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¿Cómo puede acabar la guerra con Irán¿ Las salidas posibles

La guerra contra Irán entra en una fase larga e incierta: qué escenario pesa más, por qué no cae el régimen y qué puede pasar a corto plazo.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado ya en un punto en el que el desenlace más verosímil no parece ni la rendición incondicional que agitó Donald Trump ni la caída rápida del régimen que algunos vendieron en los primeros bombardeos. A 12 de marzo de 2026, casi dos semanas después del arranque de la ofensiva del 28 de febrero, lo que gana peso es un final más áspero y menos cinematográfico: semanas adicionales de castigo militar, una degradación severa de la capacidad iraní para lanzar misiles, drones y amenazas navales, y después una parada negociada o impuesta con el poder clerical aún en pie, magullado pero vivo. Ese es, hoy, el centro de gravedad del conflicto.
La clave está en la mezcla de mensajes que sale de Washington y Jerusalén, una mezcla que dice bastante más de lo que parece. Trump ha pasado de plantear una guerra de cuatro o cinco semanas a sugerir que queda “prácticamente nada” por golpear, mientras la parte israelí repite que la campaña no acabará esta semana y que se detendrá cuando ambos aliados consideren que ha llegado el momento oportuno. Traducido a lenguaje menos grandilocuente: nadie quiere admitir un conflicto largo, pero tampoco hay señales serias de un cierre inmediato. Y cuando los gobiernos empiezan a vender una victoria antes de fijar el final, suele ser porque el final todavía no está cerrado.
El escenario que gana peso: golpear mucho y parar sin derribar
La llamada solución iraquí no consiste en conquistar Irán, ni en ocupar Teherán, ni en ver una bandera extranjera ondeando sobre un palacio. Consiste en algo bastante más sobrio y bastante más reconocible para cualquiera que haya seguido las guerras de las últimas décadas: dejar al adversario de pie, pero sin piernas para correr. Israel sostiene que quiere destruir la amenaza nuclear y balística iraní, y su ministro de Exteriores, Gideon Saar, ha insistido en que la guerra seguirá hasta que Israel y Estados Unidos decidan que han retirado esa amenaza a largo plazo. Lo decisivo no sería, por tanto, quién firma una capitulación, sino qué queda operativo en el aparato militar iraní cuando se apaguen los bombardeos más intensos.
Esa hipótesis encaja además con otro dato incómodo para los maximalistas: la inteligencia estadounidense no ve al régimen al borde del colapso. Los informes citados por Reuters sostienen que la estructura de poder conserva el control del país, incluso después de la muerte de Ali Khamenei en los ataques del primer día y del ascenso de Mojtaba Khamenei como nuevo líder supremo. Si el sistema no se está deshaciendo por dentro, la opción realista deja de ser “tirarlo todo” y pasa a ser reducir la capacidad de daño exterior de Irán hasta un nivel que Washington y Tel Aviv puedan presentar como suficiente. No es paz. Es otra cosa: un alto en la fase más caliente de la guerra con un régimen castigado, aislado y contenido.
En ese marco, la vieja comparación con el Iraq de los noventa no es caprichosa. Allí quedó un poder central formalmente intacto, pero cercado, vigilado y mucho menos capaz de proyectar fuerza. En Irán, la versión de 2026 sería distinta en las formas y parecida en la lógica: un Estado aún gobernado por los mismos, aunque con su aviación, su marina, su infraestructura de misiles, parte de su cadena de mando y fragmentos de su programa nuclear mucho más dañados. Sería una tregua de hierro, no una reconciliación. Y obligaría a la región a convivir durante meses o años con un vecino más débil, sí, aunque también más resentido. Ese es el tipo de victoria que se vende con fanfarria en la rueda de prensa y se administra después con gesto de dentista.
Por qué la rendición total pierde fuerza cada día
La rendición incondicional ha funcionado más como consigna que como horizonte real. Trump la lanzó con el tono habitual, a medio camino entre la amenaza y el eslogan, pero el terreno no la sostiene. El propio Reuters ha informado de que la Casa Blanca ha oscilado entre hablar de cambio de régimen, negar que ese sea el objetivo y sugerir que la guerra acabará cuando el presidente considere cumplidas sus metas. Esa ambigüedad es reveladora. Cuando una campaña militar sabe exactamente adónde va, el mensaje suele ser duro, pero coherente. Aquí no ocurre eso. Aquí el objetivo cambia según sube el petróleo, según se mueve la bolsa o según toca vender músculo en televisión.
También pesa la realidad interna iraní. Pese al golpe simbólico y estratégico que supuso la muerte de Ali Khamenei, no ha aparecido la gran grieta palaciega que algunos imaginaban. Mojtaba Khamenei ha sido proclamado nuevo líder supremo y los informes de inteligencia sostienen que la Guardia Revolucionaria y la dirección interina mantienen el control. Incluso los responsables israelíes reconocen en privado que no hay certeza de que la guerra termine derribando a la república islámica. El régimen, que lleva casi medio siglo entrenado para sobrevivir a choques existenciales, no ha respondido como un decorado de cartón piedra. Ha respondido como lo que es: una estructura ideológica, policial y militar concebida precisamente para resistir.
El problema de gobernar la victoria
Hay, además, un obstáculo práctico que ni las bombas ni los discursos arreglan por sí solos: bombardear no equivale a gobernar el día después. Reuters ha informado de que la propia inteligencia estadounidense duda de que un derribo del régimen pueda producirse sin una ofensiva terrestre o sin un levantamiento interno mucho más potente que el actual. Las milicias kurdas iraníes asentadas en Iraq han explorado opciones y han pedido ayuda, pero los informes citados por la agencia sostienen que no tienen ni fuego ni músculo suficientes para sostener una rebelión seria. La calle iraní, mientras tanto, sigue bajo la doble presión del miedo a las bombas y del miedo a la represión. No hay insurrección a la vista. Hay miedo, ruinas y cálculo de supervivencia.
Eso obliga a leer con cuidado las declaraciones de victoria prematura. Trump llegó a decir que la guerra estaba “muy completa” y luego aseguró que acabaría pronto porque ya quedaba poco por destruir. Pero el mismo presidente ha dejado caer también que no quiere irse demasiado pronto. La contradicción no es un detalle; es el resumen del problema. Estados Unidos puede destruir mucho, pero necesita decidir qué considera suficiente. Y ahí empieza el atasco. Si se marcha antes de tiempo, deja a Irán herido, humillado y aún capaz de recomponerse. Si se queda demasiado, el precio económico y político se multiplica. Las guerras reales, por desgracia para la propaganda, no obedecen a la botonera de Truth Social.
El petróleo, Hormuz y la presión política que aprieta
El reloj del conflicto no lo marcan solo los generales. Lo marcan también los petroleros, los seguros marítimos y el cartel luminoso de la gasolinera. El estrecho de Ormuz sigue prácticamente bloqueado, una anomalía descomunal en una vía por la que normalmente pasa en torno a una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Reuters ha informado este 12 de marzo de que el Brent volvió a subir un 7%, llegó a tocar los 100 dólares y que la Agencia Internacional de la Energía habla ya de la mayor disrupción de suministro de la historia del mercado global. Los países del Golfo han recortado producción por falta de salida para sus cargamentos, y los alivios de emergencia aprobados desde las reservas estratégicas solo compran tiempo: no reabren el estrecho, no apagan los incendios, no devuelven la normalidad.
La dimensión marítima explica por qué esta guerra ha dejado de ser un problema “local” hace rato. Reuters y AP han documentado daños en múltiples buques comerciales, al menos 19 según el recuento citado por AP, mientras el Pentágono asegura haber destruido 16 embarcaciones iraníes dedicadas al minado. El detalle importante no es solo cuántos barcos arden, sino que Estados Unidos aún no escolta de forma efectiva el tráfico por Ormuz, aunque estudia hacerlo. En otras palabras: el corazón energético del planeta late con arritmia y nadie puede garantizar todavía cuándo volverá a un ritmo aceptable. En ese contexto, cualquier teoría sobre un final rápido queda muy bien en un titular y bastante peor en un mercado de materias primas.
Esa presión ya se siente dentro de Estados Unidos. Reuters ha situado el precio medio de la gasolina en 3,54 dólares por galón, alrededor de un 19% más desde que empezó la guerra, y en estados como Kentucky la subida media ronda los 61 centavos frente al mes anterior. No es una cifra técnica: es política pura. Trump llegó al poder prometiendo abaratar la vida cotidiana, no explicando por qué llenar el depósito duele más. En el Partido Republicano ya asoma el nerviosismo ante las elecciones de mitad de mandato de noviembre, porque los votantes toleran muchas épicas geopolíticas, pero suelen enfadarse antes con la factura del coche que con la cartografía del Golfo.
La factura israelí y el efecto dominó regional
Israel tampoco libra esta guerra gratis. El gabinete aprobó un presupuesto revisado para 2026 con 32.000 millones de shekels extra en defensa, elevando el objetivo de déficit al 5,1% del PIB y recortando parte del gasto civil. Al mismo tiempo, el conflicto se ha ensanchado hacia Líbano, donde Hezbolá ha incrementado sus ataques, y la dimensión humanitaria empieza a ser abrumadora. La OMS ha verificado 18 ataques contra instalaciones sanitarias en Irán desde el inicio de la guerra y calcula más de 100.000 desplazados dentro del país, mientras UNHCR eleva ya a 3,2 millones las personas desplazadas temporalmente en territorio iraní. Los muertos y heridos se cuentan por miles en un escenario donde las cifras exactas varían y la verificación independiente corre detrás de las explosiones.
Ese deterioro regional estrecha todavía más el margen de maniobra de todos. Irán puede seguir vendiendo resistencia mientras no caiga el régimen; Israel puede seguir proclamando avances militares; Estados Unidos puede seguir repitiendo que la inflación energética será transitoria. Pero cada día de guerra deja otra capa de daño: hospitales golpeados, viviendas destruidas, puertos alterados, vuelos cancelados, cadenas logísticas rotas y más espacio para que el conflicto se convierta en una crisis sistémica. Es el tipo de espiral que ningún gobierno admite al principio y que todos descubren cuando la guerra deja de ser un mapa de objetivos y pasa a ser una rutina de costes.
Las otras tres salidas que siguen abiertas
Frente a ese escenario principal, siguen vivas otras tres salidas, aunque hoy parezcan menos sólidas. La primera es la vía venezolana, la fantasía de una implosión rápida desde arriba, con una parte de la élite buscando salvarse a cambio de entregar el sistema. Ese guion fue seductor en los primeros días porque la muerte del líder supremo invitaba a pensar en un vacío, pero los hechos lo han enfriado. No ha aparecido una fractura visible en la cúpula, no ha cuajado una deserción decisiva y no se aprecia una parálisis institucional. El régimen iraní podrá estar muy golpeado, pero no se parece a una fachada que se caiga con una patada. Se parece más a un edificio viejo, oscuro y lleno de pasillos, de esos que aguantan incluso cuando parte del techo ya está en el suelo.
La segunda es la salida Taco, el acrónimo que en los mercados resume la idea de que Trump Always Chickens Out, que Trump amaga, amenaza y al final recoge cable. Reuters ha explicado que esa lógica ha funcionado en otras crisis, pero que la guerra con Irán puede ser “un Taco de más” porque el daño sobre el petróleo, el transporte y las cadenas de suministro no se arregla con un volantazo de última hora. Aplicado a esta guerra, ese escenario sería una retirada anticipada acompañada de un “misión cumplida” bastante hueco. Sería probablemente el peor punto intermedio: Irán seguiría de pie, el estrecho podría seguir tensionado, la región continuaría incendiada y los aliados del Golfo tendrían que convivir con un enemigo humillado pero no neutralizado del todo.
La tercera es la salida iraniana, que en términos occidentales sería la mejor noticia y, justamente por eso, la más difícil de comprar a corto plazo. Significaría que el régimen cae o se transforma por su propio desgaste interno, no porque lo derribe directamente una fuerza extranjera. Ahí las propias voces opositoras piden realismo. Reuters recogió este 12 de marzo que dirigentes del Consejo Nacional de la Resistencia de Irán sostienen que los bombardeos por sí solos no tumbarán al poder clerical y que solo una movilización popular sostenida, combinada con resistencia interna, podría abrir esa puerta. Es decir, el cambio puede existir como horizonte, pero no como efecto automático de cada misil. Pensar lo contrario sería confundir el humo con la política.
Lo que puede mover el reloj en las próximas semanas
A partir de aquí, el desenlace depende de cuatro variables muy concretas. La primera es si Ormuz vuelve a respirar o sigue convertido en una llave de estrangulamiento global. La segunda es cuánto tiempo aceptan Trump y sus aliados el coste político del encarecimiento energético. La tercera es si Israel se conforma con resultados parciales o presiona para exprimir la campaña hasta un punto que haga casi imposible la desescalada. La cuarta es si Irán conserva capacidad suficiente para seguir golpeando el tráfico marítimo, activar más a Hezbolá o abrir nuevos focos de tensión regional. Ninguna de esas variables se resuelve con una frase ingeniosa. Se resuelven, o no, en el mar, en los mercados y en las salas de mando.
Con lo que se sabe hoy, el dibujo más plausible sigue siendo el de una guerra que no termina con una foto de rendición, sino con una pausa forzada cuando Washington y Tel Aviv consideren que han dañado lo suficiente la máquina militar iraní y cuando el precio del conflicto empiece a volverse demasiado tóxico incluso para sus promotores. La república islámica intentará vender esa mera supervivencia como victoria. Estados Unidos e Israel venderán la devastación de capacidades como éxito estratégico. Y el resto del mundo, entre el Brent, los desplazados y los barcos inmovilizados, tendrá que convivir con la verdad menos épica de todas: que esta guerra apunta a un final largo, caro e inestable, más cerca del desgaste contenido que del derribo total.

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