde las alianzas legislativas hasta la capacidad de presentar una posición europea coherente sobre Ucrania, Gaza, Irán, defensa, energía o comercio. En julio de 2025, el debate sobre una censura ya dejó expuestas las tensiones entre los centristas por la cercanía del PPE a la extrema derecha en materias como migración o clima. Lo de ahora añade una capa todavía más incómoda: la sospecha de que la presidenta puede estar desajustando el eje moral de la propia UE justo cuando más necesita exhibir brújula.

Y ahí está, probablemente, la parte más amarga de esta crisis para Von der Leyen. Sus críticos no la acusan de quedarse corta en liderazgo, sino de liderar de un modo que desordena la casa y de hablar de intereses cuando la Unión necesita, más que nunca, demostrar que sus intereses y sus principios no caminan por calles separadas. La advertencia socialista no es un capricho ni un gesto para la galería. Es un recordatorio áspero de cómo nació el proyecto europeo: para sustituir la ley del más fuerte por la fuerza de la ley. Cuando ese recordatorio llega desde el corazón mismo de la mayoría que hace posible la gobernabilidad comunitaria, el mensaje duele más. Y deja una imagen bastante nítida de la presidenta: no derrotada, desde luego; pero sí más discutida, más vigilada y más sola en el peor momento posible.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.