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Naturaleza

¿El Niño de 2026 será histórico? El IRI abre la puerta a más de 3 °C

El Niño se intensifica en el Pacífico y los modelos contemplan más de 3 °C de calentamiento, con efectos globales todavía inciertos en 2026.

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comienzo del huracan el niño 2026

El escenario de un El Niño histórico ha ganado mucho peso, aunque todavía no puede afirmarse que el calentamiento vaya a superar los 3 °C. La actualización del IRI sitúa la anomalía semanal de la región central del Pacífico ecuatorial en +2,1 °C y su abanico probabilístico incluye trayectorias que cruzan con holgura esa barrera. El pronóstico oficial de la NOAA, más prudente, concede un 81 % de probabilidad a que el episodio alcance la categoría de muy fuerte entre octubre y diciembre.

La noticia firme, por tanto, no es que el Pacífico vaya a calentarse exactamente tres grados —el océano aún no firma contratos con los modelos—, sino que El Niño se está intensificando con rapidez y podría situarse entre los mayores episodios registrados desde 1950. La NOAA calcula una probabilidad del 97 % de que persista hasta comienzos de la primavera boreal de 2027, mientras que 23 de los 26 modelos examinados por el IRI proyectan un evento muy fuerte durante el último trimestre de 2026.

Conviene detenerse un segundo en las cifras. Ese +2,1 °C corresponde a una medición semanal y ofrece una fotografía del océano en pleno movimiento. La intensidad histórica de El Niño se evalúa habitualmente mediante promedios de tres meses y exige comprobar que el calentamiento se mantenga, que la atmósfera responda y que la circulación tropical quede acoplada al nuevo reparto de temperaturas. Una semana tórrida en el Pacífico impresiona; un trimestre entero cambia el clima.

El dato que ha cambiado el pronóstico

La región Niño 3.4, una enorme franja del Pacífico ecuatorial situada aproximadamente entre los 120 y 170 grados de longitud oeste, funciona como el termómetro central del fenómeno. Durante el trimestre abril-junio de 2026 registró una anomalía media de +0,98 °C; en junio subió a +1,55 °C y, en la semana centrada en el 15 de julio, alcanzó los citados +2,1 °C. La aceleración es clara, casi una cuesta arriba dibujada con regla.

El agua caliente, por sí sola, no basta. Para hablar de un episodio consolidado, la atmósfera debe bailar al mismo compás. Y eso empieza a ocurrir. El Índice de Oscilación del Sur cayó a −24,9 en junio y su media de 30 días llegó a −30 el 18 de julio, valores muy negativos que reflejan el debilitamiento de la circulación de Walker y de los vientos alisios. También se ha desplazado la actividad tormentosa hacia el centro y el este del Pacífico, mientras disminuye sobre Indonesia, Filipinas y Papúa Nueva Guinea.

Bajo la superficie aparece otro ingrediente inquietante: una bolsa de calor extensa entre unos 50 y 150 metros de profundidad, con anomalías locales de hasta 6 °C. Ese depósito actúa como una caldera sumergida. Si los vientos continúan favoreciendo su avance hacia el este y la energía asciende hasta la superficie, El Niño tendrá combustible para seguir creciendo durante el otoño boreal, precisamente cuando estos episodios suelen aproximarse a su máxima intensidad.

Más de 3 °C: un escenario posible, no una certeza

El gráfico probabilístico del IRI es el origen de los titulares sobre un calentamiento superior a 3 °C. Su trayectoria central se acerca a esa cifra durante el otoño y varios percentiles —los escenarios situados por encima de la previsión media— la rebasan claramente. No significa que el instituto haya decretado un pico concreto de 3 °C, sino que una parte relevante de los resultados posibles se mueve ya en un territorio extraordinario.

El consenso entre modelos, de todos modos, resulta poco habitual. Los 26 sistemas analizados mantienen anomalías cálidas durante todo el periodo estudiado; la mayoría de los modelos dinámicos superan los +2 °C desde julio-septiembre y 23 proyectan un episodio muy fuerte en octubre-diciembre. El IRI asigna una probabilidad prácticamente total a la continuidad de El Niño hasta el invierno de 2026-2027.

La NOAA utiliza un criterio distinto y añade el juicio de un grupo de especialistas a la información de los modelos. Su pronóstico oficial concede para octubre-diciembre un 81 % de probabilidad a una anomalía relativa de al menos +2 °C, un 16 % a un episodio fuerte de entre +1,5 y +2 °C y apenas un 3 % a que se quede en intensidad moderada. Traducido del idioma de los gráficos: cuatro de cada cinco escenarios oficiales sitúan a El Niño en la categoría máxima.

Qué mide realmente esa cifra

No todos los termómetros climáticos cuentan exactamente la misma historia. El índice tradicional compara la temperatura actual de la región central del Pacífico con la media de un periodo histórico. El problema es evidente: en un planeta más caliente, superar una antigua media resulta cada vez más fácil. Un récord nominal puede mezclar la fuerza propia de El Niño con el calentamiento general de los océanos.

Por esa razón, la NOAA y el Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo han empezado a prestar más atención al índice Niño relativo, que descuenta parte del calentamiento simultáneo del resto de los trópicos. En las previsiones del centro europeo, este indicador suele quedar alrededor de medio grado por debajo del tradicional, aunque no existe una resta fija que sirva para todos los meses y modelos. Aun aplicando esa corrección, las proyecciones de 2026 continúan señalando un episodio inusualmente potente.

La distinción no es una filigrana académica. Dos eventos con el mismo valor tradicional pueden provocar respuestas atmosféricas diferentes si el Atlántico, el Índico y el Pacífico occidental presentan temperaturas distintas. El clima es una maquinaria de contrastes, no un concurso de números aislados. Y el famoso umbral de 3 °C, aunque espectacular, no funciona como un botón rojo que active automáticamente sequías, inundaciones o récords mundiales.

Un episodio que entra en territorio histórico

Los grandes referentes modernos son los episodios de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. Según la serie histórica del índice oceánico de la NOAA, el primero alcanzó promedios trimestrales de +2,2 °C; el de 1997 llegó a +2,4 °C y el de 2015 alcanzó +2,8 °C en el trimestre noviembre-enero. El Niño de 2023-2024, fuerte pero menos extremo, tocó +2,1 °C.

Comparar esos valores con la lectura semanal de +2,1 °C registrada en julio de 2026 exige cautela. Las mediciones semanales son más nerviosas, suben y bajan como el mercurio de un termómetro colocado al sol; los promedios trimestrales suavizan esas oscilaciones. Pero llegar a ese nivel tan pronto, cuando el máximo suele producirse entre octubre y febrero, explica por qué los especialistas contemplan un episodio situado entre los mayores del registro moderno.

También hay motivos para no escribir todavía la palabra récord con tinta permanente. Los modelos pueden exagerar el calentamiento, los vientos pueden cambiar y la interacción entre océano y atmósfera puede perder fuerza. En 2017, varias previsiones anticiparon El Niño y el Pacífico terminó girando hacia La Niña. Aquella señal inicial era mucho más débil y desordenada que la de 2026, pero dejó una enseñanza bastante poco sofisticada y muy útil: el mundo real conserva derecho de réplica.

Efectos globales y lo que puede pasar en España

Un El Niño muy fuerte redistribuye lluvias, vientos y temperaturas a miles de kilómetros del Pacífico. La Organización Meteorológica Mundial prevé para julio-septiembre más precipitaciones sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental, mientras aumenta el riesgo de condiciones secas en partes de Australia, el subcontinente indio, el Caribe, América Central y el noroeste de Sudamérica. El suroeste de Estados Unidos y algunas áreas del sur de Europa presentan una señal más húmeda, aunque con grados de confianza muy distintos.

Indonesia y Australia suelen afrontar un mayor peligro de sequía, incendios y pérdidas agrícolas; Perú y Ecuador, en cambio, pueden quedar expuestos a lluvias intensas, crecidas y daños en la pesca por el calentamiento de las aguas costeras. En otras regiones, El Niño modifica los monzones o desplaza las zonas donde nacen las tormentas tropicales. No reparte catástrofes con simetría geométrica: altera probabilidades y después cada territorio pone su relieve, su vulnerabilidad y, a veces, sus chapuzas urbanísticas.

El calentamiento del Pacífico también libera calor hacia la atmósfera global. El Met Office considera muy probable que el episodio provoque un repunte temporal de la temperatura media del planeta y advierte de que la energía residual podría contribuir a que 2027 compita por convertirse en el año más cálido de la serie iniciada en 1850. El Niño no crea el calentamiento climático de fondo, pero puede actuar como un acelerador temporal sobre una carretera que ya asciende.

España: influencia indirecta y más incierta

En España no existe una relación simple del tipo El Niño igual a sequía, lluvia o calor. La señal llega debilitada después de atravesar medio planeta y compite con la circulación del Atlántico norte, la posición del chorro polar, las temperaturas del Mediterráneo, el vórtice estratosférico y otros actores menos famosos, pero bastante mandones.

Los análisis europeos indican que los efectos de ENSO tienden a ser más apreciables durante el invierno. En los comienzos de inviernos con El Niño puede aparecer una modificación de las presiones en el Atlántico, pero los resultados observados han sido muy diversos: unos años fueron húmedos, otros secos; algunos templados, otros fríos. Europa es el extremo más borroso del mapa.

La previsión global apunta para julio-septiembre a una mayor probabilidad de temperaturas superiores a lo normal en el sur de Europa y a una posible señal de lluvia por encima de la media, aunque la confianza es menor que en las regiones tropicales. AEMET también contempla una probabilidad muy elevada de que el trimestre julio-agosto-septiembre se sitúe en el tercil cálido en toda España, pero atribuir esa previsión únicamente a El Niño sería confundir una pieza del puzle con la caja completa.

El Pacífico no firma contratos con los modelos

El Niño de 2026 ya no es una amenaza remota ni una hipótesis salida de una simulación primaveral. Está presente, el océano y la atmósfera muestran un acoplamiento creciente y los principales centros climáticos coinciden en que seguirá fortaleciéndose durante los próximos meses. La probabilidad de un episodio muy fuerte es alta; la de que permanezca hasta 2027, todavía mayor.

Superar los 3 °C continúa siendo un escenario, no un hecho consumado. La previsión central del IRI se mueve cerca de ese umbral y sus trayectorias superiores lo atraviesan, mientras la NOAA coloca el grueso de la probabilidad por encima de los 2 °C en su índice relativo. Bastante para tomarlo en serio. No tanto para anunciar el apocalipsis cada vez que el gráfico añade una décima.

La auténtica dimensión histórica se conocerá cuando lleguen los promedios del otoño y el invierno, no mediante una captura semanal ni un titular febril. Hasta entonces, el dato decisivo será la persistencia del calentamiento: cuánto calor conserva el Pacífico, cómo responden los vientos y si esa enorme reserva sumergida sigue alimentando la superficie. Ahí se decidirá si estamos ante otro gran El Niño o ante el episodio que obligará a redibujar la escala.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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