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Juan del Val admite el error de Vera que aún le persigue

Juan del Val admite el fallo de Vera sobre la noche del pescaíto y explica por qué el detalle sevillano más comentado le sigue persiguiendo.
Juan del Val ha vuelto a poner nombre y apellidos a un fallo de Vera, una historia de amor, la novela con la que ganó el Premio Planeta 2025, y lo ha hecho sin rodeos: se equivocó al describir una escena ambientada en la noche del pescaíto de la Feria de Sevilla y, desde entonces, ese desliz no deja de perseguirle. El escritor contó en televisión que sigue recibiendo alrededor de 20 mensajes al día de lectores que le recuerdan el mismo detalle, pese a que ya pidió disculpas públicamente hace meses y ha repetido varias veces que conoce perfectamente el error.
La escena en cuestión ha acabado convertida en una pequeña piedra metida en el zapato de un libro que, por lo demás, ha tenido una enorme visibilidad desde su salida a las librerías. Del Val reconoció que hizo aparecer a dos protagonistas vestidas de flamenca en una noche en la que, según la tradición sevillana, ese no es el código habitual. Esa mezcla, en una ciudad que vive sus ritos con precisión casi litúrgica, ha generado una catarata de correcciones que el autor ya no discute: las asume, las da por buenas y pide, con una mezcla de cansancio y resignación, que dejen de recordárselas.
Un error concreto, muy local, que se hizo nacional
Lo ocurrido no responde a una gran controversia ideológica ni a una batalla literaria sobre el fondo de la novela. El origen es bastante más terrenal, casi doméstico, aunque en España esas cosas suelen crecer con una velocidad admirable cuando tocan una costumbre muy reconocible. El pasado 7 de marzo, durante su intervención en La Roca, Juan del Val explicó que en una escena de su libro situó a dos personajes femeninos vestidas de flamenca durante la noche del pescaíto, el arranque simbólico de la Feria de Sevilla. Y añadió que ese fue, en sus propias palabras, un “error lamentable”.
La confesión no fue una filtración ni una rectificación arrancada a la fuerza. Fue el propio autor quien la verbalizó en directo, con esa mezcla de desparpajo y hartazgo que a estas alturas forma parte de su personaje público. Contó que conocía perfectamente la tradición sevillana, pero que al construir la escena el detalle acabó colándose en la novela. Lo relevante no es solo el fallo, sino la persistencia del eco: según relató, desde la publicación del libro recibe cada día una veintena de mensajes con la misma observación, casi como si una ciudad entera hubiera decidido ejercer de corrector de estilo sentimental.
No es un matiz menor dentro del clima que rodea a Vera desde su nacimiento editorial. La novela llegó a las librerías el 5 de noviembre de 2025, después de que Del Val se impusiera en la 74ª edición del Premio Planeta, un galardón dotado con un millón de euros y convertido desde hace décadas en una de las grandes máquinas de proyección del mercado editorial en español. Cuando un libro nace con esa dimensión, cada acierto y cada patinazo quedan magnificados. Si además el patinazo se produce en Sevilla, con la Feria de Abril de fondo, la lupa ya no es una lupa: es un foco de estadio.
Qué falló exactamente en la escena de Vera
El error tiene una forma muy concreta y bastante fácil de entender incluso para quien no haya pisado nunca el Real. En el libro, Del Val escribió una escena de la noche del pescaíto con dos protagonistas vestidas de flamenca. El problema es que esa noche, la previa al arranque pleno de la feria, no suele responder a esa estética. No se trata de una norma escrita con sello y ventanilla, pero sí de una convención social muy asentada: la primera noche se mueve en un registro más nocturno, elegante y urbano; el traje de flamenca queda asociado al desarrollo normal de los días de feria.
Ese desfase entre lo que cuenta la novela y lo que muchos sevillanos reconocen como su costumbre explica el volumen de la reacción. Del Val dijo que en la presentación del libro en Sevilla, ante unas 300 personas, ya pidió perdón incluso de rodillas, una imagen muy del sur y muy teatral, casi de penitencia de patio interior. No le sirvió demasiado. El fallo siguió circulando y cada nuevo lector que llegaba a esa página parecía sentir la necesidad de enviar su propia enmienda, como si el libro trajera incorporado un timbre invisible que sonara solo en esa escena.
En realidad, el episodio resulta llamativo porque no afecta al corazón de la trama, ni desmonta la arquitectura narrativa, ni invalida el conflicto central del libro. No cambia quién es Vera, ni altera su crisis, ni modifica la relación con Antonio, el hombre más joven y de origen humilde que irrumpe en su vida. Pero toca algo que en la ficción pesa mucho: la credibilidad ambiental. Una novela puede pedir al lector grandes dosis de fe en lo emocional; con los detalles concretos, sin embargo, conviene no jugar demasiado. A veces una página mal clavada hace más ruido que un personaje mal resuelto.
La noche del pescaíto no es un decorado cualquiera
Ese detalle sevillano no es una mera cuestión de vestuario. La noche del pescaíto funciona como un código cultural muy reconocible dentro de la Feria de Abril. Marca el arranque festivo, el encendido del recinto y una manera de estar que mezcla ceremonia, vida social, tradición y bastante coreografía no escrita. Ahí reside parte del problema: cuando una novela elige un escenario así, no está usando un fondo neutro, sino un territorio lleno de señales que la gente del lugar lee al instante.
En una ciudad tan dada al matiz, poner a unas mujeres vestidas de flamenca en esa noche concreta equivale a desajustar un reloj a la vista de todos. Para muchos lectores, sobre todo sevillanos o familiarizados con la feria, el error salta como una baldosa levantada en mitad del pasillo. Puede ser pequeña, sí, pero obliga a mirar al suelo. Del Val lo sabe y por eso dejó de defenderse. No intentó relativizar el fallo ni refugiarse en el “esto es ficción”. Optó por una respuesta más simple: me equivoqué.
Esa admisión, curiosamente, ha agrandado la historia. En tiempos de negaciones automáticas, rectificar da noticia. Más aún si quien lo hace es una figura tan visible, acostumbrada a opinar y a ser opinado. La escena ha terminado saliendo del libro para convertirse en una anécdota pública sobre la relación entre la escritura, la documentación y el escrutinio constante al que se somete hoy cualquier obra que nace en el escaparate grande.
De premio millonario a novela bajo observación permanente
Para entender por qué un detalle así ha corrido tanto hay que mirar el contexto completo. Juan del Val no es un escritor que aparezca de pronto en el radar literario por un premio inesperado. Lleva años publicando, ha firmado novelas como Candela, Delparaíso o Bocabesada, y ya había ganado el Premio Primavera en 2019. Pero también es, y eso pesa mucho en la percepción pública, un rostro muy reconocible de la televisión española: colaborador de El Hormiguero, presencia habitual en La Roca, guionista, articulista, tertuliano. Un autor, en fin, que llega al libro con una fama previa muy superior a la media del sector.
Ese perfil hizo que la victoria en el Planeta, anunciada en octubre de 2025 en Barcelona, viniera acompañada desde el primer minuto por un debate paralelo. No tanto sobre el argumento de Vera, sino sobre la figura del ganador, su condición de personaje mediático y la sospecha, insinuada por algunas voces, de que el gran premio literario del grupo acababa otra vez en manos de alguien muy conocido para el gran público. No fue una discusión nueva; el Planeta lleva años generando ese tipo de conversación, a medio camino entre el reconocimiento literario, la industria cultural y la potencia comercial.
Del Val ganó con una novela presentada bajo el seudónimo de Elvira Torres y definida por él mismo como una historia de amor en todas sus direcciones. La protagonista, Vera, es una mujer de 45 años, separada, perteneciente a la alta sociedad sevillana, que empieza a cuestionar el papel que ha desempeñado durante más de dos décadas como esposa de un marqués. A partir de ahí aparece Antonio, más joven, de origen modesto y ajeno a ese mundo. La novela cruza deseo, clase social, libertad, culpa y violencia emocional, en una Sevilla de apariencias muy férreas y fisuras muy visibles.
Todo eso hizo que el libro naciera bajo una atención intensa. Quien gana el Planeta no publica solo una novela; publica también una conversación pública alrededor de esa novela. Y en ese clima, cualquier defecto, por mínimo que sea, encuentra oxígeno. El error de la noche del pescaíto ha funcionado así: menos como problema literario estructural que como símbolo de la vigilancia a la que quedó sometido el libro desde el día uno.
El propio Del Val ya había hablado del clima de sospecha
La curiosidad del caso es que, apenas un día antes de verbalizar en televisión ese “error lamentable”, Juan del Val había dejado varias reflexiones reveladoras sobre el entorno que rodea a su faceta de escritor. En el pódcast Libros y Cosas, del suplemento ABRIL, habló de la manera en que se recibe su trabajo literario y de los prejuicios que, a su juicio, siguen operando contra alguien que viene del mundo televisivo.
Ahí sostuvo que hay personas que le han criticado “sin leerle”, no solo con Vera, también con novelas anteriores. Su idea de fondo era clara: en parte del ecosistema cultural sigue pesando la sospecha de que quien aparece mucho en pantalla no puede, además, escribir en serio. Del Val asumía que la televisión le ha beneficiado en visibilidad, algo evidente, pero al mismo tiempo defendía que esa exposición genera una descalificación automática en determinados sectores. En ese contexto pronunció una frase que encaja bastante bien con la tormenta del pescaíto: parece tener más prestigio el crítico que ve lo malo que el que ve lo bueno.
No se trata de un lamento nuevo, pero sí de una pista útil para entender su reacción. Cuando pide que dejen de mandarle mensajes sobre el fallo sevillano, no solo está intentando cerrar una corrección concreta. También está exhibiendo cierto cansancio ante una dinámica que percibe como excesiva, repetitiva y, a ratos, casi deportiva: localizar el tropiezo, señalarlo, reenviarlo, volver a señalarlo. En otras palabras, el error existe; lo que le irrita es la sensación de bucle.
Entre la literatura popular y la vieja desconfianza cultural
Desde que recogió el Premio Planeta, Del Val ha insistido en una idea que ya aparecía en sus declaraciones tras el galardón: la oposición automática entre éxito comercial y valor literario le parece simplista, incluso elitista. Viene defendiendo que escribir para mucha gente no invalida un libro y que la literatura no debería convertirse en una especie de club privado donde el prestigio depende del gesto adusto con que uno mira las ventas.
Ese discurso no ha gustado por igual. Parte del debate alrededor de su figura se ha movido justo ahí, en el viejo choque entre la literatura popular y la autoridad crítica. Lo interesante es que el episodio del pescaíto, siendo pequeño, condensa perfectamente ese cruce. Por un lado, un escritor superventas y premiado, muy mediático, muy expuesto. Por otro, una comunidad de lectores atentos al detalle, dispuestos a enmendar un fallo local con perseverancia casi artesanal. En medio, una pregunta incómoda: ¿qué se le exige exactamente a una novela cuando nace en la primera fila del escaparate?
La respuesta no es simple. A un autor con la proyección de Del Val se le exige lo mismo que a cualquiera en lo esencial —coherencia, verosimilitud, pulso narrativo—, pero mucho más en los bordes. Lo mediático agranda el campo de tiro. Si el libro sale de una editorial poderosa, si el premio es millonario, si el autor ocupa tertulias y prime time, la indulgencia se reduce. Hay menos margen para el error, incluso para el error humano, el que no nace de una tesis equivocada sino de una escena mal fijada.
Un autor que escribe bajo dos focos a la vez
En el caso de Juan del Val hay un elemento adicional: su carrera literaria y su personaje público conviven, a veces mal, bajo la misma luz. En televisión se le reconoce por un estilo directo, provocador en ocasiones, poco dado a la falsa modestia. En literatura, en cambio, ha ido construyendo una obra centrada en personajes atravesados por la culpa, el deseo, la clase y los vínculos sentimentales rotos o tensados. Es decir, un territorio más íntimo que el de la tertulia, aunque firmado por la misma persona.
Ese desajuste entre el rostro mediático y la escritura explica parte de la tensión que lo rodea. Para algunos, el colaborador televisivo tapa al novelista. Para otros, precisamente esa capacidad de circular entre ambos mundos forma parte de su singularidad. Del Val parece haber asumido que ya no puede separar del todo esas dos capas. Cada novela suya entra en librerías acompañada de su biografía pública, de sus polémicas televisivas, de su matrimonio con Nuria Roca, de sus intervenciones en pantalla, de sus opiniones previas. El lector llega al libro con todo eso pegado.
Por eso el episodio del pescaíto ha tenido tanta resonancia. No es solo un desliz de documentación. Es un incidente en una obra firmada por un autor que vive bajo dos focos a la vez: el literario y el mediático. Y cuando un mismo nombre circula por librerías, periódicos, magazines y programas de prime time, cualquier anécdota salta de un circuito a otro en cuestión de horas. El fallo ya no pertenece solo al lector de la novela; pasa también al espectador, al tertuliano de barra digital, al consumidor de titulares.
Lo que queda de Vera después del ruido
Conviene no perder la proporción. Vera, una historia de amor no se resume en esa escena ni en esa metedura de pata. La novela sigue siendo, ante todo, el libro que ganó el Planeta y que consolidó a Del Val como una de las firmas con mayor visibilidad del panorama comercial español. El error de la noche del pescaíto no derriba el libro, pero sí se ha instalado como una de las claves de su conversación pública, algo ingrato para cualquier autor y, al mismo tiempo, bastante revelador de cómo se leen hoy las novelas de amplio alcance.
Lo que deja este episodio es una imagen muy precisa. La de un escritor que reconoce un fallo, admite que lo cometió, recuerda que ya pidió perdón y pide que el castigo no sea infinito. También deja otra imagen, menos amable pero real: la de una esfera cultural y mediática donde el detalle equivocado puede pegarse a una obra con una persistencia feroz, especialmente cuando el autor es famoso, el premio gigantesco y el libro nace en medio de una discusión previa sobre legitimidad, prestigio y mercado.
Hay además un matiz casi literario en todo esto. Del Val ha dicho que ese error estará ahí “para toda su vida”. La frase tiene algo de condena y algo de aprendizaje. Los libros publicados son así: ya no obedecen a quien los escribió, sino a la suma de quienes los leen. Uno coloca una escena en la página y cree que sigue mandando sobre ella; luego llega una ciudad, una costumbre, una memoria colectiva y te recuerda que no, que esa página ya tiene otros dueños.
En el fondo, quizá por eso la historia ha prendido tanto. No habla solo de Juan del Val. Habla de la fragilidad del detalle en la ficción, del poder de las comunidades lectoras cuando reconocen un error en su territorio y de la exposición extrema que acompaña a los autores convertidos en personaje público. Un fallo pequeño, sí. Pero con suficiente carga simbólica como para seguir sonando días después. Como esas músicas de feria que parecen apagarse al doblar la esquina y, sin embargo, todavía se oyen.

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